Ana səhifə

Nuevo viaje a la alcarria


Yüklə 0.66 Mb.
səhifə9/15
tarix17.06.2016
ölçüsü0.66 Mb.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   15

VIII — UN VIAJE EN GLOBO

—¿Qué santo es hoy?

—Espere que mire: los mártires San Primo, San Feliciano, San Vicente, para mí que éste no es de los Vicentes más importantes, y Santa Pelagia; los obispos San Maximiano y San Ricardo; el presbítero San Columbo y el monje San Julián tampoco parece un San Julián de primera. Me quedo con San Feliciano. ¿Quién era éste?

—Espere que mire: hermano de San Primo, fueron ambos atravesados por la espada, de orden de Promoto, presidente de Nomento de los Sabinos en tiempos del emperador Diocleciano, consumando así la gloriosa carrera de su feliz combate.

—¡Jo, qué manera de señalar! ¡Ésos si que son tropos y no los que vienen en la preceptiva!

El día de San Feliciano de 1985, que cae en domingo, el viajero desayuna a las seis de la mañana después de haber dormido con naturalidad y provecho, El viajero va a subir en globo y conviene estar en el aire a las primeras horas del día, antes de que el calor altere la atmósfera y empiecen a presentarse las turbulencias. El doctor Samuel Fergusson se instaló durante cinco semanas en el globo Victoria; el viajero, mucho más modesto en la intención, quizá no llegue a sumar cinco horas a bordo del globo Aventura, la verdad es que tampoco piensa sobrevolar África —Julio Verne le llama el continente negro— sino saltar, si puede, las Tetas de Viana, que quedan ahí enfrente: las Tetas de Viana, que muchos las miran y pocos las maman. Las Tetas tienen forma de tronco de cono rematado por un cilindro, quiere decirse que sobre poco más o menos; las laderas son de montecillo de aromáticos piornos y pegajosas jaras y los pezones, bravos y de piedra berroqueña, a lo mejor es caliza, se yerguen casi cortados a pico.

—Oiga, ¿subió usted alguna vez a las Tetas de Viana?

—No, nunca, pero le aseguro que tampoco es difícil, vamos, quiero decir que si sube no lo sacan en el periódico.

En primavera y en verano las ovejas pacen en las mesetitas que las rematan; las izan con una cuerda, van muertas de miedo pero después se encuentran a gusto pastando la yerba fresca y tierna. Don Ramón Fernández, un amigo que tiene el viajero en Azuqueca, le regaló unas fotografías en las que se ven divinamente.

—¿Tiene nombre cada una de las Tetas?

—Lo más probable, lo que pasa es que yo no lo sé; a una le dicen la Gemela, creo que a la que queda a levante; la otra no sé cómo se llama; ésta, la de poniente, hasta tiene una escala de madera que lleva hasta arriba de todo, bueno, es una escalera pero parece una escala.

El aeronauta, o sea el globero, se llama don Jesús y desayuna con buen apetito, tan bueno como el de su futuro tripulante, quizá fuera mejor decirle paquete, el viajero; las personas decentes y temerosas de Dios suelen desayunar con buen apetito, esto viene siendo tal cual se dice desde que el mundo es mundo. El viajero, cuando paso por aquí de la otra vez, comía cinco huevos fritos si sus posibles se lo permitían; ahora, como ya va siendo mayor y no conviene abusar de la salud, no suele tomar más que tres.

—¿Y no le van al hígado?

—No, señor, ni a la vesícula tampoco; para mí que los alimentos, en el organismo, no van más que a donde se les deja.

—Si, puede que tenga usted razón.

Don Jesús se asesora de don Facundo, perito en brisas, para que le ayude a buscar el sitio desde donde mejor pueda soltarse el globo. Don Facundo sabe de auras, céfiros y favonios porque en la era y aventando el cereal se aprende mucho. Cuando el viajero llega a la explanada desde donde ha de salir volando, se encuentra con que hay ya mucha gente a la espera: periodistas, a ver si se produce la noticia; parientes, a ver si heredan; amigos, a ver si tienen alguien a quien compadecer; escritores, a ver si queda una vacante en la Academia; curiosos, a ver si hay sangre; madrugadores haciendo fotografías y media docena de punks echando una mano con buena voluntad y eficacia; llevan el pelo teñido de tres colores, zanahoria, permanganato y lechuga, y parecen contentos; el punk que manda en los otros es hijo de don Facundo. Don Jesús ayudado por doña Nuria, que también es entendida en aeroestaciones y lleva un mono color verde oliva con muchos bolsillos, estira el pellejo del globo, lo que se llama vela, sobre el santo suelo —el pellejo del globo es de tela dura, medio brillante— y enciende los mecheros de gas propano para que vaya entrando el calor que ha de darle ligereza.

—¿Y eso flota?

—Ahora veremos, yo creo que sí.



Al viajero, como pesa algo más de lo preciso, tienen que ayudarle a montar en la barquilla, que es de paja trenzada, quizá de mimbre o de junco, forma cúbica y más o menos de metro y medio de lado, puede que no llegue. A eso de las siete el globo empieza a dar señales de querer desperezarse, poco después se endereza, al principio todavía fláccido y al poco ya soberbio y erguido, y en un momento se despega del suelo y empieza a subir y a subir, todo seguido. Los mirones aplauden, los juglares cantan el romance que llaman Floriseo y la reina de Bohemia, que tiene mucha historia y dramatismo, los gorriones huyen como alma que lleva el diablo y un gozquecillo veraneante, un grifón minúsculo y todavía cachorro, ladra asustado con su vocecita de tiple. Con el globo ya colgado del aire el viajero saca una pierna por encima de la borda de la barquilla para mejor saludar a la afición. Es bonito esto de balancearse con suavidad por encima de las casas, primero, y sobre los árboles del monte poco después. Los dos mecheros hacen un ruido endiablado, hay que atizarlos de vez en cuando para que se mantenga la temperatura del aire caliente pero, cuando se les baja la llama, se flota en una paz absoluta y en medio de un silencio casi amedrentador. El globo pronto cobra altura aunque no gana mucho terreno en horizontal porque no sopla el viento, ni poco ni mucho; el aire de la atmósfera está en completa quietud, a esto se le llama calma chicha, y el globo asciende y desciende, pero no se traslada. Para ver de encontrar alguna corriente que los lleve hacia el sur, a las Tetas de Viana o al menos a la otra orilla del Tajo, don Jesús y el viajero suben y bajan sin suerte en su globo, que se porta muy bien, sin duda, pero que no puede hacer más de lo que hace, no puede ir más que a donde el viento lo lleve, si quiere y se decide a llevarlo a algún lado. El globo tiene forma de pera y es de color amarillo, con el tercio inferior escaqueado, el de en medio liso y el superior listado; el globo es grandecito, desplaza más de mil novecientos metros cúbicos de arqueo. El globo, buscando el vientecillo que no encuentra, llega a subir hasta los mil metros o quizá más, que es ya una buena altura; un kilómetro puesto de pie es una dimensión muy considerable; las torres de refrigeración de la central, que son como dos inmensos carretes de diábolo de más de ciento cincuenta metros de altura, vistas desde tan alto parecen no más cosa que dos mínimos sarpullidos. A pesar de la altura, en el globo no se pasa frío porque los mecheros dan mucho calor. Desde un kilómetro por encima de las Tetas de Viana se ve medio mundo, se ven lo menos cien pueblos y todo el escenario de este viaje rebosando por los cuatro puntos cardinales; el espectáculo es muy hermoso y proclive a dar mucho tema de pensamiento sobre la pequeñez humana, lo efímero de las glorias y vanidades, etcétera. A medida que el día avanza, empiezan a presentarse las térmicas que hacen volar al globo en amplias espirales; es la señal de que no ha de llegarse ya demasiado lejos. El globo lleva unas tres horas en el aire, puede que tres horas y media, y con tantas subidas y bajadas —también influye el peso del viajero, detalle que se confiesa con rubor— empieza a perder altura, al principio con lentitud, casi con elegante solemnidad, y después más deprisa y ya sin recato.

—¿Podremos alcanzar aquel prado?

—Puede..., pronto hemos de salir de dudas.

El globo se va contra el suelo antes de llegar al prado, le falta poco pero, no llega, y se viene abajo sobre las copas de unos árboles medio secos, llenos de ramas peladas y muy incómodas, da varios botes antes de pararse pero la cosa discurre bien, tampoco hay queja. En aquel preciso momento, justo cuando queda prendida la barquilla en el ramaje inhóspito, el viajero se da cuenta de lo fácil que es matarse en un accidente, todo depende de la suerte de cada cual, basta con que una de esas ramas que cortan como cuchillos se le clave a uno en la garganta; hay personas que nacen no más que para matarse en un accidente pero también las hay que, por más insensateces que hagan y más accidentes que tengan, jamás les pasa nada. Don Jesús y el viajero van a caer frente al cerro que dicen Castillete Bajero, en la orilla de babor del Tajo, entre los meandros Quemado y Morondo. El viajero sale como puede de la barquilla y, sujetándose al cabo que le da don Jesús, salva bastante bien las peñas de la ladera.

—¿Puedes atarlo a un tronco?

—¡Ya veré si puedo!

El viajero se pela las manos pero sí puede. Al lugar del suceso le llaman el Tinglajo y está donde Cristo dio las tres voces.

—¿Y no fue oído por nadie?

—No, señor, por nadie.

En una mata de mierdacruz, vegetal que quizá sea pariente del torvisco, hace gimnasia la tarántula. En el aire se columpia una nube de tábanos minúsculos y agresivos, se oyen croar las ranas y cantar los pájaros a los que el viajero no ve volar, el escarabajo pelotero empuja su alimenticia y próvida y hedionda pelota, la libélula pinta zigzagues sobre el agua del río, la cigarra chirría no se sabe dónde y la hormiga afanosa y disciplinada forma en ringleras que no tienen ni principio ni fin. Ésta es la historia del mundo, la historia natural, la historia sagrada y la historia de las civilizaciones, las guerras y los inventos. En el paisaje no hay la menor huella del hombre, ni un pastor, ni un pescador, ni un cazador, ni un bañista dominguero; sobre la tierra parda o entre la yerba con flores de todos los colores (mandan las amarillas) no se ve ni cagarruta de oveja, ni sirle de cabra, ni cagajón de burro, ni boñiga de vaca, ni zurullo de cristiano, y el viajero piensa, por un momento, si no estará en el fin del mundo. El viajero, ante tamaña orfandad, ante tan metafísica solitud, se pone en cuclillas sobre tres nociones abstractas, el infinito, la necesidad y la impunidad, y freza con tanta alegría del cuerpo como paz del alma y tranquilidad de la conciencia porque sabe bien que la zulla de gallego no contamina puesto que es biodegradable.

—¿Recuerda usted aquello que se dice de que quien caga en el campo se limpia con un canto?

—¿No se da usted cuenta de que sÍ lo recuerdo?

Hace buen día y el viajero, a quien empiezan a entrarle el hambre y la sed, se sienta a descansar, puesto que no puede ni comer ni beber porque de todo carece, y a esperar sentado cuantos acontecimientos imprevistos y socorros por venir quiera depararle el, destino; a donde está no se puede llegar ni con tractor pero, remontando el Tajo, se vuelve a Trillo, de eso no hay duda, que debe quedar a legua o legua y media.

—¿Y si no nos encuentran?

—¿Cómo no nos van a encontrar? Lo único que tenemos que hacer es no despegarnos del río.

Al cabo de algún tiempo aparece un grupito en el que van dos mozas reconfortadoras, Marta e Irene, y poco después pasa al trote, casi al galope, un corredor de fondo, Álvaro, un hombre que hasta es capaz de correr la maratón. Álvaro ni saluda siquiera, ¿para qué? A Álvaro lo habÍan mandado a ver si encontraba al viajero y, cuando da con él, gira sobre sus talones y comienza a correr por donde había venido para avisar de que no era necesario llamar al forense. Misión cumplida.

—¿Recuerda usted que don Liborio, el cura de Alovera, decía que matar a un gallego es muy difícil?

En Alovera rompieron el reloj porque no marcaba las 13. El viajero llega al Rolls a eso del mediodía; como el lance del globo le hizo perder mucho tiempo, se bebe una cerveza y sigue camino. Antes, un periodista le pregunta que cómo fue la cosa.

—Pues ya ve, la cosa fue bien sencilla: se nos acabó el gas y nos vinimos al suelo.

—¿Hubo algún momento apurado?

—Eso pregúnteselo usted a don Jesús, que es el que sabe de globos.

—¿Pasó miedo?

—Pues, no; repare en que soy una persona bien educada.

—Muchas gracias.

—No se merecen.

El periodista, mientras Oteliña se dispone a arrancar, aún pregunta.

—Ahora, después de haber subido en globo, ¿le queda a usted algo por hacer?

—Si, pero no se lo digo para no darle a usted una pista y también para que no se le pongan los dientes largos.

El caserío le Santa María de Ovila, algo más allá de la leprosería, está donde estuvo el monasterio que el Estado vendió por tres mil pesetas en 1930 y se llevó, piedra a piedra y dos años más tarde, el millonario norteamericano William Randolph Ciudadano Hearst, el abuelo de la niña Pat, la que se ponía cachonda asaltando bancos. Del monasterio queda algún muro en pie, el patio es un corral de cabras y la finca se dedica a la crianza de toros de engorde. Los colonos, que son gente amable, ofrecen al viajero una cerveza que cae sobre su agrietado gaznate como agua de mayo. Por Santa María de Ovila aparece Florentino, alias Tinín, que cruzó dos veces el Tajo, una a la ida y otra a la vuelta, a nado y corito, en busca del viajero.

—Es que un servidor vio caer el globo y creyó que se había escoñado.

—Pues, no, ya ve.

—¡Vaya, me alegro!

Algunos dicen que Azañón queda fuera de la Alcarria, aunque no lejos sino en el mismo borde, dicen que queda en la Sierra; Azañón está en el camino de Trillo a Viana, que si son pueblos alcarreños; al viajero estas discusiones no le preocupan mayormente, vamos, que le es igual. Azañón está en una loma escarpada y vacío de gente, de Azañón se ha ido yendo la gente empujada por la necesidad. A los de Azañón les decían bubillos, cuando los hubo; Azañón no se despobló hace demasiados años, al acabar la guerra tenia aún más de doscientos habitantes. El apodo de bubillos se repite algo por la comarca, quizá seis u ocho veces. A los de Azañón les llamaban bubillos porque, según cuentan, anidó una abubilla en el campanario de la parroquia, la iglesia de la Asunción, y para poder cogerla, dado que no tenían escalera, empezaron a apilar cuévanos y como se les acabaron cuando aún les faltaba un poco para alcanzarla, arbitraron quitar el de abajo para ponerlo encima, con lo que los cestos se cayeron y el avecica salió volando sin que volviera a saberse de ella; algunos juran que se fue a Mirabueno, donde también les llaman bubillos, pero el viajero no se lo cree del todo porque esto cae muy lejos. Una cabra color café ramonea en las matas de la cuneta, y ni mira siquiera para el cortejo que cruza por el camino, el viajero piensa que es una cabra muy triste, a lo mejor no es de nadie, no tiene quien le haga compañía ni la ordeñe, ni le dé palos pero también conversación; la cabra es un animal que tiene mucha grandeza, de todas las bestias domésticas conocidas es la única que tiene ideas propias y heterodoxas.

—El alacrán también esconde mucho misterio.

—También, si señor. Y el neblí, que es la más discreta y desgraciada de todas las aves.

Viana de Mondéjar queda algo más adelante, a un lado de la carretera, asomada a su cantil, envuelta en muy frondosa vegetación y con el arroyo de la Solana al pie. El caserío queda al sur de las Tetas, a las que en tiempos idos llamaron las Alcalatenas y las peñas de Alcalatén, y al norte de la sierra Solana y los altos del Mongorrón (aquí no hay errata: la serrezuela del Megorrón, de donde baja el agua que da de beber a Masegoso, es otra distinta). En el caserío de la Solana hubo una fábrica de cristal fino que duró hasta la guerra, este caserío fue propiedad de Ramón Serrano Vicéns, médico, escritor y amigo del viajero, hasta que murió en el año 1978; Serrano Vicéns, q.e.p.d., fue hombre inteligente e inquieto, autor de varios libros tan originales como curiosos: La casa sin tejado, en el que trata del problema de la desertización de España; Ruta y patria de Don Quijote, en el que estudia el vidrioso tema que anuncia en el título, y La sexualidad femenina, que recibió los plácemes del famoso Dr. Kinsey, perito en damas propensas a combatir frustraciones, inhibiciones y otras premoniciones por vía vaginal. A los de Viana les dicen zorros y zorreros porque para que los de La Puerta no pudieran oír las horas cada vez que su reloj las daba, le cambiaron el mazo de la campana por un jopo de raposa; otros dicen que el jopo lo pusieron para que los de La Puerta, que sí conseguían ver la torre, no pudieran enterarse de la hora de ninguna manera. La Puerta es un pueblo que estuvo a punto de morir pero que levantó cabeza y hoy aparece casi próspero y medio remozado. En la fachada de la fonda no se leen las palabras que quedaron escritas: «C.J.C. durmió la siesta en esta casa el 9 de junio de 1946. Somos pobres, usted lo puede ver, pero nadie que ha pasado por La Puerta se ha ido sin un pan.» Las baldosas están ahora en un cesto, limpias y muy cuidadosamente conservadas. La dueña de la fonda dijo a quienes las colocaron que allí no iban bien porque quería poner una ventana pero, como no entendieron sus razones, en cuanto dieron la vuelta las desmontó y las guardó. El viajero piensa que lo prudente sería ponerlas donde cupieran y está seguro de que a la dueña de la fonda no le disgustaría verlas colocadas.

—¿Usted cree que todo es cosa de hablarlo?

—Pues claro que lo creo.



Don Celedonio, el alcalde que dio un pan al viajero hace ya muchos años, vive hoy en Madrid con una hija casada; al viajero le hubiera gustado saludarle porque era muy buena persona, muy cabal y sereno y con la cabeza en su sitio. El viajero se toma unos vasos de vino con don Desiderio, el actual alcalde, que es hermano de don Celedonio y también tiene los ojos azules, en La Puerta se ven muchos ojos azules, deben ser medio godos. La señora de la posada, Rosalía, y Martín, su marido, están bien de aspecto y de salud; su hija Rosita, bueno, su sobrina Rosita, el viajero creía que era hija, vive ahora en París casada con un valenciano. Justo Benito, el del comercio, paga otra ronda y la conversación se anima. Pablo Balcón, el barbero que afeitaba y rapaba los jueves de 11 de la mañana a 11 de la noche, se fue a Alcalá de Henares. A los de La Puerta, además de pantorrilludos como a los de Cifuentes y a los de Cereceda, les dicen los de la viga atravesá, como a los de Horche y a los de Loranca de Tajuña; la historia es siempre la misma y la sabe todo el mundo: que quisieron meter una viga por la puerta de la iglesia pero, como iba atravesada y no la podían entrar, a uno se le ocurrió la idea de untarla de grasa y además meterla de punta; no faltó quien creyera que tal arbitrio fue cosa de hechicería. También les llaman balleneros, los hay que dicen ballenatos, el cuento no varía: una albarda que arrastraba la riada y que la gente tomó por una ballena, etc., a los de Madrid, con ser la capital de España, les dicen lo mismo. El barbero Pablo Balcón vivía en El Olivar y cuando iba a La Puerta se alojaba en la posada. Quien sí murió fue Wenceslao, descanse en paz, el picamulo que llevó al viajero a Budia en un carro y por sesenta pesetas; al viajero le da la noticia Mariano, que es hijo del difunto. Los olmos tienen una enfermedad punto menos que mortal, la grafiosis; el viajero no había oído ese nombre aunque sí otro muy parecido, grafioles, puede que no tenga singular, que son como unos melindres de mantequilla. Cereceda está yendo hacia Durón, en un ramal que queda al sur del camino que lleva el viajero y tampoco demasiado lejos. Cereceda está entre barrancos y bosquecillos de robles y coscojas. De Cereceda se fueron los naturales pero vinieron los forasteros, ahora viven en Cereceda seis o siete familias de franceses. Entre el arroyo de la Solana y el río Ompolveda (en el Viaje a la Alcarria se dice Empolveda, por error) hay varios pueblos vacíos o habitados por gente nueva y diferente. Hontanillas pertenece ahora a un organismo oficial, el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, o sea Icona. Hontanillas es un pueblo fantasma, con agua abundante y tierra de primera, que hoy no aloja sino tristeza y soledad; Hontanillas tuvo una almazara importante a la que barrió la incuria; en Hontanillas tiene su campamento la Asociación Madrileña de Ayuda al Toxicómano, los ponen a cultivar la tierra, a criar cerdos y a reconstruir casas y algunos mejoran algo hasta que los mandan otra vez a la ciudad y, salvo excepciones honrosas, vuelven a las andadas. Torronteras también es de Icona, está completamente arruinado y no queda en pie más que la iglesia, que el peor día se acabará cayendo; en Torronteras viven ahora unos ecologistas, dicen que son austriacos, que cultivan cebollas y tomates biológicos, crían gallinas que ponen huevos ontogénicos y velan por que se cumplan las honestas leyes de la macrobiótica. ¡Toma del frasco! De Villaescusa de Palositos, que quizá debiera ser Paloshitos, palos altos, se fue la gente y hasta se llevaron el retablo del altar mayor, se lo llevaron a Guadalajara. En Tabladillo sólo quedan dos parejas que no se hablan, y en Alique no les luce mayormente el pelo; a estos pueblos, a veces, los medio salva el cariño de sus naturales, que vuelven a pasar algunos días por el verano y se traen siempre a algún amigo. El viajero piensa, con no poco dolor, en todos los seres entrañables y pintorescos que por aquí hubo y que se fueron con los pies para adelante sin encontrar el cronista que los retratara: Anselmín, el tonto de Cereceda, que imitaba como nadie el cuchichiar de la perdiz, se alimentaba de lagartos y llevaba siempre una amapola en la oreja; el tío Clarencio, el capador de Hontanillas, que ponía inyecciones limpiando la aguja con el pañuelo y un poco de saliva; Austricliniano, el sacristán de Torronteras, que tenla siete hijos curas y cinco hijas monjas; Martín Palomino, el tartamudo de Villaescusa, que llegó hasta la frontera de Portugal afinando campanas; Pedrito Pensamientos, el imitador de estrellas de Alique que triunfó en Madrid, imitaba a la Raquel y a Pastora Imperio; el tío Sixto el de Tabladillo, que se murió sin que nadie le llevara el pulso, y así sucesivamente. El viajero piensa que hay una verdadera historia de España que no se escribirá jamás.

—¿Eso no pasará también en otros lados?

—Puede que si, pero eso no me consuela.

Mantiel está en un alto de despejado horizonte y muy hermosas vistas. El viajero al llegar al lago de Entrepeñas, cruza sobre el viaducto para acercarse hasta Durón, en terreno muy cambiado, con domingueros, bañistas, automóviles, transistores..., hay menos paz, pero quizá el personal pueda comer caliente y vivir mejor, ¡váyase lo uno por lo otro! Bernardino también tiene los ojos azules, se conoce que eso es propio de alcaldes. El viajero, a Bernardino no le antepone el don en homenaje a su juventud. Bernardino explica al viajero que el municipio tiene ocho kilómetros de playa, desde el viaducto hasta Gualda. Bernardino mandó poner papeleras y la gente suele usarlas casi siempre. Bernardino recuperó dos mojones que dejaron de señalar nada desde las obras del pantano, uno decía A Sigüenza 71 Km. y el otro A Solana, 12 Km. y los mandó poner en el parque infantil, ahora en Durón hay parque infantil con columpio, balancín y tobogán, muy completo; también salvó el que decía Km. 1, que fue donde el viajero se encontró con la guardia civil de la otra vez, con los guardias Pérez y Torremocha. En Durón hay un solo teléfono y no automático, el 38 de Budia. En el lugar en el que estuvo el olmo que mandó quitar Obras Públicas, Bernardino sembró un rosal que luce florecido y copioso. Bernardino, el viajero y más gente, toda la que va, almuerzan en La Cabaña del Tío Paco, un merendero enorme y ruidoso donde la gente entra y sale sin cesar; el viajero quizá prefiera las tabernas y los figones, los encuentra más a su medida. Librada Díaz no se cansa jamás de hablar, Librada es hija de Carmen Gabarda, q.e.p.d., la hermana de Fabián, q.e.p.d., el que fue concejal de Casasana. El viajero, que lleva un día un poco achuchado, duerme la siesta en el Carrizal, la casa que tienen sus amigos doña María Pilar y don Julio a orillas del pantano, en el camino de Alocén.

—¿Usted podría vivir sin dormir la siesta?

—Pues sí, yo creo que sí, uno puede vivir de cualquier manera, ésa es la verdad, pero si a uno le dan a elegir prefiere vivir bien, ¡qué duda cabe!

El viajero, reconfortado por su horita de sosiego en penumbra, vuelve a pegar la hebra donde la dejara.

La ermita de Nuestra Señora de la Esperanza la salvaron del agua y está en el lugar que llaman la Olla Espesa; aquí se portó bien la Confederación Hidrográfica del Tajo por que pagó todo. El señor Félix, el viejo que fue a Madrid al acabar la guerra a operarse de cataratas, ya murió, descanse en paz; su hijo Víctor también lleva gafas con el cristal muy grueso. En Durón, Bernardino y el viajero suben y bajan por las calles bien empedradas; las casas son todas de piedra y yeso, aquí no se permiten los ladrillos, se conoce que para que el pueblo no pierda su carácter. Delante del ayuntamiento los juglares cantan Antonilla es desposada, de Juan del Encina, y las mujeres y los niños aplauden con entusiasmo, los hombres son más cautos y recatados. En las casas hay escudos nobiliarios con cierta frecuencia, hay quizá una docena o poco menos. En la fuente de Carlos III el viajero mete la cabeza en el agua del pilón por ver de refrescarse.

—Es agua sin cloro, agua de toda confianza, esta agua es tan buena como cualquiera y mejor que casi todas.

Unos gitanos instalan su mercadillo de telas sobre el santo suelo y las mujeres de Durón revuelven los retales, encuentran caro el precio que se les pide, regatean, hacen como que se enfadan, riñen, vociferan, se ríen y acaban comprando una toalla de felpa o una blusa de flores o de dibujos geométricos.

—Nosotros vamos detrás de ese señor y donde se para, nos paramos; cuando se reúne personal siempre se acaba vendiendo.

Otra vez en el cruce de la carretera el viajero saluda a don Juan Julián, que tiene ya cien años; su difunta esposa, q.e.p.d., la señora Emilia, fue la que le dio un cuenco de leche de oveja cuando hizo a pie el camino.

—¿Cómo está usted, don Juan?

—Pues ya lo ves, hijo, ya voy estando viejo.

La picota también está vieja, más vieja que don Juan y aún más trabajada, pero se mantiene terne y airosa, al menos por ahora no ha dado con el fuste en tierra. Delante de la casa se junta un grupito de doce o quince personas, hombres, mujeres y niños que van bien vestidos y aseados y tampoco gritan al hablar.

—¿Qué tal se llevan ustedes con los veraneantes?

—Bien, bien, son buena gente, no hay mayor queja..., y con los madrileños también..., a veces se van sin pagar pero ya le digo, son buena gente..., unos mas que otros, claro.

Un hombre de unos sesenta años se dirige al viajero.

—Soy el Geruncio, ¿no se acuerda usted de mí?

El viajero lo mira de arriba abajo sin hacer memoria.

—Pues, no, de momento no caigo.

—¡Sí, hombre! Nos conocimos en el penal del Dueso, cuando lo encerraron por degollar a la Miguelita, la comadrona de Villarrobledo, ¿no recuerda?

—Usted dispense, pero yo ni estuve en el Dueso ni degollé a ninguna comadrona, ¿se entera? Está usted confundido.

El Geruncio se queda un poco cortado.

—Perdone, pero, ¿no es usted el que dicen Mauro Vergaño Barruelo?

—No, señor, yo soy otro.

El Geruncio ensaya un gesto de resignación.

—¡Pues es usted su vivo retrato!

El Geruncio tiene los ojos irritados y cría caspa. Por el paso del Tirador el viajero recuerda la tormenta que le zurró en su día; hoy la tarde está clara y el cielo sosegado y sin una nube. El Geruncio, sentadito en el Rolls al lado del viajero, compone su mejor cara de beatitud.

—¿Se acuerda usted del tío Cazo?

—¿Uno que era de Valfermoso y vendía bollos y rosquillas?

—Sí.


—Pues sí que me acuerdo, ¿qué fue de él?

—Pues nada, que le dio el pénfigo a las partes y cascó en el hospital.

—¡Vaya por Dios!

El tío Cazo tenía una hernia del tamaño de un porrón, lo que le dio fama de disfrutar los huevos más grandes y mejor puestos de toda la provincia y aun de toda Castilla la Nueva. Su hijo Lope, que es medio falto, está ahora en Valladolid, con unos frailes, lo tienen para hacer recados y pegarle patadas en el culo, así se descargan los nervios y se alejan las malas ideas.

—¿Le molesta que fume?

—No.


Budia es villa sosegada, sobre todo desde que no la alborotan ni el tío Demetrio, q.e.p.d., ni su teniente alcalde el Juanito que, como eran gente de orden, desbarajustaban y revolvían el negocio público tan sólo con tocarlo. Budia es villa rica y populosa que tiene hasta pubs y discotheques.

—¿Y güisqueria?

—No, eso me parece que no.

El médico don Severino ha muerto, descanse en paz; le llamaban el tío Gomas porque llevaba siempre el fonendoscopio colgando. Su hijo Alfredo, el músico al que el viajero conoció en el café Gijón, de Madrid, también ha muerto, también descanse en paz.


En Budia está la perrera,

en Durón los migueletes,

en Chillarón los borrachos

y en Mantiel la mala gente.


A los de Mantiel también los motejan de rabiados, miserables, aceiteros y rascapieles.

—¡Qué quiere que le diga! A mi eso me parece que son ganas de ensañarse.

En la pared de la perrera de Budia, que ya no lo es, se leen las palabras: «Por aquí pasó C.J.C. el 9 de junio de 1946. La plaza parece la de un pueblo moro; la fachada del ayuntamiento está enjalbegada y tiene una galería con unos arcos graciosos en la parte alta.» Los azulejos no son los que hubo sino otros de nueva cochura; entre las inclemencias del tiempo y la buena puntería de los niños, los azulejos se fueron deteriorando y algunos hasta se vinieron al suelo. Esto pasó, que el viajero sepa, aquí en Budia y en Chillarón, Casasana y Tendilla. Los azulejos primitivos, de los que quedan casi todos, habían salido del alfar de Chacón, en Alcalá de Henares; el que hay ahora en Tendilla es de Carlos de Luz y Beatriz Nadal y éste de Budia y los otros dos son de Bosch Asensi. El caso del de la urbanización Nueva Sierra de Madrid, en Albalate de Zorita, es distinto y de él ya se hablará a su tiempo.

El edificio de la perrera está en obras y tiene todo el aspecto de que lo van a dejar bien arreglado. Don Rafael y el viajero recorren algunos bares y tabernas hasta que se hace de noche y hablan con la gente, que parece confiada y de buen humor.

—¡Le va a usted mejor que de la otra, no me lo niegue!

—Pues, si señora, ésa es la verdad, bastante mejor, no se lo niego a usted.

A los budieros les dicen mieleros —un purista hubiera dicho meleros, sin i— y curtidores; los budieros son buenos comerciantes, se dan mucha maña en el arte del toma y daca. El tío Tostonero cambiaba una medida de garbanzos crudos por media de torrados y el tío Poli, el Maquinero, que andaba siempre con la escopeta al hombro, vendía máquinas de coser a plazos y al fiado y no le engañaron nunca. Don Rafael invita al viajero en su bodega, a unas chuletas memorables; el viajero, aunque lleva ya varios días sacando la panza de mal año a golpe de chuletas, no se cansa jamás de sus deleites y regocijos.

—Le voy a regalar a usted una cajita de bizcochos crispines para el desayuno, son una especialidad de aquí de Budia.

—Muchas gracias.

El viajero, a la hora de tomar café, habla en gallego con un guardia civil paisano suyo, en castellano con su anfitrión y amable compañía y en catalán con un matrimonio joven y muy arregladito, Pau y Mercè, naturales de La Bisbal, que andan de excursión.

—Adéu siau.

—Adéu siau.

El viajero, cuando cierra la noche, se llega al Carrizal poquito a poco y en silencio, se mete en la cama procurando no molestar demasiado a nadie, escucha durante no mucho tiempo el acompañador canto del grillo campesino y en soledad, y después se duerme como un lirón. El día fue algo largo, es cierto, pero salió todo bien y por su orden.

1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   15


Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©kagiz.org 2016
rəhbərliyinə müraciət