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Primera edición en inglés, 1988 Primera edición en espafiol, 1995


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. ANTEPASADOS

Los ABUELOS maternos de Max Weber eran personas tan extraordinarias


e impartieron elementos tan claramente reconocibles de su forma de ser
a la personalidad de su nieto, que los lineamientos de sus vidas corresponden a los comienzos de la historia de Weber.
Pueden eguirse los antepasados de la familia Fallenstein hasta mediados del siglo xvii en Turingia. El padre y el abuelo de Georg Friedrich Fallenstein bien podrían ser llamados intelectuales.1 El abuelo de Fallenstein, originario de Witzelrode cerca de Meiningen, fue subdirector del Gymnasium [liceo) de Herford, y su padre durante un tiempo fue director del seminario pedagógico de Kleve. Hay bastante información acerca del último, el bisabuelo de Max Weber. Era un hombre de gran talento, con una superabundancia de energía no disciplinada. Vivió en los linderos de la pobreza, con una esposa que descendía de una familia de hugonotes y que, como él, era apasionada, impetuosa e inclinada a la aventura.
G. F. Fallenstein, su primogénito, nacido en 1790, fue el consentido de sus padres y causa de muchas disputas. Conservaría de su niñez el penoso recuerdo de que él huía de las pugnas de sus padres, pero la situación se deterioró más. Su padre, filólogo de cierta reputación, empezó a beber y de pronto abandonó a su familia. Nunca se volvió a oír de él, ni se supo si había emigrado o se había ahogado en camino a otro país. Su esposa quedó en absoluta pobreza con varios hijos.
Como un huérfano, su hijo Friedrich creció entre extraños, pero se sobrepuso a todas las desventajas. El duque de Meiningen logró hacer que estudiara en la universidad, pero el muchacho sólo lo hizo caprichosamente. Estudió botánica, zoología y medicina. Su lado poético lo hizo volverse a la filología. Tradujo a escritores clásicos y escribió poesía
1 Según un pariente germano-americano, que comparte la afición estadunidense por los estudios genealógicos, esta familia hessiana, originalmente aristocrática, llevaba el nombre de Wallenstein, y era una rama protestante de la familia de Albrecht Wallenstein. [Al- brecht Wenzel Eusebius von Wallenslein, duque de Freidland, 1583-1634, general austriaco en la Guerra de los Treinta Años. (E.)] Este pariente estableció que un teniente coronel, de nombre Wilhelrn von Wallenstein, sirvió en el ejército sueco y recibió algunos feudos de Gustavo Adolfo, pero los vendió pocos años después. El investigador supone que este oficial llegó a Alemania con Gustavo Adolfo en 1631, y que allí dejó algunos retoños, antes de caer en combate. Dado que la lengua sueca no tiene la letra W, su nombre era escrito con y, y como esta letra tiene el sonido F en alemán, así llegó a escribirse. Se non vero é ben trovato [si no es cierto, está bien inventado]. Gervinus recabó información auténtica sobre la familia y la conservó en sus “Recuerdos de G. F. Fallenstein”, fuente de los datos que se dan en otra parte.

romántica con el nombre de Frauenlob, que apareció en cuentos y ensayos.


Siendo aún joven, descubrió que su madre y varios de sus hermanos y hermanas vivían en gran pobreza en un miserable edificio de Berlín. El mismo no tenía nada ni era nadie, y sin embargo quiso ayudar. A pesar de todo, se comprometió, a los 19 años cori una bella muchacha de 15 años [Betty] sin ninguna fortuna. Cuando el abuelo de ella, por razones económicas, se negó a autorizar el matrimonio, el desesperado muchacho sufrió un colapso nervioso que duró varios meses. Después de recuperarse, unos amigos le encontraron empleo como secretario privado. A los 20 años logró obtener la autorización de casarse. Su esposa, bella y amable, fue su ángel bueno; él la amó tiernamente y le fue fiel a lo largo de toda una vida llena de peripecias. Betty le dio seis hijos. Constantemente lucharon por ganarse la vida, y durante años, marido y mujer tuvieron que vivir separados. Al principio, Fallenstein sólo logró mantenerse a sí mismo: como profesor, secretario de un condado, escritor y poeta. Su esposa y sus hijos vivían con unos amigos. Pero la energía de Fallenstein, su sentido del deber y su elevada ambición le permitieron soportar aun las mayores estrecheces. De hecho, el superar obstáculos llegó a causarle placer. Le sobraban energía varonil, espíritu dinámico, una visión puritana y una ruda franqueza junto con un temperamento apasionado fácilmente inflamable, que sin embargo era contenido por su caballerosidad y por una ternura infantil hacia las personas más débiles, en particular mujeres y niños.
Su patriotismo, inflamado por su trato personal con Friesen, Luden y Jahn,2 soportó todas las pruebas. En 1813, se anticipó al llamado del rey de Prusia a las armas. Sin mayor reflexión se unió al cuerpo de voluntarios de Lützow y, aun en su pobreza, logró armar a expensas suyas a otros dos voluntarios. Dividió sus fondos restantes entre su esposa y la tesorería del regimiento, confiando en que el Estado cuidaría de su familia. Pero sin la ayuda de amigos, su esposa y dos niños pequeños se habrían encontrado en terribles aprietos. Tal como salieron las cosas, ella perdió a un niño por mainutrición. De esto, Fallenstein hizo personalmente responsable a Napoleón, y durante toda su vida sintió hacia él un odio candente. La vida en el campamento y en los campos de batalla inspiró la musa de Fallenstein. Trabó una cálida amistad con Theodor K5rner,3 y ambos escribieron canciones de batalla y poemas libertarios que fueron cantados y recitados por sus camaradas de armas. Tenía la
2 Karl Friedrich Friesen, 1784-1814, fue un edecán de Adolf Freiherr von Lützow, quien en 1813 fundó el Cuerpo Libre de Lützow, legión nacional conocida como Dic Schwarze Schar [El Cuerpo Negro] y Lützows Wilde Jagd [Los Salvajes Cazadores de Lützow]. Friesen, quien cayó en Francia en 1814, también ayudó a Friedrich Ludwig (‘Turnvater”) Jahn, 1778-1852, a fundar el movimiento gimnástico y las Burschenschaften, fraternidades destinadas a diseminar el nacionalismo por el mundo académico. Hejnrich Luden, 1780-1847, historiador nacionalista de la Universidad de Jena, también tomó parte activa en estos movimientos, [E.]
Karl Theodor Kómer (1791-1813), poeta y dramaturgo libertario, cayó mientras servía

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cabeza llena de los ideales teutones y libertarios de la época. Recopiló viejos documentos literarios alemanes, dio a sus hijos nombres germánicos antiguos, aborreció todo lo wiilsch,4 y en sus relaciones sociales aparentó una “rudeza sin barniz” [hanebüchene Knorrigkeit].
Después de su regreso, sufrió grandemente al ver la inutilidad política de la guerra. Se sintió personalmente afrentado por la ingratitud del gobierno prusiano que, pese a las promesas del rey, no dio empleos adecuados a los soldados a su retorno. Pero al volver a estallar la guerra en 1815, él volvió a unirse al ejército, y fue a París. Allí recibió un empleo bien remunerado en la policía militar. Por primera vez pudo relajarse y disfrutar de la vida. Pero estaba tan agotado por las privaciones, que ahora se sintió intoxicado por un afán de hacer regalos costosos. A su amada esposa, que en el hogar tenía que prescindir de lo más necesario, le envió vajillas de plata, vestidos de seda y sandalias de Marruecos, así como lo que él mismo llamó “basuras y baratillo”: una sonaja de plata para el niño más pequeño. Esto era característico de las contradicciones de su personalidad. Una amiga suya escribió acerca de él: “Ciertamente hay muchos que sólo supieron que era orgulloso y severo, pero todo el que estuviera cerca de su corazón se sentía rodeado por una verdadera profusión de amor. Y yo noté en él toda la riqueza de una hermosa alma humana cuando tenía los más ínfimos medios a su disposición”. Durante toda su vida, Fallenstein desplegó una magnífica generosidad y afán de ayudar a los necesitados; y sin embargo, también se vio constantemente constreñido por la incómoda frugalidad que tuvo que practicar en tiempos de estrechez. Por ejemplo, cuando llegó a ser propietario de una hermosa casa, no pudo permitir que se cocinara un solo pastel, ni siquiera para invitados.
En 1816 fue a Düsseldorf como secretario de gobierno y fue un empleado de ejemplar probidad y prudencia, un hombre infatigable y siempre dispuesto a sacrificarse, y a aplicar su extraordinaria energía al interés público mucho más de lo que le exigía el deber. Por consiguiente, pronto cayó sobre sus hombros una enorme carga de trabajo; con título y salario de secretario, desempeñaba las funciones de un canciller. Sus superiores supieron apreciar y elogiar sus extraordinarios talentos, su incontenible energía y sus extensos conocimientos. “Tenía la ambición y el dinamismo de esos caballos de pura sangre que emplean su fuerza sin moderación hasta que revientan” (Gervinus).5
A pesar de todo esto, sufrió un deliberado e ignominioso desdén del mi-
en los Cuerpos Libres de Lützow. Su poema Lützows wilde Jagd fue musicalizado por Robert Schumann. [E.]
Wdlsch o welsch se refiere a cosas italianas o francesas; a veces, a influencias extranjeras o “no alemanas” en general. [E.]
Georg Gottfried Gervinus, 1805-1871, crítico 1ierario, historiador y publicista, profesor en Gotinga y Heidelberg, elegido a la Asamblea Nacional en 1848. Autor de comentarios sobre Shakespeare (1849-1852), una historia de la literatura alemana (1835-1842) y una historia de la Alemania del siglo xix (1856-1866). [E.]

nisterio en Berlín; no fue ascendido, y recibía tan mísera remuneración que, al crecer su familia, le Fue necesario trabajar como escritor, además


de su empleo regular. ¿Por qué ocurrió esto? Una razón fue su carácter democrático libertario. El vio que “el espíritu de los tiempos avanzaba a través de todos los pueblos y civilizaciones a un paso incontenible, como un gozoso hijo de Dios y de la libertad, como el Dios que caminaba delante de Moisés”. Por ello le entusiasmaba la igualdad para todos los ciudadanos y, junto con Jahn y su círculo, fustigaba a los reaccionarios. Pero también de otros modos causaba dificultades. Criticó una acción del gobierno en un artículo vehemente escrito en el estilo marcial de las guerras de liberaçión, en el que protestaba contra el regalo de un feudo a un noble francés. Hasta llegó a apelar al rey, y fue llamado a un tribunal. Aunque fue absuelto, se le amenazó con una transferencia disciplinaria, y sólo la unánime protesta de sus superiores lo impidió. En adelante vivió en Berlín, como bajo una nube. Después de varios desdenes oficiales, amargado planeó escapar de esta “servidumbre” emigrando. Cuando pudo respirar libremente, para variar, sintió que su existencia era “una miserable vida de esfuerzos” y suspiró: “Que Dios me alivie de este senti— miento si no puede darme otra vida que vivir”. Por último, en 1832, después de 14 años al servicio del Estado, pasó un examen y recibió un puesto apropiado como consejero del gobierno en Coblenza.
Antes de trasladarse a Coblenza sufrió un terrible golpe: la pérdida de la amada esposa, que siempre lo había hecho feliz. Se quedó con una casa llena de niños de corta edad. El hombre, vehemente, y sin embargo bondadoso, se encontró ante un abismo y acaso el padre perturbado ejerciera sobre sus hijos, a algunos de los cuales mandó a otra parte, un efecto más opresivo que antes. Siempre les había sido difícil no sentirse aplastados por él. El viejo soldado de Lützow era un severo moralista y creía incondicionalmente en la máxima Du kannst, denn du sollst.6 Con frecuencia, la ira hacía resaltar las venas de su frente. En particular, para con sus hijos era un hombre estricto y exigente. A las niñas pequeñas, como a todas las personas débiles, por lo general les parecía benévolo; y sin embargo, también trató de endurecerlas a ellas mediante métodos educativos que hoy nos parecen bárbaros. Por ejemplo, para curar una jaqueca, les sostenía la cabeza bajo la corriente de la bomba de agua fría a tempranas horas de la mañana; en invierno las hacía caminar sin ropas gruesas; bajo el sol quemante, no las dejaba llevar sombrero. Se mostraba especialmente estricto ante la mesa; a los niños se les daban grandes tajadas de los alimentos menos gustados, y jay de ellos si no limpiaban sus platos! El castigo por mentir era una sonora azotaína, que también se aplicaba aun a las niñas más pequeñas. No obstante, querían a su padre más de lo que le temían.
Sin embargo, los hijos varones escapaban de esta regla en cuanto podian; tres se fueron al extranjero, y otro se escapó. El padre nunca vol-

6Atribujdo a Immanuel Kant: “Debo, por tanto puedo”. [E.]

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vió a verlos. ljna carta escrita por Fallenstein cuando uno de sus hijos fue confirmao muestra las extremas exigencias éticas que hacía al desarrollo de sushijos y la heroica severidad con que juzgaba sus flaquezas. Como él veí las cosas, los adolescentes podían escoger uno de dos caminos: o “?rriba y adelante” o la perdición.

Querido Ott,



9dejuniode 1895

Los pocos onglones que añadiste a la carta de tu tía me trajeron la noticia inesperada lero grata de que serías confirmado, y para hoy ya lo habrás sido. Quiera Dios hijo mío, que aprecies debidamente la importancia de este capítulo de tu vida y que las resoluciones y decisiones que hayas hecho por tu propio bien aq&í y en el más allá, así como las garantías y promesas que hayas hecho ante d altar, duren y se realicen. Durante toda tu vida debes tener en mente a Dios y el honor de un alemán probo. Sé sincero, fiel y confiado en tu buena conckncia y en Cristo y te relacionarás con el mundo con confianza y seguridad. pese a algunos malos hábitos que por desgracia muestras, has complacidoa tu padre como hombre leal, verídico, diligente y con buen carácter. Conerva estas cualidades y abandona los malos hábitos, especialmente la decortesía, la impetuosidad, la gazmoñería y similares. Sé más laborioso, hij mío, en las tareas que te lleven a tu mcta en la vida y sobre todo ten en ment que el hombre es y logra poco o nada si no sobresale o no hace una labor scbresaliente. En todo trata de emular a los mejores, más elevados, más finos, lues la mediocridad es mala en todo, indigna del honor o de la vida. En paiticular, sigue siendo auténtica y moralmente puro; entonces serás digno de ncsotros y te aferrarás a Dios y no considerarás ni tolerarás nada deshonroso Cuida tu lengua, pero actúa siempre como si las puertas y las ventanas esuvieran abiertas; todo aquello de que puedas avergonzarte ante los hombres es, al mismo tiempo, un pecado ante Dios. Conserva tu fe. Muéstrate servicié y amable ante todos y, sobre todo, sé agradecido. Olvídate de ti mismo, pen nunca olvides a quienes han dado su amistad a ti y a los tuyos y te han ayudsdo. Conserva tu inocencia y no juzgues a los demás sin respeto. No hagas irusticia, pero no toleres, a sabiendas, que te la hagan a ti. Ten en mente tres (osas en todo momento: teme a Dios, honra a las mujeres y ama a tu prójimo.Y recuerda, como cuarto punto, que yo preferiría verte muerto a oír que aluien te llamara canalla y cobarde. No temas a nadie más que a Dios, pero cdia el mal, la mentira y la impureza. Honra a las mujeres en pensamiento y )bra, por tu madre y para presentarte contra el pecado. Ama a tu prójimo, y iecuerda que nadie existe sólo por sí mismo. Cada quien está allí para su prójmo, y ningún amor o lealtad sobrepasa a la índole que hace que un hombre 1é su vida por sus hermanos. Entrégate enteramente a tu deber; nunca olvides eso. Ninguna ganancia terrenal vale nada en comparación con el honor deser leal, sincero y valiente. Que estas palabras sean compañeras de tu vida, uerjdo hijo Otto, y puedan recordarte a tu padre, a tu madre difunta y a tunueva madre, todos los cuales pensarán en ti con amor si sigues siendo digro de ellos. Ya sabes los pesares que otros me han causado. Vela porque nadi así me llegue de ti. Eres un Fallenstein, y yo te he confiado un nombre howado. Consérvate libre de toda culpa. Que los demás lo honren también pci- ti, y quiera Dios que nunca lo maldigan o envilezcan. Por ello, debes trabaar, vivir... ¡o morir!...

Y ahora, hablemos de tu futuro y de tu destino. No se me pasa que tienes poca inclinación hacia tus estudios y ninguna dedicación a ellos. Tu tibia actitud y tu falta de diligencia son injustos en todo aspecto, particularmente en lo que a mí concierne, y siento mucho que tu último informe escolar también fuese malo. Yo merecía algo mejor de ti y no esperaba esto, sobre todo después de nuestra última conversación. No quiero obligarte a una tarea contra tu voluntad y tu inclinación pero exijo que decidas ahora, y de manera honorable, qué posición deseas ocupar en la vida con seriedad y sentido del deber. Yo podré mantenerte hasta donde alcancen mis fuerzas. Desde tu tierna niñez fue tu deseo irte al mar y, por lo que yo sé, ésta ha sido tu más cara esperanza. Muy bien; si hablas en serio, si tras madura deliberación es éste tu deseo resuelto, viril y firme, entonces yo endré una buena oportunidad, por los buenos oficios de los hermanos de tu madre que viven aquí, de colocarte en un barco de Liverpool en condiciones muy favorables. Considera cuidadosamente lo que haces y ante todo recuerda que el paso que estás dando es decisivo, que no podrás dar marcha atrás y que aquí, como en cualquier parte, el único lema para un hombre honrado es “Arriba y adelante!” Si tomas tu decisión, partirás inmediatamente a Génova a abordar el barco; se llama el Rabb (?) y vivirás en él durante cinco años, o te hundirás con él. Más adelante volveré a escribirte; también espero verte antes y encomendarte a la misericordia de Dios y a tu fortuna, con la bendición de un beso paternal y un apretón de manos. Pero no hables de esto con nadie y cuando yo llegue dime en verdad lo que está en el fondo de tu corazón. ¡Adiós, hijo mío! Ahora, tu madre agregará unos cuantos renglones. Adiós, y en todo lo que hagas piensa en tu devoto padre.


Fue afortunado para los hijos, incluso para quienes se habían ido de la casa paterna, que después de cuatro años de viudez su difícil padre conociera a una muchacha dulce, que tan notablemente le recordó a su difunta esposa que conquistó su corazón a primera vista. Esta muchacha era Emilie Souchay, hija de una refinada, rica y patricia familia de Francfort. Su padre, Karl Cornelius Souchay, fundador de una empresa comercial en Francfort, Manchester y Londres, descendía de una familia hugonote, los Souchay de la Doboissiére, que habían poseído un feudo cerca de Orleáns y habían renunciado a sus privilegios aristocráticos cuando la familia huyó a Alemania. Algunos de los refugiados se instalaron en Hanau como orfebres; otros fueron a Francfort. El abuelo de K. C. Souchay fue un orfebre de Hanau; su padre, un ministro de la Escuela Francesa Reformada en Francfort.
K. C. Souchay (bisabuelo de Max Weber) fue un hombre alegre, amable y culto. Mediante sus propios esfuerzos y por matrimonio adquirió considerables riquezas que gastó generosamente. Sólo se consideraba un administrador de sus propiedades, actitud que impartió a sus hijos. Vivía en una casa hermosa y elegantemente amueblada de la Fahrtor; su frente, vasto y soleado, daba al río Main y a las colinas de Sachsenhausen. A este hombre bondadoso y jovial le gustaba vivir feliz y dejar que otros vivieran así. Sonriendo, decía de sí mismo: “Siempre he vivido como rico, y he logrado hacerlo con la ayuda de Dios. Los avaros que me rodea

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ban siempre creyeron que yo era rico aun cuando esto todavía no fuera verdad”. Para gozar de esta vida buena, se casó con una muchacha de buena familia, de ascendencia enteramente alemana. Helene Schunck, la hija del comandante Schunck de Schlüchtern, le dio siete hijos. La muchacha sabía crear una atmósfera armoniosa a su alrededor, y era tan bella que el pintor Stieler7 dijo que era la mujer más hermosa de Alemania, y se ofreció a captar su encanto en un retrato que aún pertenece a la familia. Por tanto, puede suponerse que la gracia y la noble belleza de la madre de Max Weber (cualidades que ella transmitió a varios de sus hijos) eran de herencia más alemana que francesa.


En cambio, Emilie Souchay, la abuela de Weber, no tenía estos dones. Era notablemente pequeña y muy fea; inteligente y profunda, tenía una salud delicada y era tímida y retraída. Su fuerza estaba en su naturaleza profundamente religiosa, su angélica bondad y su devoción a todo lo grande y lo bello. En sus memorias, que escribió para su familia, ella dijo de sí misma:
Los sufrimientos más grandes —-en realidad, me inclino a decir, los únicos— de mi niñez y de mi temprana juventud se debieron a mi constitución. No que yo pueda recordar haber estado enferma, pero había en mi sangre una indescriptible timidez que a menudo se adueñaba de mi corazón... En muchas horas de angustia, el anhelo de una libertad interna era mi plegaria más ferviente. Un día, al abrir mi Biblia, me llamaron la atención estas palabras: “Te basta mi gracia” [2 Cor. 12:9]. He reflexionado mucho acerca del significado profundo de estas palabras y he encontrado en ellas la más hermosa interpretación de la parábola de los talentos [Lucas 19:11-27].
Siendo ya anciana, resumió así las experiencias de una persona cuyas modestas energías siempre fueron amenazadas por sentimientos de inadecuación:
Mucho nos gustaría ir por la vida a nuestro propio modo, y no comprendemos que nuestra naturaleza ha fijado una meta que no podemos perder de vista con impunidad. Contemplar los límites de nuestra naturaleza con valor, guardarnos de falsas ambiciones, pero hacer de todo corazón lo que se nos ha encargado hacer y confiar humildemente en la ayuda de Dios: ésta es, a mi parecer, la tarea cuya realización nos valdrá las bendiciones de Dios.
Cuando Fallenstein conoció a Emilie Souchay, ella tenía ya 30 años, y nunca había pensado en casarse. Parecía más destinada por la naturaleza a la vida apacible, tierna y contemplativa de la monja que a vivir al lado de un hombre enérgico, que nunca dejaba de esforzarse. Todo lo que ella sabía del matrimonio era que es una comunión espiritual y una amistad afectuosa entre un hombre y una mujer. No obstante, el dinámico cortejo que le hizo Fallenstein la puso en conflicto consigo misma, y le

pidió tiempo para reflexionar. Cuando por fin tomó una decisión afirrnativa a pesar de sus dudas, fue porque su bondad se había sobrepuesto a sus temores. Sintió que Dios mismo la había llamado a ser compañera de Fallenstein y madre de sus hijos huérfanos. “Fue difícil para mí echarme encima semejante carga, y al principio esto me impidió expresarme con claridad. Pero sentí con fuerza en mi conciencia que Dios me había asignado tan grande y hermosa tarea y tuve confianza en que él me ayudaría a realizarla”.


Las cartas intercambiadas entre Fallenstein y Emilie Souchay son características del estilo de la época (1835), así como de la personalidad de sus autores.
Con la perplejidad de un corazón profundamente conmovido, yo, hombre a quien usted, querida nzadarne, acaso no haya siquiera notado, me atrevo a dar un paso, movido por una necesidad interna que aparta toda consideración convencional; y, sin embargo, me esfuerzo por encontrar palabras para decirle la que se ha vuelto una cara conciencia para mí desde el momento en que usted entró en mi vida. Que la gracia bondadosa que revelan sus ojos azules y toda su apariencia me permita hablar sin más lucha por expresarme.
Es la confesión de un amor sentido en el corazón aventurado, con angustiado embarazo, de un hombre a quien la vida ha sometido a muchas pruebas y que se ha enfrentado humanamente a cosas más peligrosas con mayor ecuanimidad de la que hoy puede mostrar.
La que abracé hace 25 años con el primer ardor del amor juvenil, la mujer fiel y dulce cuyo primer amor fui yo, que compartió mi vida en tiempos difíciles durante un periodo de 21 años, que fue mi propio yo, que con calma y confianza yació en mis brazos desde sus 15 años a través de todas las vicisitudes de la vida, la querida madre de mis seis hijos, a quien yo enterré hace cuatro años, de pronto apareció ante mí, como vuelta a la vida en toda su individualidad, todo su ser interno y externo y vida, cuando súbitamente la vi a usted aquella noche en casa de su hermano. La impresión me conmovió hasta las más íntimas fibras de mi ser, y la sorpresa no fue enteramente sin dolor. Una nueva consecuencia es este paso que estoy dando y siento que mi futuro, ma- dame, depende de sus resultados: tanto más cuanto que su aparición ha unido maravillosamente todo mi pasado con el futuro que me destinó Dios, y yo puedo, en verdad y ante Dios, ofrecerle, mi dulce, amable y apacible Emilie, con mi mano el amor de mi juventud y de mi vida, limpiado y hermoseado por lo que he vivido y perdido. Antes de dar este paso he examinado concienzudamente mi alma. Si usted, querida señora, pudiera como Dios ver en mi corazón, si yo pudiera descubrirlo a usted por medio del habla como se encuentra ante nuestro Creador en este momento, confiaría usted en las palabras sencillas y sensatas de un hombre honrado, quien le asegura que lo que le expresa a usted es un sentimiento profundamente arraigado: no un amor hijo de la pasión, sino basado en la devoción más sincera y continua, que ha sido transfigurado, de un profundo dolor por lo que ha perdido, en la alegría más íntima por lo que ha recuperado.
Me doy cuenta, querida señora, de lo que estoy pidiendo al implorarle que sea no sólo la segunda madre de mis hijos, sino su madre recuperada, y convertirse en el más grande tesoro de mi vida. No tengo nada que ofrecer a cam Jose

Karl Stieler, 1781-1858, a partir de 1820 pintor de corte en Munich. [E.]

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bio sino un corazón honrado y fiel, pero al mismo tiempo estoy ofreciéndole mi vida con sincera devoción. Maravillosa Emilie, tan querida como mi bendita Betty: sólo he podido decir unas palabras sencillas, religiosamente compuestas, pues mi corazón está maravillosamente conmovido y sin embargo solemnemente sereno. Hace hoy justos 25 años me comprometí con mi querida difunta Betty, y cuatro años desde que se fue de mis brazos a la tumba. En un momento de tal conmemoración, el corazón humano no miente. Decida ahora entre nosotros; decida usted lo que decida, mi amor y mi adoración a usted es mi propiedad y será mi compañero, aun si tengo que renunciar.
A esto replicó Emilie Souchay:
No sé si me será posible hoy responder como debiera hacerlo y como quisiera hacerlo a una carta que me ha conmovido hasta el fondo del corazón. Pero trataré de decir al hombre noble que me ha abierto su corazón con una riqueza totalmente inesperada de amor cuáles son mis sentimientos, aunque hasta ahora no los comprendo yo misma. He hecho la solemne resolución de ser totalmente franca con usted, porque siento que ésta será una bendición para usted y para mí; pero sólo Dios, que me conoce mejor de lo que me conozco yo misma, sabe si podré decir la verdad aun con la mejor de las intenciones. Hasta hoy mi vida, vista desde fuera, ha sido muy feliz, y sería ingrata si no hiciera un gozoso reconocimiento de las circunstancias favorables en que he vivido. Tampoco he sentido, sobre todo en años recientes, ningún deseo de abandonar mi situación en la vidd —especialmente porque creía yo que mi carácter no era apropiado para hacer feliz a nadie, al menos no en una situación que me hiciera grandes exigencias—. Quienes me conocen más íntimamente dirán esto a usted mejor de lo que yo pueda hacerlo.
Mi madre me ha prometido informarle a usted de todas mis fallas y flaquezas. Créale a ella y esté usted seguro de que nadie sentirá la verdad de sus palabras más que yo. Al principio no pude suprimir la idea de que usted simplemente estaba equivocado en su concepto de mí porque yo evocaba tan querida imagen en su alma. Mi hermana me confió esto, y puede usted imaginar cuán conmovida tenía yo que estar cuando volví a verlo. Sólo mi firme resolución de no destruir intencionalmente ese querido recuerdo pudo darme cierta compostura; o, antes bien, me causó tal exaltación que yo parecía otra persona.
Cuando usted se fue, se apoderó de mí una visión de posible felicidad, pero al mismo tiempo tuve la sensación de una total incapacidad para ocupar semejante lugar, y desde entonces esta sensación me ha oprimido en muchas horas difíciles. Luego, mi corazón volvió a sentirse ligero, y confié en poder colocar mi futuro y el de usted en manos del Padre Eterno. Todo en mí estaba confuso, y sólo una cosa se volvió cada vez más clara: que yo debo oír la voz pura de mi corazón y ser sincera ante usted y ante mí misma. Créame, en cuanto yo reconozca claramente en ello la voluntad de Dios, dejaré el círculo que me es tan caro —-no sin lucha, y sin embargo con alegre valor— para cumplir con una vocación aún más alta. Pero, ¿cómo pude yo haber soñado que me aguardaba semejante destino, a mí, entre todas? Deme usted algún tiempo para recuperar el sentido tras la primera emoción y considere cuánto depende también su felicidad de la decisión que yo tomaré. Sea como fuere, el recuerdo de estos hermosos días me acompañará en la vida y me dará feli cidad

y quiera Dios que asimismo sea una bendición para usted, de una u


otra manera.
Ya era hora de que Fallenstein llegara a puerto más tranquilo en la jornada de su vida del brazo de su nueva esposa. Sus energías, puestas a las máximas pruebas en épocas tempranas de su vida, empezaban a disminuir, y era víctima de depresiones. El hecho de que por fin se viera libre de angustias económicas fue un gran alivio. La familia Souchay tenía los mismos generosos impulsos que él, así como los medios para poder permitírselos. Ahora pudo ceder a su deseo de ayudar generosamente a otros.’ Pero también tuvo que sufrir muchas decepciones, personales o profesionales. La desaparición de sus hijos, a quienes nunca volvió a ver, debieron de causarle gran tristeza. Y cuando este hombre, agotado por tanto trabajo, pidió un ayudante, su solicitud fue rechazada. Presentó entonces su renuncia y se sintió muy ofendido por los reproches con los que fue aceptada. En 1842, fue transferido al Ministerio de Finanzas en Berlín, como funcionario encargado de hacer informes [Vortragender Rat], pero no pudo adaptarse a las muy distintas cóndiciones y encargos del puesto. El, que había hecho cosas extraordinarias durante tantos años, ahora tuvo que reconocer francamente y con amargura que no era capaz de desempeñar el puesto. Por fortuna, logró dejarlo al cabo de pocos años.
Se trasladó a Heidelberg, y en 1847 se construyó una espaciosa casa de discreta elegancia, frente al castillo, ante el río Neckar. El mismo diseñó el gran jardín con rocas, que se extendía hasta llegar al Philosophenweg. Su casa y su jardín, con su fuente rumorosa, que se mezclaba con el fragor del Neckar, se volvió una isla de belleza que sería hogar para sus hijos y sus nietos y daría placer a muchos otros. Por lo demás, él conservó la estoica simplicidad y naturalidad de su modo de vida, y exigió también a su familia estas cualidades: levantarse temprano, bañarse en agua fría, todo tipo de trabajos arduos: los mayores esfuerzos de voluntad y de dominio propio. Todos estos principios fueron adoptados por su hija Helene en su propia vida y en la crianza de sus hijos, aun cuando su delicada constitución sufrió por ello cuando era niña.
Fallenstein siguió infatigablemente activo. En la vida pública mostró particular interés en promove: la paz entre las diferentes religiones, así como en conservar el Código Napoleónico en la Renania. Su odio a Napoleón no le impidió preferir las instituciones napoleónicas a las que por entonces prevalecían en Prusia. Estaba particularmente convencido de que la supresión forzosa de las instituciones napoleónicas enajenaría de Prusia a Ja Renania. Además de esos intereses políticos participaba en todo tipo de obras de caridad. Por ejemplo, con ayuda de la familia Souchay organizaba sistemáticas obras de alivio a la pobreza, por medio de préstamos de dinero o de ganado a los pequeños granjeros de Schónau, una de las aldeas más pobres del Odenwald. También volvió a empezar a escribir, recabando proverbios alemanes y trabajando como laborioso

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colaborador del Diccionario de los Grimm.8 En Heidelberg se unió al “Círculo Histórico” que se había formado en torno de Schlosser y Hausser, 9 y trabó amistad con el historiador Georg Gervinus, a quien alojó en su casa. Con lealtad de auténtico oficial, Fallenstein se aferró a su patria, Prusia, pero cerca de 1848 abandonó por completo su culto monárquico y empezó a amar a Alemania más que a Prusia. En el balsámico aire del sur, volvió a los ideales libertarios de su juventud.


Aunque ya no gozaba de perfecta salud, Fallenstein parece haber tenido aún fuerzas de gigante una vez que encontró una meta para su vida. Falleció a la edad de 63 años, como siempre había querido morir: “joven”, es decir, antes de verse abrumado por los achaques de la vejez. Sus hijos 1 pequeños, de su segundo matrimonio, “recordaban como en un bello sueño” a su padre, “cuyas cálidas manos aún sentimos en las nuestras, y cuyo bondadoso corazón siempre respondía a las preguntas y alegrías de los niños”.
En la memoria de quienes lo conocieron, Fallenstein siguió viviendo como un hombre poseedor de abundantes fuerzas físicas y morales, endurecido en la escuela de la vida y muy excitable, fuerte tanto en el amor como en el odio, pero al mismo tiempo sumamente bueno y caballeroso con los débiles. No tuvo moderación ni equilibrio, y a menudo fue irritable y fastidioso en la vida cotidiana, pero en su trabajo, su devoción y su abnegación superaron su impetuosidad. Según el juicio de Gervinus, “Por su abundancia de energía, todo en él lindaba en lo excesivo: la emoción del momento, así como el bien reflexionado ‘principio permanente”. (Estas palabras se pueden aplicar, asimismo, al nieto de Fallenstein, Max Weber.) Sus deudos inscribieron estas palabras en su lápida: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” [Rom. 8:14].
Pero, ¿cómo vivió a su lado la delicada Emilie Souchay? Según una carta que escribió a una amiga mucho después de la muerte de su esposo, a ella le fue negada la profunda dicha de la completa armonía y la comunión espiritual. La vigorosa naturaleza de su marido —que le hacía pensar que podía exigir y obtener todo de sí mismo y de los demás, y evidentemente nunca tuvo la menor duda de que él, Friedrich Fallenstein, sabía lo que había que hacer— le impidió comprender las constantes luchas internas de su esposa. El se impacientaba por el continuo sentido de inadecuación de Emilie y por su piadosa aceptación de las limitaciones que la naturaleza les había impuesto a ella y a otros. ¡Era tan buena! ¿Por qué, entonces, se atormentaba así? Y aunque él permaneció arraigado a la fe de sus padres, la profundidad religiosa de Emilie le era inaccesible. Era un moralista riguroso que deseaba y lograba hacer lo que tenía que hacer, convencido de que lo mismo podían hacer los demás; ella era un
8 Jacob y Wilhelm Grimm empezaron a publicar su Deutsches Wárterbuch en 1852. /E.]
Friedrich Christoph Schlosser, 1776-1871, historiador de Heidelberg; Ludwig Htiuser, 1818-1867, historiador y político. [E.]

alma sumisa, carente de confianza, pero confiada en Dios; estaban condenados a no comprenderse.


Así, mucho después del fallecimiento de su marido, Emilie resumió su vida matrimonial en estas palabras:
La lucha más difícil de mi vida ha quedado atrás (o eso creo): la imposibilidad de comunicar mi verdadero yo a mi difunto esposo. Su enorme sobreestimación de mí le hizo considerar como una especie de obcecación mi incapacidad de alcanzar el ideal que había en mi corazón, imposibilidad debida a mi incapacidad individual. El no sabía apreciar esto, y mi pesar por ello le parecía a él debilidad. En realidad, fue difícil para mí resignarme a que él no lo comprendiera, no pudiera imaginar que, pese a la tristeza por nuestras propias imperfecciones, podamos aferrarnos a la esperanza de que sea posible aceptar los límites de nuestra naturaleza y aun esforzarnos, dentro de esos límites, por alcanzar lo que Dios nos ha ordenado hacer, confiados en que El nos conducirá a la meta (pues se dice que Dios es poderoso dentro de los débiles, y para mí éstas son palabras de verdad que me han confortado en mil ocasiones). En suma, fue difícil para mí que él no pudiera captar lo que me parecía el fundamento mismo del cristianismo, y esto se interpuso entre nosotros precisamente cuando la vida diaria nos trajo pesares. La forma de su rechazo me irritaba y me impedía verter mi corazón; de otra manera habríamos podido adaptarnos uno al otro mucho mejor y en todo. Como ocurrieron las cosas, los tesoros de su cerebro y de su corazón sólo en ocasiones fueron claramente visibles para mí; sus opiniones religiosas en particular, y cómo estas opiniones afectaron mi vida, siguieron siendo un misterio para mí. Siempre sentí que era una persona mucho más cálida que Gervinus y de mucho mayor visión. Por ejemplo, él aceptó que yo fuera a la iglesia; después le gustaba que yo le repitiera el sermón, sin arrojarme agua fría, como lo hizo G. con su esposa. Pero no consideraba importante sostener un intercambio de ideas conmigo, y sin embargo el cristianismo puro era la esencia de mi vida y todos mis afanes iban dirigidos a profundizar en él. ¿Adónde me ha llevado todo esto? Simplemente yo deseaba aclarar lo que me hacía tan infeliz, más aún de lo que ahora comprendo, durante un periodo de años, sin haber podido culparme a mí misma ni a Fallenstein por ello. Simplemente me parecía —como me parece hoy— que una mujer debe estar muy cerca de su esposo en todo, si se quiere que el matrimonio sea bendito.
Emilie Souchay transmitió sus ideas acerca del fundamento espiritual de la vida conyugal a sus hijas; como ella, algunas fueron incapaces de realizar este ideal. Pero a pesar de su resignación, la vida de Emilie fue bendita, pues se realizó la promesa de sus frases bíblicas predilectas. Dio a luz a siete hijos, de los cuales cuatro hijas y un varón vivieron hasta la madurez. Y bajo la carga de sus tareas, esa mujer tímida y retraída fue corno un gigante de fuerza moral. Su santa bondad, dulzura y abnegación le dieron fuerzas para todo lo que se requirió. Sus hijos adoptivos encontraron en ella a una madre amorosa y comprensiva que valerosamente los protegió de su padre, noble en intenciones pero demasiado violento. Ellos lo agradecieron a Emilie con respeto y devoción. Una y otra
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