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Nuevo viaje a la alcarria


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II — LA N—II HASTA EL RÍO HENARES

El viajero no se levanta al alba, ¿para qué, si ha de sobrarle el tiempo durante todo el camino? El viajero durmió bien, la verdad es que duerme siempre bien, y soñó sueños elementales y divertidos: un perro corriendo tras un conejo, una señorita en enagua y con sombrilla, un niño haciendo equilibrio en un tejado, etc.

–¿Y no sueña usted con mujeres preñadas y bellísimas volando a ras del suelo?

–Pues, no; casi nunca.

El viajero se levanta a una hora discreta, a eso de las ocho y medía o nueve de la mañana y, sentadito en el excusado, se deshace sin miramiento alguno de cuanto le sobra. El viajero recuerda de cuando niño que los frailes del colegio, al noble acto de la necesidad o deposición o evacuación corporal por cámara, le decían mover o regir el vientre, hacer el cuerpo o de cuerpo y hacer una diligencia. ¡Qué horror! ¡Qué poca razón tienen los poetas añorantes de los tiempos idos!

–¿No le gustan a usted los versos de Jorge Manrique?

–¡Ya lo creo! ¿Cómo no me van a gustar, si son tan hermosos? Lo que les pasa a los poetas es que la verdad, a veces, se les resiste.

El viajero se asea, desayuna, se viste, recoge sus últimos bártulos y baja sin despedirse de nadie porque no tiene de quien hacerlo.

–¿Y no le da pena?

–No.


El viajero baja en el ascensor, según ya es costumbre; antes, los ascensores no eran también descensores, no servían más que para ascender y eso no siempre porque su uso estaba vedado a las criadas, al carbonero, a los niños menores de catorce años si no iban a cargo de persona mayor y a los perros en cualquier caso. El zaguán del hotel está lleno de gente y en la calle aún hay más todavía; la verdad es que la fauna ciudadana está al completo. El viajero piensa.

–¡Si me viera la Florentinita, aunque no fuese más que de refilón!

Florentina Miraveche Méndez, o sea la Florentinita, tuvo amores con el viajero hace ya muchos años, a poco de terminar la guerra civil, y lo dejó colgado porque le pronosticó que no llegaría jamás a nada.

–¡Una no está para que la hagan perder el tiempo! ¡Yo no tengo por qué regalar mis mejores años a un desgraciado!

–¡Ay, hija, pareces un puerco espín!

–¿Un puerco espín, dices?

–Si. Y también un cardo borriquero. ¡Dios, qué modales!

El viajero procura alejar los malos pensamientos. Entre el personal que se junta para despedirle hay un secretario de Estado que se llama don Ignacio y un director general que también se llama don Ignacio. ¡Quién te ha visto y quién te ve!, piensa el viajero por lo bajo.

–¿Decía usted algo, don Camilo?

–No, hija, déjame pensar... (Para sí mismo o sea para su propio coleto.) ¡Si me viera la Florentinita, aunque no fuese más que por el ojo de la, cerradura!

Oteliña está resplandeciente y los juglares reciben al viajero cantando el romance que se titula La verdadera historia de Gumersinda Cosculluela, moza que prefirió la muerte a la deshonra.

–¡Qué costumbres se tenían antes! ¿Verdad usted?

—Y usted que lo diga, hermana, y usted que lo diga.

El viajero piensa curarse en salud y evitar las comparaciones y el antes y el después; se entiende que su intención la llevará no más que hasta donde pueda, que no hasta donde quisiere, porque sabe bien que los buenos propósitos tienen sus límites y tampoco ignora que a todos alcanzan las igualadoras y escarmentadoras rebajas del tío Paco. Las comparaciones no valen o valen poco pero, de cuando en cuando, se cuelan de rondón y sin avisar.

—¿Y entonces, qué se hace?

—Nada; tener paciencia.

A las tiernas golfas del cabaret de las Llamas, con sus manos callosas y frías, sus pitillos al menudeo —¡lo tengo rubio y lo tengo negro!— y sus copitas de anís o de coñac, las barrió el paso del tiempo y el doloroso triunfo de la desvergüenza. Ahora están de moda los confusos travestidos en detrimento de las diáfanas putas; se conoce que gusta más el marco, el entrevero y el pelemelé, lo cual es seguramente malo y enfermizo. El viajero no quisiera ponerse ni sentimental, ni moralizador, ni elegiaco, pero tampoco tiene por qué callar que prefiere lo que hubo a lo que se enseña. Frente al hotel del viajero, en la otra acera de la Castellana, se reúne todas las noches la promiscua taifa de las esfinges con tetas de nodriza en sazón y magué de sargento de regulares; como ahora es de día, los travestís se han ido a descansar, a afeitarse con primor y a acicalarse un poco para no desmerecer ante la parroquia, que la competencia es grande y la vida empuja.

—¿Usted piensa que los travestidos son un problema?

—Bueno; son un problema menor. El verdadero problema son los clientes.

Hay gustos para todo, ya es sabido, y jamás falta un voluntario para bailar el pasodoble, pero el viajero supone que el paisaje que arropa a la estatua del marqués del Duero queda más limpio a estas horas que por la noche.

A la entrada del túnel de María de Molina hay un letrero rectangular que advierte: N—II (sobre fondo rojo), Zaragoza (directamente sobre el fondo blanco general), L. de Hoyos (sobre fondo verde), Aeropuerto (sobre fondo amarillo); la verdad es que es un letrero muy aparente. Se va bien en el Rolls, es muy confortable y solemne y tiene de todo, bar, mesita, televisión, radio, teléfono... Al viajero lo que le gusta del Rolls es cómo huele por dentro, a madera noble y a cuero bien curtido; todos los accesorios que dejó dichos le sobran, tanto al viajero como al Rolls. El viajero tampoco manda encender el aire acondicionado porque prefiere el de afuera, pese al humo de las chimeneas y los tubos de escape, pese al vaho de la gente que respira y también que suda, y pese al polvo que levantamos entre todos al andar de un lado para otro, o sea, pese a la contaminación.

No poca parte de la vida del viajero transcurrió por estas latitudes madrileñas: en la calle de Serrano murió su madre, en la calle de Claudio Coello nació su hermano Jorge y murió su padre, en la calle de Velázquez nació su hermana Ana, en la calle de Alcántara nació su hermano Rafael —que fue a morir más allá de Chamartin de la Rosa, el por entonces campo abierto en el que todos vivieron de niños— y en la calle de Lista nació su hermano José Luis. Por detrás de López de Hoyos quedaba el canalillo en el que el viajero se bañaba durante la dictadura de Primo de Rivera y entre la admiración de sus amigos, el Juaneca, el Mata, el Estanislao, el Mateo y el Vítor.

—¡Jo, que el Camilo nada como un pez, que yo lo he visto!

—¡Mentira!

—¿Qué te Juegas?

Madrid terminaba entonces en el paseo de Ronda, lo más en la calle de Cartagena, y más allá quedaba el remoto mundo de la Guindalera y la Prosperidad, con su misterio casi republicano, sus gallinas y sus putas que no oficiaban el arte más que fuera del barrio, por eso del decoro: Parasitol Savuec, lo mejor para las ladillas; Ladilline, metaladillas radical. Los solares eran más que las casas y en todos ellos jugó el viajero al fútbol, de mozo. El tenis se practicaba en el Club Velázquez, donde ahora están las oficinas de Iberia, y natación de pago se ejercitaba —casi como un rito, a puerta cerrada y con no pocas precauciones— en el Niágara, en la cuesta de San Vicente, o en el Lago, en el puente de los franceses; esto debió ser quizá unos años más tarde.

—El balón es mío y yo chuto los penaltys. ¿Estamos?

—Estamos.

Por entonces aún no se decía vale, del verbo valer, por estamos (de acuerdo). Los corredores de fondo se entrenaban como podían, unos de una manera y otros de otra. Luis Encabo, que fue campeón de España de pedestrismo —a lo mejor sólo fue campeón de Castilla— y uno de los ídolos del viajero por aquellos años, era el dueño del quiosco de periódicos de Serrano esquina a Lista y se entrenaba galopando detrás del tranvía 3. Luis Encabo fue quien enseñó al viajero a bajarse del tranvía a toda velocidad y mirando para el sentido contrario de la marcha.

—¿Y no se cayó nunca?

—¿Luis Encabo?

—No; el otro.

—Pues, si, la mar de veces; pero no se desnucó jamás, la prueba la tiene en que ahí sigue.

El paso del tiempo se nota en los solares donde crecen los edificios de los hombres arrasando los cardos de las cabras. Por donde anduvo el arroyo del Abroñigal, con sus golfos pobres y literarios y sus gorriones alegres y también pobres, cruza hoy la carretera que dicen M—30, con sus cinco o seis carriles de automóviles que pasan cagando centellas y ensuciando el aire. La mugre del subdesarrollo está más hecha a la medida del hombre que el detergente del progreso, que se ciñe mejor a la horma de las máquinas y demás ingenios que aherrojan y aplastan y humillan al hombre.

—¿Usted prefiere una cabra a un transistor?

—No lo dude; las cabras son animalitos que igual valen para un roto (matar el hambre, por ejemplo) que para un descosido (tener el apetito venéreo desmandado y no dar con una vagina de la misma especie a su debido tiempo, pongamos por caso). Las cabras son bestezuelas de mucha utilidad y compañía: no hace falta llegar hasta Amaltea, la cabra que amamantó a Júpiter a sus pechos, para darse cuenta de que esto es verdad.

— ¡Hay que joderse, qué cultura!

—Por favor, déjeme usted continuar. Ahí tiene usted al Simeón Corcuera, el sacristán de Ocentejo, que desde que quedó viudo hace vida marital con la cabra Algazula; el sacristán y su coima, aunque ésta sea animal irracional, se entienden en lengua migaña y son muy felices.

—Ya, ya...

Poco antes de llegar al arroyo del Abroñígal queda, a mano derecha, el barrio que dicen Parque de las Avenidas, que está lleno de coches y que se pinta con una alegría doméstica que al viajero le da mucha tristeza.

—¿Usted cree que es sitio bueno para tener una querida?

—Pues mire usted, según.

Este año el Corpus cae el 6 de junio, día del dichoso tránsito de San Felipe el cual, esclarecido en milagros, convirtió a Samaria a la de de Cristo y bautizó al eunuco de Candacia, reina de Etiopía; como es de ley es jueves y, como cabe suponer, brilla el sol en lo alto del firmamento. Durante la república, el viajero conoció a un pensionista que iba a veces por casa de sus padres a que le tirasen un chaleco. Se llamaba don Doménico Vázquez y era natural de Brazatortas, en la diócesis de Toledo, y algo tartamudo, gastaba ojo de cristal, se decía heredero de la ideología política de Proudhon y Pi y Margall y hablaba por refranes. Don Doménico, cuando llegaba el Corpus, decía siempre: tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: el 14 de abril, el 2 de mayo y el Corpus Christi. Esto ni cae en verso ni es refrán siquiera, pero eso tampoco parecía importarle demasiado.

—¿Y qué fue de don Doménico?

—No sé, le perdí la pista a poco de acabar la guerra. Supongo que se habrá muerto ya, de vivir tendría lo menos ciento veinte años; los republicanos federales son longevos, sí, pero no tanto.

La dirección general de tráfico anuncia en el periódico la adopción de una serie de prudentes medidas para regular la circulación en el puente del Corpus Christi. En la N—II se prevén retenciones en la travesía de Alcalá de Henares y hasta el cruce con la carretera de Chinchón; ya veremos. El viajero aún no pasó el desvío del aeropuerto, todavía va saliendo de Madrid y rodeado, a babor y estribor, por los aparatosos y funcionales e impersonales edificios de las multinacionales, aquí todo cae en verso:


Pasado el Abroñigal

y al borde de la autopista

se aburre un autoestopista

con aspecto de alemán.


Por estas trochas anduvieron los estudios cinematográficos CEA y aún flota sobre su aire el recuerdo de las estrellas de entonces, que eran casi familia de todos: Pastora Imperio, Conchita Piquer, Imperio Argentina, Estrellita Castro ... ; el viajero no sabe si su memoria acierta o yerra en los nombres —y en qué grado— pero eso es lo de menos. Entre los fundadores de Cinematografía Española Americana estaban Benavente, Arniches, los Álvarez Quintero, Muñoz Seca, Juan Ignacio Luca de Tena, el maestro Guerrero, etcétera.

Después de las solemnes multinacionales se presentan sin solución de continuidad e incluso sin previo aviso, los cocederos de marisco y los merenderos de medio pelo. Sic transit gloria mundi.

—¿Apuntó usted los nombres?

—Sí, algunos; Los Álamos, La Parrilla de Oro, El Rincón de la Paella, La Bola, Rancho Texano, Los Pinos, El Peñón..., los hay mejores y peores, claro es, pero en todos se puede comer con asco y no demasiado caro; con suerte, también se puede ligar una moza talluda y aparente.

El Descanso voló por los aires dinamitado por quienes quieren arreglar el mundo matando pobres; los pobres son más fáciles de matar que los ricos, se conoce que se guardan menos y se arriesgan a merendar en familia; matar pobres no tiene mayor mérito y es poco deportivo.

A Eliana Ruesca Domínguez, que fue medio novia del viajero y hoy es viuda de García—Mansilla, con guión, le parece que los terroristas son unos desaprensivos irresponsables, no lo puede evitar. Los merenderos están pintados con todos los colores del arco iris, esto parece un pueblo de Arizona. Atrás fueron quedando las vallas publicitarias y los llamativos cartelones de anuncios, la estación del metro de Canillejas y la Ciudad Pegaso, con las ventanas adornadas con calzoncillos y sostenes puestos a secar. A la derecha sale el camino que lleva a San Fernando de Henares, donde Fernando VI mandó levantar un palacio en el que no durmió jamás, y Coslada, en cuyo despoblado de Torrejoncillo de la Ribera se ahorcó hace ya muchos años el clérigo don Heliodoro Bogarra Moriscote, tío de la primera señora del viajero, la Claudia Moriscote, q. e. p. d., y picador que fue de la cuadrilla del diestro Enrique Morales, Chepa de Carabanchel.

—¿Pero la primera señora del viajero no era polaca?

—Usted, calle y limítese a apuntar en el papel lo que yo le vaya diciendo.

—Disculpe.

Empiezan a aparecer pintadas contra los yanquis de Torrejón. En la fábrica Pegaso los camiones están al aire libre, tapados con hules resistentes, a lo mejor son lonas. Los aviones vuelan muy bajo pero con mucho orden, se conoce que tienen instrucciones para no chocar. Al lado de la marcha queda Torrejón y al contrario, la base aérea, a la que se pasa por un puente que va por encima de la carretera. Un letrero muy adecuado advierte que a dos kilómetros está la Casa Grande, fundación de los Austrias abierta a la cultura y a la gastronomía. El viajero mira para Oteliña que, sentada a la manija, va bellísima y distante, también atenta y concentrada. Otro letrero avisa que Alcalá de Henares está a 9 Km. y Guadalajara a 35. Poco antes del cruce de Ajalvir quedan unos montones de escombros en los que brotan las amapolas, es la gran venganza de la naturaleza. El río Torote corre con un hilo de agua color café de recuelo. En la cuneta hay familias merendando polvo y bebiendo gaseosa; enseñan cara de mal humor, cosa que el viajero entiende. Pasa el tren sin echar humo, ¡menos mal!, y la carretera sigue ahogada en anuncios lustrosos y edificios anodinos y desteñidos; el viajero piensa que el lustre, esa máscara de la mediocridad, puede no restar tristeza a lo que nace triste e inútil, Un motorista muy espectacular y aparatoso se mete con Oteliña y el viajero, por señas, se caga en su padre. Al borde de la carretera se ven margaritas blancas, botones de oro de color de oro, amapolas rojas y cardos cenicientos; a veces, a las flores se les pinta en la silueta un gesto avergonzado y ruin como de complicidad. El viajero aún no ha visto un solo pájaro desde que salió de Madrid y piensa que este paisaje desorientado es la negación del orden de la vida; esto parece Europa. Al fondo y todavía lejos se ven algunas lomas pintándose sobre el horizonte. El horticultor Julio Spalla regala, a quien va de paso, la paz de su industria, y la central lechera de Alcalá semeja una oficina, no una vaquería. Vuelven a aparecer las colmenas de casas y, de repente, se presenta Alcalá de Henares, la literaria y vetusta Alcalá de Henares que, en la parte que se enseña, parece un suburbio de Los Ángeles de California. El centro de la ciudad es ya otra cosa, con su Puerta de Madrid, con sus iglesias y sus cuarteles, con sus murallas, sus viejos edificios, su Universidad, sus escudos heráldicos, sus soportales, su quiosco de la música y su Círculo de Contribuyentes. Hay un refrán que dice: riqueza vieja es la nobleza.

—¿Lo pasaba usted bien con la alcalaína Pastorita Canalejas, q. e. p. d., don Casto?

—Si mi buen amigo, de lo más bien, podría jurárselo. La Pastoriíta, q. e. p. d., era cachonda hasta rascándose el herpes zoster.

—¡Joder!

—Como usted lo oye; el herpes zoster, que es una verdadera lata. ¡Que Dios Nuestro Señor la haya acogido en su sano seno!

—Amén.

De Alcalá se sale, entre campos verdes y cultivados, por la llanura que termina en un horizonte de mansas montañas. Los atascos predichos por la dirección general de tráfico no se presentan, ¡más vale así!, y los camiones pasan despelotados matando perros (ya casi no quedan perros por esta parte de la provincia de Madrid), asustando ciclistas (ahora prefieren pedalear por la carretera de Toledo) y espantando las sosegadas familias que viajan en 127 o en R—5 (Por aquí no pasan sino las que no tienen más remedio). Poco antes del cruce de los Santos de la Humosa empiezan a aparecer los puestos de sandías y melones. La carretera es larga y recta y por en medio de ella marcha, sin atención ni mayor cuidado, un burro gris desenjaezado y desenjalmado. En la gasolinera Verde Campiña una señorita habla con un apuesto galán, caballero en caballo tordo picazo, que le ofrece un clavel. A la mano de rienda queda Azuqueca de Henares, el primer pueblo según se entra en la provincia de Guadalajara, que es grande y rico y con más industria que carácter. Azuqueca no está aún en la Alcarria sino todavía en la Campiña y, después de la capital, es el caserío arriacense que tiene mayor número de habitantes: en 1946 tenla menos de mil y ahora pasa de los diez mil. Los de los pueblos de los alrededores les dicen lo que ya dejó dicho el viajero en algún lado; quizá fuera mejor decir que les decían, porque en los núcleos industriales se van perdiendo estos usos de poner mote a los vecinos.



—¿Y usted lo siente?

—Hombre, sí, ¡qué quiere que le diga! Recuerde usted que uno, en su modestia, explica en la universidad una asignatura que se llama dictadología tópica. Dispense.

—Queda usted dispensado.

Los de Azuqueca tenían fama de danzar boleros con mucho donaire y dignidad. Los de más a poniente, los de Brihuega y Cifuentes y Peñalver les cantaban:


Vale una seguidilla

de aire alcarreño

más que cincuenta

pares de los boleros.


Pero ellos decían que no porque:
Vale más el buen porte

de mi bolero

que toas las seguidillas

del mundo entero.


El viajero manda parar el automóvil, se mete por un senderillo entre árboles que queda a la mano de lanza, ruega a sus juglares que canten el romance de Don Gaiferos e invita a bailar a Oteliña con su gesto más suplicante y cortés y también más contenido y rendidamente lascivo.

—¿Llegó a parecer un paladín salaz?

—Si, señora; algunos dicen que hasta llegó a fingir la silueta de un cruzado concupiscente a punto de alcanzar la palma del martirio.

—¿0 la de un obispo rijoso en trance de izar bandera de herejía?

—Pues, no; eso quizá ya no.

Oteliña es como una gacela negra y gentil, dulce y lejana, cimbreña y misteriosa., igual de misteriosa que la brisa que viene volando desde tierras lejanas. Oteliña va muy bien vestida: es la choferesa mejor vestida del mundo, lo cual es razonable. El traje de Oteliña lo discurrió un amigo del viajero, que tiene mucho talento, mucho sentido común y muy buen gusto.

—¡Así acierta cualquiera!

—Sí, eso también es verdad.

El traje de Oteliña es de color hueso o marfil, quizá de lino; Oteliña va de falda larga con una abertura hasta medio muslo en la pierna zoca, la del embrague; la blusa de gasa de Oteliña es de media manga, con rombos bordados en oro, y el chaquetón es un tres cuartos de la misma tela que la falda; Oteliña lleva un finísimo pañuelo blanco cubriéndole la cabeza y además se toca con una gorra de plato, también blanca y con ribetes de oro. El viajero coge unas flores y se las ofrece a Oteliña. Oteliña baila muy bien, se deja llevar con docilidad y elegancia. En las aguas de un minúsculo zafareche adornado por la yerba verde y delicada, flotan dos condones huérfanos, usados y tristísimos. El viajero lleva una cohorte de seis u ocho automóviles y un autocar; sus pasajeros son respetuosos y el baile puede cumplirse con sosiego. Se conoce que al señuelo del grupo, un 600 se acerca con mucha diligencia.

—¿Hay heridos?

—No; por ahora, no.

La decepción es mala consejera y los del 600 se van decepcionados y sin saludar. Poco más adelante se cruza el río Henares, con Alovera a un lado y Chiloeches al contrarío; Alovera está en la Campiña y Chiloeches en un barranco y ya en la linde de la Alcarria. Don Juan Manuel, en El libro de la caza, dice que «el río de Fenares nasce sobre Sigüença cerca de Orna»; Sigüenza y Horna quedan al norte, en la Sierra. En el Cantar de Mío Cid se habla tres veces del río Henares: «0 dizen Castejón, el que es sobre Fenares» (verso 435), «Fenares arriba e por Guadalfajara» (verso 479) y «Vansse Fenares arriba quanto pueden andar» (verso 542). En Castejón de Henares enterró el Cid los ricos caudales que conquistó a los moros y que, por más que se lleva escarbado, siguen sin aparecer; los indígenas se consuelan de su escasa fortuna zahorí jugándose los cuartos al guiñote, que es suerte de naipes semejante al tute.

—¿Y a usted se le da bien?

—Hombre, sí; como dárseme, sí se me da bien, vamos, de primera, lo que pasa es que me gustan más otros: el cané, por ejemplo, que tiene más emoción, el gilé, el monte...

Guadalajara tiene una entrada muy moderna y confusa, llena de indicadores, recovecos y lazos, en eso se ve que va camino de gran ciudad. El viajero no sabe si lo recuerda o se lo figura, pero intuye que en medio de la calzada (a lo mejor fue en Cincinnati y se está equivocando de lugar) se lee o se adivina algo así como:

LAJARA


GUADA

En Madrid también se lee:

PUERTO

AERO


0 bien:
LONA

BARCE


0 bien cualquier otra simpleza por el estilo. Se conoce que los ingenieros creen que los automovilistas leen al revés, de abajo arriba y no e arriba abajo; no obstante el viajero piensa que es uso vicioso —e incluso excesiva licencia— el que las pintadas vayan no sólo contra las leyes de la gramática sino incluso contra las de la gravedad. La última cota conseguida en esta galopada de necedades es la de escribir AICNALUBMA, en la proa de la ambulancias y con la C, la N, la L y la B viradas, casi como si fueran letras del alfabeto cirílico, para que el automovilista que va delante lea en su retrovisor AMBULANCIA y le ceda el paso; al viajero le parece que es agravio comparativo, como ahora se dice, o al menos abuso administrativo, el suponer que el contribuyente es tonto de nación e irreversible.

—¿Usted cree que hay mucho tonto suelto?

—Si señora, y colegiado y agremiado y sindicado. Los tontos, gracias a Dios, ni faltan ni sobran y, aunque están todavía por contar, pienso que ya tenemos todos los que caben.

Guadalajara es plaza de muy hondo y seguro anclaje en el corazón del viajero. Desde hace lo menos quinientos anos, de esta latitud se dice: buena fuente y buena puente; buena gente y miel y aceite; pan caliente y vino teniente; uva albilla y mantequilla; mozas garridas y capas frisidas, y beso las manos y gorras de grana, en Guadalajara.

En un muro de hormigón se lee: ¡Viva la huelga de gasolineras! En el paseo del Doctor Pérez Iparraguirre se ven rosales florecidos adosados a los árboles y señoritas en pantalón vaquero luciendo unas cachas restallantes y de mucho equilibrio. El viajero, entre la nuca de Oteliña y el rulé de las mozas del país, se siente como transportado a un paraíso confuso, deleitoso y dulcísimo en el que todos los gatos fueran pardos y todas las gatas estuvieran en celo.

—Caballero, ¿quiere usted que le enseñe las siete iglesias: la de Santiago, la de los Remedios, la de Santa María, la de la Piedad, la de San Nicolás, la del Carmen y la de San Ginés?

—No, buen hombre, se lo agradezco de todo corazón, pero lo que yo quiero es que no me quite usted la vista del personal.

En la Diputación el viajero preside el jurado que falla el concurso literario «La Alcarria vista por los niños y los jóvenes»: primer premio, una motocicleta de 75 cc; segundo premio, un ciclomotor; tercer premio, mejor dicho, terceros premios, porque son cinco, cinco bicicletas. Con su amigo don Paco, que es hombre de mucho mando en toda la provincia, el viajero se da una vuelta a pie por la ciudad. Daniel Montes, el talabartero de Casa Montes, en la plaza del Doctor Román Atienza, murió hace ya algún tiempo, hace veinticinco años largos: descanse en paz. Su hijo Daniel, el niño al que el viajero llamó Luisito de la otra vez, también murió: descanse en paz; queda su otro hijo, Pedro, gobernando el negocio en la minúscula tiendecita en la que no caben, por rebosantes y cumplidas, ni la mercancía ni la amistad. En la pared de la calle se leen los azulejos que conmemoran una ya lejana descubierta: «Por aquí pasó C. J. C. el día que se dice. El niño mira para el viajero, saca del cajón la pluma y la tinta y con una hermosa caligrafía de pendolista bisoño pone detrás de la testera, sobre el crudo cuero: Casa Montes. Guadalajara, 6 de junio de 1946.» La taberna La Palentina, en la calle Mayor, no desplaza mayor arqueo que la talabartería.

—En este local no caben más que tres clientes y, si uno es don Camilo, sólo dos.

Por la calle Mayor no dejan pasar los automóviles para que la gente pueda pasear a gusto. En la Palentina hay un letrero que dice «Gracias por no fumar», pero Mariano, el hijo del dueño, sabe que el adorno no reza ni con él ni con la clientela: el dueño se llama Daniel Rodríguez y es hijo o nieto de palentina. Los bizcochos borrachos son buenos en todas partes, en unos sitios mejores que en otros, claro es, pero buenos siempre. Los amos de La Mallorquina —en el rotulo de la tienda se aclara que son los herederos de Claudio Prieto— invitan al viajero a bizcochos borrachos.

—Son buenos.

—Si, señor; están hechos con productos naturales de primera calidad. ¿Quiere usted otro?

—Venga; no me gustaría desairarles.

El viajero, no más que por no desairar a quienes le brindaron amistad tan generosa, se come diez bizcochos borrachos que baja con otras tantas copitas de vino de Málaga y se despide.

—A estas horas no me gusta cargar el estómago porque me quitan las ganas de comer, se harán ustedes cargo.

—Si señor, ya nos hacemos cargo.

El viajero saluda a algunos amigos, firma medía docena de autógrafos, sonríe a unas damas y acaricia a un niño con carita de raposo.

—¡Parece que va usted haciendo elecciones!

—Pues, sí, ¡ya lo ve!

A poco de andar, el viajero es alcanzado por Pedro Montes, el de la talabartería, que viene con la lengua fuera.

—¡Creí que se habla ido usted!

—Pues, no; por aquí ando aún.

Pedro Montes tomó aire para restablecer el fuelle y poder seguir hablando.

—Tome, aquí le traigo esto; no vale nada, pero es para que no se vaya usted de vacío, para que se lleve un recuerdo. ¡Ojalá que no tenga usted que deslomar nunca a nadie!

Pedro Montes regala al viajero una cachava cumplida, ligera y recia, con una inscripción grabada a fuego que dice: Para Camilo José Cela de Casa Montes, 5.VI.85.

—¿Le gustan a usted las cachavas?

—¡Lo que más!

—¡Vaya, me alegro! Ya me lo figuraba yo.

Delante del palacio del Infantado, que está ya casi reconstruido y es una verdadera joya, cuatro o cinco niños de unos doce años juegan a revolcarse por el suelo; cuando el viajero llega, uno de ellos se le queda mirando y dice:

—¡Me cago en la leche, si es Camilo José Cela!


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