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Nuevo viaje a la alcarria


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VII — ENTRE LA LEPROSERÍA Y LA CENTRAL NUCLEAR

Los infieles fueron muy desconsiderados con Santa Caliopa, Virgen a quien cercenaron las tetas y después el cuello separándole la cabeza del tronco. El día de Santa Caliopa amanece claro y caluroso, el viajero está contento y descansado y desayuna café con leche con donuts.

—¿Hay churros?

—No, señor.

—¿Y pan?

—Pan Bimbo.

—¿Y mantequilla?

—Tulipán.



La carretera va casi pegada al río Cifuentes, sobre poco más o menos, unas veces más cerca y otras más lejos, hasta que vierte sus aguas en el Tajo. A la salida de Cifuentes queda la picota, solemne y bien conservada y cuidada, hasta tiene un jardincito todo alrededor; una pareja de alemanes se saca fotografías recíprocamente y en variadas poses y después se va en moto, camino de Gárgoles, salen a toda pastilla y haciendo un ruido infernal que pronto cesa, parece que van a apagar un fuego; ella era rubita y algo desgalichada y él tampoco llamaba demasiado la atención por lo lucido, con el casco tenían los dos más apariencia. El azor vuela asustando zoritas y el aeroplano cruza por el aire espantando azores, siempre pasa. Poco más adelante se ve el poblado que han hecho para el personal de la central nuclear, le llaman polígono y está muy nuevo y despejado, con las casas limpias y puestas con orden; a lo mejor son dos polígonos y no uno, polígono Carracuenca y polígono Carratrillo. Las torres de refrigeración de la central se enseñan sobre el paisaje, a la derecha de las Tetas de Viana, o sea, al oeste, y un poco antes; también, con buena voluntad, pueden parecer dos tetas, se conoce que la mañana pinta en tetas, lo que tampoco es mal dibujo. Pronto se ven los dos Gárgoles y no tarda en desaparecer Cifuentes, que se esconde tras una costanilla. El río va a la derecha del camino, su paso lo señalan la albura de los álamos y el verdor de la huerta que produce tomates, lechugas y otras legumbres; al lado contrario se enseña el erial, que es campo de color pardo y habitado por escuerzos y caza menor. En la barbechera hay un camión patas arriba y a su alrededor pacen las ovejas con un desprecio muy evidente, casi ofensivo; el garzón que las pastorea está hierático y en su ademán se pinta el noble y confuso gesto de quien tampoco parece interesarse demasiado por nada, a lo mejor lo que le pasa es que es medio bobo. Más o menos por aquí, hace ya un montón de años, fue donde el viajero se hizo amigo del Mierda, el hombre que a fuerza de recibir zurras y aguantar denuestos ya no se fiaba de nadie más que del Papa: el Papa era Pío XII y desde entonces, van ya tres o cuatro Papas más. Sobre los terrones salta la blanquinegra y vocinglera picaza, pájaro ladrón y descarado la que en algunos lados llaman marica. El Mierda puede que haya muerto, el camino está lleno de trampas y calamidades; en este caso, descanse en paz. También puede que no haya muerto, el camino también está cuajado de remedios y purificaciones. Al Mierda, de vivir todavía, aun le falta para llegar a viejo, bueno, a demasiado viejo, a carcamal; el Mierda debe andar por la edad del viajero, año arriba o abajo. Al viajero le hubiera gustado saber algo del Mierda, pero supone que averiguar su suerte debe ser difícil, muy difícil, e incluso punto menos que imposible. Por el aire vuelan los vencejos persiguiendo mosquitos, moscas y avispas y, mucho más alto aún, se mece el alcotán atisbando pollos desorientados y gazapos distraídos. Quien quizá sí pudiera saber algo del Mierda es José Cañas, el, Cheche, lo malo es que tampoco nadie sabe por donde anda. El Cheche es amigo, o había sido amigo del o Mierda, el viajero los vio juntos un par de veces, el Cheche es amigo de todo el mundo, al viajero lo llevó un día a que la Visitación, la saludadora de Cañaveras, más allá de Priego, le pusiera en su sitio una rodilla desmandada.

—¿Y se la dejó bien?

—Sí, señor, perfectamente.

Gárgoles de Arriba, o sea Gargolillos, queda a mano derecha y sobre un otero; al pueblo se entra por el río Cifuentes, por la piscifactoría de las Cascadas, donde estuvo la primera fábrica de papel vegetal de España; este papel tenía tan buena calidad que lo usaban para los billetes de banco, a lo mejor el viajero yerra y el papel de los billetes era de Gárgoles de Abajo, donde también había fábrica. El Cheche era natural de Atanzón y vendía chocolate, arroz y bacalao, jinete en su burro Belloto, una mala bestia, un burro negro, entero, muy corpulento y con mucha bravura y mal carácter; el Cheche lo llevaba siempre con el bozal puesto, no se lo quitaba más que para darle de comer y beber. En Gárgoles hay frondosas choperas, cuidados y amenos jardines, perros de caza bien alimentados e instruidos y niños en bicicleta, muchos niños y niñas en bicicleta. José Cañas el Cheche gastaba gabán oscuro que le llegaba hasta los pies y corbatín blanco, de lacito. El viajero, en el cruce, se encuentra con su amiga la niña Nuria, que quiere subir en globo.

—¿Me lleva? Yo peso poco.

La niña Nuria no es catalana sino andaluza, tiene once años y vive en Gárgoles de Arriba porque su padre trabaja en la central nuclear. A Gárgoles de Arriba también le llaman Toledo, el viajero no sabría decir por qué. El viajero y su amigo don Basilio suben y bajan por el pueblo, que está limpio y enseña cierta prosperidad. Según dicen, aquí en Gargorillos martirizaron a San Blas, todo puede ser porque cosas más raras se han visto; las monjas dominicas guardaban su cabeza, abogado muy eficaz contra los males de garganta, nariz y oídos, en el monasterio que acabó viniéndose abajo.

—¿Y qué fue de la santa reliquia?

—Pues ya ve; hay quien dice que se la llevaron a Cifuentes, pero igual la han perdido, las reliquias acaban siempre perdiéndose.

Doña Jenara Godojos es tetona, culona y abundante; doña Jenara Godojos usa faja de caucho reforzada, luce la pelambrera a estilo abisinio y se pinta los labios en forma de corazón; doña Jenara Godojos es viuda, profesora de lenguas muertas y ceutí; su padre, teniente de la escala de reserva, murió en el desastre de Annual; doña Jenara Godojos fuma tabaco negro, ducados o celtas, que son más baratos, es aficionada a las bebidas blancas, sobre todo al anís Machaquito, y habla con voz de húsar; doña Jenara Godojos, cuando escuchó lo de la cabeza de San Blas, puso el mirar en blanco y exclamó:

—¡Tempus edax rerum!

—¿Mande?

—Nada, que el tiempo todo lo destruye.

—¡Ah, ya!

Don Basilio, el viajero y compaña almorzaron en la cueva del Chiribiqui con el esmero acostumbrado.

—¿Y no se harta usted?

—No, señora, que nunca bien se harta quien de lo suyo no mata.

Gárgoles de Abajo aparece poco más adelante y al otro lado del río y del camino. En la fachada del parador, que ya no es parador, aún se leen los azulejos: «Aquí almorzó C.J.C. el 8 de junio de 1946. Un galgo negro ronda al viajero mientras el viajero come sus sopas de ajo y su tortilla de escabeche.» La dueña de la casa se llama doña Pilar y tiene ciento tres años cumplidos; doña Pilar vive con dos hijas que la cuidan con mucho fundamento, lee el ABC todos los días y va a misa los domingos.

—Nosotras somos madrileñas pero vivimos aquí desde hace muchos años..., yo nací en la calle de Jesús y María, cerca de la plaza del Progreso, bueno, la calle de Jesús y María nace en la plaza del Progreso... Yo leo el ABC desde que se fundó..., fui amiga de don Torcuato.

Doña Pilar baja a la calle a despedir al viajero.

—Vaya usted con Dios, buen hombre.

Doña Pilar está ágil de movimientos, ágil para su edad, claro, y no se cansa de estar de pie.

—Adiós, señora así cumpla usted muchos años más. (*)

El viajero saluda a Francisca, la mujer que le diera comer en el parador.

—Muchas cosas pasaron, desde entonces.

—Sí, señor, muchas.

Francisca, en su dignidad, sigue pareciendo una dama mora, quizá se hayan limado algo su altivez su noble displicencia y su celoso hermetismo, con el paso del tiempo.

—Lo vi en la televisión.

—Sí...


En Gárgoles se cerraron las dos fábricas de papel, el batán y la almazara, tenía razón doña Jenara Godojos con sus latines; las alamedas y las choperas de Gárgoles dan sombra a los recuerdos, los haberes y las esperanzas y, en este bajo mundo, el que no se conforma es porque no quiere o porque tiene ganas de marear. En la costanilla se empujan las cuevas de las bodegas, pegadas las unas a las otras y todas ubérrimas y aromáticas. La casa de don Juan Béjar es de muy noble traza de arquitectura y tras sus muros, a lo que se oye decir, se representaron escenas de un amor tan reverencioso como venenoso.

—¿Ha oído usted hablar de la condesa Matilde? Era como la madreselva que trepa alrededor del avellano; el avellano es el rey de Francia don Fanfán, un rey que fue olvidado por todos, menos por la condesa Matilde, porque tenía el aliento fétido y sulfuroso. Cuando a la condesa Matilde la separaron de don Fanfán, los dos murieron: la madreselva y el avellano. Dicen que los amantes se velan en Gárgoles, unas veces en casa de don Juan Béjar y otras en la de don Pedro Guerra.

—¿Y eso cuándo aconteció?

—Lo ignoro, para mí que debió ser a poco de Nuestro Señor Jesucristo.

En Gárgoles crecen las rosas rojas y blancas a las puertas de las casas, el efecto es muy atemperador y delicado. En la taberna de Máximo el viajero brinda por los amores pretéritos, presentes y futuros, por los amores imposibles, posibles y tolerados, por los amores mansos, bravos y ni fu ni fa y por los amores del rey de Francia y la condesa, que tan mal fin tuvieron.

—¿Usted cree que el oficio de alcahuete es más espiritual que material?

—Pues, la verdad, no sabría decirle; a mi me parece, al menos, benevolente, muy benevolente y caritativo.

En sufragio por el dolor del avellano don Fanfán y la tristeza de la madreselva Matilde, los juglares, él con barba bellida y ella a la zanfoña, cantaron Gerineldo, romance que incita a la meditación y al examen de conciencia. El viajero, que es gran fingidor, lo escucha con los ojos cerrados para que alguien pueda pensar que sufre de mal de amores. Cuando el rey separa con la espada los cuerpos fundidos en amor carnal del paje Gerineldo y la infanta Enilda, el viajero pregunta:

—¿Podemos seguir?

—Bueno.


A la salida de Gárgoles por la carretera de Sacedón, no por la de Trillo, el viajero se detiene en el bar Galicia a saludar a su paisano don julio, que es poeta. Como el día cae en sábado, los automóviles con familias están parados por todas partes: los niños juegan y beben coca—cola, las señoras sudan y murmuran, también regüeldan tapándose finamente la boca con dos dedos, y los caballeros, esos beneméritos y resignados cabritos, sueñan, allá en lo más profundo de su corazón y sin atreverse ni a pensarlo siquiera, con la vuelta a la liberadora monotonía. A los de Gárgoles les dicen legañosos, ¡vaya por Dios!, y volcanes, puede que por lo revoltosos y jaraneros.

—¿Nos llegamos a Gualda?

—Sí.

Gualda está cuesta arriba, en un hondón, rodeada de peñascos bravos y pegada al barranco Grande, que cae a la boquilla del pantano de Entrepeñas; desde lo del trasvase Tajo—Segura no llega el agua hasta estos escarpados galachos. Gualda está a dos leguas de Gárgoles de Abajo, quizá no llegue; a la izquierda según se sube queda la central nuclear con sus tetas postizas y poco más adelante, ahora a la derecha, sale el ramal que lleva a Gualda, el pueblo de los cebollineros.



—¿Y de los nacos?

—Sí señor, también de los nacos.

—Oiga usted, ¿naco significa pequeño?

—Pues, la verdad, no sé; así a primera vista puede parecer que sí; en gallego naco es lo mismo que anaco y quiere decir pedazo pequeño.

Los cebollineros o nacos son veintitrés, cuando no son más es fácil contarlos. Gualda cría buenos árboles frutales, cerezos, ciruelos y membrilleros, también se ven nogales y encinas. Gualda es el nombre de la yerba silvestre que da unas florecillas de color gualdo, muy vistosas y misteriosas. Cerca de Gualda han muerto aún no hace mucho, los lugares de Picazo y Valdelagua, que estaban vivos aunque ya languidecientes al final de la guerra civil; estos tres pueblos y Budia, el Olivar y Durón, formaban el sesmo de Durón. A la fuente de los Cuatro Caños la remata un airoso búcaro de piedra, muy elegante. En la plaza crece la yerba en el suelo, a la sombra de un viejo olmo sosegado. El reloj de la iglesia está roto y el reloj del ayuntamiento también está roto. En una casona de piedra un reloj de sol marca la hora de verdad que va dos horas detrás de la del gobierno. En la fachada del ayuntamiento han pintado una pintada que dice: Pollo mejor que patatas.

—¡Coño, claro!

Fermín Santos, el gran pintor, es natural de Gualda. La casa del Obispo está en ruinas, el viajero no sabe quién era este obispo; según dicen lo hizo obispo el rey Carlos III, que tuvo amores con una de aquí, de Gualda, y lo mando a Calahorra.

—¿Usted cree que para quitárselo de en medio?

—¡Vaya usted a saber!

El obispo se mató en esta casa porque se desprendió de cuajo el balcón al que estaba asomado; hay un refrán que dice que el obispo de Calahorra hace los asnos de corona. Enfrente está el palacio renacentista de la musa del rey, en cuyo portal se lee: Alabado sea el Santísimo Sacramento. Las hijas del Manco de Centenera tenían el pelo azafranado y se enseñaban macizas y apetitosas, la verdad es que están como Dios; las hijas del Manco de Centenera cambiaban tripas por judías y, hasta que se compraron una mula, se recorrían andando toda la Alcarria y sin cansarse jamás; aquí en Gualda aún las recuerdan. Centenera queda lejos de estos andurriales, queda en el hondo vallejo del Matayeguas, y tiene justo renombre porque las mozas, el lunes de carnaval, entierran un gallo en mitad de la plaza, le dejan sólo la cabeza fuera, y con los ojos vendados y muertas de risa la emprenden a garrotazos a ver cuál de ellas acierta a machacársela; la fiesta es muy graciosa y las mozas se ponen cachondas como verracos.

—Oiga usted, ¿son más cachondos los verracos que los moruecos?

—¡Psche! Para mí que por ahí se van, vamos que por ahí se anda la cosa.

Hay años en que al gallo lo descrisman con mucho asco, le dan a la primera y el animalito no sufre; otros, en cambio, no atinan bien y lo tienen medio moribundo y otro medio agonizante durante una hora o más. El viajero, a su paso por Gualda, se hace amigo de Ángel, el de los Mazzantinis, que tiene un bar en lo alto del pueblo, un bar que huele a ambientador, a matamoscas y a desinfectante.

—En esto de la higiene siempre se queda uno corto, ¡vamos, pienso yo! En esto de la higiene nunca se peca por más, ¿no cree usted?

En un prado pacen tres mulas lustrosas y sueña, con un maneo de cuero trabándole el andar, con mucha paz en la cabeza y mucha confusión en las partes, un macho empalmado, un macho que parece que tiene cinco patas. Cuando un amigo del viajero se acerca para sacarle una fotografía, el macho pierde la concentración y enfunda. Una señora se acerca al viajero y le regala una cesta de cerezas.

—La cesta también es para usted.

—Muchas gracias, pero, ¿y qué hago yo con ella?

—Pues se la queda de recuerdo o la tira; no se preocupe, que ya le aprovechará a alguien.

Para llegar a Trillo hay que desandar todo lo que se anduvo y pasar otra vez sobre el Cifuentes, para doblar en Gárgoles. Al viajero, las cerezas le duran hasta más allá de Gárgoles y eso que le dio algunas a Oteliña, lo menos veinte. A la calda de la tarde y antes de que le llegue el turno a la lechuza solitaria, vuelan los últimos cuervos con naturalidad y confianza. La carretera va pegada al Cifuentes hasta Trillo, la vegetación es muy tupida y el agua canta a voces en la cascada gimnástica y saltarina; mismo al lado de la cascada hay una escalera de piedra pintada de verde musgo, hipocondríaca, escurridiza y romántica como un suspiro. Al pasar por delante de su casa, bueno, de la casa que fue suya y terminó no siéndolo, el viajero dedica un recuerdo al montañero Schmidt, el que dio nombre a un camino en la sierra de Guadarrama (casi todas las ediciones de Viaje a la Alcarria hablan de la sierra de Guadalajara, por error). Schmidt murió en el 1965, descanse en paz. Schmidt fue un alemán que vivía de dar clases de inglés; al final de su existencia, ya viejo, se casó con una de Gualda, la Paquita, a la que había conocido en Madrid, donde la chica estaba sirviendo.

—Ya. ¿Y qué fue de la Paquita?

—¡Pues vaya usted a saber! Lo más probable es que también haya muerto, pasaron ya, muchos años.

—Sí, muchos.

Trillo, según se ve bien bajando de Gualda, se levanta entre el anteayer y el pasado mañana: limita a levante con la leprosería, que queda a babor del Tajo y frente al difunto monasterio de Santa María de Ovila, y a poniente con la central nuclear, que cae al lado de acá del río según se viene, o sea, a estribor. La lepra fue el azote de los tiempos antiguos, léase a Lucrecio y a Juvenal; la peste fue la zurra del Renacimiento, léase a Boccaccio; la tuberculosis fue la venenosa caricia del romanticismo, léase a Alejandro Dumas o escúchese a Verdi, y el sida, más que la energía atómica, va camino de ser la maldición del siglo XXI, todavía no puede leerse nada que merezca la pena pero todo se andará.

—¿Y usted cree que de la energía atómica se puede sacar provecho sin que salgamos todos volando en pedazos?

—Pues, sí, yo creo que sí; lo que hace falta es que se sepa fabricar con aseo y usar con sentido común.

En la conversación intervino Zoilo Prádena, veterinario y poeta, un señorín delgadito que había sido cura; intervino con muy buen criterio.

—Para mí que cada tiempo tiene su fantasma; lo que sucede es que el hombre les gana el pulso a todos y sobrevive.

En la pared de la fonda siguen los azulejos, que se conservan en buen estado: «C.J.C. durmió en esta posada el 8 de junio de 1946. Fuera, en medio de un silencio impresionante, ruge, monótona, la cascada del Cifuentes.» Quico el de la posada, el zagal que entonces acompañó al viajero a través de las Tetas de Viana, murió hace ya más de veinte años, descanse en paz; lo mató un camión una noche oscura, en Casetas, entre Zaragoza y Alagón; estaba haciendo una necesidad en la cuneta y el camión lo dejó en el sitio. También murió Tarsicio Salvador, q.e.p.d., el hermano del sacristán de Villaconejos de Trabaque, provincia de Cuenca, con quien el viajero se tropezó en las Tetas de Viana cuando hubo de cruzarlas a pie. Al Tarsicio le decían de apodo Maula y Tomatero, las dos cosas. El Tarsicio fue un sujeto y poco de fiar, un individuo de mucho cuidado, un punto filipino que a fuerza de dar coba y arrimar cara dura llegó a cachetero en la cuadrilla del afamado diestro Salserito de Vitoria II; al Tarsicio, un mal día, saliendo de Berninches, un garañón ensoberbecido le pegó semejante coz que lo dejó en posición de en su lugar descanso para siempre; el Tarsicio estaba casado con una de Berninches y cuando se retiró de los toros anduvo traficando en membrillo, morcilla y miel, productos que, como es bien sabido por todos, de Berninches han de ser. El viajero se había olvidado a propósito de traer al Tarsicio a las páginas del otro libro y por eso lo hace figurar ahora; entonces no hubiera sido prudente porque el Tarsicio andaba huido de la justicia y la guardia civil tenía orden de buscarlo por el monte.

—¿Era maquis?

—Yo creo que sí, pero tampoco podría jurárselo.

La leprosería funciona desde no hace mucho, desde los años cuarenta; ya estaba de la otra vez y está instalada en los antiguos baños de Carlos III, que son de aguas termales y mineromedicinales, fueron famosos y siguen siendo salutíferos. A los baños, en su buena época, venia a tomar las aguas y a acopiar salud lo más granado del reino; aquí estuvo reponiéndose Jovellanos, cuando cesó como ministro de Gracia y Justicia, a finales del siglo XVIII. El viajero se imagina a don Gaspar Melchor viendo correr las fuentes del Rey, de la Reina y de la Condesa, mientras soñaba con progresos y reformas que nunca habría de ver. Trillo, por los veranos, se llenaba de forasteros ricos y poderosos y, por los inviernos, volvía a su ser natural, sobrio y humilde. Cuentan que los trillanos tenían dos respuestas, según la estación, para quien les preguntaba que, de dónde eran; por el verano, rebosantes de orgullo, contestaban: ¿te apuestas un duro blanco a que soy de Trillo?; en cambio por el invierno respondían con modestia y mirando para el suelo: un servidor es de Trillo, para servir a Dios y a usted.

—¿Y eso sigue siendo así?

—Pues, no; esas actitudes se van perdiendo, ahora a la gente la van cortando cada vez más a todos por el mismo patrón.

—¿Con esto de la democracia, quiere usted decir?

—No supongo que más bien con aquello otro de la televisión, usted ya me entiende.

A los de Trillo les llaman perreros y mataperros, dicen que les mataban los perros a los arrieros para ver cómo se cabreaban.

—¿Y se cabreaban?

—SI, señor, se ponían como basiliscos, que era donde estaba la chispa.

En Trillo, como en el fin del mundo, más vale caer en gracia que ser gracioso. Los trillanos saben ser amables pero también aciertan a pararle los pies en seco al que se pasa de la raya.
Si quieres saber, viajero,

de Trillo los agasajos,

si eres simpático, ¡viva!

si no, de cabeza al Tajo.


Al Tajo, que por aquí pasa sosegado y majestuoso, se debe caer bien desde el puente, que tiene un solo ojo y es de sólida sillería mora. y elegante trazo y silueta; por aquí hubo mucha industria, puede que más por el Cífuentes que por el Tajo, sierras de agua, aceñas, azudes y batanes a los que fue barriendo la escoba del progreso, es un decir. En Trillo también hubo carpinteros de muy justo renombre y confiteros de delicado instinto para los sabores; la buena mano para los dulces es tradicional en esta villa, el viajero puede certificarlo porque tuvo amores hace ya cerca de cuarenta años con doña Martirio Ejea (es nombre falso), viuda caritativa y de buen ver a quien le crujía el culo como una sandia en sazón, que le regalaba el paladar con verdaderos deleites de la repostería: cagarrías de San Furcito, pezones de la madre Zósima, calostros de Santa Violante con clavo y alcaravea...

—¿Y nueces machacadas, piñones, miel y pan rallado?

—Si.

—Pues eso es el alajú.



El viajero, en recuerdo de doña Martirio y sus confituras y arrumacos, canta por lo bajines la copla del agradecimiento.
Por Trillo he pasado el río

para decirte al oído

lo mucho que te he querido.
El viajero, por eso del instinto y a lo mejor también por aquello otro de la querencia, sube hasta las bodegas donde se guarda y se reparte el vino de la amistad; desde el Mirador, sobre la calle de Cantarranas, se ve el caserío cruzado por el Tajo; es una vista muy acompañadora y edificante, de mucho sosiego. En la bodega de Pedro Bodega, alias Manzano, el viajero bebe hasta hartarse de lo que le dan: un vino que columpia la cabeza borrándole los malos pensamientos, mima la garganta sedando las voces destempladas, halaga las papilas del gusto descubriéndoles el sabor de lo exquisito y amansa el corazón alejándole los malos sentimientos.

—¿Y lagotea el alma de las mujeres, para predisponerlas al favor?

—Eso dicen.

Pedro Bodega fue alcalde de Trillo y es hombre obsequioso y amable, siempre dispuesto a invitar a un trago a quien lo haya menester.

—Le voy a sacar a usted unos secos para que los pruebe.

—No, déjelo usted, no se moleste... Buenos secos con mantequilla sólo se comen en Cabanillas.

—Eso es lo que se dice, ya lo sé, pero pruebe estos que le voy a dar y después hable.

Cabanillas del Campo no está en la Alcarria sino en la Campiña, cerca de la raya de Madrid; a los de Cabanillas les dicen monos, botargos y cholas.

—¿Y no son demasiados apodos para un solo pueblo?

—Pues, si, yo creo que sí.

El viajero lleva contados cuatro alcaldes de Trillo, el que se dice y los que pasa a decir, a saber: don Bernabé, que era sastre y cartero, que fue el de Viaje a la Alcarria; don Facundo, de la construcción, que fue el que estaba cuando lo de los azulejos, y don José Luis, que es el que hay ahora y con el que el viajero camina y sube y baja de un lado para otro.

—¿Y qué tal?

—Muy bien, don José Luis es hombre afable y de muy gentil disposición.

El viajero les antepone siempre el don a los alcaldes porque piensa que les va bien un poco de respetuosa distancia. El viajero, tanto por costumbre como por instinto de conservación, siempre se lleva correctamente con los alcaldes y, en general, con las autoridades, tanto eclesiásticas como civiles o militares; en esto parece moro.

—¿Y usted piensa que eso es malo?

—No, señor, ni bueno ni malo, eso es una circunstancia.

Por encima de la calle de Cantarranas, el viajero se encuentra con unos asturianos con los que se lía sobre si el Sporting de Gijón o el Celta de Vigo. ¡Dios, la que estuvo a punto de organizarse! Puso paz Pedro Bodega con otra ronda de vino que aplacó los ánimos excitados, amansó los ardores de la palabra que se dispara y sembró la concordia en los espíritus.

—¿Usted cree que hubiera llegado la sangre al río?

—No, no creo, aunque el río tampoco quedaba lejos, ésa es la verdad.

El viajero cena en la central térmica, donde también ha de dormir. Quizá para recordarle su país al viajero, don Eduardo, que es el anfitrión y el que manda en todos los de la central, le tiene preparada una mariscada solemne, variada y pródiga, casi increíble a esta distancia de la mar, con ostras y almejas, camarones, percebes, nécoras y centollas, todo con albaríño de Cambados bien frío. ¡Cuánta sabiduría y buena voluntad, cuánta misericordia y buena educación! Cuando el marisco llegó a ser no más cosa que un recuerdo, de la cocina aún salió, por su orden y sin empujarse, un cordero asado memorable, un estofado de perdiz digno de un rey y, de postre, arroz con leche con pasas, canela y vainilla; el cordero y la perdiz bajaron mecidos por un rioja de buena cosecha y el postre se coronó con un oporto de aroma antiguo, paladar de terciopelo y color quemada a lo natural.

—¿Va a tomar café?

—Si, gracias.

—¿Coñac?

—No, Chinchón, la mitad seco y la mitad dulce.

—¿Un puro?

—Gracias, ya no gasto.

El viajero hizo una pausa y sonrió a la señora que tenia al lado.

—A mi árbol de los placeres de la carne, señora, que fue frondoso y acompañador, han empezado ya a podarle ramas. Dios Nuestro Señor me da mucha paciencia y conformidad, porque no fue ni chica ni manca la sombra que tal árbol me dio.

El viajero hizo otra pausa porque estaba un punto avergonzado.

—Le ruego que sepa perdonarme, señora, el rapto de nostalgia que me invade sin que sepa evitarlo; bien se me alcanza que es una ordinariez pero, ¡qué quiere!, no acierto a sujetarlo.

El viajero, para ahogar el rubor que le turbaba, se tomó tres copas de Chinchón en vez de una. Cuando estaba ya en la cama y a oscuras, un ángel se llegó hasta el viajero y le sopló al oído tratándose de usted para mejor marcar las distancias.

—¿No habla usted demasiado con lo que come, buen hombre?

Y el viajero, lejos aun de la contrición, sólo acertó a disculparse.

—¿Y qué culpa tengo yo de que me den bien de comer?



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