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Las Cuatro Campañas


DE
La Guerra del Pacífico
Por
FRANCISCO A. MACHUCA
(CAPTAIN)
TENIENTE CORONEL RETIRADO
Relación y crítica militar de Captain,

autor de La Guerra Anglo Boer, de La Guerra Ruso japonesa,

y de La Gran Guerra Mundial de 1914  1917.
TOMO I.

1926


Imprenta VICTORIA, Valparaíso
Casilla 163.

A los señores Coroneles

Don Carlos Ibañez del Campo,
Ministro del Interior
y
Don Ricardo Olea,
Comandante en Jefe de la V División
a cuya patriótica benevolencia
se debe la publicación de esta obra,

Viña del Mar, Marzo de 1927.
El autor.

ES PROPIEDAD

Inscripción No. 590

LAS CUATRO CAMPAÑAS

DE LA GUERRA DEL PACIFICO
I. TARAPACÁ. II. TACNA.

III. LIMA. IV. LA SIERRA.


Tomo Primero.

Campaña de Tarapacá.


Capítulos Materia Pág.
I. El desierto de Atacama.- El Tratado secreto…………………….…………………….. 9

II. El Tratado Baptista – Walter Martínez………………………………………………… 23

III. Embargo de la Compañía de Salitres; rescisión de la convención de 1873 ………………………………………………………….. 28

IV. Ocupación de Antofagasta.- Toma de Calama………………………………………… 35

V. La Misión Lavalle……………………………………………………………………… 47

VI. El Perú causante de la guerra…………………………………………………………... 56

VII. Preparativos bélicos……………………………………………………………………. 63

VIII. Operaciones activas…………………………………………………………………………….……. 74

IX. Preparativos de los aliados…………………………………………………………….. 88

X. La expedición al Callao………………………………………………………………... 102

XI. Organización del Ejército……………………………………………………………… 112

XII. Combate Naval de Iquique……………………………………………….……………. 125

XIII. Preparativos para la campaña terrestre……………………………………….………... 137

XVI. Operaciones de la Escuadra Peruana. (Del 23 de Mayo al 30 de Setiembre)……………………………………………………………………..………. 150

XV. Operaciones Marítimas chilenas. (Del 23 de Mayo al 30 de Setiembre)………………………………………………………………………….…... 162

XVI. Preparativo terrestres hasta la batalla de Angamos……………………………………. 179

XVII. Angamos…………………………………………………………………………….…. 195

XVIII. En víspera de expedicionar a Tarapacá………………………………………………... 209

XIX. Embarco del Ejército……………………………………………………….………….. 220

XX. Los servicios humanitarios. Sanidad y religión…………………..…………………… 233

XXI. Asalto a Pisagua………………………………………………………………………... 252

XXII. De Pisagua a Germania………………………………………………………………… 270

XXIII. Concentración del Ejército…………………………………………………………….. 283

XXIV. La marcha de Daza a Camarones………………………………………………………. 292

XXV. Dolores o San Francisco……………………………………………………………….. 301

XXVI. Persecución del enemigo.  “No haga nada”…………………………………………… 312

XXVII .A Tarapacá…………………………………………………………………………….. 322

XXVIII. Tarapacá……………………………………………………………………………….. 330

XXIX. Después de Tarapacá…………………………………………………………………… 342

XXX. Fin de la Campaña……………………………………………………………………… 352


BIBLIOGRÁFIA


  • DIARIO DE CAMPAÑA.  Julio Caballero Illanes, capitán del Coquimbo. (Inédito).




  • DIARIO DE CAMPAÑA.  Federico 2º Cavada, mayor de inválidos, ex capitán ayudante del Coquimbo. (Inédito).




  • RECUERDOS DE LA VIDA DE CAMPANA EN LA GUERRA DEL PACÍFICO, dos tomos por Antonio Urqueta, oficial del Coquimbo. Imprenta La Ilustración. 1909. Stgo.




  • GUERRA DEL PACÍFICO, por Pascual Ahumada Moreno. Imprenta y Librería Americana de Federico T. Lattrop. Valparaíso, 1889.




  • HISTORIA MILITAR DE LA GUERRA DEL PACIFICO, por Wilhelm Ekdaffi, 1er tomo. Imprenta y Litografía, Universo, 1917; 2º y 3er tomos, Imprenta del Ministerio de la Guerra, 1919.




  • GUERRA DEL PACIFICO, por Gonzalo Bulnes, 3 tomos. Imprenta y Litografía Universo. Valparaíso, 1914.




  • CONFLICTOS INTERNACIONALES, por Juan Ignacio Galvez, Agencia de Publicaciones, Buenos Aires, 1919.







  • ESTUDIO SOBRE LA GEOGRAFIA DE TARAPACA, por Guillermo E. Billinghurst. Imprenta El Progreso. Santiago, 1886.




  • HISTORIA DE LA GUERRA DEL PACIFICO, por Diego Barros Arana, dos tomos. Santiago, 1880.




  • HISTORIA MILITAR DEL PERU, por Celso N. Zuleta, coronel de Artillería Benemérito de la Patria, vencedor del 2 de Mayo en 1866, combatiente en Pucará. Imprenta Americana, Lima 1920.




  • GEOGRAFIA DEL PERU, por don Mateo Paz Soldan, París 1862.




  • GUERRA DEL PACIFICO, por Luis Adan Molina, Santiago. Imprenta Universitaria. 1920.




  • LO QUE YO HE VISTO, artículos publicados en la prensa de Santiago por el General Diego Dublé Almeyda.




  • MEMORIAS DE DON PATRICIO LYNCH, 1.º y 2.º tomos. Lima, Imprenta de la Merced, 1884. 3.º tomo, Imprenta Bacigalupi, y Cía., Lima, 1884.




  • BOLETIN DE LA GUERRA DEL PACIFICO, edición oficial, por Moises Vargas. Santiago, 1879.




  • GEOGRAFÍA DE BOLIVIA, por Pascual Limiñana, Sucre. Imprenta Bolivar. 1897.




  • BREVES INDICACIONES PARA EL VIAJERO A BOLIVIA, por Manuel V. Ballivian, La Paz. Tipografía El Demócrata. 1898.




  • GUIA DEL VIAJERO DE LA PAZ, por Nicolás Acosta, La Paz 1880.




  • OTROS TIEMPOS, por el Doctor Zenen Palacios, Santiago. Imprenta La Ilustración. 1923.




  • OBRAS DE NICANOR MOLINARE, Santiago, nueve volúmenes. 1912-1923.




  • SEMBLANZAS DE LA GUERRA DEL PACIFICO por J. V. Ochoa, Lima 1880.




  • CARTAS A LA PRENSA ASOCIADA DE LIMA, por el corresponsal en campaña, Benito, Neto, 1880.




  • EL CONTINGENTE DE LA PROVINCIA DE ATACAMA EN LA GUERRA DEL PACIFICO, Copiapó, Imprenta de El Atacameño.




  • CAMINOS DEL DESIERTO Y DE LA COSTA DE ANTOFAGASTA Y ATACAMA, Estado Mayor General, sección técnica, Santiago de Chile. Imprenta, del Esta­do Mayor., 1895.




  • EL CONFLICTO DEL PACÍFICO, por Julio Pérez Canto, Santiago. Imprenta Zig-Zag, 1918.




  • ACONCAGUA EN LA GUERRA DEL PACÍFICO, por Florentino A. Salinas, Santiago. Imprenta Albión, de Carlos 2º Lattrop, 1893.




  • HISTORIA DEL BATALLÓN Nº 3 DE INFANTERÍA, por Tomás de la Barra Fontecilla, Santiago. Imprenta de la Ilustración Militar, 1901.




  • EL BATALLÓN MOVILIZADO QUILLOTA, por Francisco A. Figueroa B., Santiago. Imprenta del Correo, 1894.




  • CHASCARRILLOS MILITARES, por Daniel Riquelme (Conchalí), Santiago. Imprenta Victoria, San Diego 73. 1885.




  • BATALLÓN MOVILIZADO TALCA, PAGO Y LIQUIDACIÓN DEL MENCIONADO CUERPO, por Emeterio Letelier, coronel de ejército, Santiago. Imprenta Cervantes, 1885.




  • EL CONFLICTO DEL PACÍFICO, por José Ricardo Luna, teniente coronel de Caballería, Lima. Imprenta Gloria, 1919.




  • REVISTA MÉDICA, SERVICIOS DE SANIDAD, Santiago. 1879-1884.

  • ESTUDIO HISTÓRICO DE LA GUERRA DEL PACÍFICO, por Eufrasio Viscarra, Cochabamba, 1889.




  • HISTORIA GENERAL DE BOLIVIA, por Alcides Arguedas, La Paz. Arno Hnos., Editores.




  • BOLETIN DE LA GUERRA, por Modesto Molina, Lima. 1880.




  • SUD AMERIQUE, por el conde d’Hursel, París. 1879.




  • PEROU ET BOLIVIE, pour M. Charles Wiener, París. Librería Hachette, 1880.




  • ESTUDIO ESTRATÉGICO SOBRE LA CAMPAÑA MARITIMA DE LA GUERRA DEL PACIFICO, por Arturo Cuevas, contralmirante, Valparaíso. Talleres Tipográficos de la Armada, 1901.




  • PRECIS DE LA GUERRE DU PACIFIQUE ENTRE LE CHILI D'UNE PARTE, LE PEROU ET BOLIVIA DE L’AUTRE, por Joachin du Perron, comte de Revel. Livrairie Militaire, 1910, París.




  • HOMBRES NOTABLES DE CHILE, por Enrique Amador Fuenzalida, Valparaíso. Imprenta Universo, 1901.­




  • DERROTERO DE LA COSTA DEL PERÚ, por el piloto don Rosendo Melo. Talleres del “Auxiliar del Comercio”, Lima, 1913.




  • INFLUENCIA DEL PODER NAVAL EN LA HISTORIA DE CHILE, por el vicealmirante don Luis Langlois. Imprenta Talleres de la Armada, Valparaíso, 1911.




  • CAMPAÑAS DE TARAPACÁ, TACNA Y LIMA, por Benjamín Vicuña Mackenna. Rafael Jover, editor. Santiago, 1880.




  • INFLUENCIA DEL PODER NAVAL SOBRE LA HISTORIA, por el comandante A. E. Mahan, (de la armada de Estados Unidos). Traducción del capitán Linacre. Imprenta de la Armada. Valparaíso, 1900.




  • PRINCIPIOS Y COMENTARIOS SOBRE TÁCTICAS NAVALES, por el comandante B. Of., de la marina de Estados Unidos. Traducción del capitán Arturo E. Wilson. Litografía Inglesa, Valparaíso. 1894.




  • LOS COMBATES NAVALES DE LA GUERRA DEL PACÍFICO, por el vicealmirante don Luis Uribe Orrego. Imprenta de la Patria, Valparaíso. 1886.




  • OPERACIONES COMBINADAS DE LOS EJÉRCITOS DE MAR Y TIERRA, por R. Degouy, teniente de la marina francesa. Traducción de X. T. W. Imprenta de la Patria, Valparaíso. 1888.




  • GEOGRAFÏA MILITAR DE CHILE, por J. Boonen Rivera, 2 tomos. Imprenta Cervantes, Santiago. 1897.




  • LES ENSEIGNENTS DE LA GUERRE, por el coronel Bidault. Antibes. Imprenta Emile Roux. 1915.




  • MEMORIAS DEL CORONEL ALEJANDRO GOROSTIAGA, (después general). Imprenta de la República, Santiago. 1883.




  • DIARIO DE CAMPAÑA, del autor. 1879-1884.


CAPÍTULO I.
El desierto de Atacama. El tratado secreto.

Los estados americanos que surgieron en los primeros tiempos del siglo pasado, tomaron como base para el establecimiento de las respectivas fronteras los límites acordados por la corona de España, a los virreinatos y capitanías generales de sus vastos dominios.

Los gobiernos estuvieron de acuerdo en reconocer el uti posidetis de 1810, acatando la posesión territorial de ese año, como punto de partida para la delimitación de fronteras; se creyó que tal decisión, sencilla al parecer, cortaba todo motivo de futuros reclamos entre los vecinos.

El publicista boliviano Don J. M. Santibáñez define así el uti posidetis como norma para los límites de las repúblicas americanas:

“Esta especie de acuerdo o asentimento tácito; este hecho natural y necesario que circunscribe a los nuevos Estados dentro de los límites trazados por la metrópoli a sus provincias, es lo que se ha llamado el uti posidetis del año diez, o sea el derecho que la posesión daba a las Repúblicas Hispano Americanas, a la soberanía y dominio del territorio que constituía en esa época la sección colonial transformada en nación independiente”. (Argumentación en la cuestión chileno argentina).

El desierto de Atacama constituía el límite entre Chile y el Perú en la citada fecha de 1810. Bolivia no existía aun.

Pero el desierto no forma una barrera definida, como un valle, un río, una montaña; la pampa arenosa, árida y estéril, se extiende por centenares de kilómetros desde la desembocadura del Loa, poco al sur de Punta Chipana, hasta el cerro Colorado, entre Blanco Encalada y Paposo, en una extensión cercana a cuatro grados geográficos desde el 21 al 25 de latitud sur.

La Corte de España había definido ya los límites de Chile y el Perú, en esta dilatada zona.

En 1787 nombró una comisión presidida por los delegados reales don Alejandro Malaspiña y don José Bustamante, que arribaron a las costas del Pacífico, en la escuadrilla, compuesta de las fragatas de guerra “Atrevida” y “Descubridora”.

Después de una penosa y concienzuda labor, la Comisión fijó el río, Loa, como límite entre el virreinato del Perú y la Capitanía General de Chile. Esta decisión de los delegados reales, recibió la aprobación de la Cor­te de España; y en consecuencia, quedó Chile deslindado por el norte con el Perú por el río Loa y por el oriente con la Audiencia de Charcas.

El Gobierno de esta Audiencia jamás tuvo dificultad de límites con la capitanía de Chile, porque su comercio no se ejercitaba por las costas chilenas, sino que seguía la ruta de Arica por el norte; y la de Buenos Aires, por el sur.

El rey de España mandó levantar en 1790 por varios oficiales de la marina de guerra la carta de las costas de Chile, comprendidas entre los grados 38 y 22 de latitud sur.

En 1799, el Excmo. Secretario de Estado de Despacho Universal señor don Juan de Lángara, la presentó a S. M. El río Loa quedó como línea de frontera por decisión de la Corona de España, acatada por las autoridades del Perú y Chile.

El Monarca fijó dicha demarcación en esta forma: El río Loa, desde el Océano Pacífico hasta Quillagua; de este caserío una recta hasta la cumbre del Miño; y de este volcán, su paralelo hasta la cordillera de los Andes.

El uti posidetis de 1810 sancionó tal estado de cosas.

En esta carta oficial se designan como costas de Chile todas las comprendidas entre los paralelos 38 y 22; y no fijándose su terminación, ni por el sur, ni por el norte, es evidente que pueden extenderse todavía hacia el norte más allá del paralelo 22, como se extienden hacia el sur, más acá del paralelo 38; lo que está enteramente de acuerdo con el plano del virrei que pone el límite austral del Perú a los 21º 38’ de latitud meridional. No sólo, pues, pertenece a Chile la Bahía de Nuestra Señora, sino las Bahías de Mejillones y Cobija, y en una palabra, toda la costa, hasta la desembocadura del Loa.

La constitución de 1833, en su artículo 1.º estableció:

“El territorio de Chile se extiende desde el desierto de Atacama hasta el Cabo de Hornos”.

Los bolivianos alegaron muchos años después, que la palabra desde no comprendía el desierto, quizás con la misma razón que hasta no comprendía el Cabo de Hornos. Pero abandonaron esta teoría.

En 1825, a raíz de la creación del nuevo Estado, el Libertador quiso darles acceso al mar, y comisionó al General O'Connor para que buscase en el Pacífico un lugar adecuado para fundar un puerto.

El citado General informó al Libertador de no haber encontrado en toda la dilatada y estéril costa ningún pasaje apropiado para habilitar un puerto, con lo que Bolivia quedó como nación interna en el ánimo de Bolivar.

Charcas, con la proclamación de la Independencia, pasó a ser provincia argentina, y como tal, sus diputados señores Mariano Sánchez de Loría y José María Serrano, firmaron el acta de la independencia argentina, en Tucumán, el 9 de julio de 1816.

No obstante el informe desfavorable de O'Connor, el Libertador expidió el siguiente decreto, en contravensión a las disposiciones de la Constitución que él mismo acordara a Bolivia:

Art. 1.º Quedará habilitada desde el 1.º de Enero entrante, por puerto mayor de esta provincia, con el nombre de Puerto de la Mar, el de Cobija.

Art. 2.º Se arreglarán allí sus oficinas…..

Art. 3.º El gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, quedará encargado de ejecutar este decreto. Imprímale, publíquese y circúlese. Dado en el Palacio de Gobierno en Chuquisaca, a 28 días del mes de Diciembre de 1825.  Firmado.  Simón Bolivar.

Este es el único título   título colorado   que ha podido exhibir Bolivia, al pretender soberanía sobre la costa del Pacífico.

El Presidente don Manuel Bulnes, en sus deseos de definir con claridad los límites del Estado, inició la colonización del sur de la Patagonia, con la fundación de Punta Arenas; y al oriente, tras la cordillera de los Andes, echando los cimientos del fuerte Curileo, a orillas del río de este nombre, cerca de su confluencia con el Neuquen, en plena Patagonia, dentro del hoy Territorio Nacional de Neuquen, argentino. Todavía existen los restos del recinto fortificado, conocido por los naturales con el nombre de El Fortín.

En cuanto al norte, el puerto de Paposo dependía de la capitanía general de Chile desde el tiempo de la colonia.

Así lo establece la real órden de 26 de junio de 1803, suscrita por el Ministro Español Soler y dirigida al Presidente de la Audiencia de Chile.

En ella se inserta una comunicación del Ministro don José Antonio Caballero, que principia con estas palabras:

“En despacho de este día ha nombrado el Rey, a consulta del Consejo de Indias, al misionero apostólico don Rafael Andreu y Guerrero, obispo auxiliar de las diócesis de Charchas, Santiago de Chile, Arequipa y Córdoba de Tucumán, con residencia ordinaria en los puertos y caletas de San Nicolás y del de Nuestra Señora del Paposo, en el Mar del Sur, perteneciente a la segunda”.

En Paposo tuvo siempre su asiento el Corregidor colonial designado por la capitanía general de Chile; y desde la independencia, el nombrado por el Gobierno de Santiago, hasta la creación de la provincia de Atacama, en 31 de Octubre de 1843.

Desde esta fecha el inspector del partido de Paposo ejercía jurisdicción sobre todas las caletas, hasta el Loa, límite reconocido entre el Perú y Chile, según reza el Guía de los Forasteros de Lima, publicación oficial.

Esta obra, que aparecía cada cierto número de años, contenía una relación completa del Virreinato, con sus límites, departamentos y partidos; daba a conocer la administración civil, religiosa y militar; las rentas, producciones e impuestos, etc. etc.

Una de las ediciones publica el mapa hecho de órden del virrey, don Francisco de Gil y Lemus, en 1792. En él están marcados los límites del norte y del sur.

Después de una breve idea del Perú, sigue este pasaje:

“Por estas divisiones (las que se hicieron para formar los virreinatos de Santa Fé y de Buenos Aires) se halla hoy reducido el Perú a una extensión de 365 leguas N.S. desde los grados 3º 35' hasta los 21º 48' de latitud meridional”.

Y poco después agrega:

“La ensenada de Tumbes lo separa por el norte del nuevo Reino de Granada, y el río de Loa por el sur, del desierto de Atacama y Reino de Chile”.

Bolivia estuvo a punto de tener gran zona marítima: El general don Antonio José de Sucre, sucesor de Bolivar en la presidencia de esta república, gestionó con el Perú el tratado de 15 de Noviembre de 1826, por el cual éste le cedía a la recién formada república boliviana las provincias de Tacna, Arica, Pisagua y Tarapacá.

Este convenio, firmado por los plenipotenciarios don Facundo Infante, de parte de Bolivia, y don Ignacio Ortiz Ceballos, en nombre del Perú, no fué ratificado por el Gobierno de este país. Se opuso a él el señor Andrés Santa Cruz, de nacionalidad boliviana, a la sazón Presidente provisorio del Perú, con la aquiescencia de Bolivar.

Santa Cruz siguió en esto la convicción peruana, de que Bolivia no necesitaba costa, pues la consideraban como una sección del altiplano, desprendida del virreinato de Buenos Aires.

Bolivia marítima redújose en el papel a Lamar; en tanto Chile ejercía jurisdicción sobre la costa del despoblado.

Así, en 1830, don Diego de Almeida, con permiso y comisión del Gobierno de Chile, explora el desierto, y expide un informe tan favorable, acerca de las grandes riquezas que encierra, que fué calificado de fantástico, y valió al autor el dictado de loco.

Los primeros conquistadores de la costa fueron los esforzados cateadores que encontraron yacimientos de guano. Hallábase este abono en Lagartos, Santa María, Orejas de Mar, Angamos y donde es hoy Antofagasta

Como no había autoridades, llegaban los buques, cargaban y se hacían a la vela.

El general Bulnes puso coto a este estado de cosas.

El 13 de junio de 1842, pasó un mensaje al Congreso, refrendado por el Ministro de Hacienda don Manuel Rengifo, cuyo preámbulo dice:

“Reconocida en Europa la utilidad de la substancia llamada guano, mandé una comisión exploradora a examinar el litoral comprendido entre el puerto de Coquimbo y el Morro de Mejillones, con el fin de descubrir si en el territorio de la República existían algunas guaneras, cuyos beneficios pudieran proporcionar un ramo nuevo de ingresos a la hacienda pública y aunque el resultado de la expedición no correspondió plenamente a las esperanzas que se habían concebido, sin embargo, desde los 20º 35' hasta los 23º 6', de latitud sur, se halló guano en diez y seis puntos de la costa e islas inmediatas, con más o menos abundancia, según la naturaleza de las localidades en que existen estos depósitos”.

Ambas Cámaras aprobaron el mensaje y se dictó la ley de 31 de Octubre de 1842, que consta de cinco artículos:

Por el primero se declaran las guaneras propiedad nacional; por el 2.º se declara en comiso buque y carga que no tenga permiso; por el 3.º se autoriza al ejecutivo para establecer un derecho de exportación o ejecutarla por cuenta fiscal, o por remate; por el 4.º se le faculta para gastar hasta seis mil pesos en la ejecución de la ley; y por el 5.º se concede a los que estén cargando de buena fe, plazo hasta el 15 de Enero de 1843 para acogerse a esta ley.

Años más tarde, el Gobierno de don Manuel Montt contrató los servicios del sabio don Amado Philippi para estudiar científicamente él despoblado, y le dió como guía y ayudante al señor de Almeida, quien hizo la expedición no obstante sus ochenta y seis años.

El objeto de la expedición era “conocer la geología de esta parte del territorio y las diferentes clases de minerales que puede contener, como reunión de datos geográficos que el Gobierno deseaba constatar”.

Tuvo como ayudante al ingeniero geógrafo don Guillermo Doll, y contrató dos exploradores chilenos, Domingo Minela y Carlos Núñez.

El 14 de Noviembre llegó el señor Philippi a Valparaíso, en donde completó su bagaje instrumental, con la compra de un sextante, un horizonte artificial y un cronómetro común de buque. Don Ignacio Domeyko le proporcionó un cicrómetro de August, y su compatriota, el señor Segeth, un termómetro a sifón.

La expedición zarpó de Valparaíso en la goleta “Janequeo” el 22 de Noviembre de 1853, comandada por el capitán don Manuel Escala, llevando a bordo a don Rodolfo Amado Philippi, que hacía dos años había llegado al país y tenía la dirección del Museo Nacional.

Llegado Philippi a Copiapó, el Intendente don Antonio de la Fuente le puso en contacto con don Diego de Almeyda, que conocía el desierto palmo a palmo, trabajando minas de oro, plata y cobre.

Había tenido gran fortuna, perdida después en expediciones mineras; no obstante sus años y posición social, se contrató como guía de la expedición por la mísera cantidad de veinte onzas de oro; pero el atrevido explorador no miraba las onzas, sino los misterios del ignorado desierto.

El doctor pensó iniciar sus exploraciones por Cobija; más como había guerra entre Bolivia y el Perú, y éste tenía guarnición en Cobija y Calama, no le era posible acercarse a San Pedro de Atacama.

Siguió entonces otro derrotero: de Caldera a Mejillones, de aquí, a San Pedro de Atacama y Taltal; y desde este puerto a Copiapó, a cuya ciudad llegó el distinguido sabio el 25 de Febrero de 1854.

Philippí condensó el resultado de sus exploraciones en un libro publicado en Halle (Prusia) con el título de “Viaje al desierto de Atacama hecho de orden del Gobierno de Chile en el verano de 1853 1854”.

Muchas cosas escaparon al explorador en su corto viaje; pero hace amplias descripciones de la topografía de aquellos lugares, de la naturaleza del suelo, meteorología, fauna y flora de los valles, y variadas observaciones útiles para el porvenir de la zona.

Los gastos de la expedición ascendieron a 1.397 pesos, primera suma gastada por el Gobierno en explorar un territorio que más tarde debía llenar las arcas públicas.

El atrevido explorador Almeida, fué abuelo del talentoso general don Diego Dublé Almeida, y por lo tanto, bisabuelo del actual general don Diego Dublé Alquízar.

Varios otros hombres de corazón siguieron internándose por esos páramos: Don José Antonio Moreno, que dió el nombre a una sierra de la costa, y don José Santos Ossa Mesa, que desde niño formó parte de caravanas cateadoras. El señor Ossa nació en Freirina en 1823; se estableció después en Cobija y ahí formó su hogar. Tuvo la gloria de descubrir el valle interior longitudinal, que baja de norte a sur, entre la Cordillera de la costa y la real andina.

Dicho valle, según Ossa, constituiría una gran arteria comercial, sí el Gobierno de Chile se allanaba a llevar un ferrocarril longitudinal, para arrastrar hacia Caldera por el sur, y hacia Mejillones por el norte, las grandes riquezas que encierran esas pampas.

El señor Ossa expuso estas ideas a S. E. el Presidente de la República, don José Joaquín Pérez, que, si bien las aceptó en teoría, no las consideró prácticas, por las dificultades del erario.

Quince años después de la vigencia de la ley Bulnes, en nota de 8 de Noviembre de 1858, pasada por el Ministro de Bolivia don Manuel Macedonio Salinas, este funcionario protesta de dicha ley y alega derechos bolivianos sobre el litoral.

Nuestro Ministro de Relaciones Exteriores don Jerónimo Urmeneta, contesta al diplomático boliviano que “desde la promulgación de la ley de 1842, ningún buque, nacional o extranjero ha dejado de sacar las licencias que ella prescribe; y la aduana sola de Valparaíso, ha otorgado licencia para cargar en Mejillones, Angamos, Santa María, Lagartos, etc., desde aquella fecha hasta el año 57, a ciento trece buques de todas las naciones”.

Varias veces intentó Bolivia turbar el dominio chileno en las guaneras, pero las naves de nuestra escuadra desbarataron tales intentonas y afirmaron el dominio con trabajos positivos, Chile se había preocupado de conservar el dominio del mar.

En 1840 la “Janaqueo” llevó gente a Angamos, y estableció una faena de explotación en Mejillones.

Las autoridades bolivianas de Cobija tomaron presos a los trabajadores y los transportaron a ese puerto; nuestro buque de guerra los puso en libertad y estableció un fortín en Mejillones.

Al abrigo de éste, el barco nacional “Martina”, inició el carguío de guano en dicha bahía; las autoridades bolivianas de Cobija le ordenaron alejarse; el capitán resistió y el Gobierno de Chile le dió eficaz apoyo.

Lo mismo ocurrió con una compañía comercial de Valparaíso; el Gobierno amparó sus derechos con un buque de guerra.

En 1857, la “Esmeralda”, mandada por don José Anacleto Goñi, apresó en Mejillones al buque inglés “Sportman”, que cargaba guano.

Por fin el almirante Williams Rebolledo, en la administración Pérez, impidió explotar guano al súbdito brasilero don Pedro López Gama, que ostentaba un permiso del Gobierno boliviano.

Bolivia alegaba dominio sobre el litoral, porque en 1841 había concedido permiso a don Domingo Latrille, para extraer guano, quien cargó con esta substancia el buque inglés “Horsburg”.

Agregaba igualmente “que allá por 1842, cuando Bolivia tenía lanchas y el buque guardacostas “General Sucre”, éste había apresado al buque “Rumana”, de la marina mercante de Chile, por introducirse furtivamente a cargar guano en Angamos, le había llevado a Cobija para juzgar a los tripulantes; pero que la nave se había fugado una noche, rompiendo las cadenas que lo aseguraban”.

Don jerónimo Urmeneta, Ministro de Relaciones Exteriores, contestó al Ministro de Bolivia: “Actos clandestinos, ejecutados sobre una puerta indefensa y poco vigilada de las costas de una nación amiga, no pueden conferir posesión alguna regular; y si con ellos por momentos ha podido Bolivia interrumpir la posesión legítima de Chile, éste bien pronto ha sabido recuperarla”.

Nuestro dominio sobre el desierto quedaba a firme sobre las pretensiones de Bolivia que había substituido nominalmente al Perú y decimos nominalmente, porque el tres de Octubre de 1840 el General, don Agustín Gamarra se apoderó de la ciudad de La Paz, a nombre del Perú, extendiendo su autoridad hasta la costa, tal como lo hicieron los jefes peruanos el 22 de Diciembre de 1826, so pretexto de proteger al Mariscal de Ayacucho y contener la anarquía.

El nuevo estado del Alto Perú, o Bolivia, carecía de sólido cimiento para el desarrollo de su vida independiente. Las revoluciones se sucedían con rapidez: el general don José A. Ballivian se levanta contra la invasión de J. Gamarra, lo derrota en Ingaví y liberta a La Paz del despotismo peruano; pero el General Eusebio Gilarte subleva dos cuerpos y derroca al Presidente Ballivian, para ceder el puesto supremo, diez días más tarde, al General don José Miguel de Velazco, destituido a la vez por un movimiento encabezado por Belzu.

El dictador Belzu marcha a Europa, después de hacer Presidente a su yerno, general Jorge Córdova.

Los descontentos se agrupan a la sombra del doctor don José María Linares, que después de dos años de lucha escala el poder supremo, para ser depuesto por sus propios Ministros que le traicionan, señores Fernández, Sánchez y Achá.

Convocado el pueblo a elecciones, elige Presidente al general don José María de Acha, contra quien se subleva el general Mariano Melgarejo. Se traba la lucha; derrotado éste en La Paz, consigue llegar al Palacio de Gobierno, tiende de un tiro al Presidente y se proclama jefe supremo.

Durante nueve años gobierna munido de todos los poderes.

El general Morales depone a Melgarejo y muere asesinado.

Los civiles don Tomás Frías y don Adolfo Ballivian consiguen enrielar al país dentro de la legalidad; pero todo se derrumba ante un cuartelazo que eleva a la dictadura al general don Hilarión Daza, soldadote semi analfabeto.

Mientras Bolivia se consume en revoluciones que levantan obscuros caudillos, los chilenos exploran el temido desierto; las caravanas de cateadores le cruzan en todas direcciones. Juan López busca nuevas guaneras, Naranjo, unas riquísimas minas de oro, indicadas por un antiguo derrotero; y Carabantes, yacimientos de plata y cobre, que al fin encuentra, después de gastos y sacrificios sin cuento.

El derrotero de los Naranjos data del principio del siglo XIX.

En 1806, don Nicolás Naranjo Machuca, construyó un buque en la Serena, para llevar a la costa norte un cargamento de congrio seco.

En uno de los puertos de recalada, vendió el buque y regresó para construir otro de mayor porte, no ya para el negocio del pescado, sino para ir a trabajar una rica mina de oro.

Durante su estada en el distrito de Atacama, tuvo oportunidad de medicinar y salvar de la muerte a un indio de Paposo; agradecido éste, le lleva al interior del desierto y le muestra una gran veta de subida ley, de la cual don Nicolás extrajo un bolsón de colpas, que beneficiadas en la Serena, rindieron diez libras de oro puro.

Naranjo fabrica un nuevo buque; lo echa al agua, y se da a la vela desde Coquimbo el 25 de Diciembre del mismo año.

La embarcación, a poco andar, se inclina de babor, quizás por la mala estiva; marcha algunas horas sin recuperar la posición natural; y por fin en la tarde se hunde frente a la Punta de Teatinos, ahogándose el señor Naranjo y los ocho tripulantes, a los que no se pudo prestar ningún auxilio, por falta de botes en la bahía. Desde entonces se busca la famosa veta.

En aquel tiempo, el Perú hacía gran explotación del guano de la costa e islas, abono de primera calidad, conocido desde el tiempo de los incas; el fisco obtenía pingües entradas de los enormes depósitos acumulados por los pájaros a través de los siglos.

El Gobierno de Bolivia, al tener conocimiento de que los exploradores chilenos explotaban guano en Mejillones, inició una campaña de notas con nuestra cancillería, tratando de demostrar que esa costa formaba parte del territorio boliviano.

Desde 1860 a 1863, las relaciones estuvieron tirantes, al extremo de temerse un rompimiento que nuestro Gobierno, amante de la paz, pudo evitar con medidas de prudencia. El Congreso de Bolivia, por ley de 5 de junio, de 1863, que se mantuvo secreta, había autorizado al Ejecutivo para declarar la guerra a Chile, medida que no se llevó a efecto, aunque se interrumpieron las relaciones diplomáticas.

Pero la expedición española al Pacífico, el arribo de la escuadra a la costa peruana y el temor de que el Gobierno de S. M. Isabel II, abrigara proyectos de reivindicación en nuestro continente, unieron en estrecho abrazo a los pueblos de la costa occidental sudamericana que declararon la guerra a la madre Patria. Error profundo, lamentable traspies de nuestra cancillería.

Por respeto a un falso americanismo, Chile derramó sangre y dinero en 1822, para dar libertad al Perú; en 1838 1839, vuelve a desenvainar la espada para arrancar a este ingrato país de las garras de Santa Cruz, y todavía en 1865, afronta una costosa guerra por salvar al mismo Perú, cuando pudo haber observado una neutralidad benévola para ambos beligerantes, vendiéndoles a buen precio nuestros productos de primera necesidad, como víveres y carbón.

Vimos nuestra costa bloqueada, quemado nuestro primer puerto, y después de injentes desembolsos, el Perú se negó a pagar la parte que le correspondía en los gastos de la campaña.

En virtud del tratado de alianza ofensiva y defensiva celebrado en Lima, el 5 de Diciembre de 1865, entre los Gobiernos de Chile y el Perú, las fuerzas navales obedecerían al Gobierno en cuyas aguas se hallaren (Art. 3.º). De esta manera la escuadra unida estuvo a las órdenes del capitán Williams Rebolledo, primero, y del Almirante Blanco Encalada después.

Pero este comando costó caro a Chile, por cuanto el Art. N.º 4 disponía: “El Gobierno, en cuyas aguas se hallaren las naves, pagará sus gastos. Al terminar la campaña, se liquidarán las cuentas”.

Esas cuentas no se finiquitaron jamás, debido a las dilaciones y argucias de la cancillería peruana, eximia en enredar las cuestiones claras y limpias.

Vino la guerra y con ella la liquidación de hecho, quedando impagos los desembolsos de Chile en 1865 1866.

El sentimentalismo internacional ha sido fatal en todo tiempo. Cada Estado debe proceder únicamente según su propia conveniencia.

Así procedió Bolivia, en 1863, autorizando el Congreso la declaratoria de guerra a Chile, y en 1866, su Gobierno, para obtener de este ventajas positivas y valiosas concesiones, adhirió a la alianza chileno peruana contra España.

En celebración de tan fausto acontecimiento, publicó el siguiente decreto dictatorial:

Artículo único.  Derógase la ley, de 5 de junio de 1863, por la cual el poder ejecutivo fué autorizado para declarar la guerra al Gobierno de la República de Chile.

Dado en La Paz de Ayacucho a 10 de Febrero de 1866. Mariano Melgarejo.  El secretario de Estado, Mariano Donato Muñoz.

Poco después el Presidente declaró feriado el 18 de Marzo, día en que se restablecieron las relaciones diplomáticas, con el reconocimiento de don Aniceto Vergara Albano, como Ministro Plenipotenciario de Chile.

Al calor de tal americanismo firmóse con Bolivia un tratado de amistad que puso término a nuestras diferencias sobre límites, tratado que naturalmente no cumplió Bolivia, como no ha cumplido jamás la palabra empeñada, o a lo menos ha tratado siempre de eludir sus compromisos; eso sí, después de usufructuar lo favorable.

Este tratado dispuso en substancia:

a) Que el grado 24 constituía el límite entre Chile y Bolivia;

b) Los productos de los guanos y las exportaciones de minerales entre los grados 23 y 25 se partirán entre los dos Gobiernos.

c) Mejillones quedó designado como único puerto de embarque para los artículos mencionados.

La aduana sería boliviana; y Chile pondría un interventor para los efectos de la contabilidad.

Conviene agregar que Bolivia realizó varios cargamentos de guano sin que Chile divisara un solo centavo de estas negociaciones.

Coincidió con la celebración del tratado, el descubrimiento de calichales, hecho por los señores José Santos Ossa N, Francisco Puelma, en Salar del Carmen, Como esa zona quedaba boliviana por el tratado de 1866, los pedimentos se hicieron ante las autoridades de ese país.

Los descubridores Puelma y Ossa transpasaron sus derechos a la “Compañía Explotadora del desierto de Atacama”, la que envió activos agentes a La Paz, para aumentar el número de pertenencias, y adquirir franquicias sólidas como garantía para la inversión de fuertes capitales.

Los encargados cumplieron con éxito su cometido. Merced a un desembolso de diez mil pesos a favor del fisco boliviano, el Gobierno concedió a la Compañía, en 1868, privilegio exclusivo para la explotación del salitre y bórax, y la liberación por quince años de los derechos de exportación de los productos elaborados por ella.

Esta se comprometió a construir una carretera de 30 leguas de largo desde el mar al interior; y el Gobierno de Bolivia extendió las regalías enumeradas anteriormente, a una faja de una legua de ancho a cada lado del camino y en toda su longitud, o sea un total de 60 leguas.

En posesión de estas concesiones, la Compañía transpasó las propiedades, derechos y privilegios, a la firma Melbourne, Clark y Cía., la que a su vez, se transformó en Compañía Chilena de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta, con asiento en Valparaíso.

La Compañía cumplió fielmente los compromisos contraídos con el Gobierno de Bolivia, fundó y dió vida al puerto de Antofagasta y construyó un ferrocarril a Salar del Carmen.

El empuje chileno creó una ciudad en los desolados páramos vecinos a la Chimba, caleta visitada muy de tarde en tarde por cateadores chilenos.

El copiapino Juan López fué el primer cristiano que se estableció en esa desolada costa en donde ahora se alza el puerto de Antofagasta. Llegó de Caldera a Punta Jara, en 1845, como cateador de don Juan Garday.

Vuelto a Copiapó, regresó nuevamente a dicho lugar, contratado para la caza de lobos por don Matías Torres.

En 1867, nuestro compatriota don José Santos Ossa, de la firma Puelma y Ossa, encabezó una expedición desde Cobija a Palestina. Por falta de agua la caravana llegó hasta los pozos de la boca de la quebrada de Mateo, en donde vivía el solitario López.

Don José Santos llegaba feliz, pues había constatado la existencia de caliche en Salar del Carmen.

Con motivo de la afluencia de exploradores chilenos y de la numerosa inmigración de brazos, el Gobierno boliviano estableció en la naciente población el 29 de junio de 1869, una intendencia de policía, y desde el 21 al 30 de Octubre una junta Oficial venida de Cobija, procedió al remate de manzanas, a 24 bolivianos cada una, para la fundación de la ciudad. La

manzana se dividía en doce lotes, a dos bolivianos cada uno.

Creado el puerto en 1871, dispuso Melgarejo que se le designara con el nombre de Antofagasta, en recuerdo de la estancia de este nombre que poseía en la Puna de Atacama. Antofagasta significa “lugar de mucha sal”.

La gente se resguardaba en carpas de lona; después en cuartuchos de madera cerrados con latas de tarros de parafina.

Por decreto de 8 de Mayo de 1871, el Gobierno declaró puerto mayor a la caleta de la Chimba. Las oficinas se abrieron el 21 de Octubre de este año, con la dotación completa de empleados.

Antofagasta fué tomando importancia. Los chilenos reconocían las guaneras de Mejillones, los minerales de plata de Palestina, los de cobre de Caracoles y los calichales de Salar del Carmen.

El Gobierno de Bolivia transladó a Antofagasta la subprefectura de Mejillones, en 1872, año en que se instaló el primer municipio, compuesto de chilenos en su casi totalidad.

En 1874, Antofagasta pasó a primera categoría en la costa. El Gobierno boliviano transladó la cabecera de la prefectura de La Mar (Cobija) a Antofagasta, y a esta ciudad se trajeron los archivos de Gobierno.

El Presidente Pardo regía los destinos del Perú; la administración se hacía notar por los ríos de oro que producía la venta del guano, y más que todo, las primas y adelantos de los consignatarios en Europa, que naturalmente tenían asegurados buenos contratos.

La alta sociedad limeña recuerda complacida el fausto de la edad áurea; en los ranchos de Chorrillos se jugaba el trecillo a un chino el pozo, es decir, a 1000 soles oro. Este era el precio del arrendamiento de servicios de un hijo del celeste imperio, durante veinticinco años, para la explotación de las haciendas de caña.

El Presidente Pardo vió con temor el auge de las negociaciones de salitre, radicadas por los chilenos en la plaza de Valparaíso, por lo que el salitre exportado a Europa tomó el nombre de salitre de Chile.

La Cancillería de1 Perú se apresura a señalar a Bolivia el peligro que se cierne sobre el departamento del litoral, lleno de chilenos que monopolizan el comercio y la industria.

Por consejo de ejecutivo peruano, el Gobierno de La Paz ordena secretamente levantar el censo del litoral, que dió el siguiente resultado según acta de 10 de Noviembre de 1878:
Chilenos……………………………………6.554

Bolivianos………………………………….1.226

Argentinos…………………………………. 226

Peruanos…………………………………… 121

Ingleses……………………………………. 104

Españoles………………………………….. 47

Franceses………………………………….. 40

Italianos……………………………………. 35

Alemanes………………………………….. 32

Chinos……………………………………… 29

Austriacos………………………………….. 23

Norteamericanos…………………………… 19

Escoceses………………………………….. 18

Portugueses………………………………… 15

Griegos…………………………………….. 7

Dinamarqueses…………………………….. 3

Noruegos…………………………………... 2

Irlandeses………………………………….. 2

Suizos……………………………………… 2

Venezolanos……………………………….. 1

Mejicanos………………………………….. 1

Africanos…………………………………… 1

8.508
Como se ve por este documento de origen boliviano, en un total de 8.508 pobladores, seis mil quinientos cincuenta y cuatro eran chilenos y los 1.954 restantes de otras nacionalidades.

El Ministro peruano en La Paz tenía como misión primordial despertar la suspicacia boliviana, respecto a los planes de expansión territorial que se suponían al Gobierno de la Moneda.

Hemos dicho que Daza surgió después de las administraciones de Morales, Frías y Ballivian, durante las cuales, el Gobierno de Bolivia, azuzado por el Perú, había tomado acuerdos transcendentales respecto a los intereses chilenos radicados en la costa, resumidos en esta forma:

1ª La Asamblea Nacional declara nulos todos los actos de la Administración Melgarejo. (7 de Agosto de 1871).

2ª Por decreto complementario de 1872, el Gobierno declara: “nulos y sin ningún valor las concesiones de terrenos salitrales y de boratos que hubiese hecho la administración pasada”. (Art. 12 de la ley de 12 de Agosto de 1871).

Inmediatamente nuestro Gobierno protesta en forma solemne.

El golpe iba directamente contra la Compañía de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta, que hacía competencia al salitre de Tarapacá, por no pagar derechos de exportación. El Gobierno de Pardo procuraba anular por mano de Bolivia, al futuro competidor de los nitratos peruanos.

Y Bolivia se prestó a este juego de su aliado.

Las maniobras de la cancillería peruana iban encaminadas a producir el estado de guerra en compañía de Bolivia.

El Perú contaba en 1872 con una escuadra muy superior a la chilena, y con un ejército numeroso y aguerrido en las innumerables campañas de sus luchas internas.

Tenía además el nervio de la guerra, pues la casa Dreyfus adelantaba sumas considerables a cuenta del monopolio de la consignación del guano en Europa.

La situación se mostraba propicia para afirmar la hejemonía del sur Pacífico, sueño dorado de los dirigentes peruanos.

Estas ideas de predominio quedaron perfectamente establecidas en el Acta de Consejos de Ministros celebrado en Lima, el 11 de Noviembre de 1872, para echar las bases del tratado de alianza con Bolivia.

Se estampó en dicha acta, que se busca la alianza con Bolivia “para mantener la supremacía del Perú en el Pacífico”. (Acta del 11 de Noviembre de 1872).

Las negociaciones marcharon con tanta rapidez, que antes de tres meses se perfeccionó el tratado secreto perú boliviano contra Chile, a espaldas nuestras y en la sombra del misterio.

Dice así este importante documento, destinado a producir un cataclismo, con todos los honores de una sangrienta tragedia:

Por cuanto entre las repúblicas de Bolivia y el Perú, representadas por sus respectivos plenipotenciarios, se celebró en la ciudad de Lima, el 6 de Febrero de este año, el siguiente
TRATADO DE ALIANZA DEFENSIVA:
Las repúblicas de Bolivia y del Perú, deseosas de estrechar de una manera solemne los vínculos que las unen, aumentando así sus fuerzas y garantizándose recíprocamente ciertos derechos, estipulan el siguiente tratado de alianza defensiva, con cuyo objeto el Presidente de Bolivia ha conferido facultades bastantes para tal negociación, a Juan de la Cruz Benavente, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en el Perú, y el Presidente del Perú a José de la Riva Agüero, Ministro de Relaciones Exteriores, quienes han convenido en las estipulaciones siguientes:
ART. I
Las altas partes contratantes se unen y ligan para garantizar mutuamente su independencia, su soberanía y la integridad de sus territorios respectivos, obligándose en los términos del presente Tratado, a defenderse contra toda agresión exterior, ya sea de otro u otros estados independientes o de fuerza sin bandera que no obedezca a ningún poder reconocido.
ART. II
La alianza se hará efectiva para conservar los derechos expresados en el artículo anterior y especialmente en los casos de ofensa que consistan:

1.º En actos dirigidos a privar a alguna de las altas partes contratantes de una porción de su territorio, con ánimo de apropiarse su dominio o de cedérselo a otra potencia.

2.º En actos dirigidos a someter a cualquiera de las altas partes contratantes a protectorado, venta o cesión de territorio, o a establecer sobre ella cualquiera superioridad, derecho o preminencia que menoscabe u ofenda el ejercicio ámplio y completo de su soberanía e independencia.

3.º En actos dirigidos a anular o variar la forma de Gobierno, la Constitución política, o las leyes que las altas partes contratantes se han dado o se dieren en ejercicio de su soberanía.


ART. III
Reconociendo ambas partes contratantes que todo acto legítimo de alianza se basa en la justicia, se establece para cada una de ellas, respectivamente, el derecho de decidir si la ofensa recibida por la otra, está comprendida entre las designadas en el artículo anterior.
ART. IV
Declarado el casus foederis, las altas partes contratantes se comprometen a cortar inmediatamente sus relaciones con el Estado ofensor; a dar pasaporte a sus Ministros Diplomáticos; a cancelar las patentes de los Agentes Consulares; a prohibir la importación de sus artículos naturales e industriales, y a cerrar los puertos a sus naves.
ART. V
Nombrarán también las mismas partes, plenipotenciarios que ajusten por protocolo los arreglos precisos, para determinar los subsidios, de cualquiera clase que deban procurarse a la República ofendida o agredida; la manera como las fuerzas deben obrar y realizarse los auxilios, y todo lo demás que convenga para el mejor éxito de la defensa.

La reunión de los Plenipotenciarios se verificará en el lugar que designe la parte ofendida.


ART. VI
Las altas partes contratantes se obligan a suministrar a la que fuere ofendida o agredida, los medios de defensa de que cada una de ellas juzgue poder disponer, aunque no hayan precedido los arreglos que se prescriben en el artículo anterior con tal que el caso sea a su juicio urgente.
ART. VII
Declarado el casus foederis, la parte ofendida no podrá celebrar convención de paz, de tregua o de armisticio, sin la concurrencia del aliado que haya, caso fuere, tomado parte en la guerra.
ART. VIII
Las altas partes contratantes se obligan también:

1º A emplear con preferencia, siempre que sea posible, todos los medios conciliatorios para evitar un rompimiento o para terminar la guerra, aunque el rompimiento haya tenido lugar, reputando entre ellos, como el más efectivo, el arbitraje de una tercera potencia.

2º A no conceder ni aceptar de ninguna Nación o Gobierno, protectorado o superioridad que menoscabe la independencia o soberanía, y a no ceder o enajenar a favor de ninguna nación o Gobierno, parte alguna de sus territorios, excepto en los casos de mejor demarcación de límites.

3º A no concluir tratados de límites o de otros arreglos territoriales, sin conocimiento previo de la otra parte contratante.


ART. IX
Las estipulaciones del presente tratado no se extienden a actos practicados por partidos políticos o provenientes de conmociones interiores independientes de la intervención de Gobiernos extraños; pues teniendo el presente Tratado de Alianza por objeto principal la garantía recíproca de los derechos soberanos de ambas naciones, no debe interpretarse ninguna de sus cláusulas en oposición con su fin primordial.
ART. X
Las altas partes contratantes solicitarán separada o colectivamente, cuando así lo declaren oportuno por un acuerdo posterior, la adhesión de otro u otros estados americanos al presente Tratado de Alianza defensiva.
ART. XI
El presente tratado se canjeará en Lima o en La Paz, tan pronto como se obtenga su perfección constitucional y quedará en plena vigencia a los veinte días después del canje. Su duración será por tiempo indefinido, reservándose cada una de las partes el derecho de darlo por terminado cuando lo estime por conveniente. En tal caso, notificará su resolución a la otra parte, y el tratado quedará sin efecto a los cuarenta meses después de la fecha de la notificación.
En fe de lo cual los Plenipotenciarios respectivos lo firmaron por duplicado y lo sellaron con sus sellos particulares.

Hecho en Lima a los seis días del mes de Febrero, de mil ochocientos setenta y tres.


Juan de la Cruz Benavente. J. de la. Riva Aguero.
Artículo Adicional.
El presente Tratado de Alianza defensiva entre Bolivia y el Perú se conservará secreto mientras las dos altas partes contratantes de común acuerdo no estimen necesario su publicación.
Benavente. Riva Aguero.
Por tanto, y habiendo el presente tratado recibido la aprobación de la Asamblea extraordinaria en 2 del presente mes y año; en uso de las atribuciones que la Constitución de la República me concede, he venido en confirmarlo y notificarlo para que rija como ley del Estado, comprometiendo a su observancia la República y el honor nacional. Dado en la ciudad de La Paz de Ayacucho, a los 16 días del mes de junio de 1873 y refrendado por el Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores.
Adolfo Ballivián Mariano Baptista.
En la ciudad de La Paz de Ayacucho a los 16 días del mes de junio de 1873 años, reunidos en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia, el señor doctor don Mariano Baptista, Ministro del ramo, y el señor doctor don Aníbal Víctor de la Torre, Enviado Extraordinario y Ministro Residente del Perú, suficientemente autorizado para efectuar el canje, de las ratificaciones de S. E. el Presidente del Perú del tratado de alianza defensiva concluido entre ambas naciones, en 6 de Febrero del presente año, procediendo a la lectura de los instrumentos originales de dichas ratificaciones, y habiéndoles hallado exactas y en buena y debida forma; realizaron el canje.

En fe de lo cual los infrascritos han redactado la presente acta que firman por duplicado, poniendo en ellas sus sellos respectivos.


Mariano Baptista. A. V. de La Torre.

_________


Excmo. Señor: Lima, Abril 28 de 1873.

El Congreso ha aprobado el 22 del presente, el tratado de alianza defensiva celebrado en esta capital el 6 de Febrero último por los Plenipotenciarios del Perú y Bolivia.

Lo comunicamos a V. E. para su conocimiento y demás fines.

Francisco de Paula Muñoz José María González

Presidente del Congreso. Secretario del Congreso.

Excmo. Señor Presidente de la República.

Lima, Abril 30 de 1873.

Cúmplase. M. Pardo.   J. de la Riva Aguero.
Aunque el tratado tenía por objeto nuestro país, los negociadores cuidaron de no nombrarlo; tampoco mencionaron a la República Argentina, aludida en el artículo X.

El Gobierno peruano, no tranquilo aun con ligar a Bolivia a sus intereses en contra de Chile, gestiona por la vía diplomática el ingreso de la Argentina a la Alianza.

El Gobierno de la Casa Rosada envía el tratado a la Cámara de Diputados, y ésta le presta, su aprobación por 48 votos contra 18.

Nuestros buenos amigos y antiguos huéspedes en época aciaga, don Bartolomé Mitre y don Domingo Faustino Sarmiento, nada pusieron de su parte, para evitar el cuadrillazo que se preparaba en las sombras contra nuestro país.

Fué el Doctor Rawson, alta personalidad argentina, quien llamó a los padres conscriptos al recto camino del deber, en dos notables cartas dirigidas a don Plácido S. de Bustamante.

El doctor Rawson tuvo la suficiente hombría para llevar a conocimiento del Senado, por intermedio del señor Bustamante la palabra honrada de un gran patriota, que repudiaba para su patria el baldón de formar parte del cuadrillazo que se preparaba a traición, contra una nación de América, amiga y hermana.

El señor Mitre recibió en Chile toda clase de atenciones; la sociedad le abrió sus puertas y “El Mercurio” sus columnas, para darle oportunidad de ganarse honradamente la vida.

Sarmiento pasó la Cordillera por el valle de Copiapó, en compañía de su amigo don Juan Bautista Chenao, dedicándose ambos a la enseñanza, en la ciudad de este nombre, emporio entonces de las explotaciones mineras.

Chenao se estableció a firme, como profesor de la juventud copiapina, en la cual formó distinguidos alumnos. Uno de ellos, José Joaquín Vallejo, tomó las iniciales del nombre y apellido de su profesor, J.B.Ch., como componentes de su seudónimo, Jotabeche, inmortalizado en la literatura nacional.

Sarmiento bajó al Sur; estableció una modesta escuela en Los Andes y de ahí lo sacó el Gobierno para que implantara en Santiago, su método de escritura y lectura gradual de silabeo.

El método era bueno; el Gobierno envió al autor a perfeccionarlo, a Europa y Estados Unidos, con decorosa renta.

A su vuelta, se creó la Escuela Normal de Preceptores de Santiago, y se le nombró director de ella para que estableciera prácticamente los principios enunciados en la memoria que presentó al Ministerio de Instrucción Pública.

Restablecida la normalidad en la Argentina, Sarmiento volvió a su patria, colmado de saber y honores.

A la época de la presentación del tratado de alianza contra Chile a las Cámaras argentinas, don Domingo Faustino Sarmiento desempeñaba el puesto de Presidente de la República, y como tal, hubo de firmar el mensaje enviado al Congreso, con el susodicho tratado.


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