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Título Original: The de Burgh Bride Serie: 2º de Burgh Editorial original: Harlequin Historical Romance, No 399 Traducción del portugués


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El anillo de compromiso

Deborah Simmons

2º Los de Burgh


El anillo de compromiso

Título Original: The de Burgh Bride

Serie: 2º de Burgh

Editorial original: Harlequin Historical Romance, No 399

Traducción del portugués.

Género: Histórico

Protagonistas: Elene Fitzhugh y Geoffrey de Burgh

Argumento:

Durmiendo con el enemigo.

Era la última cosa que Elene Fitzhugh pretendía. Ella solo esperaba que su colección de afilados puñales la protegieran contra los modos gentiles y las dulces mentiras de Geoffrey de Burgh, pues ella, estaba decidida a no ser la novia de ningún hombre mandado por el rey.

Noble por nacimiento, aunque salvaje en el corazón.

Elene Fitzhugh había matado a su primer marido en el lecho nupcial, Geoffrey de Burgh no tenía más opción que convertirla en su esposa. Pero, ¿realmente podría enamorarse de su esposa, una mujer con un alma tan feroz y apasionada?

Capítulo 1

Con una mezcla de espanto y horror, Geoffrey de Burgh miró el trozo de fajita que tenía en la palma de la mano. Notó la reacción de los cinco hermanos que lo rodeaban, las mal contenidas exclamaciones de sorpresa, los suspiros de alivio y los murmullos de solidaridad, pero no respondió. Solo miraba para el minúsculo palito, sin querer creer que, entre todos los de Burgh aun solteros, había sido él el escogido por la suerte.

Había perdido. Y ahora debía casarse con la Fitzhugh.

Levantando finalmente la cabeza, Geoffrey vio que su padre lo observaba. Si el conde de Campion estaba molesto con el hecho de que el más instruido de sus hijos se casara con la endiablada mujer, no daba muestra de ello. Evidentemente, comprendía que Geoffrey tenía motivos para estar abatido, pero debía estar orgulloso, ya que estaba seguro de que aquel hijo jamás lo desilusionaría.

Más que en cualquier otra oportunidad, Geoffrey sintió el peso de aquella confianza y de la responsabilidad que implicaba, sabiendo que no tendría como escapar al cumplimiento del deber; el rey Edward había decretado que uno de los de Burgh debía tomar a la mujer como esposa, y le tocaba a él cumplir esa resolución; por el rey, por su padre y por sus hermanos.

Enderezando el cuerpo, Geoffrey tomó todos los cuidados para no demostrar hasta que punto le disgustaba la situación.

—Muy bien, yo la desposaré —declaró.

No hubo felicitaciones, ya que nadie en el castillo tenía la más remota ilusión de que Geoffrey fuera feliz en aquel matrimonio. Y, por primera vez, ninguno de los hermanos hizo nada para molestar al hermano, cosa que les gustaba mucho hacer los unos a los otros. Pero era evidente que estaban aliviados por haberse escapado de aquel capricho del destino.

Sin querer continuar mostrando la cobardía que los acometía respecto al asunto del matrimonio, los cinco muchachos, todos temerarios guerreros, pidieron permiso y se apresuraron a retirarse. Geoffrey no se sentía en el derecho de censurarlos. ¿Quien no retrocedería ante la perspectiva de un matrimonio como ese? Después de la retirada de los hermanos, se vio a solas con el conde de Campion.

—Siéntate —le dijo su padre, indicándole una silla. Geoffrey se acomodó frente al hombre que respetaba más que a cualquier otro, sustentando la mirada firme de su padre. Campion se acarició el mentón, pensativo.

—Tenía esperanzas de que fuera otro, tal vez Simon, aunque él es tan exaltado que podría matarla incluso antes de que la ceremonia concluyera —dijo haciendo una mueca.

Geoffrey se permitió reír de lo que acababa de escuchar. Simon, el segundo hijo de Campion, era un feroz caballero que no tenía la menor complacencia con las mujeres. Sin duda, dejaría intimidada hasta incluso a la Fitzhugh, pero a causa de su temperamento a veces no sabía actuar con sentido común. Campion asintió, como si estuviese concordando con el pensamiento del hijo.

—Bueno, tal vez sea mejor que tú, con tu talento negociador, te encargues de la tarea. Estoy orgulloso de todos mis hijos, pero tú, Geoffrey, eres el que más se parece a mí.

Geoffrey miró a su padre sin esconder la sorpresa. Aunque Campion siempre dejaba claro el afecto que sentía por los hijos, nunca era pródigo en elogios. Y aquel era de hecho un elogio muy grande, porque todos los esfuerzos de Geoffrey eran en el sentido de seguir los pasos de su padre.

—Tú tienes la firmeza de tus hermanos, pero también estás dotado de sabiduría —prosiguió Campion, haciendo después una recomendación—. Usa la cabeza y el corazón, además de la mano con que manejas la espada, para lidiar con la mujer que será tu esposa. Se cuentan muchas cosas sobre ella, pero tú sabes tan bien como yo que muchas veces esas historias son exageradas. Las personas no siempre son lo que parecen ser. Por eso te pido que, cuando te cases, procures mantener la mente abierta. Se que sabrás tomar en consideración este consejo.

Geoffrey asintió, en silencio, aunque no tenía la menor esperanza de que la Fitzhugh fuera diferente de lo que se decía de ella: un demonio conocido por sus explosiones de cólera, por el lenguaje obsceno y por su comportamiento rebelde. Era sabido que ella había asesinado a su primer marido en el lecho nupcial, un acto que el soberano había preferido perdonar a causa de las circunstancias del matrimonio. Aun así, el hecho daría qué pensar a cualquier hombre, principalmente aquel que tuviese el trabajo de ocupar el lugar del caballero muerto.

Como si pudiese leer el pensamiento del hijo, Campion carraspeó y adoptó una expresión grave.

—De aquí en adelante, usa el sentido común y tu buena voluntad, pero nunca te olvides, hijo, de mantenerte atento a lo que pasa a tus espaldas.

Con cuidado, Geoffrey puso en el baúl el volumen que tenía en las manos, al lado de los que ya estaban allá. Tenía más libros que cualquier otra persona en el castillo de Campion, incluyendo al padre. Aunque todos los de Burgh sabían leer y escribir, solo él había estudiado con un sabio viajante, a fin de satisfacer su sed de conocimientos. Y continuaba expandiendo su biblioteca, siempre que era posible, ya que, aun después de la partida del preceptor, mantenía su interés en aprender cada vez más.

Las llamadas a la puerta lo sorprendieron, porque aquel día sus hermanos habían desaparecido. Geoffrey entendía la renuencia que tenían en buscarlo. Eran todos hombres fuertes y temerarios, trababan batallas difíciles, pero no sabían enfrentar a un enemigo como la Fitzhugh. Como el inminente matrimonio no podía ser evitado con la ayuda de espadas y hachas, sus hermanos no tenían como ayudarlo.

—Entre —dijo Geoffrey, creyendo que se trataba de algún criado. Para su sorpresa, quien apareció en la puerta fue Dunstan, el hermano mayor. Geoffrey no se asustó con la mala cara del caballero. Bueno, era común en Dunstan esconder sus buenos sentimientos detrás de palabras y expresiones duras. En aquel momento el primogénito de los de Burgh estaba evidentemente constreñido. Geoffrey sacó de una silla, un montón de ropas dejadas allí encima por el relajado de Stephen, el hermano con quien compartía el cuarto, e hizo un gesto para que Dunstan se sentara.

—Preferiría que la responsabilidad recayese en otro —declaró el recién llegado—. Simon por ejemplo.

Era una repetición de lo que el conde de Campion había dicho y Geoffrey se encogió de hombros.

—Sabré lidiar con la situación, espero —dijo, mientras doblaba una túnica de lana para poner en otro baúl.

—Por Dios, Geoff, yo… —Dunstan refunfuñó una palabrota antes de recomenzar—… me siento responsable. A fin de cuentas, fue mi espada quien mató al padre de ella.

Geoffrey interrumpió lo que estaba haciendo y miró directamente al hermano.

—Porque él te declaró la guerra. Fitzhugh fue un mequetrefe que estaba decidido a apoderarse de tu castillo y de tus tierras. ¿Ya te olvidaste de cómo armó la emboscada para atacar tu comitiva, asesinó a tus hombres y te encarceló en tu propio calabozo?

Dunstan rechinó los dientes.

—No, no lo olvidé. Pero fue mi propio caballero, Walter Avery, quien me traicionó a favor de Fitzhugh y después se casó con la hija de éste.

—Afortunadamente ella acabó con él antes de que el cretino te causase más prejuicios —dijo Geoffrey, evitando mirar para a su hermano. Aunque estaba diciendo la verdad, él no quería seguir con aquella discusión, principalmente porque él sería el próximo en casarse con esa mujer.

—¡Por Dios, Geoffrey! Quedé muy agradecido a mis hermanos por haber corrido a ayudarme, pero no quería que ninguno de ellos sufriese por esa causa, menos aun tú. ¡Que el diablo se lleve el decreto del rey!

Geoffrey continuó arreglando las cosas.

—No puedes censurar a Edward por querer poner fin a las hostilidades. Él quiere la paz en el reino, y nadie mejor para conseguir eso que uno de nosotros.

—Si, pero tu, Geoff… —Dunstan hizo un gesto de desanimo. Geoffrey no dijo nada, pero miró seriamente al hermano. Aunque no fuese un sanguinario como Simon, se sentía perfectamente capaz de controlar a una mujer, fuese ella una asesina o no. Por eso, estaba comenzando a resentirse de las sugerencias de que no tenía esa capacidad.

Dunstan debió haber adivinado lo que estaba pensando, porque desvió los ojos, avergonzado.

—Solo lamento que tengas que casarte con una mujer que no amas —refunfuñó.

Al escuchar aquello Geoffrey volvió al arreglo del equipaje, ya sin sentir rabia. De todos sus hermanos, Dunstan era el único capaz de demostrar aquella preocupación, ya que los demás se burlaban de las ideas románticas. No mucho tiempo atrás el mismo Dunstan se habría reído del asunto, pero ahora estaba casado, habiendo reconocido recientemente al frente de los otros de Burgh, lo que sentía por la mujer que había desposado.

Marion. Geoffrey procuró no comparar a la dulce y cariñosa mujer que estimaba como hermana con la endiablada criatura con quien se casaría, pero eso sería imposible. Aun se acordaba muy bien de la temporada que habían pasado en el castillo de Dunstan, en Wessex, pudiendo observar a la pareja. Deseaba poder tener en la vida alguien que le diese un afecto parecido.

Pero jamás tendría eso.

Geoffrey continuó doblando las ropas, sintiéndose incapaz de decir ninguna trivialidad que eximiera a Dunstan del sentimiento de culpa. Hubiera querido que su hermano no tocara aquel tema, porque ahora solo sentía desaliento al pensar en el futuro. El sacrificio que hacía parecía demasiado grande.

La navidad pasó deprisa, una celebración insulsa vuelta especial solo por la presencia de Marion, que estaba esperando el primer nieto de Campion. Ella y Dunstan permanecían en el castillo del conde, aun después de las festividades, como si creyeran tener el poder de deshacer la dura realidad presentada por el próximo casamiento en la familia. El estado de las carreteras a consecuencia del invierno, también conspiró para retrasar las nupcias, pero finalmente el tiempo mejoró y todos partieron para Wessex, quedando solo Campion. El conde sufría con el frío del invierno y Geoffrey se sintió aliviado cuando él retiró la intención de acompañarlos. Aunque los hermanos pensaban en su padre como un buen hombre solo un poco más viejo que ellos, era evidente que ahora el jefe de la familia encontraba dificultades para moverse. Raramente dejaba el castillo y Geoffrey no quería que él realizara un largo viaje bajo una temperatura tan baja. La preocupación tenía su fundamento, ya que llegaron a la propiedad de Dunstan después de casi una semana recorriendo carreteras enlodadas y soportando mucha lluvia. Allí dejaron a Marion. Aunque ella protestó con vehemencia, Dunstan no quiso dejarle seguir el viaje en el estado en que se encontraba. Había otra preocupación, aunque el asunto no fue tocado: se temía que la Fitzhugh, perversa como era, pudiese recurrir a la violencia. Y nadie, incluyendo Geoffrey, quería que Marion quedase expuesta a algún peligro. O fuese sometida a lo que en breve sería la vida de él.

Geoffrey procuró apartar aquellos pensamientos, pero su acostumbrado optimismo desapareció por completo cuando pasaron por la aldea cerca del castillo Fitzhugh y vieron el estado de las casas. Era un lugar pobre. El pueblo que él gobernaría era muy pobre. Aquello lo dejó aun más abatido. Obviamente, el padre de la Fitzhugh había empleado todos sus recursos en las guerras, olvidándose de mejorar la vida de aquella gente. El desprecio que sentía por el hombre aumentó aun más a medida que ellos se fueron acercando al castillo.

Aunque nadie hizo ningún comentario sobre las miserables chozas, el espanto quedó muy claro en las miradas de sus hermanos. Solamente Dunstan parecía no prestar atención a al inmundicia, lo que dejó a Geoffrey agradecido de su hermano mayor. Él nunca había estado muy unido a Dunstan, que había dejado la casa paterna hacía muchos años, pero ahora sentía un gran respeto por el hombre que era conocido como el lobo de Wessex. En cierto sentido el matrimonio significaría algo bueno para Geoffrey, porque Dunstan, además de hermano, sería también su señor feudal. Desgraciadamente, con relación a los otros aspectos del futuro, él no podía tener muchas esperanzas. Ya tenía un monumental trabajo por delante: reconstruir lo que la negligencia de Fitzhugh había destruido.

Acercándose al castillo miró con atención a los graneros, oficinas y corrales que se sucedían recostados a la pared exterior. La vieja barrera de piedra debería ser reconstruida para construir viviendas para los siervos del castillo. Todo allí parecía necesitar arreglos.

Cuando miró al castillo en si, Geoffrey hasta quedó aliviado. El lugar era mayor de lo que él había imaginado. Después de haber vivido en Campion, sería difícil vivir en un lugar apretado y apiñado de gente. Otra pared acompañaba al muro principal por el lado interior, dando protección a la entrada del castillo, pero parecía poco eficiente. Sería necesario también, mejorar las defensas.

En la entrada fueron recibidos por el mayordomo, un hombrecito de cabeza calva y apariencia nerviosa. Aunque fuese prodigo en reverencias delante de los recién llegados, nada podía disculpar la ausencia de la señora de la casa. Geoffrey quedó aun más decepcionado. La Fitzhugh debía haber ido a recibirlos al portón, como se hacía con los visitantes importantes. El barón de Wessex y sus hermanos ciertamente merecían ese honor, pero ellos no vieron señal de la mujer ni siquiera cuando llegaron al salón del castillo.

El lugar era espacioso, pero no muy limpio. Se sentía el olor de basura, probablemente acumulada durante todo el invierno. El piso de piedra mostraba grietas en varios puntos, mientras gran cantidad de hollín cubría las paredes. Aunque Geoffrey hubiese crecido en una casa donde predominaban los hombres y la limpieza domestica no era siempre cuidadosa, Marion había cambiado eso, adoptando hábitos que los siervos continuaron practicando aun después de su partida.

La Fitzhugh cayó aun más en el concepto de Geoffrey cuando él vio la falta de aseo que imperaba en aquel salón. Si una mujer vivía allí, el lugar debía por lo menos tener un mejor olor. ¿Qué clase de castellana era? Aun más aprensivo en relación a la criatura con quien se casaría, Geoffrey se preguntó si ella al menos tomaba baños. En la mente de él surgió la imagen de una demoníaca amazona, armada hasta los dientes, con cabellos desgreñados y dientes rotos. Ni siquiera sabía cual era su edad. Bueno, era mejor estar preparado para todo. Geoffrey vio que era el centro de las miradas de los hermanos. Ciertamente los de Burgh esperaban que él, como futuro señor de aquel castillo, tomase medidas para que los visitantes fuesen mucho mejor recibidos. Entonces se adelantó y se dirigió al asustado mayordomo.

—Mande a que nos sirvan cerveza y traiga a la señora del castillo a nuestra presencia, por favor.

—Me encargaré de que las jarras de cerveza sean traídas inmediatamente, milord —respondió el hombre, retrocediendo mientras hacía más reverencias— en cuanto a lady Fitzhugh… ella… no podrá venir aquí de momento. Me ordenó que les pidiese que volvieran en otra fecha.

Geoffrey suspiró. Y aquello era apenas el comienzo. Sus hermanos tampoco estaban satisfechos con la noticia que acababan de recibir. Simon mostraba una expresión amenazadora, Dunstan rechinaba los dientes y Stephen parecía igualmente molesto.

Obviamente el pobre mayordomo no era el culpable de aquella situación. Geoffrey frunció la frente. Sabía muy bien a quien caía la culpa.

—¿Donde está milady? —inquirió.

El mayordomo miró nervioso a la escalera del fondo de la sala y después para los amenazadores caballeros postrados detrás de Geoffrey. Parecía temer tanto al ama como a los visitantes, lo que no era un buen augurio sobre todo para el futuro del hombre que se casaría con la señora de aquel castillo.

—Tal vez esté en su cuarto —sugirió Geoffrey, con una risa forzada— voy a intentar convencerla a que nos haga compañía.

—No subas solo, Geoff —recomendó Simon— es muy probable que ella esté con una flecha en el arco, esperando.

Aunque tenía la misma preocupación, Geoffrey estaba resuelto a no tratar a su futura esposa como un criminal mientras no pudiese hacer un juicio personal. Tampoco pretendía acobardarse dentro de su propia casa. Ignorando la advertencia, miró para el mayordomo.

—¿Ella tiene un cuarto no es así?

—Si, tiene, mi señor, a la derecha de la escalera —informó el hombre, escapando en seguida.

Geoffrey llevó la mano a su espada, mientras subía la escalera en curva. Ya había pasado por situaciones mucho más complicadas que aquella, pero no podía descartar la posibilidad de estar corriendo peligro. La demoníaca mujer podía estar armada y era obvio que no quería casarse con él.

Cuando pensó nuevamente en lo que había resultado del primer matrimonio, él procuró convencerse de que la situación ahora era enteramente distinta. Walter Avery había sido un petimetre interesado exclusivamente en apoderarse de la herencia de ella; mientras cualquier mujer en su sano juicio vería con buenos ojos un matrimonio con uno de los de Burgh. Pero el asunto era precisamente ese. ¿Estaría la Fitzhugh en su sano juicio?

La respuesta esperaba por él justo delante. Acercándose a lo que parecía ser la puerta a la que se había referido el mayordomo, Geoffrey llamó brevemente.

—¡Vete!

El grito fue amenazador. La voz era femenina, pero grave y ronca. ¿Sería la Fitzhugh? Creyendo mejor no identificarse, Geoffrey simplemente volvió a llamar levemente, otra vez.



—¡Deja de perturbarme y vete!

Después de vacilar por algunos instantes, Geoffrey intentó nuevamente, siempre llamando ligeramente, pero con firme persistencia.

—¡Entérate, Serle, que estás arriesgando tu vida! ¡Manda a esos canallas fuera, como te ordené, y deja de molestarme!

Geoffrey sonrió. Ella estaba pensando que quien estaba allí era el mayordomo, que había sido presentado a ellos como Serle. Tal vez se arriesgase a abrir si hubiese insistencia. Fue lo que hizo. La puerta se abrió y Geoffrey entró, inmediatamente cerrándola con el pie. Como no tenía ninguna prueba de la veracidad de todo lo que se hablaba de la futura esposa, quería por lo menos tener privacidad en el primer encuentro.

Quedó de espaldas a la puerta para eliminar la posibilidad de fuga, al mismo tiempo que se preparó para luchar contra enemigos que tal vez estuviesen en el interior del cuarto. Esperaba tener que enfrentar siervos, soldados, o guardias, pero se sorprendió al constatar que el espacio allí casi no era suficiente para acomodar una pequeña cama y un baúl. Y era un lugar limpio y bien arreglado, lo que daba a entender que la Fitzhugh tenía una criada personal encargada de mantener el cuarto de ella en mejores condiciones que el resto del castillo. Geoffrey sospecho que estaba mirando para la tal criada.

—¿Donde está tu señora? —preguntó a la mujer que miraba para él.

La desconocida vestía una túnica de lana de calidad un poco superior a las que las siervas normalmente usaban, pero muy inferior a las ropas que él mismo estaba vistiendo.

—¿Señora? —repitió ella, como si escupiese la palabra— ¡no tengo ninguna señora! Soy una Fitzhugh y no debo satisfacciones a nadie, bellaco! ¡Ahora sal de aquí antes de que marque mi nombre en tu carcaza!

Diciendo eso llevó la mano al cabo del puñal que tenía en la cintura y Geoffrey estuvo seguro de que estaba mirando para su futura esposa. Ella era alta para ser mujer, pero ni de lejos se parecía a una amazona. Y era esbelta, por lo que podía evaluar. El examen era dificultado por los espesos cabellos que prácticamente cubrían la parte de arriba de la túnica, llegando casi hasta la altura de las rodillas.

De una tonalidad un tanto indefinida, aquellos cabellos necesitaban ser peinados y cubrían una parte del rostro como si estuviesen allí para esconder alguna cicatriz. Atento al puñal de ella, Geoffrey se preparó para lo peor. Por otro lado, los dedos de la mujer eran elegantes y limpios, de uñas lisas y blancas. Por lo menos se bañaba. Geoffrey se alegró con esa constatación mientras examinaba las facciones de la Fitzhugh, un tanto oscurecidas por la basta cabellera. Agradablemente sorprendido, él no vio ninguna cicatriz o imperfección. La verdad, en vez de tener un rostro feo o marcado, la Fitzhugh parecía muy… agraciada. Los ojos que soltaban chispas en dirección a él, eran negros y parecían los de una gata enfurecida, pero la ferocidad terminaba allí, porque las facciones eran delicadas. Los pómulos del rostro tenían una leve curvatura y la boca era pequeña, bien diseñada. Estando aquellos labios cerrados, nadie diría que su dueña era capaz de pronunciar las imprecaciones que él ya escuchara.

Después de estar mirando por algún tiempo más para los labios de la Fitzhugh, Geoffrey se obligó a desviar los ojos y examinó a la futura esposa de la cabeza a los pies. ¿Era aquella la mujer que inspiraba tanto miedo y aversión? No había allí ninguna bruja, ninguna criatura monstruosa, sino simplemente una mujer aunque tuviese un lenguaje reprobable.

—¿Quien diablos crees que eres para estar mirándome de esa manera?, idiota —vociferó ella—. ¡Si viniste como emisario de aquella banda de chacales que son los de Burgh, puede salir ya!

—Lobos —la corrigió Geoffrey, un tanto distraído. Aun estaba espantado por la constatación de que no se casaría con una mujer vieja y de piel arrugada. Tenía el cabello exageradamente largo, claro, pero aquello más le fascinaba de lo que le causaba repulsión. Bien que le gustaría meter los dedos en aquellos hilos y empujarlos para atrás, solo para tener una visión mejor del intrigante rostro de la futura esposa.

La Fitzhugh quedó mirando para él como si estuviese delante de un loco. Geoffrey creyó mejor explicarse.

—Los de Burgh. El emblema de ellos es un lobo, no un chacal —la mujer cerró los ojos.

—No me importa eso, porque no tengo nada que ver con ellos. ¡Vuelve y dile que yo escupo en ellos, lacayo!

—Creo que eso no sería prudente, ya que algunos de ellos son de naturaleza violenta —advirtió Geoffrey— ven a recibirlos, asumiendo tu papel de castellana, y pronto te librarás de ellos.

—¡Ja! —gritó ella— ¿y como puedo saber que eso ocurrirá de verdad?

—Es muy sencillo. Después del que el matrimonio se realice, te prometo que ellos partirán.

No era mentira. La verdad, Geoffrey estaba tan ansioso por librarse de los vigilantes parientes como la Fitzhugh. Se creía en condiciones de asumir solo el control de la propiedad y de la mujer, sin necesitar de la ayuda de sus, muchas veces, autoritarios hermanos.

—¿Matrimonio? ¡Ja! —se burló ella— no me casaré con nadie, ¡menos aun con uno de los de Burgh!

Aquello alcanzó a Geoffrey de lleno.

—No soy tan repulsivo así —rebatió él, sin levantar el tono de voz. La opinión de aquella mujer no tenía la menor importancia para él, aun así Geoffrey se vio esperando atentamente la respuesta de ella. No tenía el desembarazo ni los modos seductores de su hermano Stephen, que flirteaba con muchas mujeres. Tampoco era muy hábil en hacer la corte, aunque ya hubiese atraído algunas representantes del sexo opuesto. Ahora aquella deficiencias parecían muy serias y él se preguntó qué sería necesario hacer para obtener los favores de una mujer, más específicamente de aquella mujer.

La Fitzhugh se le quedó mirando, intentando esconder el espanto, sin éxito. Después hizo una mueca.

—¿Tú eres uno de los de Burgh?

—Geoffrey —dijo él, dominado por un absurdo deseo de escuchar su propio nombre pronunciado por los labios de ella.

En vez de eso, la mujer pronunció una sucesión de improperios que dejarían asustado hasta al mismo Simon.

—¡Debía haber notado que se trataba de un engaño! —vociferó, cerrando los dedos en el cabo del largo puñal que tenía en la cintura.

Geoffrey frunció el ceño al ver la transformación que se operó en las facciones de la mujer, preguntándose si lo que viera antes era solo una máscara que escondía un pozo de amargura. La apariencia era atractiva, pero él necesitaba recordar la verdadera naturaleza de la fiera. La Fitzhugh no era una mujer común.

—Debes haber oído hablar que ya estuve casada —dijo ella, con los ojos brillando peligrosamente— ¿Quieres tener el mismo destino que él?

Geoffrey suspiró y balanceó la cabeza la escuchar la amenaza. Había esperado sensibilizar la inteligencia de ella, pero tal vez la Fitzhugh fuese de verdad un animal salvaje y sin mente, a pesar de las delicadas facciones.

—De nada te servirá quitarme la vida, milady, porque allá abajo hay cinco que pueden tomar mi lugar —argumentó él— sométete.

Aquellas palabras blandas, dichas con la intención de consolarla, parecieron dejarla aun más enrabietada.

—¡Someterme! ¡No me someto a nada de Burgh! Estás avisado, mi lord —advirtió ella, pronunciando el titulo nobiliario como si estuviese rogando una maldición. Después bajó la cabeza y miró para él por entre los cabellos— cásate conmigo y lamentarás amargamente tu destino.

Dicho eso, pasó delante de él y abrió la puerta en un gesto lleno de violencia, obligando a Geoffrey a recostarse en la pared. Él ya se sentía como si hubiese pasado la tarde participando en una batalla y aun tenía que casarse con ella. Con su lengua afilada y sus modos rebeldes, aquella mujer lo dejaría como mínimo agotado. ¿Pero intentaría realmente matarlo?

Soltando un largo suspiro, Geoffrey se quedó observando como ella salía, fascinado por la forma en que sus largos cabellos se balanceaban. Aquellos cabellos cubrirían a un hombre como una manta, pensó él, apartando pronto ese pensamiento idiota. La mujercita era una asesina enloquecida, no una dama que mereciera admiración. Aun así, había algo en ella, algo que ella escondía detrás de aquella masa de cabellos, algo en la espartana limpieza del cuarto que no estaba de acuerdo con la reputación de la Fitzhugh. Geoffrey rascó la cabeza. Un hombre erudito como él debía solucionar el enigma como si estuviese resolviendo un problema de matemáticas.

—¡Pero que tonterías! —refunfuñó, corriendo detrás de ella. Por más peligrosa e indomable que fuese la mujer, él no la dejaría sola delante de los lobos que esperaban allá abajo.

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