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Nuevo viaje a la alcarria


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VI — TODAS LAS AGUAS VAN A DAR AL TAJO



El viajero sale de Brihuega por un paisaje umbrío y de mucha amenidad; el camino va con el Tajuña a la derecha y muy a la mano, remontando sus aguas y sin perderlas de la vista ni un solo momento. Por este contorno todas las aguas van a dar al Tajo; atrás quedaron ya el Henares y el Tajuña, que desembocan en el Jarama; el Matayeguas cae al Ungría y éste se da al Tajuña; el Jarama es afluente del Tajo, con el que se encuentra poco más allá de Aranjuez. También va al Tajo el Cifuentes, río alegre y saltarín que muere joven y aun sin cansarse de andar. El viajero, sentadito en su Rolls y mirando, ora para la naturaleza, ora para la nuca de Oteliña, dedica un recuerdo casi emocionado al burro Gorrión y a su amo, el viejo mendigo con porte de caballero; los dos habrán muerto ya, sin duda, descansen los dos en paz, pero lo más probable es que a ninguno de los dos les haya echado nadie de menos. La independencia mece a la soledad, que es el remoto limbo adornado con florecillas silvestres y mariposas bordes y bien pintadas, en el que vive el olvido. El viajero, para espantar el muermo del alma, se para al pie de un árbol de buen sosiego y escucha a sus juglares cantar el bululú de Los cuernos de don Friolera, que es muy gracioso y aleccionador. La lagartija trepa por las aburridas piedras del majano, la paciente araña espera a que la mosca se descuide, un perrillo cruza con el rabo enhiesto y confiado y dos jóvenes con pinta de extranjeros pasan montados en bicicleta y con la impedimenta a los lomos; la mujer va tan cargada como el hombre y algo detrás. A la derecha queda el ramal que lleva a Palazuelos del Agua, que no es un pueblo .sino una finca con nombre de pueblo. También a la derecha y al otro lado del río, en la carretera que lleva a Cifuentes por Olmeda y Solanillos, está el barrio de Malacuera con su caserío enjuto. Olmeda del Extremo y Solanillos del Extremo pertenecieron a la jurisdicción y tierra de Atienza, muy lejos de la Alcarria, y están los dos en la cuesta abajo, no de la geografía sino de la economía, quiere decirse que no del terreno y sus ondulaciones sino del condumio y sus vaivenes; el viajero no pasa por ninguno de ambos. El camino de Villaviciosa de Tajuña, vapuleado pueblo del que ya se habló, queda a la mano contraria, entre chaparrales y carrascales color de plata vieja; de los de Villaviciosa se dice que tiran a destajo. Cívica semeja una aldea tibetana o el decorado de una ópera de Wagner. El viajero no estuvo nunca en el Tibet pero se imagina que sus aldeas deben ser así, solemnes, miserables y casi vacías, llenas de escaleras y balaustradas, colgadas, de las rocas y también horadadas en la roca. Cívica fue del cister de Villaviciosa y tuvo fábrica de papel, pero se quedó a ramal y media cuenta y hoy no le resta nada de cuanto tuvo, nada de nada ni de nadie, bueno, le restan tres o cuatro habitantes, una cascada que canta al caer sobre el verde musgo, unas colmenas en la ladera y una paz reconfortadora y antigua meciéndole en su agonía.

—¿Me quiere dar una cerveza?

—No está muy fría.

—No importa.

El viajero se mete hasta Barriopedro, por donde fluye el arroyo de la Olmeda, que cae al Tajuña mismo junto al cruce. Barriopedro enseña sus casas de adobe y piedra casi vacías, ahora debe andar por las treinta almas de población, sobre poco más o menos, que siempre es alguna que otra más en el verano. El portal románico de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios es airoso y humilde, es lo único de cierto mérito que enseña. Barriopedro no tiene cura propio. Don Julián, el cura de Masegoso, atiende también a los fieles cristianos de las parroquias de Nuestra Señora de la Leche, en Valderrebollo; la Santísima Concepción de la Virgen, en Las Inviernas, y Santa Marina, en El Sotillo. Don Nicolás Buciegas, cronista deportivo, campeón de mus y subdelegado provincial de tiro al plato, encendió un pitillo y tomó la palabra.

—Cada vez hay menos curas y, de los que hay, la mitad están de mal humor y a disgusto: se ponen de paisano, bueno, mejor fuera decir que se visten de fontanero o de auriga, disimulan su oficio, se quieren casar, prueban a arreglar el mundo a golpes, y así sucesivamente. Para mi tengo que este negociado está mal atendido, lo que no es bueno para el procomún. Los países necesitan un determinado número de curas —y de herreros, de veterinarios, de arquitectos, de poetas, etc.— y no es bueno que el equilibrio se altere, es antisocial.

Don Nicolás Buciegas se calló y se fue, y el viajero pudo continuar.

—¿Este don Nicolás no es el que estuvo arrimado a la Petra Minglanilla, la dulcera de Atanzón?

—No; está usted equivocado, la dulcera con quien tuvo amores fue con el tío Cariaco, ¿recuerda?, el que vendía escabeche y arenques. El don Nicolás con quien tuvo que ver fue con la Paula, que era su hermana mayor. Al tío Cariaco, el de la que usted dice, le llamaban el Jeta, ¿recuerda?, era un guarro que despachaba con las manos y se las limpiaba en la panza de la mula, que se le iba volviendo de todos los colores.

La patrona de Atanzón es Nuestra Señora de la Zarza. En España suele ser costumbre poner a las niñas el nombre de la Virgen bajo cuya advocación queda el pueblo donde nace cada una: Pilar, Carmen, Rosario, Dolores, Asunción, Concepción, Sagrario, Soledad, etc.; según esta teoría general, las niñas de Atazón bien pudieran llamarse Zarza y las de Valderrebollo, Leche. Doña Andrea enseña la iglesia de Barriopedro al viajero. Doña Andrea tiene un hijo abogado en Alcalá de Henares, una hija catedrática en el instituto de Molina de Aragón y otra bien casada en Madrid. Doña Andrea habla con cariño de sus hijos, de la iglesia y del pueblo; en el cuerpo de doña Andrea se esconde una alma antigua y de honestas y serenas hechuras. Una cepa de vid crece entre dos muros en ruinas y en el lavadero abandonado se agazapan las latas, los plásticos y otras siniestras y aburridas huellas. Una mujer ya no joven pero valiente y bien plantada habla con el viajero.

—¡Ahora va usted mejor que antes!

—Pues, si, señora, salta a la vista.

—¿Por qué no va usted a pie?, ¡andando se le quitaba la barriga!

En Barriopedro hay varias niñas y casi ningún niño; las niñas van muy limpitas y arregladas, los niños van peor vestidos y con las rodillas sucias. Cañizar queda lejos, queda más allá de Torija, en el camino que lleva a Hita por Torre del Burgo; este pueblo tuvo siempre muy justo renombre por su personal eminente y variado, de él fueron naturales el obispo Romo, el general Bardaxí, el pintor Plasencia, el académico Hernando y la cuadrilla de cómicos los Tontos de Cañizar, que llevaban sus títeres, comedias y risiones por toda la comarca. En Barriopedro murió Eulalio, el menor de los Tontos, de la coz desconsiderada que le pegó una mula; le dio mismo en el frontal y le sacó los sesos por el occipital, esto fue hace ya muchos años, durante la república y a lo mejor aun antes. Yela está frente a Barriopedro y al otro lado, o sea detrás de Cívica, y medio escondido. Yela está en terreno muy frío a medio andar entre Masegoso y Brihuega, hay un refrán que lo dice bien a las claras: entre Masegoso y Brihuega siempre Yela, que suena lo mismo que hiela, del verbo helar.

Valderrebollo queda un poco más adelante y también al mismo lado que Barriopedro, entre rebollos de clemente sombra y chaparros cenicientos. Valderrebollo es pueblo limpio, con algunas construcciones nuevas. La iglesia tiene un pórtico hermoso y artístico y, al lado contrario, el frontón; la picota se levanta en medio de la plaza, sobre una base de cemento y con el capitel adornado con cabezas humanas, al menos con dos cabezas humanas. Una niña de cinco o seis añitos y muy guapa masca chicle y un niño de su edad, sobre poco más o menos, la mira embelesado.

—¿Me lo das cuando te canses?

—Bueno.

Otra vez en la carretera general, el viajero pasa por delante de los chalets de la colonia de San Roque, que parecen apañados. Masegoso de Tajuña está en un cruce de carreteras, hacia el norte se vuelve a la N—II, que fue la que trajo al viajero desde Madrid hasta que la abandonó en Torija, y hacia el sur se va a Cifuentes y al Tajo. A Masegoso le dieron dos pasadas durante la guerra civil, una al pelo y otra a la contra, y lo dejaron como la palma de la mano, lo plancharon y lo tuvo que reconstruir la dirección general de Regiones Devastadas. Ahora en el pueblo hay una calle que se llama de Regiones Devastadas, la gratitud siempre fue una virtud plausible; otra calle lleva el nombre de Doña Petronila Rivadeneyra, dama prócer que dotaba a las novias decentes y sin bienes de fortuna, esto es, a las novias pobres pero honradas. Masegoso es caserío de nueva planta, con más higiene que carácter y tantos recuerdos idos como cementos puestos; a la vieja iglesia y a la picota las barrió la desbocada ventolina de la guerra, que no dejó títere con cabeza por todo el contorno. A los de Masegoso les dicen renacuajos puede que porque tienen agua abundante, la que baja de la serrezuela del Megorrón o se duerme en el charco de la Tejera. El vino y el chorizo del bar Las Vegas, que está en el mismo cruce, son de buena calidad; el amo es carnicero y conoce el oficio. También es sabroso y digno de loa el conejo al ajillo.



—¿Hace otro tinto?

—Hace, sí señor.

Don Paco —éste es otro don Paco, éste es don Paco Peña— es hombre obsequioso y que sabe dejar bien a su pueblo.

—¿Hace otra ración de lomo?

—Hace, sí señor.

Con don Paco está un transeúnte de unos cincuenta o cincuenta y cinco años que arrastra un poco las erres al hablar.

—Me dijeron que era usted gallego.

—Sí, señor, desde hace ya mucho tiempo; eso lo sabe casi todo el mundo. ¿Por qué me lo pregunta?

—No, por nada, es que el otro día tuvimos una discusión porque mi primo Liborio, el cura de Alovera, decía que matar a un gallego es muy difícil y a mi me parece que no, que debe ser bastante fácil.

El viajero miró para su interlocutor con mucha misericordia.

—¿Y usted qué cree?

Por la carretera pasa, despelotado, un camión de color amarillo.

—¿Sabe quién es?

—No.


—Pues un paisano suyo, uno de Lalín, Manuelito Fernández, que está casado en Sigüenza con una viuda de Mandayona, la Matilde Castejón la de los Perejiles.

—Ya, ya, muchas gracias por sus informaciones y precisiones. ¿Y por qué va tan deprisa?

—¡Vaya usted a saber! Va siempre así, el día menos pensado se da la toña.

El primo de don Liborio se llama Domecio Olmeda y es viajante en productos lácteos. Antes, en los colegios de religiosos a los productos lácteos les llamaban lacticinios; cuando explicaban la abstinencia hablaban mucho de los lacticinios.

—En mi profesión hay que andarse con cien ojos porque aquí el que no corre, vuela.

—Bueno, eso pasa siempre.

—No crea, en unas cosas más y en otras menos, según.

El viajero se aburre con la conversación de Domecio y le dice a don Paco que por qué no se van a dar un garbeo por el pueblo.

—Ya noté que no le caía bien; a mí, tampoco. Domecio es buena persona, pero un poco imprudente. Domecio dice que a los tontos de Masegoso se nos engaña guiñando un ojo, pero no es así; la otra tarde, a poco más lo desloman por irse de la lengua.

Don Paco es el envés de Domecio, don Paco es la imagen misma de la sensatez, la temperancia y el buen sentido. Don Paco y el viajero se dan un paseo por el pueblo, la calle Real, la calle Larga, la calle de la Iglesia; la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad es de nueva planta, como todo en Masegoso: la plaza porticada, el ayuntamiento, las escuelas, las viviendas para sus habitantes...; a lo mejor, la iglesia parroquial es la de San Martín y en cambio la de la Soledad no llega a iglesia y se queda en ermita, el viajero no lo entiende bien pero tampoco pregunta, a la gente no se le puede hartar a preguntas.

—Despídame de Domecio, no quisiera ofender a nadie.

—Bueno.


Por el camino de Cifuentes aparecen, al sur y recortándose sobre el horizonte, las Tetas de Viana con su descarada silueta pletórica y campesina. El general Hugo, en sus Memorias, habla de las Tetas de Diana, así llamadas —según dice— porque lo muy escarpado de los peñascos que las coronan no ofrece facilidad alguna para llegar a sus cimas, vírgenes todavía.

—¿Y usted qué cree?

—Pues que son ganas de marear, ¡qué quiere que le diga! A las Tetas de Viana sube cualquier mozo que se lo proponga; escarpadas sí son, pero tampoco hay que exagerar, la cosa no es para tanto.

Don César Gómez Lucía, que fue director de las Líneas Aéreas Postales Españolas, la compañía precursora de Iberia, cuenta en un libro que escribió que su secretaria, que era mujer mirada y respetuosa, entró un día muy apurada en su despacho y le dijo: al avión de Barcelona se le ha parado un motor sobre los Pechos de Viana.

A poco de salir de Masegoso queda Moranchel, a la izquierda y algo apartado de la carretera: Moranchel, que muchos lo ven y pocos paran en él. Los morancheleros son gente acogedora y cordial; los morancheleros que viven en Moranchel son cuarenta mal contados, fuera queda alguno más. La alcaldesa se llama doña Maribel y es una mujer garrida y castaña clara, con la cabeza muy en su sitio, la palabra precisa y el ademán resuelto; con lo de la nuclear de Trillo se está reconstruyendo casi todo el pueblo. El viajero, en el cruce de Moranchel, manda parar el Rolls para jiñar al pie de una paridera en ruinas y habitada por cardos, amapolas, arañas y lagartijas; por aquí a las parideras les dicen tainas.

—¿Es que no ha visto usted nunca a un padronés peleándose con la necesidad?

Cifuentes es pueblo grandecito y sano, artesanal y comercial, aireado y con mucha agua, con buenas arquitecturas y muy antiguos usos, historias y tradiciones; ahora en los comercios de Cifuentes se venden transistores, televisores, vídeos y toda suerte de electrodomésticos, también relojes digitales.

—¿Le queda a usted alguna Virgen de Lourdes de latón?

—No, señora.

—¿Y de loza?

—No, señora, de loza tampoco, pero acabamos de recibir unas Vírgenes de Fátima de plástico que son el no va más, mire usted, made in Japan auténticas.

A los de Cifuentes les llaman pantorrilludos, como a los de La Puerta, y judíos, igual que a muchos más, ya se sabe. La plaza Mayor es de planta triangular y casi toda porticada; en la fachada del ayuntamiento luce el solitario león rampante de los Silva, que estuvo antes en la arruinada puerta de la Fuente. La plaza está repleta y bullidora y la gente habla a voces y gesticula y se ríe, se ve que está contenta. En la plaza el viajero se encuentra con sus amigos de Cifuentes. Al solemne escudo de la casa de los Gallos le dan escolta más leones, Cifuentes es tierra de leones heráldicos; la casa de los Gallos está en la recoleta plaza de la Provincia, con la iglesia parroquial a un lado —la iglesia del Salvador, con el campanario partido por una bomba— y el antiguo convento de Santo Domingo al otro, en este convento está ahora la Casa de la Cultura. Don Niceto, el cura que rescató el púlpito de alabastro que se llevaron a Madrid después de la guerra, murió en el 55, descanse en paz; se llamó en vida don Niceto Martín (o Mayor, puede que Mayor) Recuero y era un hombre valiente y animoso que sabía defender lo suyo. Son varios los amigos del viajero que se fueron para el otro mundo desde el 46 acá, en esta linde cifontina. El viajero sabe que el uso que tiene el género humano de desaparecer es ley de vida a la que no cabe substraerse pero, pese a todo, no se acostumbra a sembrar de amigos difuntos el recuerdo. La iglesia del Salvador está a caballo entre el románico y el gótico y en la puerta de Santiago se representan, esculpidas en piedra, las figuras del poema de Prudencio titulado la Psicomaquia. La iglesia del Salvador fue muy rica en cuadros, altares y ornamentos, pero la guerra civil la arrasó, aquí no dejaron títere con cabeza ni tampoco quedó nada en su sitio. En la pared de una casa se leen, limpias y bien cuidadas, las letras Se un letrero: «En esta casa se encontró C.J.C. con el padre de un amigo suyo el 8 de junio de 1946. Arbeteta es un hidalgo recio, cincuentón, ya sesentón quizá, fornido, lleno de salud.» El Arbeteta que se dice es don Emeterio y murió en el 63, descanse en paz.

Arbeteta es topónimo que bautiza a un pueblo tampoco cercano, a un pueblo que se alza en, la sierra Umbría, a orillas del arroyo de la Rambla, que cae al Tajo por la margen izquierda. A los de Arbeteta les llaman mambrús; el Mambrú, en honor del general Malborough, que anduvo peleando por aquí, es la veleta de latón que corona el campanario. Dicen que este Mambrú de Arbeteta tuvo amores con la Giralda de Escamilla, esto nunca se sabe.
En Alcantud, tururú.

En El Recuenco, patatas,

y en Arbeteta el Mambrú.
Alcantud está ya en Cuenca y El Recuenco, queda a medio camino. Don Emeterio Arbeteta fue un hombre terne y como Dios manda, cabal y sosegado, al viajero le duele no habérselo encontrado vivo y decidor, abundante y sereno, como siempre fuera. Su hija Elisa abre las puertas de su casa y ofrece al viajero y a su compañía mucho vino y mucho alimento.

—Esto baja bien, antes del almuerzo conviene ir haciendo boca.

El suegro de don Emeterio tuvo veintisiete hijos, uno detrás de otro.

—Pero de dos mujeres, no de una.

—Bueno, aun así salen a trece y medio, una con otra, ¡no está mal!

—No, señor, tampoco está mal.

El amigo del viajero del que hablan las letras que se leen en la pared se llama don Benjamín y es poeta, su hermano don Ángel, famoso jugador de dominó, fue alcalde, el que manda ahora se llama don Pedro y es también aficionado a comer con esmero y abundancia; las viejas coplas va a haber que enmendarlas, habla una que ya no rige y que decía así:
En Cifuentes nació el hambre

y a Ruguilla fue a parar.

En Gargolillos, los lañas,

no la pueden sujetar.


A los de Gárgoles de Arriba no les gusta que llamen Gargolillos a su pueblo. Las coplas que mientan al hambre están tan extendidas como lo estuvo el hambre misma; tampoco varían demasiado, hay versos que son casi iguales. En el señorío de Molina se canta, bueno, se cantaba:
En Piqueras nació el hambre

y por Adobes pasó,

en Tordellego hizo noche

y en Setiles se quedó.


Y en la Sierra se escucha, bueno, se escuchaba:
De Peñalén salió el hambre

por Villanueva pasó,

en el Pozuelo hizo noche

y al Recuenco no llegó.


—¡Vaya, menos mal!

Félix Marco Laina, el albardero a quien decían el Rata, murió en 1970; descanse en paz. Paquito, el niño enfermo que leía cuentos de Andersen, murió en el 50 o el 51; descanse en paz. Esto de andar recontando muertes es algo que le gusta poco al viajero, bueno, quiere decir que no le gusta absolutamente nada, que no le gusta ni pizca; la muerte anda de un lado para otro y sin respetar a nadie, ya se sabe, pero tampoco hay por qué llamarle demasiado la atención, es mejor que pase distraída. La casa donde dicen que estuvo la Sinagoga sigue en el mismo sitio, claro es, en la calle Empedrada, la que ya no está es María, la casa tiene otros inquilinos, a lo mejor María también ha muerto. Un perrillo olisquea en un montón de basura; ahora la basura es más fea y artificial que antes, menos aromática y digestiva, menos madura y grasienta.

—¿Y eso por qué será?

—¡Vaya usted a saber! A lo mejor es que los alimentos tienen más química y menos naturaleza.

—Pues sí, puede que sí.

El viajero visita a su amigo Julián, que antes labraba la tierra y ahora, desde hace ya tres o cuatro años, labra la piedra y esculpe santos, palomas y señoritas sentadas o de pie, también caballos y cabezas de niño. Julián tiene buena mano para la escultura, el viajero piensa que es un artista. Un mocito de mariconera y camisa estampada de peces, algas y burbujas le dice al viajero si le deja hacerse una fotografía con él.

—¿Me permite?

—Sí, hijo, ¿cómo no te voy a permitir?

En la Balsa mana el agua a razón de un metro cúbico por Segundo; en Cifuentes mana el agua por todas partes, de ahí su nombre. Por la balsa nadan en paz y gracia de Dios las truchas que habrán de repoblar el río; a veces, cuando los toreros no cumplen y lo hacen mal, los tiran a la Balsa para que escarmienten y las truchas, claro es, se asustan. El viajero almuerza en la cueva de la Puerta Salinera, en la calle del Donante de Sangre y detrás de las murallas y el derruido castillo de don Juan Manuel; al viajero nada le extrañaría que las murallas se vinieran al suelo en cualquier momento, están de mírame y no me toques y —los unos por los otros y la casa sin barrer, como siempre ocurre— nadie se decide a dar el primer paso y apuntalarlas. En las cuevas no caben todos los que van pero, con buena voluntad y paciencia, acaban por acomodarse. El viajero y su tropa se ponen morados, esto es, se tupen de jamón, de embutido de la tierra y de chuletas asadas, y no se levantan hasta que el benevolente pasto les sale ya por las orejas, dicho sea sin ánimo alguno de exageración. El viajero, mientras le da a la quijada, bendice a Dios con el pensamiento por haberle permitido tan gustosa hartazón.

—¿Usted cree que puede haber mejores chuletas en el mundo entero?

—No sé, puede que no.

—¿Y vino más dadivoso que el que hemos trasegado?

—Pues tampoco, yo creo, que tampoco.

—¿Y gachí que esté más como un tren que la Avelina?

—¡Hombre, no sabría qué decirle! ¡Las hay que están buenísimas!

La Avelina Cáceres Martín, la hija de la doña Virtudes Martín Cabrero la de los Cúchares, que era domadora de pulgas y había sido nodriza de sanguijuelas y que al final se escapó con el faquir Santiago Bustamante, alias Maimónides... El viajero, antes de aclarar en qué quedaron los amoríos del faquir con la mamá de la Avelina, tampoco tenía importancia mayor el asunto, se encontró durmiendo la siesta en la fonda San Roque, vamos, en el hostal San Roque, en una cama honda, hermosa y limpia como una bendición. El viajero, se conoce que para moler en buen orden cuanto lleva a bordo, sueña con que una hurí del paraíso lo quiere violar aprovechándose de las anestesias y abdicaciones de la digestión.

—¡Qué más hubieras querido tú, desgraciado!

El viajero, que ha de pasar la noche en Cifuentes, aprovecha la tarde para darse una vuelta por algunas pedanías del municipio. La cueva del Beato queda a la derecha, entre tamarillas de flores amarillas y espliegos con las flores de color vino clarete tirando a azul. Por el camino hay muchos nogales y tampoco faltan los automóviles, las motos y las bicicletas (menos). Ruguilla está en cuesta y agujereada por todas partes, unas cuevas son naturales y otras artificiales.


Tres cosas tiene Ruguilla

que no las tienen en Trillo:

Santa Bárbara, las cuevas

y la fuente del Chorrillo.


Ruguilla es pueblo bonito y con calles de hermosos nombres: de la Amargura, de Salsipuedes, de Huerta Godala; en la calle de las Heras está la casa de la Inquisición y en la cueva del Santos y del Mauricio, en la Chorrera, el viajero bebe buen vino, come buen queso y oye buenas y nobles y sonoras palabras. La alcaldesa de Ruguilla se llama doña Isabel y atiende a su oficio con esmero. Por Ruguilla corre el agua en abundancia y en el barranco de las Cárcamas y el vallecico de Trasmuela hay más de mil plantas silvestres distintas, puede que dos mil; la miel de Ruguilla tiene fama entre las mejores. La ermita de la Soledad se defiende, mal que bien, y la de Santa Bárbara está ya desnuda. El día de Santa Catalina, en noviembre, se corría el toro que después se guisaba en la misma plaza para que se lo comieran entre todos. La picota de Ruguilla conserva el simbólico cuchillo en el remate, deben quedar ya pocas con este detalle ceremonial; lo malo de esta picota es que tampoco libró de que le conectasen la luz eléctrica. Por la boca del perito don Arsenio, perito agrícola, habló la mesurada y disculpadora voz de la prudencia.

—Hay que saber perdonar estos veniales desmanes, estos minúsculos pecadillos, porque la verdad es que debe ser muy difícil huir de la tentación de aprovechar las picotas para farolas, ¿verdad, usted?

En el yesar de Ruguilla dos hombres trabajan con tanta dignidad como hastío. De Ruguilla a Sotoca el camino marcha entre muy altas y pintorescas formaciones rocosas, manchas de monte bajo y pequeños racimos de robles. Sotoca de Tajo casi no existe y en su término cuenta más lo que fue que lo que es, pesa más la prehistoria que la historia y mucho más la historia que el testimonio del catastro o el inventario de los hombres y los desbarajustes. Sotoca, por el invierno, se queda con once habitantes bien avenidos, es verdad, pero demasiado solos. A los de Sotoca les llaman berreros.
En Sotoca, los berreros.

En Ruguilla, la ensalada.

En Cifuentes, los judíos,

y en Trillo, la gente honrada.


Los que son menos amigos de los de Trillo cambian el último verso y a su gente, en vez de piropearla de honrada, la tildan de mala. Por el vallejo que dicen el Angosto el viajero se planta en Huetos, tierra de melones de fino paladar y de manzanos, perales y vides. Huetos, en su cañón, es un pequeño oasis bienaventurado. A los de Huetos les llaman guarros, mal señalado y con perdón sea dicho; por el invierno no pasan de cuarenta, más o menos como en Moranchel; este terreno está muy abandonado y empobrecido y no da para que la gente pueda quedarse donde nació y donde quizá hubiera querido vivir, reproducirse y morir. Los de Huetos fueron siempre muy afamados vendedores ambulantes de miel, cera y pez. El viajero supone que en Huetos debe haber dos o tres ermitas, como en todas partes. El rollo lo echaron abajo aún hace poco tiempo tampoco tenía mayor mérito ni prestancia, era un rollo de pobres. En el frontón y casi con dejadez y languidez, una solitaria niña de trenzas le pega a la pelota con una raqueta de tenis.

—¿Te aburres?

—Si, señor.

La casa de don Teodoro está llena de flores, en el jardín crecen las flores en ordenados y muy armoniosos macizos. Don Teodoro es corpulento y obsequioso, amable y autoritario, se ve que está acostumbrado a mandar, que se pasó la vida mandando.

—Siéntese.

—Sí, señor.

—No, ahí no; ahí enfrente.

—Sí, señor.

—Le voy a dar a usted un vaso de vino.

—Sí, señor.

—Tiene más de treinta años.

—Sí, señor.

Don Teodoro explica al viajero que ha escrito un libro que le gustaría ver publicado.

—Sí, señor.

—Se titula Crónica biográfica de dos guardias civiles.

—Sí, señor.

—Somos mi padre y yo, ¿se percata?

—Sí, señor.

De vuelta a Cifuentes, otra vez por el mismo camino que trajo, el viajero se llega a la oficina de don Pedro donde se reúne con más personal y conversan amistosamente. Don Bernardo Méndez Cenizate, ex cautivo, ex combatiente y ex delegado provincial primero de Abastecimientos y Transportes y después de Información y Turismo (no de esta provincia), tiene un lobanillo de pronóstico justo en la nuca, un lobanillo del tamaño de una calabaza, y cuatro hijos varones, a saber, Bernardino de Sena, Bernardino Realino, Bernardino de Feltre y Bernardino de Forza, el orden es el orden.

—¿Y a qué viene esto ahora?

—Pues la verdad, no lo sé.

Don Bernardo se fue después con el viajero a la whiskería El Tropezón, servida por amables señoritas.

—El tío Diego vendía vino por los pueblos, lo llevaba en un carro, vino de buena calidad, de mucha confianza, aquéllos eran otros tiempos. También vendía vino y compraba pieles el tío Recristo, le llamaban así porque por su boca no salían más que reniegos... el tío Recristo era de Molina de Aragón, éstos no fueron aragoneses más que cinco años, y tenía el carácter medio avinagrado... el tío Recristo...

Cuando don Bernardo se quedó dormido, el viajero le puso bien la cabeza y salió a la calle; sus amigos le estaban ya esperando para irse a cenar.

—¿Cómo lo dejó?

—¡Vaya!


Nicolás, el de la fonda San Roque, o sea el hostal, preparó para el viajero y sus amigos una cena de muy nobles hechuras, bien servida y antes bien cocinada, una cena en la que no faltó ni un solo ingrediente para el mejor solaz del organismo. Una criadita joven le pide un autógrafo al viajero.

—¿Cómo te llamas?

—Gabriela, para servirle.

Gabriela es graciosa y bien parecida, a Gabriela le tiembla la voz al hablar, Gabriela es de Jaén y lleva tres días trabajando en Cifuentes.

—¿Cuántos años tienes?

Gabriela sonríe y en los ojos le brilla un mohín casi cómplice.

—Pocos.

Servando el de la gasolinera propone ir a la discoteca a echar un par de bailes.



—En el Stop, ahí en la calle del Caño, hay a veces hasta veraneantas, algunas están buenísimas.

—¿Y tragan?

—¡Cómo se lo diría!

El viajero, pese a tan óptimos augurios, prefiere quedarse.

—Yo estoy ya un poco pesado, yo estoy demasiado gordo para meterme en esos trotes.

El viajero, antes de irse a la cama, cruza la carretera para saludar a su amigo Aurelio y se toma un coñac en El Económico. Aurelio tiene un hermano que se llama Isidro; su padre fue don Faustino, q.e.p.d., que era el alcalde que había de la otra vez. Un periodista jovencito y con barba no cerrada sino entreabierta le pregunta al viajero si su intención es testimonial o puramente literaria.

—¿Usted qué cree?

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