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Nuevo viaje a la alcarria


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V — EL JARDÍN DEL PARAÍSO PERDIDO

Viniendo por donde el viajero viene, Brihuega se enseña de repente y sin más aviso que el de los anuncios. A Brihuega, que está en un hondón y a media ladera de la costanilla que cae hasta el Tajuña, se llega por una cuesta abajo que va pintando curvas como el tobogán de las verbenas.

—¿Se marea?

—No, por ahora no; ya veremos más adelante.

En el campo de fútbol unos mozos corren detrás del balón con entusiasmo, parecen los de la selección española porque llevan camiseta roja y calzón azul, pero son los del Club Deportivo Brihuega; como es el día del Corpus, la gente va vestida de domingo y hay mucha animación y jolgorio, mucha alegría y bienestar. El viajero se detiene en la fonda El Torreón, donde va a dormir esta noche, para tomarse un café, lavarse las manos, descansar un poco, etc. La fonda queda mismo al lado de la puerta de las Cadenas y está limpia y bien atendida, las habitaciones son amplias, el cuarto de baño funciona (nada está atorado, el flotador de la cisterna del retrete flota como es debido, el agua de los grifos sale caliente), etc.

—No sé, no sé, pero a mi me parece..., no sabría cómo decirle pero a mi me parece, vamos, creo adivinarlo en la manera que tiene de decir las cosas, que a usted le gustaban más las fondas de antes, a pesar de su cochambre, yo ya me entiendo...

—Pues, no; éstas son muy higiénicas, menos pintorescas, menos familiares y naturales, pero muy higiénicas..., a mí me gusta mucho la higiene, se lo aseguro.

Frente a la ventana de la fonda se levanta la picota, que no es de las más importantes de por aquí, parece reconstruida y no tiene los cuatro brazos que suelen tener todas. Unas parejas jóvenes se retratan al lado del Rolls, están muy contentas, y una camioneta color crema reposa, entre la picota y el Rolls, con suma dignidad. En el lomo de la camioneta se lee, en letras dibujadas con esmero: Muebles, Electrodomésticos. Higinio García Soria. Reja Dorada, 2 y 4. Brihuega.

—¿Se acuerda usted de Melanio Bullas, el practicante de Castellar de la Muela, que tenía tres pelotas, dispensada sea la manera de señalar?

—No, ¿por qué?

—No, por nada'..., es que lo mató un camión de sifones en el cruce de Molina.

—¡Vaya por Dios!

Don Eduardo es hombre de fundamento y finos modales; en Brihuega la gente tiene buena planta, suele tener buena planta y sabe ir por la vida —y por el paseo de las Eras y, por la calle de las Armas y la plaza del Coso— con mucha dignidad y empaque, casi todos parecen aristócratas. Los jugadores de cartas de la provincia llaman gente de Brihuega a las figuras de la baraja, sota, caballo y rey.

—Yo digo que por algo será, ¿verdad usted?

A los brihuegos les cuelgan motes de las dos clases, buenos y malos. A los brihuegos les dicen borrachos y bufones pero, también andaluces de la Alcarria o del Poniente, sin duda porque son copiosos en el gesto amable; borracho es apodo poco original, eso se le ocurre a cualquiera sin tener que echar excesiva mano del cacumen; el viajero se dio con diez o doce pueblos alcarreños a cuyos habitantes se les supone desenfrenadamente aficionados al vino, lo que acontece en todas partes sobre poco más o menos.

—¿Quiere usted que demos una vuelta?

—Con mucho gusto.

Brihuega es hoy una ciudad grandecita, con los escaparates de las tiendas bien arreglados e iluminados, las tabernas y los bares muy idóneos y refrescantes y el personal amable y educado; la gente ya no escupe en el suelo tanto como antes.

—¿Se acuerda usted de esta fuente?

—Claro que me acuerdo.

La fuente Blanquina tiene doce caños por los que no se cansa jamás de manar el agua, día y noche, invierno y verano, salgan caras o cruces, pinte en oros, copas, espadas o bastos; el agua de Brihuega no tiene fin, a lo mejor tampoco tuvo principio, y canta por todas partes su canción reconfortadora. En Brihuega hay casas y monumentos de muy noble prestancia y también varias calles porticadas, los pintores suelen pintarlas a la acuarela y también al óleo. En la fuente de la Blanquina beben un niño, una turista y un burro: los dos primeros del chorro, y la bestia, del pilón; también rellena su botijo una mujer que se llama Soledad, aunque le llaman Solita.

—Mi nombre es Soledad, para servirle, aunque me llaman Solita, y vengo siempre a esta fuente porque tiene la mejor agua del mundo.

—Vaya, me alegro.

Las cuevas árabes fueron abiertas aún no hace veinte años; las cuevas árabes forman un dédalo fresquito, enrevesado y difícil de caminar del que se sale por un almacén de chorizos en cuya puerta silba un jilguero en su jaula; las cuevas árabes tienen un misterioso encanto que tampoco es preciso ahogar en vino de la tierra como si fuese un pajarito frito.

—¿Hace un vaso?

—Hace, sí señor.

En Brihuega convivieron en paz judíos, moros y cristianos durante mucho tiempo. Don Rodrigo Ximénez de Rada, que fue señor de la villa, concedió iguales privilegios a todos los hombres que moraran en Brihuega, fuere cual fuere su dios y sin parar mientes en sus profetas.

—¿Usted come tocino?

—Sí, yo sí, pero tampoco me parece mal si a usted no le gusta.

Don Eduardo lleva al viajero a su oficina, muy moderna y bien instalada, y después le invita a un vaso, a varios vasos, en la taberna de los Pelos, que e está en la calle de la Sinagoga; el vino es recio y saludable, quizá con más grados de los necesarios, y empuja bien al queso y al lomo en tripa. El viajero saluda a una señora de más de noventa años que vino desde Guadalajara porque quería conocerlo, ¡también son ganas de desperdiciar el tiempo! La señora tiene muy buena Pinta, un poco arrugadita, claro, y viene acompañada por dos hijas que la ayudan a caminar y la defienden de codazos, pisotones, empujones y otros incómodos desmanes.

—Pero, señora, por Dios, ¡a quién se le ocurre! Hubiera ido yo a visitarla con mucho gusto.

Julio Vacas no era tan viejo como esa señora y murió hace ya algunos años, en 1972, justo cuando la provincia se aprestaba a conmemorar el cuarto de siglo de la publicación de Viaje a la Alcarria, libro en cuyas páginas sale. En la plaza del Coso los juglares cantan, para deleite de amigos y agregados y solaz de transeúntes, el romancillo que dicen Amor más poderoso que la muerte, pieza que nadie sabe de quién es ero tampoco importa. Una señora gordita, con falda plisada, bolso en bandolera y un niño de la mano que va pegando unos berridos entusiastas, se queda mirando la escena y dice:

— ¡Anda! ¡Si yo creía que eran los del hare krisna!

Julio Vacas, q. e. p. d., fue buen amigo del viajero; Julio Vacas tuvo, siempre la palabra fácil para los versos.


De todas las locuras

que el hombre hace,

no comete ninguna

como el casarse.

Por un rato de placer

que la mujer pueda dar,

la tienen que mantener

y sus caprichos pagar.

Al otro día el marido

se va a su trabajo a pasar el sino

y ella se queda en la cama

o pasando bromas con algún vecino.

El pobre marido a veces

berrea como un carnero

porque la frente le crece

y le está chico el sombrero.


A los versos de Julio Vacas le faltan o le sobran sílabas, según, pero esto es lo de menos porque la poesía es el sentimiento que se pone, no la maña para contar. Al viajero le da pena leer los azulejos que lucen en la fachada: «En esta casa hablaron de todo C. J. C. y su amigo, el amo, el 7 de junio de 1946. Mi nombre es Julio Vacas, aunque me llaman Portillo.» El viajero ya no volverá a hablar jamás con su amigo Julio Vacas, alias Portillo, por culpa de la muerte.

—¡Qué cabronada! ¿Verdad usted?

Al viajero le tiembla un punto el minutero del alma, esa agujita que se estremece más al compás de la memoria que al del entendimiento o al de la voluntad.

—¿Se cansa?

—No.

El viajero apunta en un papel que mañana por la mañana, cuando abran los comercios, deberá comprar chocolate elaborado con motor de agua, en casa de la María, y tortas de la Virgen, en casa Cepero, que los dos son productos muy peculiares y sabrosos.



—¿A usted le gusta más el chocolate a la española que las sopas de ajo?

—Pues, la verdad, no sé, a mi me gustan las dos cosas. También me gustan mucho Lana Turner y la catedral de Santiago. Y el acueducto de Segovia, no crea, y el arroz abanda; a mi me gustan mucho la mar de cosas.

El viajero saluda a Merche, la de la fonda; el viajero entiende que es como una bendición esto de que la gente tenga memoria y sepa usarla. Merche, al cabo de los años, sigue graciosa y un si es no es coqueta y se pone colorada al hablar. Los tiempos idos y recordados con respeto sirven para ir dibujando la historia en la que todos nos columpiamos distraídamente.

—¿Se acuerda usted del Paramón, que andaba por el mundo con su caballejo comprando pollos y vendiendo sardinas? Cantaba muy bien a la guitarra y bailaba la jota sin cansarse jamás, ¿se acuerda?

—Pues, no; no me acuerdo.

—¡Vaya! ¿Y del tío Pascual, un mozo viejo y picado de viruelas que vendía plantas de adorno y hortalizas de aprovechamiento con un macho y una mula?

—Pues no, tampoco; usted dispense.

—¡Vaya por Dios! ¿Y de los Cosmes, una señora y dos chicos más listos que el hambre que vendían telas con un borrico matalón, más viejo que Carracuca? Éstos llegaron a enriquecerse y a palear los duros; trabajaron mucho, es verdad, pero le sacaron rendimiento y acabaron ricos. Ahora viven como señores; bueno, la madre murió hace ya años pero los chicos viven como señores.

Un propio le entrega al viajero la carta que le dirige su buena amiga doña Margarita, fundadora y presidenta de la asociación cultural Amigos de Brihuega para la defensa de los monumentos históricos y artísticos, su entorno y sus arboledas. Doña Margarita es poetisa y condesa, Juan Ramón Jiménez la vio delicada y rubia y le hizo un retrato en su libro Españoles de tres mundos. El viajero conoció a doña Margarita en Madrid hace ya algún tiempo; cree recordar que se la presentó un amigo común, don Mariano, que era director del Museo Romántico. Doña Margarita, en su carta, instruye al viajero sobre algunos salvamentos, logros y reconstrucciones conseguidos por su asociación: la cárcel de Carlos III, las Murallas, la iglesia de San Miguel, la Real Fábrica de Paños, los cipreses de su jardín...; lo que falta es todavía mucho pero lo que se ha ido haciendo ya no es poco y, además, ahí queda.

—¿No le da pena ver como las cosas se van cayendo? A la salida de la oficina de don Eduardo, un niño le entrega un papel al viajero.

—Tome, esto lo escribió un servidor; es un ejercicio de redacción que se llama Cómo veo mi pueblo.

El viajero lee el arranque para si: «Cada mañana me levanto, miro por la ventana y veo un pueblo firme y unido; este pueblo es Brihuega. Cuando salgo de Brihuega noto un vacío en mi corazón...»

—Empieza muy bien. ¿Cuál es tu nombre?

—Fernando.

—¿Cuántos años tienes?

—Doce.


Por el aire pintan su pirueta los primeros murciélagos de la noche. Dicen los calabreses que los murciélagos llevan dentro el alma de un hombre muerto sin confesión y que no tuvo quien le pagara un responso, ni de caridad siquiera.

—¿Ha oído usted mentar a la tía Basilisa, que venia en burro remendando los asientos de anea de las sillas?

—¿La de los Polvoreros de Trijueque, dice usted, que echaba las cartas a los enamorados y tenía muy buena mano para las magdalenas?

—Si, ésa.

El día de Todos los Santos se regalan monillas a los niños, una fruta de sartén de miel y harina que está como para chuparse los dedos. Ser niño es un buen oficio en Brihuega, a veces cae alguna morrada, es verdad, o algún capón, pero se suele estar bien de niño aquí en Brihuega. Por la cuesta abajo vienen dos damas cabalgadoras de sendos muleros finos y de rucia color; la vieja monta a sentadillas y la joven, a cajones, se conoce que como va de pantalón vaquero le resulta más cómodo.

—La madre fue la mujer más guapa y más entera de la comarca, a poco de acabar la guerra civil; la hija está bien, no digo, pero al lado de lo que fue la madre no es más que una sardina arenque, una lombriz. ¿Le hubiera gustado a usted que nos acercásemos al quiosco de la música, a oír la banda? El maestro dirige muy bien, a él no se le desmanda nadie y hace soplar a los músicos todos a una. El maestro se llama don José Luis y es muy aplicado.

El nombre de la dama vieja es Engracia Moranchón Maqueda; la Engracia fue quien mejor sabía bailar la jota y la seguidilla en toda la provincia. La joven se llama Ángeles Romero Moranchón y no es que sea antipática, no, pero a veces queda como un poco tiesa y arrechante, para mí que le falta algo de humildad; está buena, salta a la vista, pero tiene demasiadas ínfulas.

Al viajero, que propende a ser respetuoso con los desnutridos, le remuerde a veces la conciencia el recuento de los hartazgos que, gracias sean dadas a Dios, se viene dando en este valle de lágrimas, por lo menos desde algún tiempo a esta parte.

—¿Pero no estaba usted a plan de adelgazar?

—Sí, señor. Y sigo, puede usted creerme, lo que pasa es que no me parecería bien eso de ir por la vida sembrando desaires, compréndalo, a la gente hay que tratarla con consideración.

—Sí, claro; ya me percato de lo que quiere decir.

La Engracia Moranchón es mujer bragada y de mucho empuje y temperamento; al señorito Leoncio, el de los Jabaleros, le saltó un ojo de un lapo bien dado, algunos dicen que fue de un latigazo, porque le preñó a la niña con mil arrumacos y mil dulces palabras y, tras haberle jurado amor eterno, se llamó a andana cuando se percató de que le había hecho un bombo. El señorito Leoncio, más por el escarmiento que le dieron que para reparar la afrenta, se quiso casar, pero la Ángeles dijo que no, que ella no estaba dispuesta a cargar con un marido tuerto, y se conformó con que reconociera al niño, que se llama Jesusín y tiene siete añitos, ya hizo la primera comunión. La Ángeles Romero es ahora novia, bueno, está en relaciones prematrimoniales, como suele decirse, con un cura del que todavía no se sabe si sigue siendo cura o si ya no, que se llama Demetrio Cerezo Domínguez y está siguiendo tres cursos por correspondencia: uno de monitor de cultura física, otro de informática y otro de parapsicología.

—¿Y piensan casarse?

—Pues si, yo creo que sí, el cura parece buen chico, un poco corto de luces, pero buen chico.

El viajero, de la mano de don Eduardo, restaura su organismo, quiere decir que lo recompone o repara, con una cena de honestidad muy sobresaliente: tortilla de patatas y chorizo, bonito entomatado, judías con rabo de buey, perdiz escabechada y cabrito asado; el viajero pasó de postre para que nadie pudiera pensar que abusaba de la generosa hospitalidad birocense.

—¿No es briocense?

—No sé; un servidor dijo birocense para quedar fino, lo mejor puede que sea decir brihuego y no meterse en mayores dibujos.

El viajero está al borde del entripado y piensa que un paseíto podría hacerle bien al bandujo o sistema digestivo y al fuelle o sistema respiratorio; esto de la cargazón del buche tanto puede ser una bendición de Dios como una maldición del demonio y conviene cuidarse un poco para ahorrarse contratiempos y zancadillas del destino que, en ocasiones, es muy traidor. Aquí en esta misma villa reventó el especiero Juanito, que venia a caballo desde Sigüenza a vender pimienta y clavo, jengibre y matalahúga, cominos, azafrán y yerbabuena. El Juanito era un borrachín y un comilón simpático y pelirrojo que pasó por esta vida cantando y siempre de buen humor. El Juanito procuraba beber y comer de balde, pero reconocía el buen trato y jamás volvió la cara a nadie; el Juanito fue como el hidalgo de Brihuega, que ni paga ni niega. El Juanito cogía unas cogorzas memorables y comía más que un sabañón y una noche que cenó más de la cuenta le dio una congestión maligna y se fue para el otro mundo.

—¿Usted qué cree que puede tener peores consecuencias, la hartazón del cuerpo o la alferecía del alma?

—Pues no sabría decirle, me pone usted en un compromiso... a mí me parece que las dos son malas, ¡qué quiere! ¿Por qué me lo pregunta?

—No, por nada, es que ahora que hablamos del Juanito me acordé del Marto, del pobre Pedro el Marto, q. e. p. d., el anarquista que vendía pantalones de pana y acabó suicidándose.

La noche está caliente y en la noche y por encima de los tejados, brillan las estrellas. A Demetrio Cerezo Domínguez se le dio siempre bien la astrología o arte de adivinar el porvenir por la situación, el color y el brillo de las estrellas, en medio del firmamento; el oficio de cura tiene varias asignaturas comunes con el de mago.

—¿Y con el de prestidigitador?

—También.

—¿Y con el de malabarista?

—También.

—¿Y con el de equilibrista?

—También.

—¿Y con el de payaso?

—Pues no siempre; en unos casos, sí, y en otros, no.

—¿Y con el de domador?

—También, pero no siga, no merece la pena

Al viajero siempre le sorprendieron mucho tres cosas: las concomitancias, las similitudes y los abusos; cada una por su lado, estas tres cosas fueron siempre muy sorprendentes y así, cuando dos armas o herramientas, dos personas o bestias, o dos circunstancias o manías se acompasan y se acompañan entre sí y obran con simultaneidad, acaban siempre pareciéndose la una a la otra y abusando la una de la otra o las dos de acuerdo y contra los demás, que de usar a abusar no hay ni siquiera el canto de un papel de fumar.

—¿Esto no es lo que se llama el principio de Lavoisier?

—Exactamente amigo mío; ha dado usted en el clavo.

El viajero y algunos acompañantes entran en un pub, a bajar el alimento con bebidas espirituosas.

—¡Coño, que manera de señalar!

—Pues ya lo ve usted, joven: puro estilo Ripalda.

El pub está tirandillo a oscuro y el viajero encuentra acomodo en un rincón, con Marta a un lado, Irene al otro y Carmen y Oteliña enfrente; el camarero es un mocito atildado que enseña, bien a la vista, tres señales suficientes: barba con los cuatro pelos en guerrilla pinta de gallipavo convaleciente de las paperas y andares de pardillo doméstico.

—Dénos café irlandés para los cinco.

—¡Marchando, cinco Irish coffee!

El viajero, al cabo de un rato, se fue a la fonda a dormir; el día habla sido largo, no duro pero sí largo, y ya iba siendo tiempo de acostarse. Por la ventana abierta, el viajero oye el monótono silbo de la lechuza que vela en el olmo copudo al que acarician la sombra, la soledad y el silencio.

El viajero amanece muy descansado y alegre el día de San Jeremías y, mientras se afeita y se da un poco de agua en el sobaco, canta la Madelón. El viajero, como se durmió tranquilo y alimentado, tuvo sueños honestos y divertidos, sueños de los que siempre es una lástima despertarse cuando ya va a venir lo mejor.

—¡Mira que es mala pata, con lo bien que lo estaba pasando!

El viajero había soñado con un árbol cuajado de flores rojas y muy geométricas en el que se escondía una señorita a la que bajó sacudiendo el tronco; la señorita tenía una larga cabellera de color zanahoria que se le iba enganchando en las zarzas y hasta en los cables de la luz y el viajero, para detenerla, le silbó fuerte; cuando la señorita se detuvo el viajero la pintó de purpurina para que no se le escapase y le mordió la nuca pero entonces, ¡vaya por Dios!, la señorita hizo un extraño y el viajero se despertó.

—¡Qué pena!

—Si, eso pienso, pero ya no tiene remedio.

La señorita era un primoroso bombón y, según síntomas, parece que se le daba bastante bien y sin mayores remilgos al viajero. Desde la ventana de la fonda el viajero ve a un perro ensartando a una perra muy aplicadamente, con mucho dominio de la situación; el animalito arrima el material con alegría y entusiasmo y la homenajeada aguanta marea con sumisión y agradecida disciplina.

—¿Como debe ser?

—Como debe ser.

A la escena le sirve de fondo la silueta de la picota que es decorado idóneo y muy en su lugar. La perra es alta y desgarbada pero se espernanca con destreza para facilitar las cosas; el perro no pasa de ser un gozquecillo con mejor voluntad que arrestos y, cuando da fin a la función, se queda colgado del cipote y en actitud más bien incómoda y desairada.

—¿Los desenguilamos con la navaja?

—No, déjalos que se enfríen solos. ¿A ti te gustaría que te desenguilasen con una navaja?

—No; a mi no.

—¿Y entonces?

Por el paseo de las Eras cruza un hato de cabras tetonas y cornalonas al cuidado de un garzón canijo que va escuchando un transistor.

—¿Qué darías tú por saber tocar la ocarina?

—Lo que me pidieran, se lo juro.

El viajero también daría cualquier cosa por saber tocar la ocarina, maña que aplicaría a meter un poco de orden en el rijo, propio y ajeno.

—¿Usted cree que los mozárabes eran mejor ganado que los mudéjares?

—Pues, no sé, la verdad sea dicha; a mí me es igual.

El Cimbre, Ponce el Cimbre, fue prisionero mozárabe que convirtió a la verdadera fe a la princesa Elima, la hija del rey moro Alimemón o Almamún de Toledo.

—¿Este Cimbre era de Sigüenza, por un casual?

—No le podría decir.

A la altura de la puerta de la Cadena el viajero se da de bruces con su peligroso medio pariente Damián, que está apoyado en la pared liando un pitillo.

—Me enteré que andabas por estos pagos.

El viajero le interrumpió sin mayores miramientos.

—Pues, si, ya ves. ¿En cuánto me lo dejas?

—En mil pesetas y la voluntad.

—¿Hacen veinte duros?

—Vengan.

La Virgen María se le apareció a Elima la princesa mora, para enseñarle el camino de la salvación y después, cuando ya la supo cristiana, se dejó caer poco a poco hasta lo más hondo del precipicio sobre el que se asienta el castillo de la Peña Bermeja.

—¿Este Cimbre no había sido sacristán en Sacecorbo, por un casual?

—No le sabría decir...

Un señor de gorra de visera le dice a otro señor que va de sombrero:

—Bueno, vamos a ver si metemos un poco de orden en todo este berenjenal. El batallón Garibaldi formaba parte de la XII Brigada Internacional y estaba a las órdenes de Cipriano Mera, ¿no es así?

—Sí; ésos se pusieron a lo largo de la carretera de Torija a Brihuega.

—Ya. ¿Y en la XI división, la que mandaba Líster, formaban los alemanes de la XI Brigada Internacional?

—Sí; esos otros se quedaron a lo largo de la carretera de Trijueque a Torija.

Damián, el medio pariente del viajero, no tenla oficio ni beneficio pero manejaba el sable con maestría.

—¿Y también con osadía?

—También.

Damián, a quienes iba a sablear, los amansaba antes pidiéndoles consejo.

—¿Tú crees que debería casarme?

—Haz lo que quieras.

El Cimbre, incluso con riesgo de morir despeñado, rescató la imagen de la Virgen de su profundo escondrijo, tan difícil de alcanzar; es tradición que se trata de la misma imagen que se venera desde entonces aquí en Brihuega, la de Nuestra Señora de la Peña con el Niño Jesús en brazos. El señor de la gorra de visera volvió a hablar.

—¿Y enfrente?

—Pues enfrente estaban los Camisas Negras de Rossi, los Llamas Negras de Coppi, los Flechas Negras de Nuvolari y la división Littorio de Bergonzoli, todos a las órdenes del general Roatta. ¡Se armó un buen cacao!

—¡Y tanto! ¡Se armó un cacao de órdago!

Damián, según rumores bien fundados, tenía medio encaprichada a una viuda rica, la doña Buen Consejo, dueña de una finca en la carretera de Armuña, un poco más allá del campamento de los hare krisna.

—¿Y por qué no te casas de una puñetera vez y sientas la cabeza?

—¿No crees tú que seria perder un poco la libertad?

La princesa Elima, en agradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo por los muchos bienes que le deparaba la luz del Evangelio, convirtió a sus hermanos Casilda y Pedro, a Casilda en Burgos y a Pedro en Sopetrán, junto a la aldea de Torre del Burgo, en Hita, donde hubo un monasterio benedictino del que casi se borró hasta el recuerdo.

—¿Seguimos?

—Bueno.

Antes quizá convenga aclarar que quienes se entretenían en hablar de la guerra eran dos jubilados cuyo nombre no consta. El viajero pensó que lo más prudente fuera cortar por lo sano.



—Usted sabrá dispensarme, pero me espera don José Pablo para enseñarme la fábrica.

La antigua fábrica de paños de Carlos III está en lo más alto del pueblo y es de planta circular, parece una plaza de toros. Don José Pablo es un hombre bien dispuesto y todavía joven —así lo sea por muchos años— que enseña la fábrica con paciencia y conocimiento a todo el que la visita. La fábrica se levantó a la sombra del marqués de la Ensenada, ministro de Fernando VI, y creció con Carlos III; los durandos y vellorís que salían de sus telares gozaron de justa fama en toda Castilla pero la industria duró poco, enseguida se la llevó la trampa.

—¿Quiere ver los jardines?

—Sí, claro.

La gente habla de los jardines porque eran dos, quizá también porque el plural queda más solemne y bien armado, más digno de loa y reverencia: las Españas, las Asturias, las Américas. El viajero prefiere decir el jardín a los jardines porque le parece menos pretensioso, también más eficaz. A Brihuega le llaman el jardín de la Alcarria y es verdad; el viajero piensa que ahora camina por el jardín del paraíso perdido, por este jardín de la fábrica que enseña la dramática dignidad del pobre vergonzante que antes fue hidalgo. En el jardín hay árboles de clases muy diversas y encontradas, arbustos variados —el airoso y equilibrado boj, el sabio mirto, la alheña de florecillas blancas y aromáticas— y flores tímidas y humildes, con mucho encanto: lirios, margaritas, rosas de varias clases, claveles y madreselvas. Sentada en un paseo de cipreses una señorita lee las Leyendas de Bécquer, porque ya terminó con las Rimas, Los cipreses también forman arcos que dan una sombra húmeda y casi concupiscente. En el castaño de Indias silba el mirlo y por el tronco del laurel pagano trepa una oruga peluda de varios colores, el rojo, el amarillo y el azul se ven muy bien. La palmera no da dátiles pero sí empuja a la ilusión, y a la sombra del tilo, ese árbol recio y responsable, un matrimonio forastero saca fotografías a una niña bizca y delgadita, con vestido de organdí y pamela. El sauce llorón propicia la melancolía, el níspero no da fruto pero adorna y la higuera aguanta, que para eso está. El jardín del paraíso perdido llena de nostalgia el corazón del viajero porque huele igual que el de la casa que le vio nacer. El jardín lo diseñó doña Ana, la mujer de don Justo Hernández, el contratista de la plaza de toros de Madrid que, con gran irritación del clero, pasó a los domingos las corridas que por entonces se celebraban los lunes; esto debió acontecer hacia el 1820 o 25. Desde la balconada, que es airosa y con muy ancho horizonte, se ve el pueblo, a la derecha, y el valle del Tajuña, enfrente y allá abajo. La plaza de toros de Brihuega, la plaza que dicen La Muralla, es nueva, cumple ahora los veinte años. En el mes de agosto, después del día de la patrona, se corren toros en Brihuega; este año toreó el Yiyo, el mozo al que mató un toro ya herido de muerte, Burlero, en Colmenar Viejo y semana y media después.

—¿Y a. usted qué le parece?

Don Oliverio el de los Galanes no se anduvo demasiado por las ramas.

—A mí, un puro disparate, ¡qué quiere, que le diga!, a mí me parece un puro disparate de muy difícil arreglo, a lo mejor es algo que no tiene ningún arreglo. A los antitaurinos tampoco les asiste la razón; éste es un problema en el que demasiada razón, lo que se dice demasiada razón, no tiene nadie. Los antitaurinos se las dan de muy europeos pero no son más que medio vegetarianos que se la cogen con un papel de fumar; los hare krisna son vegetarianos del todo y ahí los tiene usted, tocando la flauta. Esto de que los toros maten toreros en el ruedo y ante un público de contribuyentes y sus señoras, todos sentaditos y lustrosos, cada uno en su asiento, que se ponen arrechos como micos de la Guinea portuguesa con el espectáculo, ellos fumando un puro, ellas sudando por la entrepierna y todos ¡venga a eructar!, ¡venga a regoldar!, ¡venga a peerse!, es un disparate, ya le digo, vamos, no me lo negará usted, pero quizá pueda ser también una vacuna contra los malos instintos, ¡averígüelo Vargas! Si los alemanes hubieran tenido corridas de toros, ¡quién sabe si no nos habrían ahorrado los campos de concentración!

Don Oliverio el de los Galanes soltó su parlamento de corrido y casi sin respirar, pero después frenó en seco.

—¡Usted dispense!

—Está usted dispensado.

Don Oliverio el de los Galanes bajó la voz, se conoce que empezó a remorderle la conciencia.

—¿Es usted supersticioso?

—No, pero respeto mucho las casualidades. ¿Por qué lo dice?

—Por nada, no tiene mayor importancia.

En la carretera de Armuña —por donde el viajero no ha de pasar de esta hecha— se adivina, sobre poco más o menos, el sitio donde está la finca Santa Clara, que fue del Instituto Farmacológico Llorente y es hoy de los hare krisna; queda mismo al lado de la Eurocerámica y, a lo que dicen, pagaron un dineral por ella, cien millones de pesetas o más, cien millones de pesetas de hace cinco o seis años. Los hare krisna visten una hopalanda de color claro y llevan la cabeza rapada, no se dejan más que una cresta de pelo que les suele quedar de punta. A la clase de tropa la levantan a las cuatro de la mañana y la ponen a salmodiar una letanía poco variada: hare krisna, hare krisna, krisna krisna, hare hare, hare rama, hare rama, rama rama, hare hare, o algo muy parecido, y así hasta cuatro mil veces; llevan la cuenta con un rosario. A don Justino Villalba Rubio, brigada de intendencia retirado, no le gusta tomar a chacota las liturgias ajenas porque piensa que el hacerlo así puede ser falta de educación pero, pese a todo, esta escenografía le parece un cachondeo difícil de disimular, incluso para quienes lo siguen. Don Justino no es partidario de estas gimnasias ni tampoco propenso a suponer que puedan ser saludables, por que entiende que el poder entontecedor de la letanía queda muy lejos de ser una terapéutica admisible. Bueno, admisible puede que sí sea, se debe admitir casi todo, pero al menos no es ni cómoda ni simpática, tampoco demasiado generosa.

—¿No será mejor no hacerles ni caso y dejar que cada cual haga lo que quiera?

—Pues sí, puede que sí.



Son las diez de la mañana y al viajero le queda todo el día por delante. El verderol canta en la alta rama su silbo amoroso mientras el viajero se entretiene, con una honestidad rayana en el sacrificio, en mirar medio hipnotizado para las minúsculas braguitas color de rosa de una señora joven que, doblada por la cintura, está poniendo a mear a un niño.

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