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Nuevo viaje a la alcarria


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III — DEL HENARES, AFLUENTE DEL JARAMA, AL UNGRÍA, AFLUENTE DEL TAJUÑA

Iñigo Taragudo Méndez, alias Tientamollas; natural de Cañaveruela, provincia de Cuenca; de sesenta y nueve años de edad, hijo de Iñigo y Nicolasa, q. e. p. d. ambos; de estado civil, viudo, y de profesión, pensionista, fue conmilitón del viajero cuando lo del tomate.

—¿Te acuerdas del teniente Palomarejos, que parecía que se iba a comer el mundo y acababa ciscandose por la pierna abajo?

—¡Claro que me acuerdo!

—¿Y de la bronca que le echó el coronel Sigüeiro cuando lo de la sierra de Alcubierre, que le llamó gilipollas?

—¡SI, también!

—¿Y de la madrina de guerra que tenla el sargento Navazuelo, el que murió en Burriana casi al final, que era más puta que las gallinas?

—¡Coño, claro! Se llamaba Pilarín y las tragaba dobladas, ésa es la verdad.

—¿Te acuerdas de Valsequillo, en el frente de Extremadura, bueno, Valsequillo debía ser ya Córdoba, que los rojos corrían por la mañana y nosotros por la tarde, y estuvimos así una semana entera?

Tientamollas, que está de paso en Guadalajara, cuando se entera de la presencia del viajero se suma a la comida del casino con don Paco y casi todos los alcaldes de la comarca.

—Yo soy amigo de ése; estuvimos juntos en la guerra, pregúnteselo usted. ¿Puedo quedarme, aunque sea pagando?

Al coche del viajero, cuando va hacia el casino, que está en la carretera de Sacedón, la de los la los lagos, se le vuela el banderín; lo encuentra Oteliña entre la hierba, tras haber desandado medio kilómetro.

El viajero rompe la silla que le ponen, se conoce que es poco resistente, y come y bebe con fundamento y sin comedimiento, en grata compañía. En el sopor de la digestión y entre regüeldo y cuesco, Tientamollas sigue con sus cuentos de la guerra. De vez en cuando —y quizá llevado de la añoranza— Tientamollas canturrea por lo bajines alguna copla campesina:
La perdiz se coge al vuelo

y la liebre a la carrera.

Las mozas de quince a veinte

se cazan de otra manera.


Después, como ahondando en las miserias del recuerdo, Tientamollas ahueca la voz para volver a cantar, ahora casi sin resonancia:
Las mozas de Alcohujate

tienen el coño pelón,

de subirse a los arbóles (*)

y bajarse al restregón.


Al viajero le duele la impertinente idea de que, según lo más probable y de seguir las cosas al mismo ritmo, ya no volverá a ver jamás a Tientamollas, el mozancón que sobrevivió de milagro, como el viajero y tantos y tantos otros españoles más, a la vesania de quienes les empujaron a liarse a tiros para nada.

—¿Cuantos años hace que no nos veíamos?

—Pues, mira, déjame echar la cuenta: cuarenta y seis o cuarenta y siete.

—¡Que barbaridad! ¿Y cuantos tendremos dentro de otros tantos?

—Pues, mira, déjame echar la cuenta: ciento quince o ciento dieciséis.

—¡Qué barbaridad! ¿No son demasiados?

—Pues si, yo creo que sí... A lo mejor, ya no volvemos a vernos nunca más.

—Bueno, ¿qué más da? Ya nos encontraremos en el otro mundo.

—¿Tú crees?

—¡Anda! ¿Y por qué no? ¿Tú no crees en la resurrección de la carne?

—Pues, la verdad: no me he parado a pensarlo.

A la salida de Guadalajara, otra vez en la N—11, hay un cementerio de automóviles muy dramático y sobrecogedor; los cementerios de los automóviles son más amargos que los de los hombres; en ellos se ve más la muerte o se ve la muerte más en cueros. Un letrero advierte que a Torija quedan 18 Kms. Al valle de Torija se entra por los cerros Peña Hueva y Pico del Águila, todo llegará a su debido tiempo. Unas cabras ramonean en un paisaje casi palestino mientras una mocita núbil y bien parecida toma el sol en la entrepierna con una paz sosegadora brillándole en el mirar. A la derecha queda Iriépal, por donde triunfó hace más de doscientos años la marquesa de Villaflores y vizcondesa de Valdefuentes, la dama a quien llamaron la Bella Veneciana. A los de Iriépal les dicen bubillos porque hay muchas abubillas en sus campos; este apodo es tan frecuente como lo es el pajarico por todo el país. El viajero tiene apuntado que, sin salir de la Alcarria, se les llama también así a los de Barriopedro, Olmeda, Yebes y Fuentenovilla.

—¿Seguimos?

—Bueno.


Taracena queda al otro lado del camino. En la taberna fresca, limpia, con el suelo de tierra recién regado, que conoció el viajero cuando la otra vez, ya no está la tabernera que estuvo ni aquella niña muy aplicada, de diez años, que se levantaba de la siesta para ir a la escuela. La tabernera se llamaba Apolonia Cañamares y la niña Pepita Sánchez; se fueron a Reus hace ya muchos años. La tabernera de ahora se llama Menchu. Menchu es una tabernera no del todo resplandecedora que no ve con buenos ojos al viajero; a lo mejor se fue sin pagar algún día, no recuerda bien. En la taberna El Tropezón y ya con algo más de suerte, el viajero se bebe a peto de jarro, como corresponde a un hombre de bandujo templado, garganta hecha al trasiego y buena voluntad, un par de jarros de clarete de Yélamos, que es vino saludable, refrescante y reconfortador.

—¿Hace otro jarro?

—No, déjelo usted.

—Paga la casa.

—Bueno, eso es ya otra cosa, póngalo usted; a los amigos no se les puede uno negar.

Cuando el cielo se aborrega hacia el norte, en Taracena llueve. A Tórtola va la nube y en Taracena sacude, dice el refrán. Tórtola de Henares está en la carretera que lleva a Hita y a Jadraque.

—¿Y no va usted a pasar por ahí?

—No sé, no creo.

A los de Taracena les llaman ahumados porque probaron a cribar el humo, y a los de Tórtola, bocagrandes, porque guardaban los cuartos en la boca; a aquéllos también les dicen judíos y a estos otros, moros. En esto no suele haber mucha variedad.

—¿Y no se cabrean, cuando se les dice?

—Pues ya ve usted, unos más que otros.

En Valdenoches se estrecha el valle de Torija, que por aquí es boscoso y punto menos que umbrío. Valdenoches casi no existe; Valdenoches es pueblo simpático, lo que no es poco, pero no demasiado más. A los de Valdenoches les llaman escuerzos y correcoches.


Valdenoches, correcoches,

lugar de cuatro vecinos:

El cura guarda las vacas

y el sacristán los cochinos.


El viajero cree que lo que se dice en esta copleja lo oyó también referido a algún que otro lado; a lo mejor se acaba acordando de dónde fue. Torija aparece de repente, encaramada en su cerro o, quizá fuera mejor decir, colgada en el borde de la meseta que lleva a Aragón; Torija, agazapada a la sombra del castillo que voló el Empecinado para que no pudiera ser francés, está en el antiguo camino real de Madrid a Zaragoza, por donde anduvieron los recueros arreando recuas y pasaron los peregrinos que caminaban al Pilar en busca del milagro.

—¿Va usted a Zaragoza, por un casual, a cumplir una promesa?

—No, señora. ¿Dónde ha visto usted que a cumplir una promesa se vaya en Rolls?

—Anda, pues también es verdad. ¡No habla caído!

El castillo de Torija está siendo reconstruido; por fuera presenta ya buen aspecto, pero por dentro todavía está hueco. Unos gitanos cruzan, con tanta dignidad como parsimonia, camino de ningún lado, y saludan a la guardia civil.

—Buenas tardes nos dé Dios.

El viajero no ha visto una sola mula en todo el trayecto desde Guadalajara, algo debe estar cambiando en el país.

—¿No es usted de los Sebastianes, de Escariche?

—No, señora, un servidor es de los Estanislaos, de Almoguera.

—Bueno, por ahí se andan.

—Puede; sí, señora.

La posada ya no es posada: hoy abrieron las puertas porque esperaban la visita, se ve que alguien les avisó.

—Hemos abierto la casa en su honor.

—Muchas gracias.

En la fachada se conservan en perfecto estado los azulejos que recuerdan otro viaje: «C. J. C. durmió en esta casa el 6 de junio de 1946. La cama es de hierro, grande, hermosa, con un profundo colchón de paja.» Marcelina García, el ama del parador, ya ha muerto: descanse en paz. Su hija Segunda Paniagua, la mujer que preguntó al viajero —hace casi cuarenta años— si iba a tomar vino, ya ha muerto: descanse en paz. Saturnino Catalán, el marido de Segunda, ya ha muerto: descanse en paz. A Saturnino Catalán le decían el Moreno. Saturnino, mientras Dios le dio vida, se subía de vez en cuando a una escalera y limpiaba los azulejos con primor.

—Con el polvo que levantan los camiones, se ponen perdidos.

—Sí.

Saturnino Catalán, en el año 1971, le regaló la cama al viajero.



—¡No, hombre, no! ¿Cómo me voy a llevar la cama? Está bien donde está.

Manolo Paniagua, el mozo —en tiempos idos— que cantaba jotas al estilo de Aragón, sigue vivo, a Dios gracias.

—Tenía muy buena voz, ¿verdad usted?

—¡Ya lo creo!

A Manolo Paniagua le dicen Manolo el Chispún. El Chispún comerciaba con sal y llegaba con su mercancía a los más remotos confines de la Alcarria. El Chispún era dueño de dos mulas y del macho Morito, que tenía más fuerza que ningún otro.

—¿Usted fue novio de la Marujita, la de los Lesmes de Guadamajud?

—¿Y a usted qué más se le da?

—¿Mande?


—Digo que a usted qué coño le importa.

—¡Ah, ya entiendo! ¡Ahora me hago cargo!

Volviendo al hilo del cuento. Saturnino y Segunda tuvieron dos hijos: María Luisa, la niña que hace casi cuarenta años fue por vino para el viajero, y Saturnino, que es buen amigo suyo y se pone muy contento cuando se ven. Algunos, a María Luisa le dicen Consuelo; aquí debe haber una confusión. Con María Luisa y Saturnino están algunos amigos y parientes.

—Llévese usted la cama, se la regaló mi padre y se la vuelvo a regalar yo.

—No; la cama no me la llevo pero podemos llegar a un acuerdo: es mía ya, bueno, pero se queda aquí en depósito.

—Vale.


El viajero piensa ahora que si María Luisa y su hermano Saturnino quieren dejarla a la fundación que, poco a poco, va naciendo en Iria Flavia, no tienen más que decirlo; para ese fin sería aceptada y recibida con todo honor y se conservaría ya para siempre.

—Y quede claro que el colchón no era de paja sino de lana.

—Así lo haré constar.

Marujita, la de los Lesmes de Guadamajud, con quien tuvo que ver no fue con el viajero sino con su primo Matías, consumero en Villarreal de los Infantes, Castellón, antes de la guerra. Marujita, la de los Lesmes de Guadamajud, era de natural alegre y tenía mucho talento para el cachondeo; la pobre murió a resultas de la tunda que le arreó una viuda que la culpaba, sin razón, de haber sido la causante del óbito de su difunto, que se conoce que no pudo asimilar el vaivén que la Marujita le imprimía al jergón.

—¿Y su primo Matías?

—Pues mi primo Matías, cuando la Marujita finó, se fue fraile y ya no volvió a saberse nunca más de él. Mi primo Matías tuvo buenos amigos aquí en Torija: Juan Francisco, el alcominero, que vendía alcominos y azafrán y pimienta blanca y negra y pimentón y clavo y toda clase de especias para la matanza; el alcominero era muy ceremonioso y amable, muy bocalán y amigo de reverencias, pregonaba su mercancía con buena voz y una melodía muy bonita y daba recuerdos para sus maridos a las clientas. El alcominero mandó decir una misa por el alma de la Marujita, cuando descansó en paz.

—¿Hace otro tinto?

—Hace, si señor. Al tío Conde le llamaban así porque era tan cojo como el conde de Romanones, menos listo pero igual de cojo; vendía sardinas frescas, es un decir, que llevaba bien apretadas de sal en las albardas de su borrico. El Deogracias también vendía sardinas, pero éste iba en moto con sidecar. Torija fue siempre villa de personal valiente. Al sacristán lo llamaban para cantar en los entierros de pueblos muy distantes; lo hacia bien y, claro, su fama trascendió. El sacristán —no recuerdo ahora su nombre— también traía el cine que se pasaba en el salón municipal, a peseta la entrada; el cine era mudo pero el sacristán lo explicaba de viva voz. Aún se recuerda El crimen de Pepe Conde, de Miguel Ligero. Al final de la sesión, el sacristán se dirigía al público de forma muy sentenciosa: Aquí todos contentos —decía—, ustedes robados y yo con los cuartos.

—¿Y no le dieron nunca con la mano?

—No, señor, por aquí la gente es tranquila y quiere vivir en paz.

Algunos sabios distinguen entre picota y rollo pero el viajero piensa que eso es hilar demasiado delgado; el nombre va en usos, según lo más probable, y en cada pueblo le llaman como quieren y además hacen bien. La picota de Torija está a la entrada del pueblo y bien conservada y es muy solemne, de mucha gallardía; el viajero hubiera preferido que no la convirtiesen en farol pero, claro es, se aguanta y disimula. Los torijanos están muy orgullosos de su picota.
Tres cosas tiene Torija

que no las tiene Trijueque:

el castillo, la picota

y los caños de la fuente.


—¿Y a cuántos habrán empicotado ahí?

—¡Uf! ¡Vaya usted a saber! No creo que nadie se haya entretenido llevando la cuenta.

Los descendientes jóvenes de los empicotados y los empicotadores de aquellos tiempos se reunían hasta hace pocos años en la peña La Cordera, que pasó a mejor vida sin que nadie la empujara; ahora piensan resucitarla y llamarle La Barbacana, centro cultural, para ver la televisión y jugar el futbolín.

—¿Y por qué no juegan a los bolos o a la pelota, o sea al frontón?

—¡Yo qué sé!

El viajero se aloja en casa de su amigo don Jesús, pintor de limpio pincel y escultor de bien perfilado cincel. Doña Delia, la mujer de don Jesús, tiene todo muy bien dispuesto y cuidado, al viajero le da miedo manchar el piso o desordenar los muebles o los objetos, y procura portarse bien y mirar por dónde pisa.

—¿Necesita usted algo?

—No, señora, nada, muchas gracias.

El viajero, tras lavarse las manos, sale a cenar con unos amigos al mesón de Sancho, de Ángel Sancho, no de Sancho Panza, que está por donde ha venido, desandando un poco lo ya andado y no lejos de la gasolinera de Felipe Salgüero, cónsul de la amistad y la lealtad. Sentado ante una mesa y con una pepsi—cola delante está un cura pelirrojo, de alzacuello y en buen estado de aseo y compostura, que se dirige al viajero.

—Soy Armando Mondéjar, el niño que le acompañó unos hectómetros, ¿recuerda?, en su primera salida de Guadalajara; pasaba por aquí, supe que venia usted a cenar y esperé para saludarle.

—¡Pero, hombre, Armando! ¡Qué alegría! ¿Qué ha sido de ti, digo, de usted?

—No, no; puede usted tutearme, ¡no faltaría más! ¿Que qué ha sido de mí? Pues, nada, ya lo ve, viviendo, que no es poco. Algunos creían que me había muerto y otros hasta llegaron a pensar que era un alma en pena, un espectro.

—¿Por qué lo dice?

—No, por nada; yo ya me entiendo.

Armando Mondéjar le explicó al viajero que estuvo en la legión, primera bandera, tercio de Don Juan de Austria; que después regentó una herboristería en Bocairente, La Menta del Paraíso; que más tarde se casó en Orihuela del Tremedal, donde vivió hasta que a su señora, la Sacramento Higueras, la mató el mal aire cucalón y que a renglón seguido —y harto ya del mundo y sus desengañadores oropeles— le dio la vocación y se fue cura. Ahora es canónigo penitenciario de la catedral de Burgo de Osma y el viajero sabe de buena tinta que goza de muy justo renombre como orador sagrado y director espiritual de jóvenes descarriadas.

—Los usos eclesiásticos se acomodan a mi manera de ser y me siento muy reconfortado y dichoso porque la paz tomó asiento en mi espíritu...

—¡Coño!

—...y el sosiego me invade por doquier.



—¡Vaya, menos mal!

El viajero, al llegar a este trance del diálogo, llegó a pensar si no estarían en lo cierto quienes sospecharon que Armando Mondéjar era un espectro.

En España hay hoy día, vivos y recién contados, siete Pascuales Duarte, once Camilos Cela y ningún Armando Mondéjar López. El viajero, por si acaso el clérigo era el demonio, se santiguó.

—¿Te quedas a cenar?

—No, muchas gracias; no quería más que saludarle.

Siete virtudes tiene la sopa: saca el hambre, sed da poca, hacer dormir, digerir, siempre agrada, nunca enfada y pone la cara colorada. Las sopas de ajo con su huevo y su tocino son alimento de esforzados varones; las damas también pueden tomarlas, pero deben cuidar que no les crezca el bigote. Los judíos dicen que anguilas y caracoles no es comida de señores; bueno, que digan lo que quieran. Primero se fríe la anguila bien troceada y a fuego lento; después se la cuece con cebolla, perejil y guisantes machacados, se le suman dos yemas hervidas con laurel y sal y se le añade aceite y un poco de leche de cabra; cuando deja de hervir se le pone una meadita de vinagre, casi nada. Las codornices caen bien tras la anguila. Una vez limpias, a las codornices se les embucha un diente de ajo, pimienta negra, manteca de cerdo y sal y se rehogan a fuego lento, claro es; se meten en pimientos morrones destripados que se ponen a freír en aceite hirviendo y se sirven escurridas. Sancho, el del mesón, debió ver flojos y desnutridos al viajero y a su compañía porque aún les dio tajadas de cabrito con pimentón y ajo, aderezado con el hígado rustrido con más pimentón y más ajo y un generoso chorretón de vino.

—A esto le llamamos caldereta.

—Bueno, la verdad es que el nombre es lo de menos.

—¿Qué van a querer de postre?

El viajero prefirió salir al fresco aire de la noche, que tanto baja el condumio como aleja los malos pensamientos; antes entró en el meadero, que nunca es desperdicio mear el sobrante, y vio, con no poca sorpresa, que estaba limpio. Sí, es evidente que algo está cambiando en este país.

—¿Subimos a pie?

—¿Usted cree que podremos?

El repecho es duro pero como el viajero no tiene prisa y toma las cosas con cierta calma, el tiempo se le va en un vuelo.

—¿Se cansa?

—Sí, pero no importa: lo malo que le puede pasar al hombre en esta vida no es el cansancio, todos nos cansamos alguna vez, sino el aburrimiento. Cuando Dios se harta de alguien, lo anega en aburrimiento.

Las ranas croan en un balsón que queda en la hondonada mientras la luna, con un orgullo distante y bien medido, alumbra todos los trances de la noche.

—¿Verdad usted que ese árbol parece una señorita en paños menores y con un clavel mismo pegado al culo?

—Pues, no sé; puede que sí.

En estas violentas curvas hay un resbaladero en el que suele estrellarse, de cuando en cuando, algún camión que se desboca. La señorita Exuperia Márquez, alias Marilyn Monroe, rubia teñida, tetona al borde de la imprudencia y puta de oficio que parece sacada de un anuncio de las Pilules Orientales, explica al viajero que cuando en el silencio de la noche se oye el estruendo de un camión que se va al carajo, los vecinos se levantan con presteza, parecen liebres, y caen como raqueros sobre la mercancía desbaratada y ciscada. La relación de los últimos botines es muy varia: sobre de sopa, detergente para lavadoras, botes de tomate frito, bidets (por aquí les dicen lavapiés), papel higiénico, latas de almejas al natural, dentífricos con o sin flúor o clorofila, fregonas de plástico de variados colores, etc. El viajero no acaba de creérselo demasiado pero piensa que a lo mejor esto es lo que se llama la economía sumergida. En cualquier caso la Marilyn está muy buena, que es lo principal.

—¿Se va trabajando?

—Pues, si, la verdad es que no puedo quejarme.

El viajero durmió un sueño reparador y satisfactorio en casa de don Jesús. Cuando se despertó era ya de día y, en medio de la paz y la hospitalidad, desayunó el café con leche con fritillas y pestiños que le dio doña Delia.

—Muchas gracias, señora, que Dios le conserve las mañas para la repostería y la buena disposición hacia los huérfanos, los nómadas y los desasistidos de la fortuna.

—Bueno.


En esta villa nació el culto poeta don José María Alonso Gamo, traductor de Catulo. Torija, según voz autorizada, la de don Paco el de las truchas, hombre de muy raras sabidurías de quien ya se hablará a su tiempo, tiene fábrica de harinas, taller mecánico con grúa, molino de piensos, veterinario, farmacia, taxi y casa cuartel de la guardia civil. En la carretera hay un apeadero para socorrer el apretón de las libídines desbocadas; ahora duermen a pierna suelta las socorredoras, porque el tajo es nocturno. Por una callecica pasa, diríase que con aplomada solemnidad, un burro en cueros y con hechuras de garañón jubilado, que se detiene, rebuzna, cocea al aire, enseña los dientes de la color de la calabaza y se esmoñiga sobre el santo suelo con un desprecio infinito; es el último burro de Torija y ya no trabaja, ya está jubilado y vive sus últimos días paseando de un lado para otro y respetado por todos. El aire está medio revuelto, no parece el Corpus, y un vientecillo tartamudo pinta guiños y jeribeques en la atmósfera; a ver si hay suerte y no acaba lloviendo.

—¿Vamos por Valdegrudas?

—No; vamos por Fuentes y volvemos por Valdegrudas, tenemos tiempo para todo.

La carretera discurre por una llanura de bellísimo y verde cereal, se ve que es año de buena cosecha, salpicada de malas yerbas de colores hermosos: rojo, violeta, blanco, amarillo, azul. La carretera es buena y está asfaltada y el terreno pronto empieza a ondularse con suavidad en vaguadillas que no llegan a arroyadas aunque tampoco les queden demasiado lejos. Al camino se le ha ido el misterio que tuvo y el incierto aire de aventura; ahora ya no se ven sino domingueros zascandileando y gordas marcando, rascándose y murmurando. Por el cielo vuela el alcotán barriendo nubes y espantando la fantasma del último niño muerto de garrotillo. Una culebra cruza sobre el asfalto en busca de cualquier reguero escondido y un cuervo de nobles trazas carniceras la mira sin decidirse a presentarle batalla. El viajero da gracias a Dios por haberle querido brindar un espectáculo antiguo, decente y aleccionador y, para festejar su alegría, detiene la caravana y pide a sus juglares que le canten un romance de amores imposibles.

—¿Quiere usted el que dicen Romancillo de la infanta bizca que casó con mocito barbero?

—Venga.


Poco más adelante, a la derecha, sale el desvío que va a Fuentes de la Alcarria y Caspueñas —y aún más allá— siguiendo el cauce del río Ungría; un mojón advierte que el primer pueblo que se dice está a 1 Km. y 832 m.

—¿No cree usted que eso es mucho precisar?

—No sé, a mi me parece que sí.

En los puentecicos que dicen las Alcantarillas, el Empecinado sacudió estopa al conde Joseph Leonard de Hugo, padre del poeta Víctor Hugo, general de Napoleón y gobernador militar de Madrid durante la francesada, famoso porque fue quien detuvo y ahorcó en Italia al bandido calabrés Fra Diávolo.

Fuentes se levanta sobre una cresta de monte rodeada de barrancas por todas partes menos por una, que la une al resto de la Alcarria; Fuentes es como la tajamar del viento, talmente como una peñiscola navegadora por la mar del viento. Por la Alcarria llaman alcarrias a los terrenos altos y rasos; Fuentes se alza casi en equilibrio en el filo de una alcarria. A los de Fuentes les dicen berreros y angelillos o angelitos, el viajero no sabe si ha oído bien. Los angelillos son listos de natural y discurren y se las apañan con aprovechamiento. Por aquí se dice, de quien se quiere ensalzar, que es como el herrero de Fuentes, que él se lo fuella (o se lo suella) y él se lo macha y él se lo saca a vender a la plaza; hace ya algún tiempo hubo un herrero de Fuentes que todos los años se recorría la comarca vendiendo cerraduras, trébedes y tenazas. Fuentes es buen mirador, desde sus tajos se ve mucha Alcarria; la taberna de Fuentes se llama Mirador de la Alcarria.

—Una servidora no se cansa jamás de ver tanto mundo como se alcanza desde aquí con la vista, ¿verdad usted?

—No le quepa la menor duda.

Las fichas de los jugadores de mus son chapas de gaseosa y otros refrescos. El personal de Fuentes es muy amable y muestra su pueblo con orgullo; la frase «salúdame a los de Fuentes» se refiere a que los naturales de esta villa van por el mundo con mucha dignidad y la cabeza alta.

—Allá enfrente nace el río Ungría, que siempre lleva agua, y a la fuente que mana al lado contrario le decimos el Borbotón.

En Fuentes quedan veinticinco familias, unos setenta y cinco habitantes, más o menos. De aquí fue el beato Miguel de Urrea, a lo mejor no era beato, traductor de los diez libros de la Architectura de Vitruvio.

En la casa que fue de un familiar del Santo Oficio luce un escudo de armas arropado por una frase en latín que dice: Nulla silva talem profret fronde Florez cermin; la frase tiene dos erratas —profret por profert y cermin por germin, abreviatura de germine— y está tomada del himno litúrgico Crux fidelis, que se canta el Viernes Santo, sin más que cambiar el sustantivo flore por el apellido del dueño de la casa, Flórez o Flores. La traducción del verso latino sería: Ningún bosque tal produjo en fronda, flor y fruto.

—¿De dónde saca usted tan cumplida ciencia?

—¡Ah!

Al viajero le sopló al oído las sabidurías un amigo suyo, clérigo Cerbatana venido a más porque acertó las quinielas, al que decían el latinista Méndez, sin más; nadie sabe ni supo nunca cómo se llamaba de nombre e incluso había quienes aseguraban que no tenla nombre propio ni segundo apellido porque era hijo de soltera. El latinista Méndez era el representante de Consuelito la Borde, artista del bataclán de más temperamento que renombre y otras condiciones, hembra que había estado arrimada a un sargento de Intendencia natural de Tocina que se ahogó en el Guadalquivir a poco de acabar la guerra.



—Decid, niño, ¿cómo andaba Consuelito la Borde?

—Consuelito la Borde andaba como un banderillero, circunstancia que ponía muy cachondo al personal.

—Bien. Decidme ahora, ¿cómo bailaba el foxtrot Consuelito la Borde?

—Consuelito la Borde bailaba el foxtrot a la remanguillé o sea cojeando un poco del hueso dulce.

—Muy bien. Decidme, por último, ¿Consuelito la Borde fue siempre fiel a su sargento?

—No, padre: Consuelito la Borde engañaba a su sargento con un inglés que se llamaba James y vendía gaseosas por los pueblos.

El viajero piensa que el puntual señalamiento de las artes e industrias de Consuelito la Borde podría empañar la nitidez del hilo del relato y debe quedar, por ende, para ocasión más reposada.

La picota de Fuentes de la Alcarria es modesta y no demasiado bien conservada, su columna se alza sobre tres gradas y, ¡vaya por Dios!, se remata con tres bombillas de luz eléctrica.

La fuente tiene un chorro para los cristianos y un abrevadero para las bestias. El viajero no se explica cómo puede llegar hasta aquí el agua de la fuente.

—Pues ya lo ve, por su propio peso.

Detrás de la picota y de la fuente, unos caballeros de buena presencia juegan a los bolos; los bolos son seis y delgados y largos, de más de una vara, y se ponen en dos calles de a tres y al hilo de los jugadores; las bolas son del tamaño de un balón de reglamento y pesan puede que más de media arroba. Antes también se jugaba al tejo, que era medio parecido al chito, y se tiraba la barra castellana de a doce libras, o sea entre cinco y seis kilos; estos juegos y deportes llegaron hasta los años cuarenta.

—Fue una lástima que se perdieran y ahora va a ser ya más difícil resucitarlos.

Un hombre trae a un burro del ronzal para fotografiarse con el viajero.

—¿Le gusta?

—Si, es un burro muy bonito.

—Y muy noble, si señor; se llama Lorenzo y es muy noble. ¿Le gustan a usted los burros?

—Si, mucho. Yo tengo un burro que se llama Cleofás, que es nombre antiguo y de mucho fundamento.

Al calvario se lo llevó la trampa de la guerra, nadie sabe dónde fue a parar; la iglesia es grande y luminosa y también sufrió mucho en la guerra, por aquí anduvieron los milicianos y los italianos y, entre unos y otros, desbarataron todo. En el atrio de la iglesia campea el nombre del caído de Fuentes: el sargento Ciriaco Viejo.

—¿No habrá habido más?

—Pues, sí, lo más probable.

El pueblo tiene una santa patrona, Nuestra Señora de la Alcarria, y un santo patrono, San Agustín.
San Agustín está en Fuentes.

San Macario, en Valdesaz.

Y bajando cuesta abajo, en Archilla, San Román.
La puerta de la muralla tiene un encanto artesano y derrotado, casi fantasmal y poético. El ayuntamiento viejo está en ruinas y, como hoy es el Corpus, el viajero se da con un garaje tapizado de hermosas colchas de colores, convertido en altar. Las calles están todas en cuesta y, en general, bien de piso, y las gallinas no andan sueltas.

—¿Por qué las tienen encerradas?

—Pues ya ve usted, para que no se las lleve el raposo.

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