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vez, ella tuvo que sacar a luz la caballerosidad, ternura y bondad que yacían como dormidos en el corazón de su marido. En su abnegación, Emilie fue un modelo de vida religiosa y moral y de fuerza espiritual para sus hijas, dotadas de mucho mayor vigor que ella. Sintieron que la simple existencia de su madre había sido una influencia decisiva para ellas. La impresión que dejó en sus descendientes, aun en la vejez, fue así descrita por una de sus nietas:


Cuando pienso en la abuela Fallenstein, recuerdo el pasaje bíblico acerca del grano de mostaza, que es el más pequeño de los granos y sin embargo produce un árbol en que pueden anidar las aves del aire. Casi no es posible ser “más pequeño” y no sólo en estatura, que esta rica hija de patricios. Era tímida, sin ningún brillo externo o seguridad, y se olvidaba por completo de sí misma. No sentía ningún deseo de afirmar su presencia. Pero ninguna de sus nietas habría deseado que ella fuera de otro modo. Un niño no puede extraviarse; se encamina a lo que es importante. La abuela era buena, siempre buena, a cualquier hora que fuésemos a verla; eso era definitivo, y por ello siempre era bueno estar con ella. Todos convenían en ello; grandes y pequeños, pobres y ricos. Nosotros éramos habitualmente muchachos rudos y niñas alocadas, pero no recuerdo que nunca lleváramos nuestra rudeza a la habitación azul de la abuela, que para nosotros era como el cielo. Nunca la vi ruda, malhumorada o impaciente. Y creo que no habría podido serlo. Estoy convencida de que contenía a los muchachos como me contenía a mí. No podía uno dejar de portarse bien ante tanta ternura. Yo no era ningún parangón de virtudes, pero cada vez que abría la puerta de su habitación penetraba en una atmósfera de apacible bondad que misteriosamente me rodeaba, me cubría con algo amable y dulce, y me penetraba profundamente... Jamás vi llorar a la abuela, pero a menudo la vi confortar a otros —por ejemplo, a mi madre, cuando perdió a uno de mis hermanitos— y yo sentí su poder sobre los cerebros yios corazones de los demás, aun cuando no lo comprendiera. Pero ella no sabía nada de ese silencioso poder. La alegría de la abuela en la naturaleza era infinitamente profunda, pero tan apacible como toda ella. Con reverencia absorbía toda belleza, así como escuchaba buena música casi como si estuviera muerta para el mundo. Estaba absolutamente perdida en sus pensamientos cuando, por la noche, contemplaba las luces brillantes reflejadas en el agua o el río iluminado por la luna y el aisaje de la montaña. Más adelante yo encontraría un eco de ese gozo puro en cierto número de poemas pequeños. Con calma y alegría ella contemplaba toda la belleza terrenal, que sólo era como la última capa de lo divino. Lo que yo recibí de ella, y misteriosa y amorfa- mente absorbí en mi niñez, sólo pude verlo claramente cuando hacía ya mucho tiempo que la habían arrancado de nosotros. El día de mi confirmación acudieron a mí las palabras del prólogo a su libro de memorias, y que resumen mi fragmentario reconocimiento de su personalidad, de esa apacible y confiada abnegación combinada con una profunda religiosidad no para producir resignación, sino la más hermosa armonía interna.
Antes de que dejemos a Emilie Souchay, leamos sus palabras, que nos ofrecen un puente entre los sufrimientos infinitos del mundo y el amor de Dios, el puente de una fe constantemente recuperada en la lucha:

¡Nuestra última conversación fue tan breve, y sin embargo tan sustanciosa! Todo el dolor que imbuye el mundo y el corazón humano estuvo en ella. A la postres sólo puedo decir una cosa: que sin lucha, sin una pugna de vida o muerte, no puede alcanzarse la verdadera paz. ¿Por qué debe haber tal lucha? Tal es el gran acertijo sin solución. Es un secreto impenetrable para nosotros el de que de las manos del Creador que todo lo ama pudiera emanar un mundo que por su organización misma causa a los seres vivos indecibles sufrimientos. Y por el espíritu de conocimiento que Dios mismo le ha insuflado, el mayor de todos los dolores le es dado al hombre... No obstante, está grabado en nuestros corazones que Dios es amor eterno: una y otra vez, desde nuestra profunda miseria espiritual levantamos los ojos a El como Salvador y Redentor. Cuando amanece un nuevo día tras la noche oscura y las luces tempranas caen sobre los campos, nos sentimos benditos. Entonces, los que durante tantas horas oscuras luchamos en vano por fuerza y consuelo, somos de pronto inundados por la luz del cielo y sentimos que también nosotros estamos en el corazón del gran Padre, y que son ciertas estas hermosas palabras: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, pues serán satisfechos” [Mateo 5:6].


II
De los hijos que sobrevivieron a esta pareja, diferentes en tantos modos y, sin embargo, armoniosos en su nobleza, sólo nos interesa aquí Helene, la madre de Max Weber. Pero las cuatro hermanas Fallenstein1° poseyeron extraordinarias cualidades de mente y corazón. Todas ellas estuvieron dotadas de un emocionalismo que hizo sus vidas ricas y a la vez difíciles, y de un valor que las hizo enfrentarse al futuro sin temor ni desconfianza. Dominaron la vida igualmente por virtud de sus recursos religiosos y de su enorme energía, con una pasión ética y una bondad desinteresada que dieron forma a sus vidas diarias. Como flores de un mismo tallo, estuvieron muy cerca unas de otras durante todas sus vidas.
Nacida en 1844, Helene Fallenstein creció en la casa ante el Neckar, hasta ser una joven de cautivadora dulzura. Conservó recuerdos de gratitud y amor a su padre, con quien las niñas pequeñas habían jugado sin ningún temor antes de perderlo a temprana edad. Aunque en su juventud fue delicada y víctima de frecuentes jaquecas, adoptó pronto en la vida los principios de su padre, y vivió en armonía con ellos el resto de su vida:
voluntad de hierro, actividad, una actitud moral heroica, excitabilidad, tremendo dinamismo; ésta fue la herencia de su padre. Pero su madre,
‘°Jda la hija mayor del segundo matrimonio, se casó con el historiador de Estrasburgo Hermann Baumgarten; uno de sus hijos fue Otto Baumgarten, el conocido profesor de teología. Henriette se casó con el historiador de arte y poeta Adolf Hausrath en Heidelberg. Emilie se casó con E. W. Benecke, profesor de geología en Estrasburgo. El único hermano, Eduard Fallenstein, estudiante, murió en Francia en 1870, por las estrecheces de la guerra. [Hermann Baumgarten, 1825-1893, también enseñó historia en Karlsruhe. Otto Baumgarten, 1858-1934, fue profesor en Kiel de 1894 a 1926. El geólogo y paleontólogo Ernst Wilhelm Benecke, 1838-1917, fue profesor en Heidelberg (1869) y en Estrasburgo (1872). [E.]

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tan delicada e impotente ante la vida, dejó una huella no menos profunda en el carácter de Helene. No fue difícil para Helene hacer que la extraterrena bondad, la pureza y el desinterés de su madre fueran el rasero de su propia conducta, porque su madre profundamente religiosa no había conocido el egoísmo.
Las hermanas de Helene recordarían varios incidentes que fueron característicos del valor y la impulsiva bondad de la adolescente. Un día de verano, cerca del mediodía, cuando su madre estaba descansando, entró una rata en la sala. Como el jardinero no estaba cerca y ella no quería perturbar el sueño de su madre, la propia Helene mató al horrible animal tomándolo diestramente por el cuello y ahogándolo en el pozo del jardín. Una vez, una vendedora de manzanas llegó a la casa. Mientras estaban regateando, la mujer cayó al suelo. Las niñas vieron al punto que no se trataba de un simple desmayo. Mandaron a buscar a un médico, quien les dijo: “Esta mujer está agonizando. Alguien tendrá que conseguir inmediatamente una carreta, y llevarla al hospital”. Pero la joven Helene, con ojos brillantes, declaró: “Si la señora se está muriendo, no nos la llevaremos; ¡morirá en nuestra casa!” Y esto fue exactamente lo que ocurrió.
Helene, inconsciente de su propia belleza interna, una vez mencionó la sensibilidad que ella y sus hermanas habían heredado de su madre: “A menudo dificulta la vida, pero yo gozo de ella con humilde gratitud, como un tesoro dado por Dios.”
La vida sonreía por todas partes a la muchacha que florecía como un capullo. Era encantadora, tan hermosa como buena, y con un espíritu fogoso y receptivo. A la gente le gustaba estar con ella y quererla. Pero su conciencia le impedía tener una falsa sensación de seguridad. Por el contrario, cuanto más aprobaciones recibía, más buscaba en su alma el derecho a tenerla. En retrospectiva, escribió acerca de su propio desarrollo:
La visión del mundo intelectual que me rodeaba, así como mi creciente comprensión de la obra abnegada de nuestra madre me trajeron entonces un periodo de atormentada meditación, mientras yo pensaba en las fuentes y manifestaciones del egoísmo que están presentes en todo, aun en los afanes más nobles de los hombres. Y sin embargo, no quise hablar de esto con nadie por una preocupación, no enteramente infundada, de que también esto hubiese podido ser causado por mi afán de ser considerada fascinadora e importante. Pero Ida debió de notarlo en algún momento. Después de todo, también ella tenía mucha tendencia a meditar y, en muchas otras ocasiones de mi vida me mostró una mcta cuando dijo: “Sabes, estás tan ocupada preguntándote cuándo y dónde el demonio llamado ‘egoísmo’ hará su aparición que te pierdes tu mejor oportunidad de superarlo pensando, actuando y cuidando a los demás. Trata de pensar en esto todas las noches y da gracias a Dios cuando sepas que has hecho algo bueno, amable y útil para alguien”. Y funcionó.
Cuando, más adelante, la exuberancia de la juventud y la buena fortuna de ser amada por los demás intensificaron su conciencia de sí misma,

las palabras de una maternal amiga, la señora Gervinus, le dieron su dirección interna:


Estaba O acostumbrándome a aceptar superficialmente, como algo natural, todas las cOSaS bellas que la vida me dio... Cuando había estado bailando en una gran fiesta por primera vez, y le dije a la señora Gervinus cuánto había yo bailado, qué amables habían sido conmigo unas personas a quienes yo apenas conocía, y cuán irritada estaba yo de que Emilie H., quien era mucho más inteligente que yo, y la persona más dulce del mundo, hubiera sido como una flor de la pared. “Bueno, niña”, me dijo, “que ésa sea para ti una lección de modestia y humildad. Eres vivaz, te gusta charlar y tienes un rostro agradable. Por eso los demás se muestran tan amables contigo y te dan crédito por ciertas cosas, sin saber siquiera si realmente están allí. Que eso te motive cada vez a hacer algo realmente, a mostrar que eres digna de esta confianza”.
Siendo anciana, Helene añadió a estas memorias, dedicadas a sus hijos: “Aún hoy siento un profundo embarazo cuando personas que apenas me conocen me dan crédito por algo”.
La atmósfera religiosa que imbuía el hogar de Helene era libre y sin dogmas, como ocurría aún entonces en el protestantismo del sur, en contraste con la tradicional Rechtglciubigkeit [ortodoxia] del norte de Alemania, apegada a la tradición. Al quedar liberado el cristianismo de la obligación de creer en la divinidad de Cristo, en su sufrimiento vicario y en el credo de los apóstoles, ese círculo lo sintió como una redención, como único medio de impedir que la época abandonara su “carácter” y de contener la destrucción de la conciencia comunitaria. Este cristianismo “liberal”, que deseaba superar el credo quia absurdumll para reconciliar la fe con la razón, tenía un gran pathos militante aquellos días.
Uno de los jefes de este movimiento en Heidelberg era el pastor Karl Zittel.’2 Su alegre y sencilla piedad evocaba no a un Dios justo, sino a un Dios Padre amoroso, y él no se torturaba meditando en lo incognoscible. Cuando se le preguntaban sus ideas sobre la inmortalidad, replicaba alegremente: “Niños, estoy dispuesto a ser sorprendido”. Helene fue confirmada en su iglesia y le guardó gratitud el resto de su vida. Además de la tranquila profundidad de su madre, la imagen pura de Zittel mstiló en su alma el valor de la religión.
Pero la lucha intelectual, de la que por un tiempo la había salvado la doctrina no dogmática de Zittel, fue despertada por influencias llegadas de alguien más. Gervinus, el amigo de Fallenstein, vivía en el piso alto de la casa. Tras la muerte del Fallenstein, Gervinus se volvió el paternal amigo y maestro de las hijas, y ellas lo adoraban. También su esposa era una de esas personas que las hermanas consideraban como seres superiores. La pareja, sin hijos, se acercó particularmente a Helene. La “tía” se en-
1 “Hay que creerlo, puesto que es absurdo”: de De Carne Christi, de Tertuliano, una versión de “La regla de la fe de Tertuliano”. [E.]
2 1802-1871, teólogo y político; párroco de la ciudad de Heidelberg a partir de 1848. [E.]

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cargó de la preparación musical de las muchachas, y el “tío” les hizo apreciar la civilización clásica. Leía con ellas a Homero, y ese poeta se vol- vería posesión eterna de Helene.


Me venían a la memoria nuestras lecciones de Homero; y recordé cómo durante años realmente estuvimos completamente imbuidas de sus ideas y opi.. niones y vimos nuestros ideales encarnados en una Atenea o en un Apolo. Volví a ver aquellos hermosos días, y supe que lo que Gervinus nos dio fue realmente lo mejor, pues aún hoy tengo una sensación maravillosa al leer un trozo de Homero.
Cuando Helene, en los umbrales de la vejez, visitó Roma por vez primera, debió a aquellas lecciones su apreciación de las ruinas.
Desde luego, durante su niñez y adolescencia había pagado Helene, muy cara esta expansión de su conocimiento. Era demasiado reflexiva y profunda para no sentir el conflicto entre la visión cristiana y la visión clásica de la vida. Tenía conciencia de la inclinación de su respetado maestro hacia el mundo de la belleza temporal y terrena, y la sentía como una “tentación” a la apostasía. La certidumbre de su fe infantil se desplomó, y necesitaría varias luchas severas para volver a sentirse protegida por la religión. A los 17 años escribió sobre esto:
Recuerdo que en un tiempo yo sostenía largas y frecuentes conversaciones con el Señor Dios, en que le preguntaba acerca de todo y recibía respuestas; aún puedo oír claramente la voz interior que me contestaba. Eso me daba una paz interior que ya no conozco. Ciertamente, esa fe infantil que acepta todo sin examinarlo no puede durar, ni debe durar. En realidad, cada quien forma su propia religión por sí mismo. Pero todo me fue arrancado por las lecciones del tío, que quería explicarlo todo racionalmente y que siempre me aconsejaba formarme una religión por mí misma por medio de la razón; pero con nuestra razón no podemos encontrar una fe. Por entonces no estaba yo consciente de lo que estaba perdiendo. Vivía simplemente al día, aunque mi relación con Gervinus me causó a menudo graves crisis de conciencia.
Sin embargo, el trato con los dioses que luchaban en su propio corazón tuvo poco significado si se compara con otros peligros y tormentas que Gervinus había causado a su alma delicada, y para los cuales ella se sentía mal preparada, sobre todo por causa de sus dudas religiosas. Cuando ella tenía 16 años, siendo una muchacha casta, como un capullo cerrado, Gervinus, a quien ella respetaba corno maestro y quería como a un padre, y en el que había confiado durante años, un día perdió todo dominio de sí mismo. Ya entrado en años, Gervinus de pronto envolvió a la confiada muchacha en el ardor de una pasión incontenible. Ella se sintió desgarrada entre el horror, la repugnancia, la piedad y su eterno agradecimiento y devoción a aquel amigo y maestro paternal. Como sus nervios eran delicados, ella estuvo a punto de sufrir un colapso. Helene nunca superó este trauma. Desde aquel momento consideró que la pasión físi c

era c11pabt Y subhumana. Siendo ya una anciana, el recuerdo de aquella experiencia daba a su rostro una expresión de horror. El incidente fue particularmente desastroso porque Helene sintió que la pasión del anciano era una gran injusticia para con su esposa, a quien ella respetaba y quería. Ahora, Helene tenía que mantenerse a distancia de ella sifl poder decirle la razón. Al principio, el secreto fue tan bien guardado que la señora Gervinus no comprendió el cambio ocurrido en la muchacha, y durante un tiempo estuvo resentida por lo que consideraba una ingratitud de Helene. En cuanto al hombre, como poseído por el demonio, seguía sintiéndose con derecho a la confianza de Helene incluso para dominar su mente y su futuro, y esperaba que ella le mostrara la confianza habitual tras una breve separación. Hasta hizo planes para el futuro de Helene, escogiéndole para marido a uno de sus estudiantes.


Pero las cosas ocurrieron de otra manera. Helene fue a Berlín a ver a su hermana Ida, que significaba mucho para ella y hacía poco se había casado con el historiador Hermann Baumgarten. Ahí conoció al amigo y partidario político de Baumgarten, Max Weber, doctor en derecho. De 24 años, Weber era inteligente, prometedor y muy atractivo por causa de su disposición optimista, su alegría de vivir, su pureza perfecta y su cordialidad boyante. Pronto se enamoraron. Helene sólo tenía 16 años y medio. Pese a las reservas generalmente expresadas acerca de su juventud, y tras sólo dos semanas de conocerse hicieron planes para casarse. Helene regresó a su hogar paterno ya comprometida en secreto. Este acontecimiento pareció una dispensa divina. El joven reconoció el valor del tesoro que había encontrado y dio a la hermosa y sensible muchacha el amor casto y contenido de una juventud íntegra, amor que ella le devolvió con creciente afecto. Su prometido no sólo le trajo un sol en que ella pudo florecer magníficamente, sino que la liberó de una situación penosa que ella no podía resolver. El se volvió el “hogar” para ella, su refugio ante la tempestad de una pasión incontrolable que había arrancado las raíces aún tiernas de su vida. En el amor de ella había una profunda gratitud, y, de acuerdo con su naturaleza, dio a su amado una humilde devoción y estuvo dispuesta a hacer cualquier sacrificio. La muchacha estaba jubilosa:
Oh Max, mi querido, mi único Max, mira, cada vez que estoy sola como ahora y pienso en tu amor, imaginándote como en realidad eres, en toda tu querida personalidad, siempre tengo la sensación de que no puedo captarla, de que no puedo creerla. Me desconcierta un sueño (y lo que Chamisso expresa tan bellamente y con tanta seguridad ciertamente no es exageración).13 Sin embargo, también siento que estuvimos destinados a encontrarnos, pues sólo puedo alcanzar la completa dicha mediante una firme y directa unión contigo.
13 Ich kann’s nicht fassen, nichi glauben, es hat em Tratun mich berückt, el principio de la tercera canción de la secuencia poética de Adelbert von Chamisso, Frauenliebe und leben [Amor de mujer y vida de mujer], musicalizado por Robert Schumann (1840) y también por Carl Loewe. [E.]

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La reacción de su paternal amigo volvió a causarle gran tristeza. Cuan- do lo visitó por primera vez después de su compromiso, lo encontró inconsolable. En un violento arranque de desesperación y de ira, la acusó de ingratitud y de haberlo engañado al frustrar los planes maritales que había hecho para ella. Helene sintió que llegaba al fin de sus fuerzas.


Si no tuviera yo a mi Max, a mi madre y a vosotros, mis hermanas y hermanos, creo que me arrojaría al Neckar ante la idea de que ahora todo ha terminado entre mi tío y yo. No podéis imaginar lo difícil que esto es para mí, particularmente por el modo en que él mira estas cosas. Sé que me despreciará por completo, y ya me desprecia. Me escribiste lo que él piensa de ello, pero no puede habértelo dicho en términos tan duros como los que me dijo a mí. Ca- da una de sus palabras era un puñal en el corazón, y aún puedo sentir el dolor. 1 Y sin embargo, no puedo enojarme contra él; antes bien, lamento con todo mi :
corazón que esté infligiendo tan terrible dolor en mí y a sí mismo, pues se mostró muy emotivo y lloró como un niño. ¡Oh, Ida, ver a ese hombre fuerte llorar y yo ser incapaz de consolarlo porque no quería recibir de mí ningún consuelo me hizo sufrir terriblemente! Cuando lo dejé, el mundo al principio me pare- 1 cía una tumba; y si después no hubiera yo comprendido que tantas personas me quieren tanto y que la lucha que yo había entablado no hubiera sido buena, no sé lo que habría ocurrido. Pero yo estaba pensando en Max, el hombre cuyo gran corazón lleno de amor me pertenece.
Weber estuvo a la altura de la situación, y estuvo perfectamente dispuesto a estar al lado de su prometida durante esta gran crisis. Su actitud le inspiró a ella completa confianza:
Para mí fue una bendición oír de ti todo lo posible acerca de tus relaciones con Gervinus. Realmente anhelaba yo una posibilidad de soportarlo todo junto contigo. No debes temer que algo me deprima ni debes pensar que me re- 1 procharé indebidamente el haber causado todas estas amargas experiencias. Desde luego, yo no habría entendido las relaciones más directas e íntimas i entre personas si todo lo ocurrido no me hubiera conmovido profundamente, si yo no lamentara el fin de tan bella relación desde el fondo de mi alma y por toda la familia, por ti y por mí, y especialmente por Gervinus, quien no sólo es tu amigo respetado y paternal, sino también el hombre a cuyo nombre yo había asociado una cierta admiración entusiasta desde mi niñez, a quien siempre había mirado con orgullo como uno de los hombres más importantes de nuestra patria.
Helene necesitaba su apoyo para librarse de un daño perdurable. Aún era joven y débil, y sus nervios fueron puestos a dura prueba. La primera foto que dio a su prometido no nos muestra a una muchacha de 16 años felizmente comprometida en matrimonio, sino a una hermosa mujer que ha madurado por las penas. Acerca de ello escribió Weber: “Tu querido, querido rostro me mira con tal seriedad que casi podría preocuparme si no supiera las cosas que expresa...”
La proximidad de un hombre incontrolable siguió siendo tan intolera bl

que poco después del compromiso, Helene se fue del lugar varios meses. Aún después de su regreso, no pudo restaurar una relación satisfactoria con Gervinus. Un año después de su compromiso tuvo que decir a Weber que se había sentido atemorizada en un encuentro casual con GervifluS en un concierto:


¡Cuánto me habría gustado sentir tu querida y fiel mano aferrando la mía, o tu brazo sobre mis hombros! Entonces habría yo tenido una vez más la dichosa sensación de que en estos brazos fieles, en este pecho cálido y amante donde estoy segura y protegida y de que éste es mi lugar. Y también me habría gustado exhibirte, mi magnífico Max; ¡estoy tan terriblemente orgullosa de ti, y de ello presumo!
Con la fuerza transfiguradora de su amor, Helene llegó a considerar a su sencillo prometido como una roca religiosa en la que podría refugiarse de sus luchas internas. Ella lo tomaba todo en serio; ni siquiera el amor pudo desplazar su constante lucha por Dios.
Las cosas no van siempre tan tersamente en mi interior como puede parecer, y en cuestiones de fe y de religión, de firme confianza en Dios, aún puedo aprender mucho de ti, pues en estas cosas no he logrado, ni mucho menos, alcanzar la claridad. En todo esto me vi perturbada y privada por mi relación con Gervinus, y es muy difícil recuperarse... Cuando vanamente traté de encontrar un modo de salir del embrollo, cuando estaba a punto de desesperar ante los obstáculos al parecer insuperables que surgieron entre mi amor, entre tú y yo, el velo cayó de mis ojos. ¿Dónde estaba mi apoyo? Yo creía en la omnipotencia de Dios, en Su dispensa, pero no pude rendirme a El con confianza, no pude decir desde lo más profundo de mi corazón, “Padre, hágase tu voluntad y no la mía”, y aun después de nuestro compromiso, no había aprendido a volver a poner mi confianza en Dios. Entonces apareciste tú, con tu corazón puro y creyente, y aunque acaso no supieras cómo iban las cosas para mí en ese aspecto, me pusiste en el camino recto con algunas de las cosas que dijiste. No tienes idea de cuán feliz me hiciste con ello, pero debes creerme cuando digo que te debo en gran parte a ti el haber podido acercarme nuevamente a Dios. Pero mi querido, mi único Max, tú también me ayudarás, ¿verdad?, a no perder valor si descubro, corno recientemente lo he hecho, que he olvidado cómo buscar y sondear; ¡yo sé que me ayudarás a seguir intentándolo!
III
Pero, ¿cuáles eran los antecedentes familiares de aquel joven? También el contaba con una herencia muy valiosa, aunque menos insólita que la de Helene. Su padre, Karl August Weber, era un comerciante de paños de Bielefeld. La familia pertenecía desde hacía varias generaciones a la alta clase comerciante, y se mantenía anida por un orgulloso sentido de parentesco. Decíase que los antepasados habían sido expulsados de Salzburgo por sus creencias evangélicas, y que habían introducido el comercio de

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paños en su nueva sede. El abuelo de Weber, David Christian Weber, fue el cofundador de Weber, Laer, & Niemann, la primera gran empresa por la cual se hicieron famosos los paños de Bielefeld. Como copropietario de esta firma, Karl August casó con Lucie Wilmanns, hija de un distinguido médico de familia respetable. Al principio, la pareja vivió en una elegante mansión construida al estilo Imperio. En esta casa, que aún hoy esta en pie llevaron una vida de gran estimulo intelectual Despues el negocio declinó por causa de las innovaciones técnicas a las cuales no supieron adaptarse los viejos directores, y tuvieron que contentarse con 1 un nivel de vida más modesto.


La vida cotidiana siguió armoniosamente las normas culturales, firmemente establecidas, de los burgueses notables. Esta vida reflejaba la confortable ciudad pequeña con su laborioso futuro, sobre el cual tenía 1 poca repercusión la vida intelectual y política del país. Cuando Helene y su madre visitaron por primera vez a la familia de Weber, Bielefeld le pareció a la muchacha “como un pueblecillo de tiempos de Goethe, cuando escribió acerca de Hermann y Dorothea”.14
En aquellos días el comercio de paños aún se efectuaba por trabajo doméstico, a la manera “capitalista temprana”: ganar dinero no era un fin en sí mismo ni una señal de éxito, sino básicamente un medio para lograr una vida confortable, apropiada para cada clase. Por consiguiente, el ritmo de trabajo era lento. Entrando en años pero aún no viejo, Weber padre se levantaba a las seis de la mañana siguiendo una costumbre consagrada por el tiempo, y luego trabajaba varias horas en su extenso jardín. A menudo hacía una lectura “calmada” a las mujeres, que se ajetreaban preparando las verduras. No se iba a la oficina hasta cerca de las once. Ir al club a tomar un trago al caer de la tarde y saborear una botella de buen Burdeos formaban parte del día. Después, viviría en la memoria de su nieto Max como un viejo caballero sumamente amable, bondadoso y refinado, cuyo tipo conservó en su libro acerca del “espíritu” del capitalismo. La abuela miraba al mundo a través de unos ojos hermosos, siempre alertas; sus finos rasgos indicaban una inteligencia despierta. La atmósfera de la casa era religiosa. En particular, las mujeres estaban bajo la influencia de la ortodoxia protestante que prevalecía en Westfalia y mostraban una actitud moralista más severa que la de los hombres, más flexibles.
Las visitantes, Helene y su madre, que también eran profundamente religiosas aunque mucho más liberales y sin lazos dogmáticos, notaron que los moradores de la casa se reunían a rezar por la mañana y por la noche. Esto lo comenta Emilie Fallenstein: “Confieso que es muy de mi gusto, y me conmuevo profundamente cuando el querido Max mira a su Helene con tanto amor y, obviamente, con las más bellas y sagradas in14 La epopeya idílica en verso de Goethe, Herman und Dorothea, apareció en 1798. Contrastando la paz con la revolución, narra la historia de una muchacha refugiada que es cortejada y conquistada por Hermann, joven de nobles ideales, de un poblado pefueño, que tiene las virtudes de laboriosidad no espectacular y decencia moral. [E.]

tenciones para el futuro, y siento que pertenecemos tino a otro en el tiempo y en la eternidad”.


Cuando el prometido de Helene fue a visitarla, cedió sin resistencia al ritmo religioso de su hogar, y en esta armonía vio Emilie la garantía más segura de felicidad para su hija, felicidad que a ella se le había negado.
Supongo que siempre lo he sentido, pero a cada día se me ha hecho más claro y me ha hecho más feliz; nuestro afán interno más profundo es el mismo, ¡gracias a Dios! Y en esta certidumbre encomiendo confiadamente la felicidad de mi hija a tu cuidado. Sé que alabarás a Dios y complacerás a los hombres. No puede haber mayor felicidad para una madre.
Helene se adaptó sin dificultad a las costumbres de su nueva familia; quiso entrañablemente a sus futuros suegros y fue querida por ellos a su vez. De ellos aprendió devotamente todas las reglas consagradas de una casa burguesa. Estas tenían aquí más peso que en Heidelberg, pues su suegra era un ama de casa de extraordinaria sabiduría mundana, y desde luego sus hijos la ponían a sus jóvenes esposas como modelo de excelencia. Aprender el estilo familiar de cocinar y de hornear al que los hombres estaban acostumbrados era considerado en aquel tiempo como uno de los fundamentos más indispensables de la felicidad conyugal, que parecía depender decisivamente de la comodidad de los hombres. Helene se mostró dispuesta a aprender todo lo que pudiera asegurar el bienestar de su futuro esposo.
Todo parecía fundirse en una grata armonía, y nadie que viera a la hermosa y enamorada pareja podía dudar de que habían estado destinados el uno al otro para toda la eternidad. Los observadores sagaces sólo vieron un excesivo afán de ser servicial y sumisa de parte de la muchacha y una gran desenvoltura de parte del joven al aceptar sus servicios y dejarse consentir sin límites. Pero un psicólogo profundo que hubiera podido comparar las luchas internas de Helene con la filosofía de la vida del joven, como se expresó más abajo, habría notado que la aparente armonía de las personalidades de la pareja no era en realidad sino una ilusión, uno de esos autoengaños típicos de enamorados felices que hacen a Eros armonizar con cada personalidad, entre sí y con todo el mundo. “Espero que en todo lo que la vida pueda traernos adoptes este principio mío:
no dejes que surjan preocupaciones reales (en nuestra debilidad demasiado fácilmente nos creamos preocupaciones); en cambio, en todo momento haz lo que sea recto y muéstrate firme en tu confianza de que todo ocurrirá para bien de nosotros y de todos. Siempre he tenido esta firme creencia y no dejaré que nadie me prive de ella”.
Aquel abogado de 24 años estaba empleado por el gobierno municipal de Berlín, publicaba un semanario liberal y pronto empezó a participar en política. Los tiempos eran emocionantes, llenos de sorpresas. Cuando el

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príncipe regente Guillermo tomó el gobierno nombró predominantemente a ministros liberales para mostrar que él tomaba en serio la constitución. Se suponía que empezaba “la nueva época liberal”; los liberales tenían motivos para esperar grandes tiempos en que, por fin, lograrían imponer sus ideales políticos. Pero tras unos comienzos prometedores, todo empezó a empantanarse; los representantes elegidos del pueblo sólo tenían facultades muy limitadas, la Herrenhaus [cámara alta] siguió siendo un bastión de los conservadores, y el avance hacia el parlamentarismo fue considerado revolucionario. El derecho constitucional más importante era el control fiscal. En la primavera de 1862, la Cámara exigió un método más eficaz de aprobar y supervisar el presupuesto gubernamental. La corona deseaba precisamente lo opuesto, pues el rey Guillermo 1 deseaba duplicar el ejército permanente. Hubo una grave crisis constitucional. Los ministros liberales fueron despedidos, fue disuelto el Landtag [Dieta Regional], y el rey se encontró al final de sus recursos políticos. En ese punto, llamó al hombre a quien había rechazado durante años: Bismarck pasó a ser primer ministro y se atrevió a gobernar sin presupuesto durante siete años. Con él, el Estado prusiano se preparó para una expansión militar, para una política de gran potencia y para la unificación alemana, encabezada por Prusia. Por todo el país hubo gran agitación. A los auténticos patriotas les parecía Bismarck el genio malo de la patria, el corruptor de la libertad y de la unidad.


Weber experimentó este periodo emocionante siendo un joven impresionable, para el cual toda ocasión de lucha y de acción era como una intensificación de la vida. No era más demócrata que Hermann Baumgarten, pero sí decididamente liberal. Siendo un muchacho de 12 años había pasado por los días de 1848, y su fervor aún ardía dentro de él: “Las magníficas impresiones que aquellos años tumultuosos, tan singularmente espléndidos en su plétora de esperanzas ideales y entusiasmo, dejaron sobre mi espíritu juvenil, me acompañarán mientras yo viva”.
Pertenecía ahora al Partido Constitucional, una de las facciones parlamentarias del ala derecha del Partido Liberal. Sus objetivos eran a la vez “un fuerte reino Hohenzollern y un total reconocimiento a los derechos garantizados al pueblo”. Cuando se estaban preparando las nuevas elecciones al Landtag, fue nombrado secretario del comité electoral central de Berlín y de este modo estableció temprano contacto con políticos importantes y experimentados.
Puedes imaginar que estoy pasando aquí unos días muy interesantes. Entro en contacto con casi todas las zonas del estado y estoy estableciendo relaciones directas con muchos de los expertos políticos más respetados y más capaces de todo el país. A menudo me parece muy extraño encontrarme en compañía de todos estos dignos y viejos caballeros, a quienes, desde hace décadas, conozco como paladines de nuestro modo de vida constitucional... En suma, debo decir que realmente estoy en mi elemento y que toda esta actividad, que de ninguna manera ha suplantado mi trabajo para la ciudad, me causa un placer excepcional.

Cuando la pareja pudo unirse en matrimonio, tras un noviazgo de dos años, estaba radiantemente feliz. Ambos se amaban de todo corazón, y la joven esposa se mostraba efusivamente agradecida. Tras varios años de matrimonio, escribió a su marido:


Ninguna de mis hermanas está tan bien como yo. Ninguna de ellas puede ser un solo corazón y una sola alma con su amado como puedo yo, excepto cuando estoy siendo “loca”. Recientemente, cuando Ida dijo, “Bueno, ya verás, los ideales con que soñamos nunca se realizan”, apenas pude contenerme para no decirle cómo mi ideal se había hecho realidad.., de un modo que yo nunca había imaginado ni creído que tanta riqueza pudiera aguardar, en forma tuya, a una loca muchacha como yo.
Ahora, Weber ocupaba un puesto de magistrado en Erfurt. El confortable ritmo de vida de la ciudad provinciana y el modesto estilo de su familia daba a la pareja tiempo suficiente para mostrarse jóvenes y alegres. A su alrededor se formó un círculo de buenos amigos, y todos quedaban cautivados por el encanto de Helene y por La fresca y sencilla joie de vivre de Max. Cuando Emilie Fallenstein visitó a sus hijos, se llevó una impresión muy favorable. “Como ama de casa, Helene está realmente en su elemento. Sin embargo, hasta ahora quizá ha tomado las cosas demasiado en serio, especialmente la economía doméstica. Pero eso pasará; en realidad sólo es exageradamente concienzuda, porque es práctica por naturaleza”.
Con respecto al cultivo de sus intereses intelectuales, los jóvenes estaban en su elemento. En comparación con la viva atmósfera de Heidelberg, en Erfurt había una calma intelectual. Por sugerencia de Ida Baumgarten, Helene estudió los escritos de los teólogos angloestadunidenses no dogmáticos Parkery Channing,15 y en los primeros años de matrimonio logró llevar a su marido a las profundidades de su vida interna. En 1867 escribió a Ida:
Max y yo celebramos la Pascua leyendo algunos de los discursos de Parker, que también a Max le gustaron mucho: el que trata del ideal de una Iglesia cristiana; luego, el de la fe en la inmortalidad, que en realidad es especialmente bello y convincente, y el de la relación de Cristo con su tiempo y con todos los tiempos. Max siempre está muy ocupado y tiene que leer los periódicos y cosas similares; por eso, tiene poca oportunidad de abordar otra cosa por mucho que se interese por ella... En este aspecto, Erfurt está totalmente muerto. Nadie se interesa por tales cosas salvo un pequeñísimo círculo al que, sin embargo, no pertenecen los teólogos. La gente no sabe nada de los ésfuerzos del Congreso protestante, y muchos no quieren saber nada acerca de él, pues les parece radical e incompatible con sus ideas. Te digo que todos los
Theodore Parker, 18 10-1860, sacerdote unitario, teólogo y reformador. Sus Works aparecieron en 14 volúmenes entre 1863 y 1870. William Ellery Channing, 1780-1842, Clérigo abolicionista y escritor, fundador de la American Unitarian Association (Works, 6 VOlúmenes 184 1-1843). LE.]

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teólogos de tu ciudad y de Heidelberg son una pura delicia comparados los de aquí. Allá hay vida, hacen su propia labor y su investigación, y no s plemente repiten las viejas cosas como los teólogos de aquí... Necesitamos hombre poderoso para nuestro tiempo, que haga despertar a los soñadores Y Parker habría podido tener la misma relación con él como la que Juan Bautista [tuvo con Cristo], allanándole el camino. 1


Es evidente que aquella muchacha de 23 años, que ahora estaba lle vando una vida mundana plenamente colmada al lado de un esposo , do y con dos niños pequeños, tenía los mismos intensos intereses religio, sos que antes. Los siguientes renglones, dedicados a la hermana de to& su confianza muestran que tampoco en otros aspectos había cambiac_ por la abundancia de su felicidad y la atmósfera de afecto y de admira-i ción que la rodeaba.
Creo que aún hoy me desalentaría terriblemente si viera todas las cosas pueden lograrse por fuerza de voluntad y luego no me sintiera lo bastante fuerte para emularlas. A veces creo que he avanzado en algunas cosas, que he hecho leves progresos desde mi boda, pero luego siempre vienen días en veo que pese a esas buenas intenciones, todo sigue como antes. Pero Max no debe enterarse de esas dudas; no se ríe de mf, pero cree que son absolutamente innecesarios tales pensamientos, y no admitiría su validez.
¡Extraño! Pese a su maravilloso talento para ser buena —o tal vez poz causa de él—, su vida, como la de su madre (mucho más delicada), estu, yo marcada por grandes luchas internas. Helene siempre aplicó normas absolutas, y en cada situación exigió lo máximo de sí misma. Por tanto, nunca estuvo satisfecha consigo misma y se sintió inadecuada ante Dios. Siempre dispuesta a asumir la responsabilidad por todo lo que no salía como debía, tomaba a pecho sus fracasos, aunque la razón de éstos nunca fuese inadecuación moral, sino sólo falta de prudencia o de energía.
La mujer que se ganó el corazón de todos tenía un poema favorito que a menudo citaba para expresar lo que pensaba de sí misma: “Bist du am Stock em Róschen, Gott danke für md für; bist du am Stamm em M6üs- chen, so dank’ ihm auch dafür”.16 Helene, que para otros era una rosa magnífica, sólo se veía a sí misma como un poco de musgo al comparar sus realizaciones con las de otros. En lugar de disfrutar plenamente de su belleza y de su abundante capacidad de amor, con humilde resignación examinaba sin cesar las limitaciones de su personalidad. También parece extraño que, siendo una mujer de 24 años, expresara un deseo que habría de repetir en muchas ocasiones: “Ida, ¡estuve tan complacida de que compartieras mis opiniones sobre lo atractivo de la vejez! No puedo sacármelo de la cabeza, y sin embargo se rieron de mí, por expresar una idea tan fantástica.”
16 “Si eres una pequeña rosa en un matorral, da gracias a Dios para siempre; si eres un poco de musgo en un árbol, también dale gracias a El”. Al parecer, uno de aquellos versos de álbum que fueron muy populares en ese entonces. [E.]

•por qué siendo plenamente feliz y con fuerzas crecientes, esta joven anek1t frecuentemente la paz de la vejez? Testimonios ulteriores nos perfl1it suponer una razón: Era porque ella, como su madre, no era sensual por naturaleza, o porque sus sentimientos religiosos se rebelaban, o porque la terrible experiencia de su juventud había mancillado esa emOci’ para siempre... Por cualquier razón, el aspecto físico del matrimonio no fue para ella una fuente de alegría, sino un duro sacrificio y también un pecado, que sólo se justificaba por la procreación de los hijos. Por ello, en su juvenil felicidad a menudo anheló la ancianidad que la liberara de ese “deber”. Pero la vejez aún estaba lejos. Mientras tanto, la maternidad le daría, una y otra vez, felicidad temporal. Cada hijo fue para ella un don de Dios, y cada uno hizo que su amor floreciera más exuberafltem&te.

EL HOGAR PATERNO Y LA JUVENTUD 83

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