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Primera edición en inglés, 1988 Primera edición en espafiol, 1995


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CORRIENTES DEL FEMINISMO ALEMÁN ANTES DE 1914



La lucha progresiva por la igualdad de los sexos
El matrimonio Weber comenzó haciendo un esfuerzo consciente por la igualdad, un rechazo implícito al paternalismo del padre. Si el joven Weber tuvo sentimientos encontrados ante los viriles manierismos de algunas de las primeras mujeres estudiantes, sin ambages consideró, como enérgicamente dice Marianne, “la libertad e independencia interna de las mujeres, aún de las mujeres casadas, como un ‘inalienable derecho humano’ absolutamente igual al del hombre” (147).- Sin embargo, tan buenas intenciones encontraron disparidades sociales y psicológicas. La ley subordinaba firmemente a las mujeres y a los niños al marido. El propio Weber buscaba a tientas, torpemente, una nueva actitud. Poco antes de la boda en el otoño de 1893, el hombre de 29 años aseguró a la mujer de 23: “Niña mía, tendremos que apoyarnos, libres e iguales” (209). A casi 50 años, en una de las últimas cartas de Max, Marianne sigue siendo, por hábito y cariño, mein liebes Kind.5
Hablando de los hombres en general, Marianne indicó una vez, en un “aparte” irónico, lo muy a menudo que en momentos de tensión marital e irritación solía surgir esta frase (L 91). Cuando Marianne tenía 42 años, Stefan George (1868-1933) se dirigió a ella, desde sus alturas olímpicas, como “niña mía” (440). Para entonces, ella se había establecido como una de las eruditas más conocidas del país. Aprovechando su posición social de esposa de catedrático, ella se había aventurado a entrar en las conferencias y seminarios de los colegas de su marido en Friburgo (especialmente de Alois Riehi y de Heinrich Rickert). Cerca de la edad de treinta años, ella publicó su primer estudio: toda una realización para una

5Véase Baumgarten, op. cit., p. 635.

16 MARIANNE WEBER Y SU CÍRCULO

MARIANNE WEBER Y SU CIRCULO 17



mujer que ni siquiera había recibido una educación secundaria en toda forma y que sólo había asistido durante dos años a un internado, a fines de su adolescencia, antes de considerar que había “terminado”. Sin embargo, en contraste con sus amigas, ella no adquirió un título en toda forma y por ello no llegó a ser Frau Doktor por derecho propio, sino sólo en forma derivada; no fue sino hasta 1924 que recibió su doctorado honorario en derecho de la Universidad de Heidelberg.
El socialismo de Fichte en relación con la doctrina de Marx, primer libro de Marianne, apareció en 1900. Dirigido a los economistas con intereses filosóficos y sondeando las suposiciones éticas últimas de Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) y de Karl Marx, anunciaba más los intereses éticos generales que los intereses específicamente feministas de su propia carrera. Como codirector de la serie de economía en que apareció el tratado, Max Weber se sintió obligado a observar que “aparte de los puntos identificados y de muy pocos atisbos literarios y terminológicos, la autora tuvo que orientarse por sí sola en todo aspecto y sólo recibió de mf, como de otros maestros, el tipo habitual de sugerencias académicas”.ó
Debemos tener en mente que ésta acaso fuera la primera vez en que un marido y profesor alemán publicaba un estudio hecho por su mujer. Si Max se mostró extrovertido, Marianne fue discreta. En el prólogo, ella mencionó que su obra “sólo pudo proceder lentamente en mis horas libres y con muchas interrupciones”: cautelosa insinuación a la paralizante enfermedad de su esposo, que describe tan vivamente en la biografía. Si la enfermedad de Weber fue para él un “descenso a los infiernos” (250), también lo fue para ella, pero no estaba enteramente desarmada. Su niñez de huérfana la había fortalecido. Habiendo perdido de parto, a su madre, y a su padre (y a un tío) por enfermedad mental, Marianne había crecido viendo la muerte y la enfermedad como hechos de la vida, lo cual narra más extensamente en su autobiografía. Le preocupaban sus propias enfermedades hereditarias, pero conservó la cordura ante la prolongada enfermedad de su marido y salió al ancho inundo en lugar de retirarse de él. Sobre todo, empero, se sintió fortificada por sus convicciones acerca de las obligaciones éticas del matrimonio y por un concepto de la autorrealización que contrasta agudamente con la hedonista lucha de “encontrarse a sí misma” y de “realizar su propio potencial”.
Recordando, ya septuagenaria, Marianne hizo el balance de los beneficios y las cargas de la vida en su época:
La vida me ofreció ricas oportunidades para realizarme a mí misma (Selbstverwirklichung), mi hambre de aprender nunca disminuyó y pudo combinarse con actividades públicas... Max Weber también tomó un interés muy cálido en mi labor en el movimiento feminista y me ofreció valerosa ayuda cada vez que surgieron dificultades... Mi vida fue tan rica en lo personal y en lo público que no quedó espacio para deseos insatisfechos en la esfera reproductiva.
6 Véase Marianne Weber, Fichtes Sozialisnius und sein Verhdltnis zar Marxschen Doktrin, Mohr, Tubinga, 1900, p. vi.

Esta riqueza misma me dio la fuerza necesaria para ayudar a Max Weber, mi estrella guía, a resistir y superar el destino de una grave neurosis de muchos años de duración (L 56).


También en retrospectiva es fácil ver la importancia biográfica de la obra que estableció la reputación de sabiduría de Marianne Weber, Esposa y madre en el desarrollo legal.7 Escrita “durante la grave enfermedad de [mi] marido pero bajo su supervisión, logré terminarla después de un esfuerzo de siete años” (L 124). Así, la obra sólo fue comenzada dos o tres años después del decisivo choque por Helene entre los Weber, padre e hijo, en Heidelberg en 1897, confrontación que fue seguida por la muerte del padre y el colapso del hijo (véase cap. viii, mfra). Marianne reconoció abiertamente que esta vez su marido no sólo le sugirió el proyecto, sino que también le dio consejos directamente e intervino enérgicamente en la edición final (L VIf.). Esto ciertamente lo convirtió en una empresa Wcberiana conjunta.
El extenso estudio histórico pretendió ser una introducción para mujeres y hombres no interesados en la estructura lógica, sino en la significación práctica de las normas legales para la condición de la mujer: en- foque sociológico que Weber después adoptó para su capítulo sobre el derecho en Economía y sociedad. * Pero en contraste con la obra posterior, la de Marianne no fue un manual desapasionado. Dedicado a “He- lene Weber née Falkenstein, con amor y gratitud”, su libro contiene un enérgico ataque al patriarcado y una vigorosa defensa de la igualdad en el matrimonio. Sin embargo, además de la motivación familiar, también debe recordarse que Marianne empezó a escribir su libro cuando acababa de introducirse el nuevo código civil, en 1900. A este nuevo código se opuso el movimiento feminista, porque conservaba casi por completo los privilegios del marido, aunque concedía a las mujeres una limitada agencia legal.
Antes de que Marianne lanzara su ataque al patriarcado, criticó las teorías matriarcales, desde Bachofen hasta Engels, y trató de esbozar una “historia del desarrollo” (Entwicklungsgeschichte), históricamente adecuada, del matrimonio moderno. Convino en que el patriarcalismo familiar no era un don natural, pero declaró que era absolutamente insostenible la afirmación socialista de que el desarrollo de la propiedad privada había hecho surgir las formas del matrimonio patriarcal. El matrimonio legítimo le pareció producto de un largo desarrollo: “Las mujeres estaban interesadas en que sus hijos fuesen reconocidos como herederos ‘legítimos’ del hombre, y en ser ellas mismas ‘legítimas’, es decir, protegidas contra la absoluta arbitrariedad. Este interés finalmente se volvió lo bastante fuerte para obligar al patriarcalismo a hacer concesiones”.8 En ve-
Marianne Weber, Ehefrau und Mutter in der Rechtsentwicklung. Eme Einführung, Mohr, Tubinga, 1907 (repr. Scientia Verlag, Allen, 1971).
* Hay edición en español del rce.
8 Op. cit., p. 79.

na weberiana, Marianne también sostuvo que los intereses del capitalismo avanzado por explotar la mano de obra femenina barata no determinan ninguna forma social o jurídica particular de matrimonio, sino que, en cambio, son relativamente indiferentes a ellas.


Marianne Weber se muestra elocuente sobre todo en los pasajes que pueden leerse como acusación general al derecho alemán y a los maridos alemanes, así como en un relato tenuemente disfrazado de lo que estuvo mal entre Max padre y Helene. Detalló los muchos modos en que los maridos se ven motivados a aplastar todo intento de independencia externa e interna de parte de sus esposas. Contra este prevaleciente estado de cosas, estableció ella su propio ideal de individualismo ético y responsabilidad mutua sobre una base igualitaria:
Planteemos una vez más nuestro argumento contra el ideal de patriarcalismo, que hizo nacer nuestras leyes matrimoniales, resumiendo las consecuencias generales éticas y psicológicas que tienen que resultar para la mujer y la vida conyugal si el esposo en realidad ejerce su autoridad legal sobre la persona y la propiedad de ella, haciendo así del predominio su deber, y sin embargo, a menudo, sin la magnanimidad exigida por Fichte... [La subordiiiaciónj disminuye no sólo la felicidad de la mujer, sino también el valor ético de la relación conyugal... Si, según el principio de autoridad, los deseos subjetivos del marido se vuelven órdenes, a la mujer no le queda mucho que ofrecerle de “amor libre”. La educación mutua en egoísmo va desapareciendo, todas esas tareas internas que la vida conyugal renueva diariamente y que la hacen tan maravillosamente satisfactoria al enfrentarse a los retos pueden darse, más y más, por sentadas.9
Dos pilares del establishment educativo francés y alemán, Emile Durkheim (1858-1917) y Friedrich Paulsen (1846-1908), respondieron con críticas al libro de Marianne, ilustrando la resistencia con que tropezó pese a su relativa moderación. Elogiando el “buen juicio y agudeza crítica” con que ella tocaba la literatura secundaria, Durkhejm sin embargo encontró que le prestaba a Engels más atención de la que merecía el valor científico de su teoría. Criticó su opinión de que la familia patriarcal había subordinado completamente a la mujer, arguyendo que, por el contrario, le había dado mayor importancia por su lugar en el hogar, acercándola más al hombre. Aunque alabando la “prudencia conservadora” de Marianne al oponerse al matrimonio como contrato enteramente libre, le consternó su defensa del divorcio por mutuo consentimiento; esto amenazaba “la unidad orgánica de la unión conyugal y de la familia”. La más enérgica objeción de Durkheim tuvo que ir dirigida contra el individualismo ético de Marianne, que le había hecho exigir completa igualdad legal entre marido y mujer. A los ojos de Durkheim, esto socavaba “el respeto religioso que el hogar inspira”.’0
Op. cit., pp. 495 Ss.
10 Emile Durkheim, crítica en L’Année sociologique, vol. 11: 363-369 (reproducido como id., Journal sociologique, Presses Universjtajres, París, 1969, pp. 644-649). Contra Marianne

La crítica de Durkheim no sólo muestra que estuvo dispuesto a tomar nota de la existencia de una erudita, sino también que habría podido responder a una pregunta planteada con frecuencia por sabios posteriores, desconcertados por su casi total desconocimiento de su adversario alemán: “Quién es este Max Weber?” “Oh, es el tipo de Marianne!”. Ya que Marianne lo cuenta como anécdota, tal fue un diálogo, en el dialecto de Baden, entre dos artesanos de Heidelberg por la época en que ella era, ante los ojos del público, mucho más conocida que su marido (394).


Friedrich Paulsen, cuya Introducción a la filosofía había dado Max a leer a su novia, reseñó su libro en 17 páginas de los prestigiados Preussische Jahrbücher.” Escribiendo en el año de su muerte, Paulsen adoptó el enfoque condescendiente de una vieja generación a la que gustaba apelar a “la naturaleza de las cosas” contra las demandas del movimiento feminista. Como Durkheim, también Paulsen aplaudió la crítica hecha por Marianne a las teorías socialistas de un estado original de matriarcado. Alabando su rechazo del movimiento por la liberación sexual, le dio crédito por un elevado idealismo ético según la tradición de Kant y de Fichte, pero en este punto comenzó su crítica. La ley debía seguir a la costumbre y no a ideales éticos, que fácilmente cegaban a sus partidarios ante la sabiduría del progreso histórico lento. Así como Durkheim la había considerado una “terrible simplificadora”, Paulsen la consideró impráctica. Concedió que él no podía prevalecer sobre ella en cuestiones de conciencia, pero apeló al statu quo, a la buena disposición de la mayoría de las mujeres a subordinarse. La propuesta de Marianne de dar a la pareja conyugal iguales derechos de toma de decisiones le pareció totalmente impractible: “Tal Fue el principio constitucional del reino de Polonia, ¡y todos sabemos lo que le ocurrió!” También consideró impráctica la petición de Marianne de administración separada de la propiedad, y de mejorar la situación de los hijos ilegítimos, obligando a los padres a aceptar por ellos responsabilidad financiera y educativa. En opinión de Paulsen, legalizar “el concubinato”, es decir, tolerar a las parejas no casadas, sólo aumentaría el número de hijos ilegítimos y la licencia sexual en general.
Mientras que Durkheim y Paulsen reconocieron que la dignidad de las mujeres podría ser favorecida por un derecho patriarcal cuidadosamente reformado, Georg Simmel (1858-1918) llevó adelante un argumento filosófico acerca del valor inherente —si no de la superioridad— de la “cultura femenina”, argumento que, por turnos, atrajo y rechazó el
y Max Weber, Durkheim rechazó los orígenes históricos del matrimonio “legítimo” como recurso para proteger a las mujeres contra caprichos masculinos, y en cambio subrayó los beneficios psicológicos del matrimonio para los hombres. Concediendo francamente que el matrimonio indisoluble era una carga para la mujer, firmemente creyó que los hombres necesitaban los frenos institucionales de la monogamia crónica para contener sus impulsos sexuales, potencialmente anárquicos.
11 Friedrich Paulsen, “Die Frau im Recht der Vergangenheit und der Zukunft”, Preussische Jahrbücher, vol. 132 (1908): 396-413.

a oY° del movimiento feminista.12 Desde el comienzo de su carrera en ljdécada de 1890, Simmel escribió más seriamente que ningún otro varón de su generación acerca de psicología de las mujeres (desde el antimilili smo hasta la coquetería), la cultura femenina, la prostitución y el mo.s4miento feminista. Estos temas se discutieron en su salón de Berlín, no -ienos que en el salón de los Weber en Heidelberg, que él visitó varias veces con su esposa Gertrud (1864-1938), quien escribió sobre ética sexual, con el seudónimo de Marie Luise Enckendorf.
arianne Weber contestó desde 1904 al ensayo de Simmel sobre la culti- femenina, pero sin nombrarlo. En su primer ensayo feminista “La partíPc3l1 de las mujeres en la ciencia”, que corrió paralelo al ensayo de 11 marido (de 1904) sobre “La ‘objetividad’ del conocimiento en la ciencia social y la política social”, ella subrayó, a la clásica manera webenana, los nuevos puntos de vista evaluativos que las mujeres podían mostrar en cuestiones científicas, y no las absolutas diferenciaciones de sexo5 que Simmel subrayaba.’3 En 1911, Simmel publicó una versión totalmente distinta de su ensayo “Cultura femenina” en el Archiv für SozialWiss aft, de Weber, y lo incluyó en el mismo año, junto con “Lo relativo Y lo absoluto en el problema de los sexos”, en su colección Phjlosopil ical Culture.’4 Dos años después, Marianne Weber respondió a estos ensaY°5 con “Las mujeres y la cultura objetiva” en Lügos, publicación filosófra de la casa de Heinrich Rickert y Max Weber.’5 Como es bien sabido, Simrnel consideraba que la “tragedia de la cultura” se hallaba en el hecho de que la acumulación general de conocimientos y de artefactos superaba a la capacidad humana para seguir el ritmo de esta expansión: la “cultura objetiva” corría más rápidamente que la “cultura subjetiva”. Así, la creatjvK1 del hombre era esencialmente contraproducente. Simmel aprobaba los esfuerzos de las mujeres modernas por mejorar su cultura subjetiva. Pero la cultura objetiva era, principalmente, producto de la externizac ó11 varonil, mientras que la cultura femenina estaba contenida en sí misma. Por tanto, la objetivación de la naturaleza femenina era una contradicción de términos.
Marianne Weber reconoció que Simmel se proponía crear una ontología “progresista” de la cultura femenina para elevar a las mujeres a un pedestal más alto. Con ello, las mujeres podrían constituir una esfera de
12 Fara un análisis básicamente positivo de Simmel, véase Helene Lange, “Steht die am Ziel oder am An[ang?”, publicado por primera vez en Die Frau, noviembre de 1921 (reimpreso en id., Kampfzeiten, vol. 2, Herbig, Berlín, 1928, pp. 252-272).
13 Marianne Weber, “Dic Beteiligung der Frau an der Wissenschaft”, en id., Frauenfragen 4iid Frauengedanken, Mohr, Tubinga, 1919, pp. 1-9.
14 Qeorg Simmel, “Weibliche Kultur”, Archiv für Sozialwissenschaft und Soia1politik, 33 (1911): 1-36; también en id., Philosophische Kultur, Klinkhardt, Leipzig, 1911, pp. 278-319; “Das Relative und das Absolute im Geschlechter-Problem”, pp. 67-100. En inglés, estos ensayos se encuentran hoy en Georg Simmel, Qn Women, Sexuality, and Love, traducción e introdx5 de Guy Oakes, Yale University Press, New Rayen, 1984, pp. 65-132.
15 Marianne Weber, “Dic Frau und dic objektive Kultur”, Logos, 4 (1913): 328-363 (reprodii 0 en Frauenfragen und Frauengedanken, pp. 95-133).

valores por derecho propio. Pero sin ambages declaró Marianne que este rescate metafísico era un intento por hacer otra discriminación contra las mujeres e insistió en la capacidad femenina para contribuir a la cultura objetiva. Sólo reconocía diferencias históricas y psicológicas, pero no ontológicas. De este modo, rechazó la afirmación de Simmel de una “integridad a la postre autocontenida del ser, que constituye el significado de la vida para el tipo femenino”.’6 También negó la “tragedia típica” de cada uno de los dos sexos, distinguiendo, en cambio, entre empleos y vocaciones. La mayoría de los hombres y de las mujeres sólo ocupan puestos para ganarse la vida, pero una minoría de ambos sexos vive para una vocación. Y también las mujeres, dijo Marianne a Simmel, pueden experimentar esa profunda satisfacción que viene de una “completa objetivación del tema”. Por tanto, el avance mismo de la cultura objetiva le parecía a ella verdaderamente progresista: capacitaba a las mujeres a trascender su “misión femenina especial” (de la reproducción femenina) y a contribuir a la producción cultural.1


Si Marianne Weber siguió a Simmel a las alturas de la abstracción filosófica, también se consagró durante muchos años a actividades de organización prosaicas. Poco después de mudarse a Heidelberg en 1897, restableció y dirigió una sucursal de una asociación nacional dedicada a la promoción de la educación femenina, “Frauenbildung-Frauenstudium”.18 La organización local ofrecía conferencias sobre cuestiones femeninas, pronunciadas a veces por miembros destacados del movimiento, y cursos sobre materias académicas dados por miembros de la facultad. El público era mixto.
Siguiendo el ejemplo de mujeres como Marie Stritt en Dresde, en 1901 también intervino Marianne en la organización de una oficina de ayuda jurídica para las “socialmente marginadas”, especialmente camareras y sirvientas (no había un proletariado industrial en Heidelberg, pequeña ciudad universitaria de 25000 habitantes). Ella logró persuadir a Georg Jellinek, el renombrado teórico constitucional del Estado, de que permitiera que su esposa Camilla (1860-1940) dirigiera el servicio de asesoramiento. Camilla pronto pasó por una radicalización y terminó como paladín del derecho al aborto. Marianne Weber también inició y perdió una campaña por obtener el derecho de las mujeres al voto en la iglesia protestante del estado de Baden. Pero pudo regocijarse cuando se nombró a Else von Richthofen primera inspectora de fábricas del estado de Baden en 1900, lo que sirvió “para fortalecer la fe del movimiento femi16 Qn Wornen, p. 12.
17 Para la respuesta de Simmel a Marianne, véase su carta del 14 de diciembre de 1913 en Kurt Gassen y Michael Landmann, comps., Buch des Dankes an Georg Simrnel, Duncker, Berlín, 1958, p. 132. Véase también L 382.
18 Sobre el movimiento femenino de Heidelberg cerca del año de 1900, véase el ensayo de Ingrid Gilcher-Holtey, “Modelle moderner Weiblichkeit. Diskussionen im akademischen Milicu Heidelbergs um 1900”. Véase también su ensayo para la radio, “Max Weber un dic Frauen”, Norddeutscher Rundfunk, 2 de abril de 1987.

nista” (244). Ella había anudado una amistad íntima con Else, amistad que duraría casi 60 años, en Friburgo. Max logró el nombramiento de Else, su primera estudiante de doctorado, del mismo modo que después entró a la defensa de su sucesora, la doctora Marie Baum, cuando ella encontró bloqueados los caminos del ascenso en su cargo, que ocupó de 1902 a 1907. Marie Baum (1874-1964) —cariñosamente llamada “Baumchen” (Arbolito) en las cartas de Marianne— también fue una amiga de toda la vida durante su larga carrera de funcionaria de beneficencia oficial de la Federación Femenina, diputada del Reichstag (1919-1921) y profesora universitaria.’9


El último papel progresista que Marianne Weber desempeñó en el Heidelberg de los años de preguerra fue su participación en una nueva especie de “sociabilidad académica”, en la cual mujeres y hombres compartían intereses intelectuales y artísticos en reuniones privadas, fuera de la estructura autoritaria de la universidad y fuera de la jerarquía del status del viejo profesorado. En realidad, el primer paso hacia los intercambios intelectuales privados, en contraste con las cenas formales de la vieja generación, no fue propicio. En 1904, el teólogo Gustav Adolf Deissmann fundó el círculo Eranos para el estudio de la historia religiosa, e invitó a Max Weber y a sus amigos Gothein, Jellinek y Troeltsch. Pronto Weber desempeñó una parte importante en un medio favorable para poner a prueba sus ideas acerca de la ética protestante y el estudio comparativo de la ética económica de las religiones mundiales. Hoy, semejante grupo probablemente se reuniría como seminario de la facultad en el campus; en aquellos tiempos se reunía, por turnos, en casa de cada uno de los participantes. A Marianne Weber y a Marie Luise Gothein les des- agradó su exclusión. Marianne se permitió un raro sarcasmo, observando que “Max está encargándose del ‘ascetismo protestante’ y yo estoy a cargo del ‘jamón en Borgoña” (351). Gothein se quejó: “Especialmente cuando se reunía el grupo Eranos, yo a menudo sentí un doloroso anhelo de ser hombre, sobre todo porque entonces yo estaba muy ocupada en cuestiones de historia religiosa”.2° En otra ocasión, su marido le había explicado la exclusión de las mujeres:
Es vergonzoso que deba uno decirlo, pero la ausencia de mujeres eleva el nivel intelectual de la conversación. Cuando hay mujeres presentes, la mayoría de los hombres se vuelven locuaces o se aburren o, lo que es peor, se muestran encantadores y vivaces en un tono falso; en suma, insufribles. ¿Es culpa de las mujeres o de los hombres? Prefiero pensar esto último. Después de todo, los hombres podrían comportarse de otro modo hacia las mujeres.2’
Con el tiempo, semejante cambio parece haber sido posible en un am-
19 Para la apreciación de Max y Marianne Weber por Baum, véase su autobiografía, Rtckb1ick auf mein Leben, Kerle, Heidelberg, 1950, pp. 132 Ss.
20 Gothein, op. cit., p. 151.
21 Loe. cit.

biente conductivo. La situación no fue alterada al principio por el aún enfermo Max Weber, sino por la llegada de su hermano Alfred, quien ingresó en la facultad en 1908. Al año siguiente él organizó el círculo Janus, en que mujeres y hombres discutían sobre cuestiones filosóficas y científicas (cf. 398, 399, ira). Marianne y Max asistieron, pero después de 1910 sus propios tés dominicales (llamados jours) se volvieron la principal atracción (véase cap. xiii). Aunque Max, ya convaleciente, era la fi- gura principal, Marianne pudo desempeñar el papel de anfitriona conocida en toda la nación por derecho propio.


La celebridad nacional de Marianne aumentó por el hecho de que la convención de 1910 de la Federación Femenina Alemana tuvo lugar en Heidelberg (6-11 de octubre). En la secuela, un miembro de la facultad atacó a Marianne y a sus colaboradoras como grupo de “mujeres solteras, viudas, judías, estériles” (413). Esto causó uno de los famosos pleitos de Weber, que incluían puntos de honor y complicadas maniobras jurídicas. Aunque Marianne informa extensamente sobre el asunto para demostrar la caballerosidad de Weber, sólo menciona la convención misma en unas cuantas frases elevadas. Guardó silencio acerca de la enconada pugna interna dentro del movimiento feminista. De hecho, la convención de 1910 señaló la ascendencia del ala más conservadora sobre la más progresista de la BDF, bajo la nueva presidencia de la doctora Gertrud Baumer (1873-1954), cuya íntima aliada política era Marianne.
Las pugnas de facciones corrieron paralelas, en el círculo social inmediato de Marianne, a los explosivos efectos personales de la “nueva ética” de la liberación sexual. Marianne Weber respondió uniendo su papel progresista a una actitud conservadora en sus declaraciones públicas, mientras mitigaba su rigorismo ético al juzgar a sus amigas.
La batalla conservadora contra la liberación sexual
Desde el principio mismo de su carrera en el movimiento feminista, Marianne Weber combatió no sólo las ideas patriarcales sino también las ideas feministas que parecían amenazar la institución del matrimonio legítimo, fuese directamente pidiendo unas formas “abiertas”, o indirectamente defendiendo la absoluta independencia económica de las mujeres. Como recuerda en su autobiografía, “fue verdaderamente más difícil para las lideresas conscientes de su sexo el que los cambios de la posición social de las mujeres también produjeran efectos colaterales, que hicieron necesario entablar batalla en sus propias filas” (L 236). Desde el principio estuvo en desacuerdo con Marie Stritt (1855-1928), segunda presidenta de la BDF de 1899 a 1910 y directora de su publicación oficial, Centralblatt, en que ambas se enfrentaron. Ya desde 1901, Stritt había traducido Women and economics de Charlotte Perkins Stetson, como declaración programática de su propia posición. Sin dar nombres, Marian

ne Weber atacó la posición de Stetson-Stritt en su ensayo de 1905, “Vocación y matrimonio”, que Friedrich Naumann (1860-1910) publicó como folleto en 1906, junto con el ensayo de Marianne “La participación de las mujeres en la ciencia”.22


Charlotte Perkins Stetson (1860-1935), más conocida hoy como C. P. Gilman, pedía la total independencia económica de las mujeres ante los irresistibles avances sociales y tecnológicos que las separaban del hogar. Corno podía predecirse, esto le pareció a Marianne una especie de determinismo económico y de materialismo. Refutando a sus antagonistas en nombre de los “valores éticos y los generales Kulturwerte”, declaró que “no puede ser meta de nuestro movimiento remplazar a la madre en el hogar por la esposa que trabaja, especialmente aquella cuyo horario laboral sería, aproximadamente, tan largo como el de su marido”. Sostuvo que la mayoría de las mujeres obligadas a ingresar en la fuerza laboral ganan relativamente poco, y ciertamente no lo bastante para pagar servicios que las aliviaran del doble papel de asalariada y de ama de casa. Tras una reciente visita a los Estados Unidos, donde conoció a Jane Addams y a Florence Kelley, Marianne Weber escribió que allí las mujeres eran mucho mejor consideradas, aun cuando el porcentaje de mujeres casadas en la fuerza laboral fuera mucho más bajo que en Alemania. La explicación parecía encontrarse “no en la cantidad sino en la calidad del trabajo profesional femenino”. Así, lo crucial no era la independencia económica como tal, sino tener una vocación “como una tarea objetivamente valiosa”.
Marianne Weber siguió una estrategia doble. Puesto que la mayoría de las mujeres no podían emanciparse ingresando en el mercado de trabajo, el derecho matrimonial había de garantizar igualdad legal y de derechos económicos frente al marido. Aunque rechazando a la esposa asalariada como ideal general, insistió, empero, en que todas las mujeres jóvenes se prepararan para un empleo: “Nuestra elevada visión del matrimonio nos hace tratar la preparación para el empleo como un deber moral incondicional”.23 Las jóvenes no debían considerar el matrimonio como una institución que las mantuviera y no debían aceptar, a cambio, la subordinación personal. Especialmente las mujeres de los estratos superiores debían estar dispuestas a desarrollar su personalidad ética mediante una “conducta metódica y premeditada” (methodische plan-
22 Reimpreso en Frauenfragen, pp. 20-37. Sobre las posiciones contrastantes de Weber y Stritt, véase Barbara Greven-Aschoff, Die bürgerliche Frauenbewegung in Deutschland 1894-1 933, Vanderhoeck, Góttinga, 1981, pp. 63 ss y 216 s. Véase también Richard J. Evans, The Feminist Movement in Germany 1894-1933, Sage, Londres, 1976. Evans trata sólo tangencialmente a Weber, refiriéndose a la negativa de la Centralblatt de “hacer la crítica de un libro sobre el matrimonio, de tendencias conservadoras, obra de Marianne Weber” en 1906 (p. 150). Dado que el libro de Weber no apareció hasta la segunda mitad de 1907, es posible que el folleto anterior, que se anticipaba a los argumentos del libro, fuese la obra en cuestión. El hecho de que a Marie Stritt no le gustara el ensayo de Marianne sobre “Vocación y matrimonio” queda confirmado en la propia correspondencia de Marianne. (Stritt tradujo el libro de Stetson con el título de Mann und Frau, Minden, Dresde, 1901.)
23 Las citas son de Franco fragen, pp. 27-34.

volle Lebensführung). Así, el argumento culmina en una promoción weberiana de ascetismo dentro del mundo. El llamado de Marianne apareció muy poco después del celebérrimo ensayo de su marido “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, que lo dio a conocer a un público mucho más vasto. Pero mientras que Weber había concluido su estudio histórico sólo con unas cuantas observaciones enigmáticas —aunque hoy mundialmente célebres— sobre el estado espiritual de la actualidad, Marianne, en cambio, presentó un programa normativo.
El programa hizo que Marianne Weber pareciera candidata atractiva a los grupos que deseaban remplazar a Marie Stritt. Gertrud Báumer informó a Marianne en 1906 que “las hamburguesas, junto con muchas otras asociaciones, quisieran elegirla presidenta a usted. Por’ favor, no se desmaye ante esta petición... Esta sería una solución ideal para una cuestión que pesa mucho sobre las asociaciones. Ya no desean a Stritt. Me han pedido hacerle a usted la propuestas como algo de lo que depende la salvación de la Federación”.24 Como resultaron las cosas, fue Báumer y no Weber la siguiente presidenta, de 1910 a 1919, cuando la primera escogió a la segunda como su sucesora (19 19-1923).
Antes de que Báumer estableciera su reinado, fuerzas libertarias casi prevalecieron en la BDF. El desafío llegó de la Liga para la Protección de la Maternidad y la Reforma Sexual (Bund fúr Mutterschutz und Sexualreform), fundada en Leipzig en 1904. Como proponía aliviar el destino de las madres solteras y de los hijos ilegítimos, al principio ingresaron en ella nada menos que Fmiedrich Naumann, Werner Sombart y Max Weber y, por tanto, puede suponerse que contó con el apoyo de Marianne. Pero la Liga pronto cayó bajo el domino de la doctora Helene Sti5cker (1869-1943), otra seguidora de Charlotte Perkins Stetson, quien venía del movimiento abolicionista, pero desarrolló su propia e idiosincrásica inversión nietzscheana de todos los valores. Había llegado a creer que la prostitución no podría ser superada por la represión moral, sino sólo por el libertarismo moral.25 Tal era parte de la “nueva ética”, que también recibió gran influencia de la escritora sueca Ellen Key (1849-1926). Los Weber pronto se pusieron en contra de las mensajeras del “amor libre”. Marianne cita uno de los arranques más brutales de Max, totalmente desprovisto de esa caballerosidad que ella tan a menudo le atribuye: “Esta específica banda Mutterschutz es una chusma absolutamente confundida. Tras la charlatanería de [Helene Stócker] yo me salí. Que las mu-
24 Carta a Marianne Weber, 6 de abril de 1906, en Gertrud Biiumer, Des Lebens wie der Liebe Band. Briefe, comp. Emmy Beckmann, Wunderlich, Tubinga, 1956, p. 17.
25 Sobre el papel de Stócker, véase el extenso tratamiento en Evans, op. cit., pp. 116-143. Véase también Ann Taylor Allen, “Mothers of the New Generation: Adele Schreiber, Helene Stócker, and the Evolution of a German Idea of Motherhood, 1900-1914”, Signs, lO, 3 (1985): 418-438, y Amy Hackett, “Helene Stócker Left Wing Intellectual and Sex Reformer”, en Renate Bridenthal, Atina Grossmann, y Marion Kaplan, comps. When Biology Became Destiny. Women in Weimar and Nazi Germany, Monthly Review Press, Nueva York, 1984, pp. 109-130.

jeres tiendan a un burdo hedonismo y a una ética que sólo beneficiaría a los hombres...! Eso es simple basura” (366).26


Marianne Weber primero empuñó las armas contra la “nueva ética” ante un público masculino, compuesto en gran parte por ministros protestantes. Adolf Harnack, presidente del Congreso Evangélico-Social, la invitó a pronunciar una conferencia sobre “Cuestiones básicas de la ética sexual” en las reuniones de Estrasburgo, en el Pentecostés de 1907. Tal fue una de las primeras ocasiones en que una mujer pudo dirigirse en público a una asamblea; antes, los hombres tenían que leer papeles escritos por mujeres, quienes tenían que sentarse en un apartado rincón y guardar silencio si no querían que la policía disolviera la reunión.27 En su biografía, Marianne se limita a mencionar, no tan ingeniosamente como parece, que “Max la apoyó” (366), pero en su autobiografía reconoció un conflicto: “La invitación a hablar ante un círculo que me era familiar porque a él pertenecía Max Weber, me hizo sentir orgullosa y angustiada. El difícil discurso fue escrito en el bello ambiente primaveral del Lago Como. Max Weber insistió en claridad conceptual y rechazó todo tipo de sentimentalismo. Yo me rebelé contra sus correcciones, pero acabé por someterme a su superioridad. Fui sola a Estrasburgo... Me sentí protegida por la caballerosidad de Adolf von Harnack. Este exudaba benevolencia, e indicó que estaba de acuerdo. Para mí, ése fue un acontecimiento importante y alentador” (L 239). Fácilmente podemos imaginar que Max Weber estaría preocupado por lo que Harnack pensaría de él si
26 Estoy razonablemente seguro de que la mujer era Helene Stócker, autora de Die Liebe und dic Frauen, Brun, Minden, 1905.
Parece que la furia de Weber (que yo he restaurado en toda su ferocidad) está expresada en una carta del 11 de enero de 1907, a Robert Micheis, quien había publicado observaciones sobre el amor y la prostitución en Alemania, Francia e Italia, en el primer volumen de Mutterschutz, de Stücker. Desde entonces, Weber tendría muchas discusiones con Micheis, a veces durante sus visitas a Turín, sobre cuestiones empíricas y éticas de sexualidad y erotismo. Véase Wolfgang Schwentker, “Passion as a Mode of Life: Max Weber, the Otto Gross Circie and Eroticism”, en Wolfgang J. Mommsen y J. Osterhammel, comps., Max Weber and bis contemporaries, Allen and Unwin, Londres, 1987, p. 496.
En el mismo año en que Michels publicó su célebre libro sobre los partidos políticos y la ley de hierro de la oligarquía, también produjo Die Grenzen der Geschlechtsmoral, Frauenverlag, Munich, 1911, que apareció en una serie editada por Havelock Ellis como Sexual ethics: A study of borderland questions, Scott, Londres, 1914. Aunque Micheis era codirector del Archiv für Sozialwissenschaft, su libro fue criticado por su colega de Turín, Rodolfo Mondolfo, 36 (1913): 920-926. Véase también la carta de Weber a Marianne, 22 de abril de 1911, mfra 453, 454.
27 En realidad, Weber fue precedida en 1906 por Gertrud Báumer, quien habló acerca de “Las demandas sociales del movimiento feminista en el contexto de la posición económica de las mujeres”. Véase Harry Liebersohn, Religion and Industrial Society: The Protestant Social Congress in Wilhelrnine Germany. Transactions of the American Philosophical Society, vol. 26, parte 6 (1986), p. 39. Sobre el (mal) trato a las mujeres en reuniones públicas, véase también Marie-Elisabeth Lüders, Fürchte Dich nicht. Persónliches und Politisches aus mehrals 8Ofahren. 1878-1962, Westdeutscher Verlag, Colonia, 1963, p. 55. (Al igual que Báumer, Lüders, 1878-1966, representó al Partido Demócrata Alemán en el Reichstag, de 1920 a 1932. En 1957, fue presidenta pro tem del Bundestag de la República Federal).

no hubiera ayudado a Marianne a articular la mezcla adecuada de pensamiento progresista y conservador.


Marianne Weber hizo eco a la protesta general de su marido contra el naturalismo y el materialismo, reiterando que “nuestra humanidad” (Menschentum) dependía de la integridad ética. Concedió al relativismo moderno que la violación de la moral sexual por una gran pasión ya no descalificaba éticamente a una persona, pero sólo si ésta conservaba un sentido de culpa. Por contraste, las ideas de salud sexual promovidas por los médicos imbuidos por la ideología naturalista eran indicaciones de decadencia espiritual (seelische Unkultur). Marianne interpretó el actual “periodo de gran tensión sexual” y “libertinaje sexual” como parte integral de la “cuestión social”, causada no sólo por la miseria de las masas urbanas sino también por la difusión del matrimonio tardío entre los estratos educados. Se opuso con la mayor energía a lo que hoy llamamos monogamia serial. Al mismo tiempo, exigió no sólo la posibilidad del divorcio por consentimiento mutuo, sino también poner fin a la persecución jurídica de los “matrimonios bárbaros” (manera alemana de referirse a las parejas no casadas). Hasta favoreció la educación sexual para los jóvenes, desde luego en aspectos éticos no menos que fisiológicos. Por último, insistió en que las mujeres nó sólo defendieran su autorrespeto moral, sino que también obligaran a los varones a mejorarse a sí mismos, abandonando las normas dobles.
En 1908, la polarización del movimiento femenino fue analizada extensamente por una de las amigas de Marianne, Alice Salomon (1872- 1948), en el Archiv für Sozialwissenschaft.28 Bajo el patrocinio de Gustav Schmoller y de Max Sering, Alice Salomon había recibido un doctorado de la Universidad de Berlín en 1906, cuando esto aún no era posible en general para las mujeres, y por una tesis que bien pudo haber sido el primer estudio alemán de “Las causas de la desigualdad de los salarios para el trabajo masculino y femenino”. También en 1908, Salomon fundó la Soziale Frauenschule en Berlín, academia privada benéfica para mujeres, que haría internacionalmente célebre a su fundadora y la ayudaría a llegar a secretaria del Consejo Internacional de Mujeres en 1909.
Como Gertrud Biumer, Marie Baum, Agnes Harnack y Marianne Wcber, también Salomon se consideraba a sí misma “liberal con respecto a derechos individuales, progresista con respecto a la justicia social, y conservadora en cuestiones de ética”.29 Salomon, miembro de la junta nacional de la BDF desde 1902, contrastó a las dos alas del movimiento feminista en términos de una diferencia generacional. Mientras que mujeres de diferentes edades y distintas convicciones religiosas a menudo lograban trabajar unidas en la práctica, podían distinguirse dos grupos ideo-
28 Alice Salomon, “Die Entwicklung der Theorie der Frauenbewegung”, Archiv für Sozialwissenschaft, 26 (1908): 451-500.
29 Alice Salomon, Charakter ist Schicksal. Lebenserinnerungen, Rüdiger Baron y R. Landwehr, comps., Beltz, Weinheim, 1983, p. 128. (El original inglés, inédito, fue escrito en la ciudad de Nueva York, en la década de 1940.)

lógicos generales. Uno de ellos postulaba la igualdad natural de los sexos, el otro sondeaba su diferencia natural; el antiguo programa del movimiento feminista concernía a las mujeres solteras, el nuevo enfocaba a la familia; el antiguo idealismo tendía a debilitar a la familia, el nuevo moralismo trataba de fortalecerla. Salomon afirmó que la afluencia misma de mujeres a las universidades, especialmente en las nuevas ciencias sociales, socavaba el viejo radicalismo de la Ilustración y lo remplazaba por un reformismo imbuido por los descubrimientos de la investigación social empírica. En su estudio, Gertrude Baumer y Marianne Weber se mantuvieron unidas contra Charlotte Perkins Stetson y Liiy Braun, esposa de Heinrich Braun, cuyo voluminoso estudio de 1901, La cuestión femenina, su desarrollo histórico y su aspecto económico, había sido materia abundante para el propio gran estudio de Marianne. Exponente de la “nueva ética” de la liberación sexual, de hecho y de palabra, Lily Braun era aIjada de Stócker y de Stritt, a quienes Salomon también criticó extensamente 30


Dentro de la BDF, estos conflictos polfticos llegaron al clímax cuando se discutió la cuestión del aborto en la asamblea general de 1908. Bajo la presidencia de Camilla Jellinek y Marie Sn-itt, una comisión se presentó en favor de abolir la sección 218 del Código Penal alemán, que entonces prohibía abiertamente el aborto y que, a pesar de su atenuación, aún hoy causa enconadas disputas. Pero en el comité ejecutivo, Marie Baum prevaleció sobre Stritt, la presidenta, e hizo que la recomendación del comité fuera rechazada en favor de una modificación bastante limitada de la sección 218. Mientras que a la Liga Mutterschutz de Stócker se le había negado el ingreso en la BDF, que sólo aceptaba miembros en cooperativa y no individuales, la conservadora Liga Evangélica de Mujeres Alemanas había sido autorizada a ingresar, contra la oposición de Stritt, y ayudó a anular varios años de avance progresista. Aunque el voto sobre la cuestión del aborto fue reñido, el retroceso fue permanente, y la caída de Stritt resultó inevitable. Así, Gertrud Baumer llegó a remplazarla en la convención de Heidelberg de 1910.’
Por debajo de este plano político, la nueva ética creó un gran revuelo en el círculo de Weber. Con un delicado equilibrio de franqueza y discreción, Marianne Weber describe la invasión de Heidelberg. Restauremos un pasaje un tanto trunco, mfra:
Los jóvenes ponían un diferente estilo de vida, que estaba más allá de las convenciones, junto con las estructuras firmemente establecidas de la vieja gene-
30 Lily Braun, Die Frauenfrage. Ihre geschichtliche Entwicklung und ihre wirtschaftliche Seite, Hirzel, Leipzig, 1901. Sobre la importancia de Braun, véase Alfred G. Meyer, The feminism and socialism of Lily Braun, Indiana University Press, Bloomington, 1985. Para el choque de Braun con portavoces de la BDF sobre la cuestión del matrimonio ético y el amor libre, véase su relato autobiográfico, apenas disfrazado, en Memo iren einer Sozialistin. Kampfiahre, Klemm, Berlín, 1923, pp. 442 Ss.
31 Véase Evans, op. cit., cap. 5, y Greven-Aschoff, op. cit., pp. 107-117.

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ración. La libertad de convenciones empezó a surgir en una forma antes limitada a los círculos artísticos de Munich. Nuevos tipos de personas, similares a los románticos en sus impulsos intelectuales, volvieron a poner en entredicho los modos burgueses de pensar y de vivir. En nombre de la libertad personal lucharon por ideales de condUcta viejos y nuevos.


El “viejo” ideal se refiere, al parecer, al romanticismo individualista del círculo que rodeaba a Caroline Schlegel-Schelling (1763-1809), a quien Helene Stócker elogió en sus escritos.32
Como lo dice Marianne al lector, su discurso de Estrasburgo ya reflejaba el profundo impacto causado en sus amigas por el psiquiatra freudiano Otto Gross (1877-1920), quien pronto sería repudiado por su maestro, debido a su anarquismo sexual y político. Ella reprodujo la mayor parte de una candente carta (fechada el 13 de septiembre de 1907), en que Weber rechazó publicar en el Archiv un ensayo de Gross: “Todo el ensayo está lleno de juicios de valor.., en una revista culta no hay lugar para un ensayo que quiere ser un sermón” ‘(372). Y sin embargo, como hemos visto, Weber pronto aceptaría, si es que en realidad no lo había encargado, la defensa —completamente partidarista y llena de juicios de valor— hecha por Alice Salomon a la posición ética adoptada por Marianne y sus aliadas en el movimiento feminista, Marianne no identificó a la destinataria de la carta: Else von Richthofen.33 Else, cuyos planes de carrera se habían desarrollado bajo “la influencia dominante de Marianne Weber” (como escribió en una declaración autobiográfica inédita), había renunciado a su cargo de inspectora de fábricas tras un breve periodo, pues no se sentía a la altura de la tarea... para gran decepción de Alice Salomon, En 1902, se casó con Edgar Jaifé (1866-1921) en un matrimonio sin amor, siguiendo la pauta, no poco frecuente, de la aristocracia que se casa con dinero judío. Jaifé no sólo le construyó una hermosa villa en un lugar selecto de Heidelberg, sino que también compró para Max el Archiv für Sozialwissenschaft, “la feliz idea de crear una nueva forma de actividad para Weber”, como dijo Marianne (283).
Cuando Weber rechazó el ensayo de Gross en 1907, estaba enterado de que el psiquiatra no sólo era el padre de Peter, el nuevo hijo de Else, sino que después hasta convirtió a Jaffé a su mensaje de liberación sexual. Sin embargo, esto no impidió que Weber fuera el padrino de Peter. A pesar de los principios elevados que compartía con Marianne, su compromiso mismo con la “responsabilidad en todas las relaciones humanas” (379) le hizo posible acudir en ayuda de sus amigas que hubieran
32 Sobre la relación entre el movimiento romántico, especialmente Caroline SchlegelSchelling, y la “nueva ética”, véase Marie Bernays, Die deutsche Frauenbewegung, Teubner, Leipzig, 1920, pp. l6s., 62 s., Bernays (1883-1939) era íntima amiga de los Webery en sus estudios empíricos siguió el interés de Max en la “psicofísica” del trabajo industrial.
Véase Martin Green, The Von Richthofen Sisters. The triumphant and the tragic inod” of ¡ove, Basic Books, Nueva York, 1974, pp. 55 s.
Op. ch’., p. 23.

optado por la nueva ética. Pero él parece haber sentido, asimismo, una cierta fascinación.


En 1910, Otto Gross retornó a la meca rural de la nueva contracultura, el pueblo suizo de Ascona, que competía en popularidad con el viejo barrio de la bohemia alemana, el suburbio de Schwabing en Munich,35 Tres años después, el peripatético Gross abandonó Ascona y dejó a su esposa Frieda con el anarquista Ernst Frick. Como sobrina del filósofo Alois Riehl, Frieda Schloffer era vieja amiga de los Weber y de Else desde sus años en Friburgo. Y cuando, en el mismo año, el padre de Otto, el influyente criminólogo Hanns Gross, hizo arrestar a su hijo y emprendió acción legal para quitarle sus hijos a Frieda, Max Weber entró en acción. En la primavera de 1913-1914, él pasó varias semanas en Ascona e hizo grandes esfuerzos por ayudar a Frieda, la “Dora”del relato de Marianne (458-464). Así, en lugar de terminar Economía y sociedad, mucho después de varios plazos ya vencidos, se encontró dictando escritos jurídicos a la legendaria Franziska zu Reventlow (1871-1918), mientras le aseguraba a Marianne que “La condesa no ofrece para mí el menor interés. Saludos a mamá, mi querida niña; ¡quisiera saber lo que dirá!” (461). Y por ayudar a sus amigas en dificultades no estuvo presente el día que su madre cumplió 70 años, en abril de 1914.
Otto Gross convirtió no sólo a Else a su mensaje, sino también un poco después a su hermana Frieda, quien se había casado con el erudito inglés Ernest Weekley, a quien conoció en Fribugo en 1896. Tras su experiencia con Gross, Frieda, a su vez, convirtió a D. H. Lawrence, por quien abandonó a su marido ya sus tres hijos en 1912. Los amantes encontraron refugio con los Jaifé, quienes, para gran consternación de Marianne y de Max, se habían trasladado a Munich el año anterior. Marianne no reveló, desde luego, que antes de irse de Heidelberg, Else había cedido al cortejo de Alfred Weber y se había hecho su amante. Tendría que llegar el año de 1984 para que apareciera la novela autobiográfica —tenuemente disimulada— de D. H. Lawrence, Mr. Noon (segunda parte), que celebraba los atractivos de las dos hermanas mientras satirizaba a Edgar Jaifé y a Alfred Weber, presentándolos como ridículos profesores alemanes.36
En el capítulo de la biografía llamado “Imágenes de viaje”, Marianne tampoco menciona explícitamente un viaje hecho con los Jaffé a Italia en la primavera de 1910, del cual retornó pronto, tal vez por causa del inminente congreso feminista de Heidelberg. Fue en Venecia donde Max, supuestamente, se le declaró a Else. Cualquiera que sea la significación de este oscuro episodio, Alfred claramente se resintió por la “intromisión” de su hermano, y el afán de Max para dar consejo jurídico y de otras
3 Véase Martin Green, Mountain of truth. The counterculture begins: Ascona 1900-1920, University of Massachusetts Press, Hanover, 1986.
36 D. H. Lawrence, Mr. Noon, edición de Lindeth Vasey, Cambridge University Press, Cambridge, 1984; véase también Frieda Lawrence, Nurder Wind, Rabenpresse, Berlín, 1936.

clases a Else finalmente resultó contraproducente, y condujo a una ruptura entre ambos que, al parecer, duró hasta 1917.


En el deliberado desorden de fragmentos de la correspondencia, a partir de los cuales Marianne va formando el mosaico de su biografía, reconoce que Max se sintió atraído por “ese mundo lleno de seductoras, de encanto, de trucos y de hambre de felicidad” (461), aunque al parecer él trazó una línea clara: “En ciertas circunstancias, a mí podrían agradarme mucho ciertas mujeres específicamente ‘eróticas”, contó que le había dicho a Frieda Gross, “pero jamás podría formar un apego interno a una de ellas ni contar con su amistad. Pues había resultado que yo no soy amigo apropiado para tales mujeres, pues en verdad sólo un hombre erótico tenía valor para ellas” (462). Marianne aprobó el interés “humano” general de Max en las mujeres, y citó una observación al parecer inofensiva, si bien un tanto condescendiente: “Cuán aburrida sería la vida sin vosotras, mujercitas (Frauchen); algo os está ocurriendo siempre!” (362). Ella no relató una observación un tanto menos trivial y más franca, de una carta a Frieda: “Cuánto complican 1as bellas mujeres los problemas de la vida! Y sin embargo, ¿cómo sería la vida sin ellas?”37 Pero Marianne llegó a comprender el poder de las “seductoras” (Verzauberungen), como le gustaba llamarlas, y reveló con relativa franqueza la importancia que para Max tuvo la pianista suiza Mina Tobler (1880-1967), a quien él contrastó con las seductoras de Ascona como “esta niña que es diferente pero que parece tan ‘noble’ a su manera reservada y delicadamente arrobada” (461). Por ella escribió Weber el estudio inconcluso sobre “Los fundamentos racionales y sociales de la música”, y planeó una sociología de las artes.
Si, en el ámbito político, la “nueva ética” fue contenida por la mayoría conservadora del movimiento feminista, para no mencionar el vituperio y la persecución de que fue objeto por el establisment masculino, las nuevas corrientes eran una gran realidad en el círculo de los Weber. Aunque las recepciones de la familia a veces fueron llamadas “té con una moraleja”, a otros les pareció que Marianne Weber mantenía un extraño “zoológico”. Muchos años después, Marianne pudo reconocer en su autobiografía que
por entonces, el rigorismo con principios de mi generación aún corría por mi sangre, aunque atenuado por la empatía hacia destinos individuales. Era mucho más sencillo... aferrarse a la validez universal de los altos ideales que arriesgarse en complicadas discusiones dialécticas acerca del posible valor autónomo (Eigenwert) del ‘amor libre’... Después, no se me evitó la experiencia de hacer frente, en forma más diferenciada, a las candentes cuestiones del erotismo. Me sentí obligada a suspender todo juicio, no sólo sobre casos individuales, sino también a escuchar más atentamente a los defensores de una nueva ética sexual más libre (L 239 s.).

Citado en Wilhelm Hennis, Max Webers Fragestellung, Mohr, Tubinga, 1987, p. 202.


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