Ana səhifə

Nuevo viaje a la alcarria


Yüklə 0.66 Mb.
səhifə5/15
tarix17.06.2016
ölçüsü0.66 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15

IV — LA DEHESA DE LAS TRUCHAS

Donde las dan, las toman, y en el camino de Valdesaz, doce o trece años después de su victoria sobre el conde Hugo, el Empecinado cosechó una tunda cumplida a manos del faccioso Georges Bessières, franchute que luchó al lado de los españoles en la guerra de la Independencia pero que después, siendo ya general, se sublevó y no hubo más remedio que fusilarlo.

Falta poco para el mediodía y la calor empieza ya a picar en las túrdigas del organismo.

—¿No se asa, de boina?

—Si pero me aguanto. ¿Qué quiere usted que haga?

—¡Anda, qué pregunta! ¡Pues meterse en el Rolls y decirle a la choferesa que le enchufe el fresco! ¿Para qué lo tiene?

—¡Coño! ¿Pues sabe que no le falta a usted razón?

La bajada a Valdesaz va pintando curvas y el camino no se aparta nunca del río Ungría, hondo y bien nutrido regajo que viene de los manantiales del Ojuelo, y a la otra mano, el ya mentado Borbotón, y va a vaciarse en el Tajuña, en la linde entre Horche, en su sierra pinariega, y Armuña, en su valle feraz y ventilado. A los horchanos les dicen los de la barbaridad porque hicieron una torta de harina de trigo, miel y huevos que pesaba treinta arrobas y que, cuando la fueron a cocer, no cabía por la boca del horno; el viajero siempre tuvo muy claras tres cosas: que lo que abunda no daña, que nunca por mucho trigo es mal año y que más vale tener que desear. A los horchanos también les llaman cabezudos, quizá por cabezotas, y los de la viga atravesá, igual que a los panaderos de Loranca, que queda aguas abajo del Tajuña.

—¿Y los de cada pueblo tienen su apodo?

—Pues si, más o menos, lo que pasa es que, a veces, no se sabe o nadie lo quiere decir.

El viajero piensa que los motes suelen colgársele al prójimo apoyándose en dos socorridas muletas: la mala leche y la envidia. La mala leche suple testigos sin examinarlos; esto no lo dijo Quevedo pero tampoco le anduvo demasiado lejos.

—¿Y la envidia?

—Ésa es aún peor porque jamás se sacia.

El viajero supone que tiene ganas de estirar las piernas, manda a Oteliña que eche el freno y se da un medio garbeo medicinal hasta el umbrío molino de Fuentes, rodeado de olmos añosos en los que canta el ruiseñor su melodiosa reverencia.

—¡Si la envidia fuese la tiña!

—Sí, señor, diga usted que si; si la envidia fuese la tiña, más de medio país andaría rascándose.

—Claro. ¿Y qué me dice usted de la mala leche?

—Pues le digo que si valiera lo que el petróleo, los españoles nos comeríamos el mundo entero con los leche—dólares. ¡Nos íbamos a reír de los árabes, hermano, a poco que la mala leche subiera de precio en el mercado internacional! ¡Nos íbamos a reír las tripas!

A los de Armuña les llaman salitres o salitrosos porque, según se dice, tienen buena disposición para cortarle un sayo y desollar vivo al primero que no se espabile.
Si pasas por Armuña

sin criticarte,

pasas por el infierno

sin condenarte.


—¿Y eso no será exagerado?

—Pues, sí, puede que sí.

El agua mana con alegría por todas partes y una mula, la primera que ve el viajero en su viaje, se enseña, mayestática, solemne y punto menos que estatuaria, en un prado que se adorna con la blanca flor del mastuerzo. Los valdesaceños tienen fama de ahorradores, aunque los motejen de belitres, como a los de Muriel, en la sierra, y a los de Aldeanueva, en el hondo valle del Matayeguas; el viajero piensa que debe haber error porque los pícaros, ruines y de viles costumbres, o sea aquellos a quienes cabe el nombre o acomoda el adjetivo, no suelen ahorrar más que infamia y sobresaltos. El río Matayeguas nace en Valdegrudas y va a caer al Ungría. En el charco del Cura, que está en el río Matayeguas y poco más abajo de Centenera, se ahogó hace no mucho, el día de San Antolín del año pasado, la Alberta Hernando la de los Lobatos, hembra de rompe y rasga y de muy armoniosas cualidades físicas y del temperamento que habla tenido amores con el fiscal de tasas de una provincia de secano con obispo y capitán general.

—¿Dice usted don Patrocinio de Mohernando y Méndez?

—Es usted quien lo dice.

Al viajero le duele que se vayan muriendo poco a poco los más lucidos eslabones de la cadena sin fin que es la vida de cada cual. Una mujer joven lleva a un niño rubito de la mano; el niño se llama Jerónimo, que bien mirado no parece nombre de niño pequeño y va chupando un chupa—chup.

—¿Ve usted esos mozos que juegan al frontón?

—Si.


—Bueno, pues son todos veraneantes.

El agua de la fuente del Huevo Podrido, que huele a pedo de lombarda, es buena para los acnés, eczemas, sarpullidos, granos, barrillos y demás cánceres de la piel.

—¿Pica?

—Sí, todavía pica pero yo creo que ya menos.



Se dice que San Macario, que era ecologista y medio boy—scout, anduvo por estas trochas comiendo yerba y haciendo penitencia y buenas obras allá por el siglo VII. Macario es nombre muy propenso a la virtud; en el martirologio romano hay lo menos una docena de santos que se llaman así y el viajero, claro es, no sabe cuál de ellos fue el que respiró este aire saludable.

—A esa piedra le dicen la picota, pero para mí que no lo es; para mi que Valdesaz no tuvo nunca una picota como es debido, una picota de piedra berroqueña y como Dios manda.

—Puede.

Los valdesaceños son industriosos y mañosos y lo mismo sirven para un barrido que para un fregado. El tío Martín vendía jabón; en el 39, al acabar la guerra, los nacionales le dieron un fusil para que defendiera el pueblo contra los maquis pero, como tenía parkinson, con los temblores apretó el gatillo sin querer y se le disparó el arma; la bala atravesó la pared de adobe y mató al borrico y la mujer le armó tal bronca que el pobre se tiró a la presa del molino y murió ahogado.



—¿No cree usted que los hay que se precipitan?

El molino de Valdesaz sigue moliendo, aunque puede que con no demasiado entusiasmo, y además arrima fuerza a una sierra de carpintero. También vendía jabón el tío Deogracias, que no debe confundirse con su tocayo torijano que traficaba en sardinas, caballero en su moto con sidecar; el tío Deogracias vendía jabón y compraba huevos y era un empedernido y muy hábil jugador de tabas —si sale carne, ganas; si sale culo, pierdes; con la chuca y la taba, pasas— de chapas —si salen dos caras ganas y sigues; si salen dos cruces, pierdes; si sale cara y cruz, pasas— que ya viejo y derrotado se escapó del asilo donde lo habían metido, nadie sabe si por caridad o a puntapiés.

—Debe dar rabia que le encierren a uno por viejo, ¿verdad usted?

—Sí, señor, la mar de rabia.

El personal de este contorno fue siempre muy variado y eficaz. Damián el sastre iba andando con su hermano, siempre de un lado para otro y sin cansarse jamás, y cortaba ropa a la medida por los pueblos: chaquetas, pantalones, zamarras, capas, lo que se terciara.

—¿Y cosía bien?

—Si, señor, muy bien, y tenla clientes en todas partes porque además fiaba.

Eusebio, el herrero, hacia romanas y se perdió en el camino de Archilla, a lo mejor se cayó al Tajuña; en los ríos se ahoga mucha gente, son muy traidores. Alejo y Práxedes, a quienes llamaban los Roñas, compraban huevos; el tío Fraile, que era motilón rebotado y hombre de hechuras muy corpulentas, vendía telas de adorno, de necesidad o de abrigo, a elegir; el tío Isaías era tratante en mulas y vendimiaba vides, pescaba truchas y cazaba murciélagos a trallazos; León López, el capador, era propietario de cinco duros de plata que llevaba siempre encima para enseñárselos a quien los quisiera ver. Y así sucesivamente. El personal de este contorno fue siempre muy habilidoso y ameno.

Caspueñas aparece algo más adelante, en su monte bajo en el que vive a gusto el conejo: Caspueñas y Gajanejos, buena tierra de conejos, dice el refrán.

—¿Es verdad lo que se cuenta de que el conejo de las ánimas era de Caspueñas?

—Eso dicen.

Lo que se cuenta es que un cazador, tan devoto de las ánimas como lerdo en el manejo de la escopeta, se dio de repente con dos conejos juntos y distraídos; ante tan grata visión se echó el arma a la cara y dijo: ¡benditas ánimas del purgatorio, si mato a los dos, os doy uno a vosotras! Entonces disparó, mató a uno y, mirando para el que escapaba, dijo: ¡qué barbaridad!, ¡cómo corre el conejo de las ánimas!

Por esta latitud también se crían perdices, codornices, tordos, tórtolas, palomas torcaces, palomas zuras y otros animalitos. Entre Valdesaz y Caspueñas empieza la selva de agua de las truchas, que late y bulle en otros tres viejos molinos: el de Torija o del Conde o de Arriba, que de estos varios modos le dicen, está mismo al pie del barranco de Peñavieja, más cerca de Trijueque que de Torija y en un paraje recoleto y misterioso; el de Trijueque, que queda más cerca de Torija que de Trijueque y en un decorado menos fresco, y el de Caspueñas, que es la capital de las truchas, el puesto de mando desde el que se gobierna la dehesa —que no el corral— de las truchas. Una dehesa se distingue de un corral en muchas cosas, por ejemplo en el temple de las bestias que cobijan, que puede ser bravo o manso. La tierra de la dehesa es más noble, o parece más noble, que la del corral. La dehesa es buen escenario para la aventura y los lances peligrosos y de emoción, mientras que en el corral crecen el aburrimiento y la monotonía envueltos en su menesteroso polvo doméstico. Las normas que rigen la vida de la dehesa vienen directamente de la ley natural y, por el rumbo contrario, los usos que gobiernan el latido del corral están escritos, con mejor caligrafía que sintaxis, en un reglamento. En la dehesa pacen gloriosamente los toros de lidia y salta la caza gimnástica, y en el corral rumian las vacas de leche y se reproduce la malévola plaga de los conejos que, cuando les llaman de corral, por algo será. En la dehesa dan sombra al suelo la encina y el alcornoque y el roble, y en el corral no vive ni la yerba porque se la comen las gallinas.

—¿Ve usted claro lo que se quiere decir?

—Sí, señor, más claro que el agua.

Antes de entrar en Caspueñas el viajero manda parar la caravana y ruega a sus juglares que le canten algo; al viajero le hubiera gustado oír una habanera o un corrido mejicano o una samba pero, claro es, no se atreve a pedirlo para que no lo tomen por un ignorante. La Anselma Sanemeterio, la de la Caja de Ahorros, se lo tenía dicho bien claro: cuando se es académico, doctor honoris causa, hijo predilecto, hijo adoptivo, catedrático de universidad, ex senador, cartero y médico forense honorarios, etc., se deben guardar las formas y proceder con sumo comedimiento para que las instituciones no sufran ni se deterioren.

—¿Usted cree que, de lo contrario, se jode la marrana?

—Exacto, o como diría el poeta Rilke, que siempre fue mas recatado en la expresión, se mea la perra.

En la cuneta está sentado un viejo al que le falta una mano, que se lamenta de que no puede tocar la guitarra.

—Bueno, la verdad es que tampoco sé y eso hace que mi desgracia sea más llevadera. ¿Podría socorrerme con la voluntad?

Caspueñas, entre carrascas y olivos y con el agua corriéndole por todas partes, es un pueblecito terciado y bien dispuesto, de grata presencia y muy certeras industrias y acomodos. Caspueñas es pueblo asentado con mucho sentido común, en una suave ondulación del terreno y mirando al mediodía. A los de Caspueñas les dicen agalloneros.

En Caspueñas se hace realidad la teoría de la simbiosis, el discreto y honesto propósito de la convivencia que se rige por el aforismo que preconiza enseñar deleitando y hace suyo el lema de los tres mosqueteros, el que aconseja darse sin reservas uno para todos y todos para uno.

—¿A usted le gusta Alejandro Dumas?

—¿Cuál, el padre o el hijo?

En Caspueñas se ha experimentado con éxito evidente el funcionalismo arquitectónico tanto espiritual como material, y así la iglesia —que dicho sea de paso tampoco tiene mérito mayor— aloja en su atrio a la taberna, presta su muro de poniente para que los mozos le peguen a la pelota y da apoyo y hasta cabida a los toriles donde se encierran los toros de la función; este complejo religioso—vinícola—deportivo—taurino suele llamar mucho la atención de los forasteros.

—¿Y no se le podría añadir algo más?

—Pues, no; a mi me parece que no. ¡Como no quiera usted poner estafeta de correos, casa de socorro, estanco, funeraria y sauna!

En la plaza hay una fuente de cuatro caños, de muy airosa traza campesina. La plaza de Caspueñas se llama y se llamó siempre de la Constitución, se conoce que por aquí no pasó la guerra.

—¡Anda, que si fuera verdad!

El mayoral de la dehesa de las truchas se llama don Paco, que es nombre de mucho predicamento. Don Paco es buen amigo del viajero y le tiene preparado un cumplido y noble yantar ya que, como bien se dice, mejor se quiere buen nutrimento que oro y argento. Lo que don Paco mandó disponer fue lo siguiente: aceitunas aliñadas, o sea, picadas, aguadas y sazonadas; jamón alcarreño curado en sal seca y con su tocino, como Dios manda, que más cristianos hizo el jamón que la Santa Inquisición; chorizo, morcilla, lomo de olla y blanquillo para untar en pan; truchas de las siete maneras, dicen que una por cada uno de los siete pecados capitales, tripa catalana a la brasa, que lo mejor del carnero son los sesos y el culero, cabrito asado y ensalada de pepino y orégano para acompañar y, de postre, nueces con miel o en alajú, queso del país, rosquillas, cerezas y zarzamoras, todo regado con clarete de Yélamos, que es vino de muy suave y gustosa embocadura. A la comida se apuntó mucha gente, había lo menos treinta personas o más, y doña Toya hizo los honores con naturalidad, esmero y eficacia; eso de que todavía queden señoras es algo que siempre reconforta.

—¿Verdad usted que las señoras son útiles?

—¡Toma, ya lo creo!

Antes de sentarse a comer el viajero preside, ¡y ya van dos presidencias en dos días!, el jurado que falla el premio de poesía Río Ungría, dotado con cien mil reales y una trucha grabada en plata. El viajero piensa que la Diputación bien debiera rascarse el bolsillo y subir el premio hasta el medio millón de reales, lo que tampoco da para condenarse.

—¿Y eso no será demasiado para un poeta?

—¡Hombre, no! Los poetas suelen arreglárselas con poco, pero también tienen sus necesidades.

—Si, eso si.

Entre los comensales, el viajero se encontró con un señor norteamericano llamado don Louis, poeta en inglés y español, que le dijo que conocía a un hijo suyo.

—¿Un hijo mío norteamericano? No sé; puede que sí, pero no recuerdo... vamos, que no caigo. Comprenda usted que, al llegar a ciertas edades, resulta muy difícil no perder la cuenta.

—A ver si le hago memoria. Su hijo se llama Oliver A. (que quiere decir Amadeus), bueno, él dice que es hijo suyo. Vive en Fredericksburg, una pequeña ciudad de Virginia a orillas del río Rappahannock y cerca de la frontera de Maryland, y es dueño de una compañía muy próspera que se dedica a llevarse los coches mal aparcados, o sea la grúa, es un negocio bien organizado y de perspectivas económicas holgadas. Me dijo que quería ampliarlo.

—¡Vaya! Me alegro que se las arregle bien.

—Si, señor, muy bien.

Por el cielo cruzan, pintando líneas quebradas, las golondrinas, las avecicas que son el paradigma de la memoria.

—¿Y dice usted que no lo recuerda?

—Pues, no; así de momento, no. ¿No podría darme más detalles, el nombre de la madre, por ejemplo? Eso siempre ayuda, hágase usted cargo.

En Caspueñas no hay médico ni botica y el cura no asoma más que los domingos, dice su misa y se va. Los Rondanes son dos; los Rondanes son morcilleros, vamos, atanzoneros. Los de Atanzón pagan, como tantos otros, como los de Alcorcón, Belinchón, Sacedón, el duro precio de la fuerza del consonante: en Atanzón, en cada casa un ladrón, y en la del alguacil, hasta el candil; esto no es verdad pero cae en verso. Domingo el Rondán trata en caballerías, mayores y menores, y en pellejos monteses o mansejones, le es lo mismo de lobo, de raposo o de garduña, que de buey, de cabra o de carnero. Su hermano Pablo vende legumbres y compra lo que se tercie: chatarra, nueces, sacos, botellas vacías, lo que caiga. Pablo el Rondán se camina todos los años más de media provincia jinete en su mula Pastoreja y llevando del ronzal a la borrica Zalea, que perteneció pro indiviso al tío Ángel, el capador de puercos, y al señor Esteban, propietario.

—¿Va usted a dormir la siesta?

—¡Hombre, cómo se lo diría! ¡Si se me permite!

El viajero, después de dormir la siesta abacial con la que Dios premia a los bien alimentados, se echó de nuevo al camino para seguir viaje; aún está el sol muy alto en el firmamento y aún quedan varias horas de día por delante. A Valdegrudas, en el camino de Torija, villa por donde otra vez ha de pasarse para volver a tomar el rumbo de Brihuega, se llega subiendo y bajando repechos, todos algo cansados ninguno demasiado duro. Valdegrudas está en un hondón y es lugar más ameno que próspero y más gracioso que de interés mayor.

—¿Paramos a refrescar?

—No, ¿para qué? No nos hemos secado todavía.

En un recodo de la carretera, una mujer talluda, altiricona y desgarbada, parece una estantigua, mea de pie y espatarrada como las mulas; en la cara se le pinta la beatitud de quienes vacían la vejiga a gusto y deleitándose en la descansadora suerte.

—¿Y poniéndose el mundo por montera al tiempo de usar la corteza del planeta como bacinilla?

—Tal cual usted lo dice, amigo mío, tal cual usted lo dice.

Un seminarista con vocecita de grillo núbil metió baza sin avisar.

—¿Y eso no será delectación morosa, padre?

—No, hijo, eso no pasa de regodeo y está admitido tanto por la ley de Dios cuanto por la costumbre.

Aldeanueva queda aguas abajo del Matayeguas y no demasiado lejos, pero el viajero marcha en la dirección contraria. De Aldeanueva era el Verísimo, vamos el tío Pilarón, hombre grande como un castillo y con más fuerza que una mula. El tío Pilarón trajinaba con arroz, azúcar y chocolate, coloniales que cambiaba por judías porque no se fiaba del dinero; el tío Pilarón se había pasado la guerra ahorrando y después cuando vino la paz, le dijeron que su dinero no valía y, claro es, escarmentó. El tío Pilarón era capaz de echarse un saco de seis arrobas de judías a la cabeza y cargarlo durante dos horas sin pararse y casi sin pestañear.

—Entonces todavía quedaban hombres, ¿verdad usted?

—Bueno, usted lo dice medio en coña pero yo creo que es verdad, entonces todavía quedaban hombres.

Poco más adelante, un taxi de Madrid está arrimado a la cuneta con una rueda pinchada y rodeado de niños pequeños; el chófer y la madre de los niños, de los cinco niños, Paquito, Pepito, Lourdes, Rafita, y Mariví, están sentados sobre una piedra y con cara de tomar las cosas con resignación.

—¿Necesitan ustedes algo?

—No, nada, muchas gracias..., la rueda de repuesto también está pinchada y, claro, no podemos seguir... esto pasa a veces..., ya hemos pedido que vengan a echarnos una manita.... ya no pueden tardar.

Torija, tomada por este lado, queda medio fuera del camino y pronto se cruza. El viajero saluda al puro espíritu de Julián de Rebollosa, cristiano ya fallecido que se pateaba el mundo, o al menos la Alcarria, en bicicleta y que iba de pueblo en pueblo vendiendo telas, camisas y pantalones; su sobrino Senén Casado, el hijo de su hermana Encarna, vende ahora niquis, polos y chándales de anuncio: University of Minnesota, University of Texas, Wayne State University.

—Mi tío Julián, q.e.p.d., en el lecho de muerte fue y me dijo dice: a los clientes no hay que darles respiro, Senén, si te confías, también se confían ellos y el negocio se va a hacer puñetas porque la gente confiada no compra, esto es al revés de lo que se piensa, la gente compra por desconfianza, vamos, por miedo; la cosa no está muy clara pero yo te juro que es así.

Senén Casado hizo un alto para tomar aliento, sonrió y siguió.

—Dicho esto, mi tío Julián expiró, bueno, pasó a mejor vida como suele decirse; yo seguí su consejo y la verdad es que no puedo quejarme, ya lo ve usted.

—¿Le queda alguna camiseta de Long Island University?

—No, señor, ya no me quedan.

El camino que va de Torija al desvío de Fuentes ya fue contado en su lugar. El viajero, a poco de dejar a un lado el camino de Fuentes, se da con el palacio de Don Luis, el mismo que hace años tomó por el palacio de Ibarra. Aquel caserón semiderruido, con un jardín abandonado y lleno de encanto, no es el palacio de Ibarra, que queda más adelante y algo apartado de esta carretera, sino el de Don Luis, y el pino japonés, alto y esbelto, lleno de empaque, de gracia y de señorío, tampoco es un pino sino que se transformó, sin duda por artes mágicas, en un cedro corpulento aunque quizá también algo derrotado. A las bardas del palacio de Don Luis, una mocita solitaria lee la novela Las ilusiones de Mercedes.

—¿Bonita, eh?

—Si, señor, muy bonita.

Por aquí, por el palacio de Don Luis, también por el palacio de Ibarra, estuvo el frente. El terreno es ondulado y como es buen año de lluvias, también lo fue la otra vez, el campo aparece verde y con mucha lozanía. En el antiguo atajo de la fuente Cagá hay un letrero muy llamativo que dice: Visite Club Mirror's. A la izquierda sale el desvío que lleva a Muduex y a Utande, tomando otra vez a la izquierda, y a Villaviciosa de Tajuña, tomando primero a la izquierda y después a la derecha. Muduex está en el hondo vallejo en el que se encuentran los arroyos Badiel y Valdeiregua, y en Utande los danzantes, vestidos de judíos, bailan el paloteo el día de San Acacio:


Bendito sea el Señor

y aquí este noble auditorio.

Dios quiera que no se mezcle

con nosotros el demonio.


Entre Brihuega y Villaviciosa, a quien en los viejos documentos se la adjetiva de villa deleitosa, ganó el general francés Vendôme al general inglés Lord Stanhope la última batalla de la guerra de Sucesión española; estos campos son buenos tanto para el cereal como para las guerras, se ve que tienen las condiciones debidas. Por estos mismos ribazos y cipoteros, los años andando, los italianos del batallón Garibaldi sentaron las costuras a los italianos del general Roatta alias Mancini, en la guerra civil española del 36.

—¿A usted no le da pena que las guerras hayan perdido la dignidad?

—A mi, sí, pero, ¿Qué quiere que le haga? Casi todas las cosas han perdido la dignidad: el personal, las costumbres, los alimentos..., las guerras no tienen por qué hacer excepción a la costumbre.

La tarde está cayendo a espalda del viajero allá por Trijueque —donde las mosqueras hacen las mejores magdalenas de toda España— y por Hita —con su memoria del Arcipreste—, y el viajero gira sobre sus talones con parsimonia y comedimiento y vuelve la cabeza para despedirse del sol. Antes de tirarse por la cuesta abajo que lleva hasta Brihuega, los juglares regalan el alma del viajero con el Enxiemplo de lo que aconteció a don Pitas Payas, pintor de Bretania. Gracias a Dios, todavía no se ha olvidado del todo la caridad.



1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©kagiz.org 2016
rəhbərliyinə müraciət