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Primera edición en inglés, 1988 Primera edición en espafiol, 1995


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último y fuerzas de vida —“dioses”— que compiten entre sí por la dominación de la existencia. Desde luego, es evidente que esta ciencia empírica y que intencionalmente se fija límites, está siempre consciente de sus propias premisas extraempíricas, y en realidad las reconoce como requisitos. Una de tales condiciones son las ideas generales de valores culturales por medio de las cuales lo importante es apartado de lo no importante y, además, existe la “idea” personal y específica del investigador, un reconocimiento tan claro, objetivo y universal como sea posible, de lo que fue y de lo que es y, ante todo, la mayor penetración posible de las fuerzas de la vida moderna. Un día que se preguntó a Weber lo que su ciencia significaba para él, contestó: “Quiero ver cuánto puedo soportar.” ¿Qué quiso decir? Tal vez, que consideraba su tarea soportar las antinomias de la existencia y, además, ejercer hasta el máximo su libertad de todas ilusiones y, sin embargo, mantener intactos sus ideales y conservar su capacidad de dedicarse a ellos.


Estas ideas están en la base de la investigación empírica y sus conceptos. Las estructuras del pensamiento especulativo han sido expulsadas de la propia cognición concreta, y la idea de algo sobrenatural o de un ámbito de valideces objetivas obligatorias es evitada expresa e intencionalmente como tarea que no corresponde a la ciencia empírica. La calidad específica de esta sociología comprensiva —por ejemplo, algo que puede ser una paradoja lógica: la construcción racional de conceptos tipales alejados de la realidad— se deriva de su intención de liberar el núcleo de la realidad de la acción social típica de todo encasillamiento especulativo con los valores. Weher sigue las regularidades de la acción social por todo el globo y las resume en conceptos que imaginan el curso de la acción como si tuviera lugar sin ninguna perturbación debida a influencias irracionales, es decir, incalculables: algo que nunca ocurre en la realidad. Por medio de estas abstracciones pueden verse claramente como “desviaciones” los componentes irracionales de la acción concreta. Así surge, también para la sociología empírica, la extraña situación en que la naturaleza de lo que existe es reconocida por medio de una confrontación con algo que no existe: la abstracción racional. Pero aquí se trata de hacer que las estructuras del pensamiento lógico pesen sobre la realidad. La abstracción sirve a la verdad científica, mientras que la aplicación de constructos éticos, políticos y metafísicos a las realidades sirve a unos propósitos “prácticos” extracientíficos, que fueron seleccionados por la subjetividad del investigador.
Además, el reconocimiento empírico de la realidad al que tendía Weber no sólo requería que ideas “normativas” [dogmatische] se mantuvieran apartadas del proceso mental, sino que también exigía la supresión de un velo lógico de cierta clase que otras ciencias, como la jurisprudencia la historia y la economía, emplean justificablernente. Los conceptos de estas ciencias se basan en la idea de que existen personalidades colecttt)as en acción. Por consiguiente, piensan en estructuras complejas como el Estado, la nación, la comunidad, la sociedad anónima, la familia, etc., C0

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mo individuos. La sociología comprensiva procede de otra manera. Pasa a través de estas ficciones lógicas para peneirar en la última realidad comprensible, la acción significativa de un individuo o de individuos. Ahora ofreceremos unos cuantos ejemplos de esto. Por tanto, su método puede ser llamado “racionalista” e “individualista”, aunque sería tan engañoso pensar en evaluaciones individualistas como lo sería creer que “el carácter racionalista de la formación de conceptos significa una fe en el predominio de motivos racionales, o hasta una evaluación positiva del racionalismo”. Por una vez, nada sino el núcleo de la realidad debe ser expuesto sin ilusiones.
Por muy sencillo, evidente y hasta trivial que esto pueda parecer, la re- constitución apropiada de conceptos generalmente conocidos estaba en la naturaleza misma de una revolución lógica. En particular, las definiciones de Weber relacionadas con la sociología política y jurídica parecían tan ajenas a la jurisprudencia y sus definiciones en el ámbito de la sociología de la religión parecieron tan extrañas a los teólogos, que al principio no tuvieron ninguna aplicación que darles. La eliminación deliberada de todos sus habituales tonos de valor da a los conceptos —como el orden legítimo, el derecho, el grupo corporativo [Verband], la dominación [Herrschaft], el poder, el Estado, la nación, la Iglesia y similares— un significado enteramente nuevo y puramente lógico. Significado que, desde luego, es extrañamente frío y carente de pathos. Y aun cuando Weber no pretende que tengan una validez exclusiva, sin embargo resultan incómodos para el pensamiento y el sentimiento acostumbrados, pues su existencia misma pone en relieve los componentes extracientíficos de los otros sistemas intelectuales equivalentes, mostrando así indirectamente cuál de sus aspectos no era lógicamente obligatorio y no podía imponerse a nadie. Además, es posible que, para muchos, el inevitable subproducto de este desencanto lógico de las estructuras históricas sea otra evaluación. Por ejemplo, el núcleo de realidad compartido por todas las estructuras colectivas sociales antes mencionadas consiste “entera y exclusivamente en la oportunidad de que haya acción en una forma que pueda ser significativamente declarada, y no importa de dónde se derive esta oportunidad ni si está basada en ideas psicológicamente obligatorias ni en una real compulsión externa ni en ambas cosas a la vez... Vistas sociológicamente, estas estructuras no consisten más que en la oportunidad de que ocurra la acción que está orientada de ese modo”.
Si la “oportunidad”, algo que en su uso cotidiano parece turbio, se eleva aquí al nivel de categoría para captar lógicamente lo que hay de común en toda acción social, es en realidad, como lo dijo Weber, como si las frías manos de un esqueleto se tendieran hacia la cálida vida. Una similar y peculiar sobriedad también caracteriza las otras definiciones conceptuales con que se expresa la sustancia específica de las distintas clases de “oportunidades”. Por ejemplo, “una orden será llamada ‘le si es externamente garantizada por la oportunidad de una compulsión física o psicológica.., por un grupo de hombres específicamente equipados pa-

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ra ella... Una asociación política obligatoria [Anstaltsbetrieb] será llamada Estado si, y en la medida en que, su personal administrativo logra ejercer un monopolio de la compulsión física legítima para aplicar sus regulaciones”, etc. La ley, el Estado, la Iglesia (todos ellos son estructuras que parecen indisolublemente atadas a conceptos metafísicos, y que están impregnadas con pretensiones de validez objetiva) en tales definiciones realmente están libres de ellas. Al parecer, a través de ellas, la idea de una ciencia libre de valores recibe un significado más comprensivo que la idea de excluir los juicios subjetivos de que algo es digno de aprobación o es objetable, deseable o indeseable, bueno o malo. Lo que está más allá de esta eliminación deliberada es la propuesta indemostrable, no sólo de todas las ciencias “normativas”, sino de casi toda historia, de que las valideces empíricas —es decir, todas esas concepciones de valor que en realidad determinan la acción como contenidos psicológicos— se deben a una validez “objetiva” que trasciende la conciencia de los individuos, que constituyen un ámbito sobrenatural más allá de toda duda, un ámbito del significado correcto o “verdadero” que, justamente, domina la existencia real.


En su sociología, Weber conserva estas nociones de un ámbito empíricamente captable y objetivamente sobrenatural, apartadas de su cognición de la realidad. No obstante, las valoraciones de norma e ideologías de todas clases tienen su plena significación para esta sociología: a saber, como realidades, como series importantes, “racionales y orientadas a los valores” Lwertrationale] de motivaciones que están presentes en casi toda acción significativamente orientada y que en realidad, a menudo ejercen sobre ella una influencia decisiva. Así, en todas las partes de su sociología se investiga el peso causal de las valoraciones e interpretaciones específicas, que son determinadas por su contenido. Pero el investigador dirige siempre su atención, en lo tocante al contenido, sólo a su realización empírica y no a la significación metafísica que también se les debe. Al desarrollar sus conceptos, Weber explica repetidas veces la manera en que separa las valideces reales de su valor [Werthaftigkeit] como valideces objetivas. Por ejemplo, si en su teoría de los tipos de dominación él llama al carisma “una cualidad que es considerada como... fuera de lo ordinario”, esta formulación misma implica que la pregunta de si en un caso concreto esta cualidad es evaluada justamente como el carisma es algo que no le interesa dentro del marco de la sociología: “Así, el reconocimiento de una personalidad como dirigente carismático se basa en la evaluación subjetiva de sus cualidades como hombre extraordinario y sobrehumano por un grupo de discípulos o de seguidores dispuestos a obedecerle... Lo que sería la evaluación ‘objetivamente’ correCta de la cualidad extraordinaria en cuestión, desde cualquier punto de vista ético, estético o de otra índole, es, desde luego, cuestión completamente indiferente.”
El resultado metódico es que un “poseso dotado del carisma del frenesí marcial”, un señor de la guerra, un demagogo político, el fundador de

una secta, un profeta y un salvador son, todos ellos, dirigentes carismáticos. Esto tiene que ser no sólo extraño sino irritante, tanto para el pensamiento cotidiano como para el pensamiento acostumbrado por otras ciencias a cubrir las realidades que exigen una validez objetiva, y a menudo debe parecer como una privación sin sentido. Y sólo quienes se unen a Weber en este proceso mental serán compensados por el “desencanto” radical de esas estructuras cubiertas de valores, por un nuevo contenido de verdad. En su búsqueda de la verdad, Weber por doquier “quitó la magia de su camino”.


Pero una persona no erudita [ausserwissenschaflich] espera de todo nuevo tratamiento lógico de la realidad unos lineamientos nuevos para toda su existencia. También ante el sistema intelectual de Weber, involuntariamente preguntará, “Cui bono? [para quién?] ¿Puedo derivar de esto unos lineamientos para mi conducta en la vida? Y si no puede, se sentirá decepcionado. La sociología comprensiva, que expresamente se abstiene de promulgar normas, demandas y valoraciones prácticas, desde luego no satisface esta demanda dentro de su esfera, al menos no en forma directa. Pero tal vez el tratado La política como vocación nos permitirá sacar ciertas conclusiones con respecto a la utilidad de este pensamiento para la acción humana. En esta obra, que se desarrolló a partir de una conferencia dada a estudiantes de Munich en el invierno revolucionario de 1918-19 19, Weber relaciona sus visiones de la sociología política con una esfera importante de la acción práctica: a saber, la política, la política como vocación, es decir, la forma de actividad de gente real. El trasfondo de este tratado es el desplome de Alemania, el bolchevismo ruso, la inquietud milenarista de los jóvenes. Los jóvenes se sintieron llamados a construir un nuevo mundo y esperaron establecerlo con motivos puros, un orden social sin precedente, cuya estructura sería muy distinta de cualquier tipo anterior y que estaría lleno de ideales éticos y religiosos de justicia y fraternidad. Pero los acontecimientos de Rusia pronto demostraron que el camino era largo y pasaba por la más radical inhumanidad, sin dar ninguna garantía de que algún día se alcanzara la meta.
Weber obligó a sus lectores, ante todo, a reconocer sin ilusiones todos los procesos sociopolíticos [staatssoziologisch] y fenómenos que, típicamente, determinaban la actividad política. Les mostró las diversas formas de gobierno y su desarrollo histórico, así como los diferentes tipos de dominación política, presentando una tipología de las figuras políticas de todas las épocas y países. Desde la posición aventajada de la universalidad histórica mostró que el recurso específico, aunque no único, del Estado en todos los tiempos ha sido una dominación basada en la violencia física legítima, y que la política siempre significó el afán de tener una parte del poder político. Todo el que participe en política, así, se esfuerza por el poder, ya sea por el poder mismo o al servicio de objetivos idealistas o egoístas, y para alcanzar este poder, una persona, si es necesano, empleará contra los demás la fuerza psíquica o psicológica de que disponga. Todas estas observaciones específicas fueron beneficiadas por

el tratamiento lógico de la experiencia histórica. Pero en el contexto que discutimos aquí, Weber las emplea como base para la discusión de uno de los problemas “existenciales” más importantes, o sea para iluminar la relación entre la política y la ética, algo que preocupaba intensamente a los jóvenes.


Las iglesias cristianas no sólo habían aceptado la guerra como un mal inevitable, sino que en todos los países hasta la habían glorificado en nombre de los Evangelios, y habían fomentado el odio nacionalista. A las personas religiosas, esto tenía que parecerles una aberración, algo dolorosamente absurdo y falso. Y ahora la revolución estaba creando una paradoja análoga. Los partidarios comunistas del pacifismo se consideraban con derecho a realizar sus ideales aunque fuera mediante la peor forma de violencia: la guerra civil. Ante esto, la tan debatida cuestión de si la política y la ética tenían algo que ver entre sí, si existía algo que pudiera llamarse ética política específica, volvió a ser cuestión candente. Algunos lo negaron, mientras que otros sostuvieron que la misma ética absoluta tenía que aplicarse a la acción política tanto como a cualquier otra cosa.
Esto lo negó Weber, como ya lo había hecho antes. Pero al mismo tiempo mostró que, empero, esto ciertamente no pertenecía al ámbito de la adiáfora [cuestiones de indiferencia moral]. Precisamente porque el método específico de la política es el empleo de la fuerza necesita una orientación ética: a saber, sopesar los medios y los fines, y la reflexión responsable sobre si el fin deseado justifica “santificar” los medios y compensar sus indeseables efectos secundarios. Por otra parte, dado que la acción política inevitablemente va unida a la fuerza y la compulsión, la ética que gobierna otras cosas no se aplica a ella, así como no pueden formularse unos mandamientos éticos idénticos para las otras relaciones, sumamente distintas, en que participa una persona. En ciertas circunstancias, todo detentor del deber político se ve obligado a dañar a otros para alcanzar sus metas. Por ello, no se le puede someter a una ética absoluta y, menos que ninguna, a la de los Evangelios. La orden incondicional: “Entrega todo lo que poseas” es una demanda insensata para él mientras no pueda aplicarse a todos. Y la otra orden, “Pon la otra mejilla”, incondicionalmente, sin preguntar por qué el otro tiene el derecho de golpear, es una “ética del deshonor.,. salvo para un santo”. O si la ética del amor ordena “No resistáis al mal” [Mateo 5:39], lo opuesto se aplica al político: resístele mediante el empleo de la fuerza, pues si no, serás responsable de su prevalencia. Este es el punto decisivo en que divergen la ética cristiana y la ética política, donde divergen dos líneas de acción orientada por la ética, aunque, desde luego, en la práctica a menudo se entrelacen.
Fundamentalmente, la conducta ética queda determinada o bien por la ética de los fines últimos [Gesinnung] o por la ética de la responsabilidad [Verantwortung]. Como creyente en la ética de los fines últimos, el verdadero cristiano “hace lo justo y deja el resultado a Dios”: es decir, su buena voluntad y su vida en lo absoluto ennoblecen sus acciones. Dios le or E

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dena, y por ello no pregunta por las consecuencias ni se arroga crédito por ellas. Si son malas, puede culpai- al mundo o al propio Dios. Y aunque esta actitud pueda ser magnífica como expresión de una vida interna tendiente a la salvación de un alma individual y a las de otros, el político obedece a otra ley. Debe ser eficiente en el mundo y por tanto se e obligado a tratar al mundo ial cual es, tomando en cuenta las flaquezas de la gente, y hasta poniéndolas al servicio de sus propósitos. Su ética específica es la pasión, la responsabilidad y un buen ojo [Augenniass]. Pasión en el sentido de devoción sin reservas a una causa, “al dios o al demonio que gobierna”, la responsabilidad como el afán de calcular las consecuencias de su acción fría y calmadamente, y de responder por ellas, y un buen ojo como el distanciamiento de las cosas y de la gente que hace posible el juicio recto. Y ante todo, cualquiera que sea la meta a la que puede servir, siempre deberá tener fe en ella si quiere librarse de la maldición de la futilidad de la criatura. Pero el triunfo de su obra no sólo queda deter— minado por us propios motivos, sino también por los de sus seguidores, que a menudo son de naturaleza predominantemente baja.


Por ello, los fines puros a menudo sólo son alcanzados por medios moralmente dudosos. En toda violencia hay fuerzas diabólicas. En este punto, la polaridad de los dos conjuntos de leyes se manifiesta con toda claridad. Hablando lógicamente, un creyente en la ética de los fines últimos tendría que rechazar toda acción que empleara medios moralmente peligrosos. Y, a la inversa, un político debe estar dispuesto a echarse esto a cuestas y, por tanto, a arriesgar su propia alma. Un creyente en la ética de los fines últimos niega la irracionalidad ética del mundo, según la cual el mal con frecuencia brota del bien, y a veces el bien brota del mal. Un político debe estar dispuesto a soportar esta irracionalidad. “Sólo tiene la ‘vocación’ política el que está seguro de que no temblará si el mundo, desde su punto de vista, es demasiado obtuso o demasiado bajo para lo que él quiere ofrecerle.”
Si sobre la base de sus visiones sociológicas, Weber llama nuestra atención hacia las fuerzas ideales que determinan la acción en una esfera importante, lo hace tanto por la verdad cuanto por el afán de dar mayor luz a los jóvenes en su elección del camino a seguir. Esta iluminación libre de ilusiones de las diversas raíces de la existencia puede significar una nueva privación para muchos: para aquellos cuya capacidad de devoción a una causa es alimentada por influencias que provocan entusiasmo. Otros, que no necesitan esa ayuda, encontrarán que “la entrenada inquietud de la visión” para el mundo tal como es, les dará mayores fuerzas para soportarlo, y estarán a la altura de sus manifestaciones cotidianas.

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LA OBRA de Weber lo absorbía mucho, casi tanto como en los primeros años de su actividad docente. Le había quedado poco tiempo para “vivir”. Pero su capacidad de trabajo se volvió más continua, y también su sueño; ya casi no necesitaba la ayuda de medicamentos. Sólo los hechos políticos con frecuencia lo perturbaban. Y cuando a mediados de marzo el putsch de Kapp mostró que fuerzas destructivas seguían en acción en el país, él se alteró mucho. ¿Deseaban aquellos locos arruinar todo lo que la guerra perdida había dejado? En aquellos días, en una ocasión empezó a tararear la vieja Reiterlied de Herwegh:1 Die bange Nacht ist nun herum, / wir reiten still, wir reiten stunzm, / wir [und] reiten ms Verderben [La noche ansiosa ha pasado; montamos apacibles, montamos silenciosos, avanzamos a la perdición].


Llegaron entonces las vacaciones, seguidas en los primeros días de abril por la Pascua. Las mujeres deseaban celebrar la fiesta, y llevaron a Weber a Erschenhausen, situado a la orilla de aquel bosque donde él había pasado tan bellas horas en verano. Sin embargo, esta vez tuvo que hacer un gran esfuerzo; en realidad no deseaba ir, y se puso de mal humor al ver que el tren iba atestado: “jOjalá me hubieran dejado ante mi escritorio!” En el aire puro de montaña, su humor se modificó, y empezó a gozar de la vida. La primavera aún se reservaba, pero la tierra abierta exhalaba una deliciosa fragancia que proclamaba su recién despierta fecundidad. El bosque aún tenía su oscuro ropaje de invierno; los campos eran grises, pero los arbustos ya florecían, y las gencianas, de un azul profundo, brillaban en los valles soleados. Las miradas de todos se paseaban sobre las colinas onduladas, en que se veían también bosquecillos y prados. El río Isar corría en su profundo lecho. Las líneas de la tierra re cordaban la Westfalia, aunque aquí las magníficas líneas de la cordillera del Karwendel añadían una nota elevada.
Bañados en suave luz, los días transcurrían en perfecta armonía. Pese a la premura, a los niños se les permitió ir a buscar huevos, y por la noche jugaban en torno de la hoguera de Pascua. Durante horas, la familia permanecía sentada a la luz del sol. En la mañana de Pascua, Weber leyó en voz alta el texto de Die Walküre que contenía muchas cosas profundas; irían a la ópera al término de las vacaciones. Por la tarde, cuando caía una lluvia tenue, todos se sentaban en la pequeña habitación Con su artesonado de madera, y narraban cuentos de su juventud. Afuera, todo se desvanecía tras el muro de blanca bruma. Después contaría Weber
La Canción del soldado de caballería, por Georg Hei-wegh, 1817-1875, musicalizada por Justus Wilhelm Lyra, 1822-1882. [E.]

que se apoderó de él una sensación extraña, como la atmósfera de una obra literaria rusa; hacia la gente apiñada en una altura avanzaba algo negro, un abismo que iba a devorarlos a todos.


Die Walküre fue muy impresionante, aunque el significado de la obra no se libró por cntero de los lazos de la reflexión sobre la forma artística. A Weber le gustó en particular la lucha espiritual de Sigfrido2 con el heraldo de la muerte, que le promete el Valhalla, aun cuando sea un refugio para el héroe, sin su amada. Y le contesta: Von Walhalls spróden Wonnen sprich Du mir wahrlich nicht.3
A la mañana siguiente de estas vacaciones, llegó un breve mensaje anunciando la muerte de Liii, la hermana de Weber. No había cumplido aún 40 años. Era una mujer refinada, llena de vida, encantadora y segura de sí misma [souverün], con aquella absoluta nobleza de alma que nada mezquino puede alcanzar. De todos los hijos de Helene, Liii era la que más se le parecía físicamente: la atrevida nariz aristocrática en el rostro oval, delicado y estrecho, con la boca finamente trazada. En muchas otras cosas era diferente; en particular, carecía de la infatigable vitalidad de su madre, y nunca se había hecho ilusiones. La vida cotidiana, con sus tareas, era a menudo una gran carga para ella, como para muchas de las
descendientes de Emilie Souchay Fallenstein. Pero por algún tiempo pareció bien instalada en el hermoso internado, rodeada de amor, en las estribaciones de la Bergstrasse. Sus hijos, huérfanos de padre, eran felices
ahí, y Liii se veía rodeada por tiernas amistades. Se había absorbido en una nueva vida muy rica, en que todo giraba en torno de los jóvenes.
Y ahora, de pronto, un accidente la había hundido en el abismo misterioso. Dejaba a cuatro niños. Su muerte fue como un golpe terrible. Los Weber corrieron a Heidelberg, donde había ocurrido el infortunio. Los recibieron al llegar las deslumbrantes floraciones. ¡Sería aquella su primera reunión después de una ausencia de medio año! Y, ¿qué se podía hacer con los huérfanos? Inesperadamente, como por puro azar, los Weber tuvieron una revelación: “Estos son vuestros hijos.” Sus amigos consideraron demasiado precipitada esa decisión, y trataron de advertirles, con muchos argumentos: “Ya sois demasiado viejos, demasiado rígidos en vuestras costumbres.” Pero ningún escrúpulo ni consideración de dificultades pudo disipar aquella certidumbre. Los Weber estaban fascinados. Y aunque la muerte de Liii los había estremecido, aquella ingente decisión les daba ahora nuevas fuerzas y seguridad. Weber quedó profundamente conmovido, pero se llenó de alegría: le pareció que, a Mananne ser madre sería el remate de su vida de mujer, su realización auténtica, realización que hasta entonces se le había negado. Ella, desde luego, no lo interpretaba así, pues a sus ojos él era la bendición de su existencia.
2 Es a Segismundo a quien se le aparece la vaiquiria Brunilda. [E.]
“De los frigaces gozos de Valhalla no me hables”. [E.]
La hermana de Weber murió, envenenada con gas, por su propia mano. [E.]

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Weber se obligó a sí mismo a encontrar un significado de la muerte de su hermana. En su viaje a la Odenwaldschule dijo misteriosamente: “Es maravilloso si alguien vuelve a levantarse una vez más, y luego se va,” El pensamiento de que hablaba de él pasó por el cerebro de Marianne, como un tenue batir de alas negras.
En Heidelberg, Weber saludó a todos sus amigos íntimos; lo encontraron abierto, lleno de vida y de bondad. Dijo: “Estoy trabajando como hace 30 años, y me fluyen las ideas [es strórnt mir zu].” Les aseguró que Heidelberg seguiría siendo su hogar, y que pronto volvería. Lili y la cuestión de los niños fueron los principales temas de conversación. Sus amigos tuvieron la impresión de que “a este hombre el destino ya no puede hacerle daño”.
Entonces, Weber volvió a Munich; esta vez solo, pues su esposa iba a emprender una gira de conferencias organizadas tiempo atrás al “territorio ocupado”. Era una tarea muy ardua, pues Marianne no dejaba de pensar en lo ocurrido. Y también le preocupaba el efecto de todo aquello sobre el sistema nervioso de su marido, sobrecargado de trabajo. Por otra parte, ella sabía que Weber necesitaba estar a solas para trabajar. Sin embargo, en Munich le aguardaban grandes emociones políticas. Se decía que el primer ministro bávaro, Herr von K.,5 había insinuado en una conferencia que Baviera podría separarse del Reich. Y este rumor también llegó a la prensa extranjera. Esto fue negado, pero Weber y sus amigos políticos no confiaban en la política de aquel hombre de azul y blanco [bávaro separatista]. Weber insertó el siguiente anuncio en el periódico:
Según informes publicados, se afirma que el primer ministro de Baviera ha hecho declaraciones que equivaldrían a una incitación a cometer alta traición. Estas declaraciones han sido negadas tan concluyentemente que entre hombres de honor no puede caber duda acerca del actual estado de cosas. Sin duda, el primer ministro se alegraría de sostenerlo bajo juramento, en caso necesario. Por ello, deseo observar que quien falsamente le atribuyó estas declaraciones debe ser considerada por toda la gente decente como un Hundsfitt. Ahora espero que, por lo menos, este caballero se presente públicamente ante un tribunal de derecho. Hago esta declaración porque la falsa impresión que esto crearía entre los franceses en realidad facilitaría sus planes y los confirmaría en sus intenciones (13 de abril de 1920).
Este anuncio intentaba obligar al presunto calumniador de Herr von K. a demandar a Weber por difamación, y así, provocar una total aclaración del asunto. Sin embargo, el periódico se negó a imprimir el desafío, diciendo que el interrogatorio de un participante en aquella conferencia había demostrado que no había pruebas suficientes y que, por tanto, la demanda terminaría en derrota. A esto respondió Weber: “Si la razón que dan ustedes es la auténtica razón —y no tengo ninguna duda de ello— Gustav Ritter von Kahr, 1862-1934, sirvió en tal cargo de 1920 a 1921. DespuéS fue asesinado por los nazis. [E.]

no habrían debido dejar que mi corazón cayera bajo sus botas (;y perdonen la expresión!). Yo habría ganado el juicio por llamar Hundsfott a alguien que había puesto falsamente ciertas palabras en boca de Herr von K... si ese Hundsfott lo hubiera demandado. Durante un momento creí que tenían ustedes razones de alta política. Esto habría estado sujeto a discusión.” Pero entonces, Weber dejó ahí las cosas.


En aquellos días, cuando la cohesión del Reich alemán le importaba más que nada, Weber pareció tratar de liberarse de todo nexo de partido. En una carta dirigida a su hermana Klara Mommsen, enviada a mediados de mayo, aparece el siguiente pasaje:
Dado que el partido [Demócrata Alemán] me está presionando para ayudar en la “socialización”, que de momento me parece una insensatez, tengo que renunciar. Un político debe entrar en componendas; un estudioso no debe ocultarlas. También tú debes abandonar este Partido Nacional Alemán: es tía n’zir weh, wenn ich Dich in der Gesellschaft seh6 [me duele cuando te veo en tal
compañía] y echarle una ojeada. Se supone que el primer ministro de aquí habló acerca de una “separación del Reich” porque ese gordo burgués fMastbürger] tiene miedo a los espartaquistas. Si el Reich se desintegra, habrá sido
por obra de esta gente (Kapp, Lüttwitz,7 y lamento tener que añadir a Ludendorff). Temo que no serán fusilados ni sentenciados a trabajos forzados, como lo sería cualquier obrero en las mismas circunstancias, un obrero que no
tiene su educación.
Y entonces, Weber tuvo que pagar su extraordinaria intensidad durante los días de Heidelberg con un periodo de gran agotamiento nervioso. Comprendió cuán difícil le sería reorganizar su vida por completo, y a veces se preocupó por sus nuevos deberes de padre. Al visitarlo, unos amigos se alarmaron por su apariencia. Y también les habló de un espasmo cardiaco: “La máquina ya no quiere trabajar.” Dijo que se había tendido en un sofá, incapaz de trabajar, y que sólo lo embargaban pensamientos de muerte. “Nadie puede decir lo que es la muerte... es das dunkle Reich der Nacht, aus dem die Mutter mich gebracht [del negro ámbito de la noche del que mi madre me trajo?]”8 Luego añadió, con un vigoroso gesto de rechazo, y lleno de amor a la vida: “Pero ¡basta de eso! Aún estamos vivos.” Su depresión gradualmente fue abandonándolo. Marianne por entonces estaba ausente, y no se enteró de todo eso. Poco tiempo después, cuando su amiga Frau Else Jaifé, que lo había entretenido con su encantadora e ingeniosa conversación, le dijo: “Fue como si una mano
6 “Es tut mir lang schon weh,/ Dass ich dich in der Gesellschaft seh”, Margarita a Fausto (acerca de Mefistófeles) en el Fausto de Goethe, primera parte, versos 3469-3470. “Me dolió verte en esa compañía.” [E.]
Walter Freiherr von Lüttwitz, 1859-1942, general que participó en el putsch de Kapp de 1920. [E.]
8 Adaptación del verso de Tristán en el segundo acto, escena 3, de Tristáiz e Isolda, de Wagner: “Es ist das dunkel nachtge Land, daraus die Mutter einst mich sandt.” [E.J

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helada te hubiera tocado”, él contestó, muy en serio: “Sí, Else, así fue.” Una noche de luna, sentado junto a ella en una banca a orillas del Isar, contemplando cómo una rápida ola cedía ante otra, dijo suavemente: “Sí, así es; una sigue pronto a otra, pero la ColTiente siempre es la misma.” No sus palabras, sino su tono de voz sugirieron que por un momento se le habían revelado algunos de los secretos últimos.


Para finales de abril, el choque había pasado, y la maquinaria seguía funcionando a la perfección. Weber se absorbió en su trabajo con todas sus fuerzas. Una vez dijo que las tareas que veía ante sí le bastarían para 100 años. Y cuando se le entregó la primera tesis producida bajo su dirección, puso la mano sobre ella con obvia satisfacción: “Es la primera, y es buena.” De cuando en cuando, hasta se veía tentado a ser sociable. Después de su trabajo, lo que más lo ocupaba eran los niños.
Por último, la primavera llegó también a Munich. La joven haya de color de cobre, fuera de su ventana, sacudió su plumaje color marrón. Ocasionalmente, Weber descansaba en el jardincillo por la noche. A veces, por encima de la cerca de madera, le llegaba el olor del establo del vecino, y esto sugirió a Weber la idea de que podría conseguir conejos para los niños. Los dos más pequeños vendrían pronto a Munich, y él deseaba ver cómo su esposa se volvía una “auténtica” [effektive] madre. Un día dijo: “Entonces no estará tan sola si algo me ocurre.” Después, volvió a sentir toda clase de temores: que a los niños les costara trabajo adaptarse, que sus medios financieros no bastaran, etc. Los problemas del pasado se unían a los del presente, pero no podían paralizarlo. En cambio, en aquel extraordinario periodo, todas las fuerzas psíquicas que habían formado su vida volvieron a combinarse en un acorde completo:
productividad creadora, pasión política, cariñosas amistades y amor fiel, disposición para unas nuevas tareas humanas cumplidas con responsabilidad, gozo de los detalles concretos de la existencia, y un vigoroso buen humor.
En aquellos días, Weber escribía casi a diario a su esposa, para hacer menos triste la separación. Sus cartas (para escribirlas, lograba robar un tiempo a su trabajo más urgente) expresan en forma muy directa su profunda preocupación y su entusiasta aceptación de la vida. También reflejan una fluctuación entre su recién descubierta felicidad y las preocupaciones por los límites de sus propias fuerzas, límites que, sin embargo, había logrado superar repetidas veces para que Marianne pudiera curnrilir sus deseos. He aquí algunos fragmentos de estas últimas cartas:
Como ves, todo está funcionando bien. Querido corazón, no puedo encontrar la dirección de K., y también he perdido tu dirección! Vater werden ist nicht se?!wer, pero después de esta actuación, tú añadirás, “Vater sein dagegen sehr .‘ Estoy engordando de nuevo: pronto, muy pronto, antes de que vengan tus otros hijos. Esto lo desaprobarás. Pero también estoy fumando “zum Abge wóhnen

[como alguien que está quitándose el hábito], y eso lo aprobarás. Mi querida, me pregunto cómo te va. ¡Cuán furiosa debes estar al no haber encontrado nada de mí en Kreuznach; es decir, los niños ahora son necesariamente cien veces más importantes para ti que este Ehemann [marido], siempre ocupado y gruñón. Por lo demás, todo va bien. “Por lo demás?” Todo va bien. Excepto el trabajo: no hay nada que hacer. Pero también eso volverá. ¡Tiene que volver! Querida niña, las cosas serán difíciles, incluso todo eso de “ganar dinero”. Y sin embargo, todo es “fácil”. Y Baviera parece que se quedará dentro del Reich.


Me pregunto cómo te va en tu abundante maternidad. Una vez más, la alegría es para mí y la carga es para ti. ¿Sigues teniendo tanto criterio? Pues el “éxtasis” de que hablaron se dio al día siguiente ante una meridiana claridad que también me encantó. Aquí tenemos una primavera celestial; por las noches hace frío, y las hojas apenas están abriéndose. Pero en el futuro esto no “impresionará” a los pequeños, cuando piensen en la Odenwaldschule. Habrá grandes dificultades internas. Al principio, se sentirán aquí tristísimos. Será una gran prueba para ti. El principal problema es cómo podrás hacerle frente. El trabajo está empezando ahora. ¡Así pues, muy bien! Dales mis saludos a todos los de ahí, y sigue bien dispuesta hacia tu “viejo papá” Max.
Así, llegaste a Colonia y “estás pensando en el 21 de abril” (cumpleaños de Weber), en medio de todo tu ajetreo y tu trabajo? Eso fue muy amable, y espero que creas que también yo estoy pensando en “algunas cosas”. Durante algunos días estuve muy cansado, pero ahora todo va bien; trabajo mucho, y cuando eso es posible, me conviene. Esta absurda situación política me enferma cada vez que pienso en ella o me la recuerdan.. Aún no me siento capaz de dar mi curso de conferencias; pero ya se acerca, ¡sólo dos semanas más! Pero mucha lectura de pruebas. He terminado el primer volumen de la Sociología de la religión y he completado dos terceras partes de las galeras. Así, las cosas van avanzando.
¡Oh, cuánto me encantó tu carta de cumpleaños! Y el libro de M. L. Enckendorf 10 (aunque no puedo leerlo ahora mismo). Y Herr Dahme. Y el chocolate: lo devoré inmediatamente. Else me envió un maravilloso pastel con su hija. Lisbeth [una sirvienta] también me horneó uno. Era lo adecuado para un “papá”. Así, querida, piensa poco en cuándo traerás aquí a los niños. No es seguro que consigamos otro departamento. ¿Quién sabe si no nos veremos obligados a conservar éste? Los escrúpulos de G. acerca de una gran ciudad sin duda están fundados. Sea como fuere, no nos precipitemos. Si algo me ocurriera —lo que es concebible— la situación de los niños no sería muy mala aquí. Estoy en favor de esperar un poco, tal vez hasta la primavera del 21, y entonces mandarlos aquí. También eso es lo que tú piensas. Estoy trabajando intermitentemente, aunque no he logrado convencerme de trabajar en las confelO Marie Luise Enckendorf era el nombre de pluma de Gertrud (la esposa de Georg)
Simmel. [E.]
Hern Dames Aufeichnungen oder Begebenheiten aus einenl merkwürdigen Stadtteil
[Los cuadernos de notas del señor Dame u ocurrencias en un distrito extraño], novela en clave, satírica y autobiográfica, acerca de Schwabing, por Franzisca von Reventlow (1913). Ciertas figuras de la novela representan a Stefan George y a miembros de su círculo (Klages, Wolfskehl, Schuler, Schmitz, etcétera). [E.]

‘ “Volverse padre es bastante fácil, pero serlo es muy difícil” del Juichen de Wilhelm


Busch (1887). [E.]

626 EL ÚLTIMO CAPÍTULO

EL ÚLTIMO CAPÍTULO

rencias. Pero todo eso vendrá. Una vez más, estoy durmiendo bien; durante un tiempo sólo pude dormir con Nirvanol [una marca de somníferos). Pero después de cierta debilidad, una vez más estoy en pie. Uno de cada dos días leo pruebas; casi todo está terminado, pero mi curso de conferencias me hace temblar un poco. Bueno, el pasado verano Else logró hacer toda clase de brujerías conmigo —iesa bruja realmente puede hacerlas!—, de modo que seguí adelante. Así debe hacerlo también ahora y, si vuelve a funcionar, habrá demostrado que siempre puede.


¡Oh, corazón, si pudiera verte como auténtica madre, rodeada de los niños! Para eso te creó el cielo, no para cuidar de un viejo perezoso [Schlagetot], un muchachote enfermo como yo era. Pero... ¡cuidado! “Hacer dinero?” Sí, pero ¿cómo? Para mí, ésa es la pregunta. En lugar de jugar al profesor, yo debería irme a trabajar para un periódico o un editor de aquí y a esto no le pondría yo ninguna objeción. Después de todo, yo puedo hacer ese trabajo administrativo mejor que esta palabrería académica [Kolleg-Schwiitzerei] que jamás me da satisfacción espiritual.
Gracias a Dios, el semestre no comienza hasta el 11 de mayo. Me viene perfectamente, porque hasta hoy todo ha sido corrección de pruebas (por kilos), y en cuanto a trabajo para el curso: niente. Ahora estoy comenzando y habré de continuar durante Pentecostés. Me invadió un absoluto agotamiento nervioso, y apenas ahora vuelve a enderezarse todo, por lo que aguardo los acontecimientos futuros con ecuanimidad. Todos ellos, particularmente si te decides a traer aquí a los niños en el otoño, por la escuela (aunque eso no sea “obligatorio”). Desde luego, nadie podrá hacerme creer que yo soy un “papá nato”. No, no lo soy. Me gustan los niños, pero Dios sabe que no soy un “pedagogo”, y mi verdadero gozo es pensar en ti, en la belleza de tu recién despierta maternidad. Lo principal será que mi salud se sostenga. Y cuando haya pasado este verano, estaré seguro de ello...
Aquí viene Else; se ha sentado con un librito y desea comer aquí después: de momento no tengo mucho tiempo para ella. Ahora hemos discutido nuevamente la cuestión de los niños, como tú le pediste hacerlo. En general comparte tu opinión, pero está muy consciente de las desventajas [Bedenken]. En un aspecto puede tener razón, y muy “enérgicamente” [scharf] lo subrayó:
indudablemente es cierto que yo no puedo “garantizar” de mí mismo en lo tocante a mi salud (a pesar de todo) y mi temperamento y, como ella dice, tal vez no esté muy calificado para ser un “papá”. También considera esto; lo mejor será que no tomes decisiones definitivas para el futuro próximo, sino que las tomes dentro de un año, como habías pensado hacerlo... Una vez que hayas decidido, cesará toda duda. Yo me arreglaré, y entonces seré feliz...
En su “disfraz” con el delantalcito rojo, Lisbeth rueda como una bola de boliche; debo decir que es feliz como un pajarito, y muy bien dispuesta. Y esas invitaciones de ella al director P. y su esposa a cenar, una vez con un pintor, la siguiente vez ella sola. Dijo que sólo se tocaría un poco de música. Todo a corito [por cuenta) de sus antecedentes de la Baja Sajonia. Eso es en realidad fabuloso, ¡y ya se le puede llamar “democracia”! Además, cada unos cuantos días, alguna fiesta o un paseo a la luz de la luna. Sí, su vida es muy plena y el hecho de que a pesar de ello yo esté tan bien de salud —pues cuida mucho de mí— es casi un milagro.

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Resistí al buen tiempo, y ahora que estoy completamente bien y normal he tomado notas y preparado mis conferencias, pues las cosas comenzarán el martes... Todo en el jardín y otras partes es de un completo verdor: tarde para nuestras costumbres, temprano para las del lugar. Una delicada haya de cobre en mi jardincillo se está poniendo encantadora. Ayer fui invitado a la casa de los Salz; además de mí, los invitados fueron el Dr. K. de Heidelberg y Else. Los Saiz serán deportados. Yo he puesto todo en movimiento para impedir este absurdo, pero el “gobierno de la Alta Baviera” considera “sospechoso” a Saiz. Sascha está enferma y cansada de recibir este trato —después de todo, es una mujer espléndida y orgullosa— y aunque la cuestión sigue en el ministerio, lo más probable es que se vayan voluntariamente y compren una propiedad en otra parte. Su departamento (en una de las casas de cortesanos que pertenecen al castillo de Nymphenburg) es sencillamente celestial. ¡Esas habitaciones redondas! Las lilas están en flor, aún tengo ante mi vista esos arbustos blancos, y el parque de Nymphenburg está a un paso. Yo lo miré durante un minuto; han descuidado los senderos, hoy cubiertos de hierba, pero los castaños están en todo su esplendor, y sin embargo, hay muchos árboles, aún en la primera etapa de la primavera, de color café en lugar de verde. Nuestro jardincilb está ahora densamente verde y café. La haya y el pequeño abedul nos protegen de las miradas de los vecinos. Eduard Baumgarten,12 quien está feliz por la beca donada por un estadunidense anónimo, estuvo aquí unos días, y sostuvo unas apasionadas conversaciones acerca de religión con su tío Otto; asistirá a mi seminario. Mi curso empieza el martes. Desde luego, una vez más tendré el auditorium rnaximum para ambas conferencias. Hace dos días, casi 600 estudiantes se habían inscrito para el curso de socialismo, y casi 400 para el de ciencias políticas. Será un esfuerzo físico. Pero para cuando vengas ya me habré aclimatado Por ahora, todo va muy bien.


¡Esa Lisbeth! ¡Vaya una Lebewesen [vividora)! Siempre con Anna y especialmente con Herr von Bethmann-Hollweg, o, mejor dicho, Herr Hollweg, quien es pasivo y soñador como aquel estadista, pero parece que le gustan das Rundliche [las curvas)... Dicen que el baile en casa de los sajones fue fabuloso. ¡Vaya! Frida, me dijo, sólo bailó dos veces (nunca aprendió); y sobre cuántas piezas bailó Lisbeth, darüber schweigt der &ingerin Hóflichkeiti3 [la discreción del cantante guarda silencio]. Pero está muy satisfecha: ¡cada mes un baile! Hoy estuvo enferma. Como buen “papá”, yo la mandé a la cama, herví para ella tres huevos, y tuve que comer pan y mantequilla...
Ayer, el auditoriuni maximum estaba abarrotado para el curso de ciencia política (dos terceras partes eran “visitantes”). Hoy empiezo con el “socialismo”. Por lo demás, todo va bien, pero ahora debo trabajar en el curso. ¡Que descanses bien en Heidelberg! No precipites las cosas. Charla tranquilamente con Gruhie y Jaspers. Viajar es imposible en Pentecostés, por lo que te espero hacia el fin de la semana de Pentecostés. Para entonces, iré adelantado en mis conferencias y tendremos un día de “descanso” y unas “conversaciones de co-
12 Nacido en 1898, sociólogo y filósofo, profesor en Gotinga, Kónigsberg y Mannheim, vive en Ebnet cerca de Friburgo. [E.]
° “Daber schweigt des Sangers Hófiichkejt” es el estribillo de dos anónimas cantinelas de Berlín (primer decenio del siglo xix), uno de los cuales empieza con los versos “Abs der liebe Gott die Weft erschaffen,/Schuf er Fische, Vagel, Lówen, Affen” [Cuando el buen Dios creó al mundo, hizo peces, aves, leones, monos]. [E.]

628 EL ÚLTIMO CAPÍTULO

EL ÚLTIMO CAPÍTULO

razón a corazón”, tú, Mütterle [mamita]. ¿Qué si tuve pánico escénico antes de mi conferencia? Me sentí con koddrig [náuseas], y había en juego miles de marcos si yo no podía comenzar. Y después de todo, eso ya es algo...


Hoy, ciencias políticas, segunda conferencia, con muchos estudiantes. Me las arreglé. Ahora, dos días de descanso. Luego una semana con seis horas, y una hora de seminario. Me da curiosidad. Pero va saliendo bien; ¡sólo que me está costando mucho en alimentos! ¿Qué les quedará a los niños pobres? Nuestro ingreso será aproximadamente como el de un cerrajero (jseis marcos por hora!). Así que ahora estás dando una charla en Karlsruhe.14 Pero ¡eso es el fin! Y descansa, un descanso de Pentecostés con parientes y amigos. Hasta ahora, va esto mejor de lo que me había atrevido a esperar. Un poco de diversión gracias a Else; fue bueno sostener una charla tan totalmente escapista [weltfern], pero ahora eso se acabó. En Pentecostés tengo una cantidad “pavorosa” de trabajo. Aquí hay una loca actividad política de la derecha, también entre los estudiantes... Jiirg von Kapher desea organizar a los estudiantes izquierdistas. Yo me mantendré apartado.
Ayer, conferencia y un seminario muy animado: tres horas en total, y por eso no escribí. Ahora, descanso y mal tiempo. Desde luego, tengo que corregir montañas de pruebas. Sí, nuestro ingreso jamds volverá a ser lo que ha sido este año. Una vez ocupada la tercera cátedra completa, podré contar con mil marcos como salarios de conferencias [Kolleggeld] cuando mucho... ¡cuando mucho! Por lo demás, tendré que dar cursos para ganar dinero [Gelderwerbs-Kollegs]; es repugnante, y no puedo hacerlo... ¿Supones que vendrá Tobeichen [Mina Toblerj? Le gustaría. Pero no tengo mucho tiempo para nadie. Durante Pentecostés trabajaré arduamente, Pero entre tiempo y tiempo podrá hacerse, y le escribí en este sentido.
El último día de máyo, sábado después de Pentecostés, por fin volvió Marianne. Un magnífico sol de comienzos de verano derramaba su luz sobre las calles, y por primera vez la ciudad le pareció un hogar. Estaba inmensamente agradecida de regresar. Weber la recibió con rosas en las manos. Su aspecto era bueno, alegre y receptivo. Las primeras conferencias, que tanto había temido, ya habían quedado atrás, y, ante todo, la primera parte de su teoría de las categorías sociológicas estaba terminada, y él había quedado satisfecho: “Probablemente no tenga esta agudeza de pensamiento conceptual cuando sea más viejo. Desde luego, muchos menearán la cabeza y, al principio, no le encontrarán ningún sentido.”
Los Weber pasaron la tarde y la noche conversando. Marianne había decidido que lo mejor sería aplazar un poco el traslado de los niños hasta que hubieran encontrado un departamento más grande, y había abandonado su oficina en el movimiento feminista. También en las cartas de Weber había colegido que pasaría algún tiempo antes de que él pudiera añadir los deberes de padre a sus obligaciones profesionales. Al principio, Weber pareció un poco desilusionado —pues estaba aguardando, impa 629

ciente, la nueva experiencia— pero después probablemente sintió alivio. Al atardecer fueron a dar un paseo por el fresco verdor del Englischer Garten. Todo era alegre; la superficie del lago reflejaba el azul del cielo en la negra tierra, como un ópalo que suavemente centelleara. Se detuvieron donde el Seestrasse entraba en un tributario del Isar, y pensaron que las herbosas estribaciones, aún no cultivadas de la orilla, donde una cabra blanca cuidaba a sus crías, sería un buen lugar de juego para los niños.


Por la noche, el tiempo cambió; el día siguiente fue pésimo, frío y lluvioso. Por la tarde, los Weher tomaron té con un vecino. Al anochecer Weber leyó a su esposa del Hasenroman de Jammes,15 que le había dado a ella como regalo de Pentecostés. Le gustó la figura profundamente sentida de san Francisco y de los animales que lo seguían a la muerte. Pero en particular lo conmovió el hecho de que la liebre, único animal que se había introducido en el paraíso de los animales sin haber sufrido antes la muerte, no se sintiera feliz ahí, pues anhelaba la tierra, tan profundamente querida, con su inquietud, sus peligros y temores. Mientras leía, la voz de Weber se hizo un tanto grave, y a la mañana siguiente tenía una ligera ronquera. Marianne le rogó que cancelara su conferencia, pero él se negó enérgicamente, y durante la conferencia logró hablar en su tóno normal. Por la mente de su esposa pasó la idea de que aquella acaso fuera la última conferencia. Y así siguió durante tres días. El jueves era Corpus Christi, y la universidad estuvo cerrada. Volvía a hacer calor, y por la noche se sentaron en el jardín con una amiga y conversaron animados.
A la mañana siguiente, Weber se sintió enfermo. Durante la noche había tenido escalofríos; ¿sería gripe? Se canceló su conferencia. Tenía fiebre alta. Sin embargo, el médico sólo le descubrió una bronquitis; haber esforzado la voz en la conferencia acaso había hecho que la infección de la garganta pasara a los bronquios, “No hay ninguna razón para preocuparse.” La elección para el Reichstag se celebraría el domingo 6 de junio. Era importante, pues la democracia estaba en peligro. El doctor no se opuso a que Weber fuera a votar, pero él no quiso hacerlo. Se sentía mareado, y se quedó dormitando en la cama. No quería oír hablar de política; era demasiado desagradable. Su temperatura siguió alta, y el médico dijo que aquello era mejor que una fluctuación.
Al principio de la segunda semana de su enfermedad, Weber se mostró en estado eufórico, lleno de amor y de gratitud. Cada vaso de leche y cada fresa le parecían deliciosos. Pero todo aquello probablemente le costaría el semestre, y habría que devolver los estipendios por su curso de conferencias. Ahora, en particular, no debía hacer aguardar a su primer candidato al doctorado. Era urgente que recibiera su diploma. Weber deseaba que el examen se efectuara al lado de su lecho. Y cuando el decano mandó decirle que los colegas lo suplirían, se sintió muy aliviado. El
15 Le Roman du Liévre (1903), romance en prosa del escritor francés Francis Jammes,
1868-1938. [E.]

14 Marianne Weher había sido elegida a la legislatura de Baden. [E.]

630 EL ÚLTIMO CAPÍTULO

L ÚLTIMO CAPÍTULO 631

lunes 7 de junio discutió con su amiga [Else] las dedicatorias de sus libros que estaban en prensa. Uno de ellos estaría dedicado a Helene, el otro a Marianne. Aquella sería una sorpresa para su esposa.


El miércoles se manifestó un ligero estado de delirio, con fantasías que al principio no fueron reconocidas. Weber habló de toda clase de aventuras que nunca había tenido, se mostró lleno de encanto y amabilidad. El jueves por la mañana recibió al médico con una interpretación clara y sonora del aria de Fígaro: Si quiere bailar el señor conde,’6 como señal de que estaba completamente recuperado. Pero después, alguien le oyó cantar otra canción: Grabt mir em Grabelein auf grüner Heide [Cavad una pequeña tumba para mf en la tierra verde]. Dijo: “La semana próxima volveré a dar conferencias. Pero mi corazón está latiendo muy lentamente, y mi cerebro es muy pequeño.” Afirmó que durante su enfermedad nerviosa también se había tendido así y había examinado los dibujos del empapelado, “pero por entonces, podía yo pensar, y luché con el Señor. Con esta enfermedad no puede impresionarme. ¡Oh, si fuera una auténtica neumonía, entonces podría yo hacer la hoja de balance de mi vida”. ¿Sentía remordimientos, o algún sentimiento de culpa? El meditó y dijo, vacilante al principio y luego categóricamente: “No”.
Ahora, el paciente tosía mucho, y el médico finalmente diagnosticó una neumonía profunda. El delirio se hizo más grave. Dos noches antes del fin, Weber creyó que tenía a un estudiante al lado de su cama; lo examinó y lo elogió en un conmovedor tono de voz. Los asuntos culturales y humanos lo ocupaban por igual. A veces discutía en varios idiomas, evidentemente sosteniendo conversaciones políticas con los enemigos de Alemania. Pero, a\pesar de la profunda niebla que lo envolvía, pudo reconocer a todos los que”lo rodeaban y le dirigían palabras de afecto. Ya no dominaba su atormentado cuerpo ni su embotado intelecto. Pero aún era él mismo, con la misma grandeza, gracia y humorismo.
Weber no resistió a las fuerzas oscuras. Varias veces pronunció una velada despedida. Una vez dijo, con inexpresable autoridad: “Das ist mir ja nun ganz gleichgültig” [esto no me importa ya]. Otra vez dijo, como con una tranquila expectación: “Wir werden ja sehen, was nun kommt” [Bueno, veremos qué viene ahora]. Durante su última noche mencionó el nombre de Catón y dijo, con un misterio insondable en la voz: “Das Wahre ist dic Wahrheit” [lo cierto es la verdad]. Se hizo todo lo que la ciencia humana pudo hacer por arrancarlo de la muerte. El, con paciencia, lo soportó todo... pero luego dijo: “Ach Kinder, nun lasst es nur, es hilft ja doch nichts” [Oh, hijos míos, no os molestéis; no servirá de na da]. Su corazón ya no pudo soportar la alta fiebre.
El lunes, 14 de junio, el mundo, afuera, estaba muy tranquilo; sólo un pajarillo cantaba, incesante, su canción de anhelo. El tiempo se detuvo. Hacia el anochecer, Weber exhaló el último suspiro. Mientras yacía mori bundo

estalló una tempestad, y un relámpago iluminó su pálida cabeza. Su imagen fue la del caballero que se ha ido. Su rostro mostraba su bondad y su exaltada renunciación. Se había ido a algún lugar distante e inaccesible. La tierra había cambiado.



¡6 “Se vuol bailare, signor Contino...”, del primer acto, escena segunda de Las bodas de
Fígaro,
de Mozart. [E.J
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