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Nuevo viaje a la alcarria


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XIV — RECUERDO DE LEÓN FELIPE Y ADIÓS A LA ALCARRIA

El día de los santos Valerio y Rufino, en el que también se celebra la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, el viajero desayuna huevos fritos con panceta y un vaso de tinto del país, café con leche con mantecados de las dos clases —de turrón y de hojaldre—, mostachones y rosquillas fritas, tuvo que tomar tres tazas de café con leche para que todo le bajara con más facilidad, y como si fuera de postre, unos sombrerillos de anís y unas yemas de la santa, no muchas.

—¿Quiere usted un plátano?

—No gracias, de momento voy bien así.

Al otro lado de la mesa, Oteliña toma un huevo pasado por agua, tres minutos, y una jícara de té sin azúcar con un poco de leche descremada, ¡así cualquiera! El viajero, que está ya en el último tranco de su viaje, querría irse de este benemérito país con la panza guarnecida, la conciencia en paz y el espíritu alegre y, a fin de ayudarse a conseguirlo, suplica a Carmen y Servando que, para mejor aparar y reconfortar su cuerpo y su alma, le canten los sabios versos del Hoy comamos y bebamos, de Juan del Encina. La mañana está luminosa y, cuando el viajero se dispone a partir hacia Zorita de los Canes, se le presenta un ciclista que viene a golpe de pedal desde el lado contrario, un ciclista vestido de ciclista, con su calzón, su camiseta, sus zapatillas adecuadas y su gorra de visera de anuncio.

—¿Y usted quién es?

—Un servidor se llama Amancio Sánchez.

El viajero lo encuentra un poco mayor para ciclista.

—¿Y cuántos años tiene?

—Voy para los sesenta.

—¡Vaya! ¿Y de dónde viene dándole a los pedales?

—De Renera, un servidor viene de Renera; me mandaron a buscarle a usted y aquí estoy.

El viajero, como es natural, manda cambiar el rumbo previsto y sale para Renera, que está a unas tres leguas al norte de Pastrana, subiendo y bajando cuestas.

—Oiga usted, Amancio, ¿quiere que le lleve?

—No, señor, un servidor va bien así.

Renera está más allá de Hueva, a la altura de Moratilla pero a la otra mano y regada, es un decir, por el arroyo del mismo nombre, que en tiempos tuvo cangrejos y anguilas; por el ramal que une al pueblo con la carretera se ven los hotelitos de los veraneantes, algunos parecen bien cuidados, con las plantas de adorno puestas en fila, los senderos señalados con piedras rústicas y las ventanas pintadas de azul o de naranja; todo tiene el aire medio resignado de esa clase media en la que los cónyuges se llevan con resignación mientras hacen ímprobos esfuerzos por no aburrirse.

—¿Y lo consiguen?

—No sé, no creo, esto de llevarse con resignación es más fácil que aquello otro de no aburrirse.

—¿Le parece?

—¡Y tanto que me parece! Lo de no aburrirse es muy difícil y además no está al alcance de todo el mundo.

En un eriazo mismo pegado al camino se ve y se huele el cadáver de un macho cabrio cornalón envuelto en un aire arrestinado y podre que debe ser de mucho alimento.

—¿Qué será más tierno, un burro o un cabrón?

—No tengo ni idea, ésa es la verdad.

Cuando el viajero llega no encuentra a nadie. La plaza es grande y en ella está la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que es casi más grande todavía; esta iglesia sufrió mucho con la guerra civil y a su retablo, que era uno de los más importantes de por aquí, se lo llevó la trampa y la estulticia. El ayuntamiento tiene dos filas de arcos y es de muy solemne prestancia, de muy elegante silueta. A los de Renera les dicen perros, que es mal nombre inmerecido, mal nombre puesto por la mala intención de quien lo puso; el pueblo anda ahora por los treinta habitantes, que por el verano son quizá algunos más. Por aquí hubo siempre afición a las reliquias y se conservaban con mucha veneración la cabeza y algunas vísceras de San Maximino y la momia de San Elías, que era de mucho espectáculo y estremecimiento; nadie sabe dónde fueron a parar. El San Elías, no en momia sino en talla, que siempre es más limpio, está ahora en Sigüenza. El alcalde se llama don Emilio y explica al viajero que en el término tienen olivar y huerta y que antes se cosechaban muchos ajos y cardos, aunque ahora ya no es como antes: ahora la gente escapa de la tierra y eso es malo para los pueblos que viven de lo que da la tierra, ahora la gente no se sabe de qué vive o no vive de nada o vive de milagro, como los pájaros.

—¿Y eso tendría arreglo?

—Pues, a lo mejor, sí, no crea, lo que pasa es que yo no se lo veo claro.

En el patio de la taberna se está fresco, se está bien y a gusto, y el viajero y diez o doce amigos beben cerveza y comen lo que les van sacando, que es mucho en cantidad y nutritivo y sabroso en calidad. El tío Concordio se frota las manos con fruición y se lía con un plato de callos con el que al final no puede.

—Éste hace siempre lo mismo, ¡mira que eres cabezón, Concordio! A éste se le llena antes el cuajo que el borrajo. ¿Por qué no te sirves con más miramiento, mamón?

Las galianas, o sea la cañadas, tenían noventa varas de ancho pero se les fue perdiendo el respeto poco a poco y ahora casi han desaparecido, en algunos lados y esquinazos sembraron lechugas y patatas y en otros hicieron los veraneantes gallineros y garajes y hasta piscinas. Un señor lleno de cremalleras, un señor que lleva cremalleras hasta en el sombrero de rayadillo blanco y azul y que habla con mucha propiedad, no opina sobre qué es mejor, si la agricultura o la industria.

—Esto hay que pensarlo mucho, a mí no me gusta hablar a tientas y a locas y con esa pregunta que me hacen, me ponen ustedes en una enrevesada a la par que confusa diatriba.

El viajero se vuelve hacia el que tiene al lado.

—¿Quién es éste?

—No lo sé, un veraneante que viene por aquí los fines de semana, le dicen don Hortensio; a mi me parece un sandio y un soplapollas.

—Y a mí, no crea.

Otra vez hacia el lugar de donde vino y por donde ha de seguir aún más abajo, el viajero, de nuevo a bordo del Rolls, escribe unas notas en su cuaderno y mira por la ventanilla. Un águila está clavada en mitad del aire sobre la sima de Hueva y un perro lanudo trota, sin demasiado entusiasmo, por el camino de Escopete, a orillas del arroyo Torrejón y ya casi despoblado. Por Pastrana se debe cruzar con precaución porque hay muchos niños, seria una lástima matar a un niño ahora que todo está saliendo tan bien, ¡quita, quita, más vale ni pensarlo! Entre Pastrana y Zorita, pudiera decirse que hacia la mitad, fue donde el viajero se encontró en el otro viaje con Inicial Barbero Barbero, alias Cuescolobo, perito en las artes de robar gorrinos o sea balichero,

—Pero eso no lo dijo usted en el Viaje a la Alcarria.

—No, eso me lo callé entonces por prudencia.

—Pero en otro lado, ahora no me acuerdo dónde, dice usted que a Cuescolobo se lo encontró en Mazuecos.

—¿Sabe usted eso de Mazuecos, calzones huecos?

—No disimule: ¿se lo encontró usted en Mazuecos o no?

—¿A Cuescolobo?

—Sí, claro.

El viajero plantó cara a su interlocutor.

—Oiga usted, patrón, ¿por qué no somete usted a su padre, si lo encuentra, a ese interrogatorio de tercer grado? ¿No se da cuenta de que yo digo más o menos lo que me da la gana?

—Sí, señor, ya veo.

—Pues eso, pero para que se entere de que tampoco quiero ocultarle nada, porque esto no es ningún secreto, entiéndalo bien, le aclaro que el río lo crucé por el meandro que queda frente al desmantelado apeadero de San Rafael, mismo frente a Zorita; a Cuescolobo, como no sabía nadar, lo trincó la guardia civil y lo barnizaron a hostias, perdonada sea la manera de señalar.

Desde la carretera que cruza el Tajo se ve la central nuclear José Cabrera, que fue la primera que se instaló en España. El río no lleva mucha agua porque pasa entubado por debajo de la finca El Saco, que se llama así por su forma, pero está a muy buena temperatura y cría un plancton substancioso que engorda a los lucios y las carpas, algunos ejemplares llegan a pesar hasta las dos arrobas cumplidas; también hay patos azulones y otras aves acuáticas y al viajero le asalta el pensamiento de que ya sería gracioso que la energía nuclear modificase el equilibrio ecológico a favor y no en contra. A Zorita de los Canes, que está entre el Tajo y el arroyo Bodujo o de Zorita, se entra por un arco hecho con las columnas de mármol que se trajeron de las ruinas visigodas —y antes romanas— de Recópolis, que no están al otro lado del río, como el viajero dijo de la otra vez y ahora enmienda, sino a esta misma banda y tres o cuatro kilómetros al sur, en la Rocafrida o cerro de la Oliva. En el arco se lee el último letrero del recuerdo: «Aquí estuvo C.J.C. el 14 de junio de 1946. El castillo debió ser una verdadera fortaleza. Ahora los arcos y las bóvedas aparecen desaplomados y amenazan con venirse al suelo de un día para otro.» Zorita es caserío al que vapuleó la historia. De Zorita fue alcaide Alvar Fáñez Minaya, el capitán del Cid al que los almorávides le tiraron el castillo al suelo; este castillo sigue como un fantasma, quizá con algún remiendo más simbólico que eficaz, y el puente que se llevó la riada que hubo a finales del siglo XVI continúa sin ser reconstruido. Por aquí anduvieron haciendo la guerra moros y cristianos, revueltos o aliados, que tanto monta, contra cristianos y moros, y por aquí también anduvo haciendo el burro Ramírez Carne de Cabra, adalid trastornado ante cuya sola mención todavía la gente se santigua; hay escenarios que tienen una atracción muy especial para liarse a zurriagazos y mamporros; se conoce que lo da el decorado. La iglesia de San Juan Bautista luce unos hierros de muy fina y elegante traza; en un confesionario, una mocita arrodillada enseña las corvas mientras se acusa de haber tenido malos pensamientos. Al viajero, de haber sido cura, le hubiera gustado ensayar la caridad de la más absoluta indulgencia con las penitentes quinceañeras en cuya voz se adivina que ni tienen atrición, ni enseñan dolor de corazón, ni fingen el menor propósito de la enmienda. El viajero siempre pensó que esto de confesar jovencitas en de merecer es, sin duda alguna, el premio que Dios Nuestro Señor reserva para solaz de los bienaventurados a quienes quiere distinguir con su munificencia infinita.

—¿Se acuerda usted de don Amador Zamorano, aquel que era medio cojo, el prestamista que tenía un hijo cura, otro imitador de estrellas y otro prestidigitador?

Don Amador era un chichorritón de Campillo de Ranas, también les dicen miguistas y los de las yeguas, que no comía chichorretas, vamos, felpas de tocino frito, casi quemado, aunque lo aspasen vivo.

—Pues, no, personalmente no, pero he oído hablar mucho de él, ¿por qué me lo pregunta?

—Por nada..., bueno, sí, porque el otro día lo encontraron ahogado ahí abajo, en el lago de Almoguera, los peces le habían comido los ojos; lo encontró uno que andaba bicheando conejos por el contorno.

—¡Vaya por Dios!

Los arqueólogos, los historiadores, los visigodos y los moros quedan a la derecha, según se va, y los ingenieros, la central atómica, la luz eléctrica y el sifón de donde arranca el trasvase de las aguas del Tajo a las del Segura —la torre de hormigón a la que le dicen la Chimenea— quedan al norte, o a sea a la izquierda. Almonacid es topónimo árabe que parece escrito en español: almunia, huerto; cid, caballero esforzado, señor. Entre la chimenea y los restos de la garita medieval que quedan en el cerro de las Ventanillas, se despereza y medio se endereza Almonacid, el pueblo en el que León Felipe estuvo de boticario regente hace ya muchos años. A Almonacid de Zorita le da sombra, por la mañana temprano, la sierra de San Sebastián, por donde trepa la urbanización Nueva Sierra de Madrid, que se reparte entre su término municipal y el de Albalate de Zorita. La sierra de San Sebastián es continuación de la de Altomira y se prolonga en la de Enmedio; detrás y a levante queda la de Santa Cruz, todo éste es un terreno muy montañoso. A Almonacid entra el viajero por la puerta de Zorita, en la que un pajarito con el pecho blanco y el pico hermoso, largo y en punta, limpiaba de arañas la imagen de Nuestra Señora; este suceso acaeció a mediados del siglo XVI y el pajarito lo repitió con la de Nuestra Señora de la puerta de Bolarque, que también estaba llena de arañas. León Felipe estuvo en Almonacid en el año 1919, vivió aquí cerca de seis meses, regentando la botica en espera de que Julián, el hijo de don Claudio, el boticario muerto, terminase la carrera. La farmacia está en el número 4 de la calle de Luis Fernández de Heredia Rojo, la gente suele decir calle de Fernández de Heredia; don Luis fue abogado y era hermano de don Claudio. En Almonacid escribió León Felipe sus primeros versos:
Nadie fue ayer

ni va hoy

ni irá mañana hacia Dios

por este mismo camino

que yo voy.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo de luz el sol

y un camino virgen

Dios.
Lo explica en su libro ¡Oh, este viejo y roto violín!: «Esta fue la primera piedra que yo encontré, el primer verso que escribí, en un pueblo de la Alcarria. ( ... ) Lo escribí hace medio siglo. ( ... ) Estaba yo tan derrotado entonces que se me habían cerrado todas las puertas del mundo. ( ... ) No sé cómo vine a caer en aquel pueblo. Era —es, supongo todavía— un pueblo claro y hospitalario. Las gentes generosas y amables... ¡Y tenía un sol! (...) Me hospedaron unas gentes buenas, muy buenas, con quienes yo no me porté bien. Y ahora quiero dejarles, aquí, a ellas, y a aquel pueblo de Almonacid de Zorita.... a toda España, este mi último poema.» El poema al que se refiere León Felipe se titula ¡Perdón! León Felipe también escribió unos versos a la señorita Pilar Fernández de Heredia, que era hermana de Julián, quien los guardó toda la vida y los quemó cuando andaba ya por los ochenta y tantos años.

—Entonces habla más lealtad.

—Sí. Y también mayor respeto.

La sociedad cultural de la villa lleva el nombre de León Felipe, pero el viajero piensa que Almonacid tiene contraída una deuda mayor con él y con su recuerdo.

—¿Cuál?

—No sé, eso que lo piensen y decidan ellos.



El alcalde se llama don Olegario y es asturiano de La Felguera: don Olegario, un hombre joven, trabajador y entusiasta, es también jefe del laboratorio de la central nuclear. Almonacid, amén de otras riquezas más modernas, tiene huerta y olivar, canteras de jaspe, alfarería y telares de cáñamo, todo en mayor o menor estado de prosperidad y rendimiento. En la Edad Media, Almonacid tuvo el privilegio de que en él no pudieran asentarse ni judíos, que eran más listos que los cristianos, ni nobles, que no pagaban impuestos, con lo que su población creció hasta las mil familias. Ahora la villa vuelve a estar en un buen momento, con los cuartos que dejan la central nuclear y el turismo, y va para arriba en vez de ir para abajo como tantos y tantos otros lugares de por aquí. El pueblo de Almonacid es rico; el ayuntamiento también lo es y atiende con buen criterio las obras públicas y hasta las culturales, que suelen tener menos partidarios.

—¿Por qué no arreglan ustedes la picota, que está medio derruida?

El archivo municipal está bien catalogado y a expensas de las arcas del ayuntamiento se publicó la muy curiosa Relación de casos notables ocurridos en la Alcarria y otros lugares en el siglo XVI, escrito entonces por Matías Escudero —que está enterrado en el convento de los jesuitas— y transcrito ahora con mucha solvencia por Francisco Fernández Izquierdo. En Almonacid son muchas las arquitecturas meritorias. La iglesia de Santo Domingo está sin terminar pero queda bien así, con su torre que se levanta desafiadora. El convento de las concepcionistas fue cenobio de las monjas calatravas, que en el siglo XVII se fueron a Madrid, a la calle de Alcalá, a la iglesia donde van a misa los elegantes; más tarde el convento dio cobijo a las clarisas y poco después vinieron las concepcionistas de Escariche, el pueblo de los garlines, que aguantaron en su clausura hasta hace poco, cuando cedieron las instalaciones (esto de las instalaciones es un decir) a la sección femenina de la orden Lumen Dei, que el viajero no sabe a ciencia cierta qué tecla hacen sonar; ahora quedan unas veinte monjas, entre madres, hermanas, novicias, postulantas y cualquier otra suerte de categoría escalafonaria. A los de Almonacid les dicen llorones y patasfinas y tienen una charanga que se llama Los Chuminos, lo pone en el bombo. El cura, don Octaviano, es palentino y de bondadoso carácter, se ríe con mucho entusiasmo y salud, con mucha decencia y alegría. Los niños llevan camisetas que anuncian motos japonesas y urbanizaciones en el Mar Menor y las niñas van muy arregladitas y de falda plisada, las que van de pantalón vaquero son las madres. Casa Churre parece un bar de Arizona, con sus altavoces, sus futbolines y sus máquinas tragaperras; en lo que no se parece, claro, es en los alimentos, que son mejores: tortilla de patatas, de ajos tiernos y de jamón, jamón sin ser en tortilla, o sea en lonchas o en tacos, a elegir, queso de tres clases, chorizo, salchichón, lomo en tripa, zarajos, calamares fritos, calamares en su tinta, callos, chuletas de cordero, pajaritos fritos y patatas fritas para acompañar.

—¿Desean ustedes alguna otra cosa?

Una mocita de buen ver se acercó al viajero con más decisión que disimulo.

—¿Me hace usted un autógrafo?

—No, hija, no me distraigas.

Por aquí hay nogales por todas partes, también hay macetas con claveles florecidos y jaulas con canarios, jilgueros y verderoles.

—¿Se va usted?

—Sí; quería llegarme a Albalate, a ver la calle que tengo en la urbanización.

—Adiós, ya sabe usted dónde nos deja, a ver cuándo vuelve usted por aquí, etc.

—Adiós, considérenme amigo, ya nos encontraremos algún día si Dios quiere, etc.

Albalate está cerca de Almonacid, en un paisaje grato, quebrado y bien medido. Albalate también tiene dinero y esto se nota, ¡vaya si se nota! Albalate conserva nobles y muy ilustres monumentos, entre otros la iglesia de San Andrés con sus puertas historiadas y la Cruz del Perro, que es la insignia de la villa y hasta figura en su escudo; también el cementerio en las románticas, aparatosas y literarias ruinas del convento de templarlos de Nuestra Señora del Cubo, y la fuente mora con sus doce caños rematada, ¡vaya por Dios!, por una farola de supermercado. En Albalate siguen las botargas danzando delante de San Blas y todavía suena el callejero con muy antiguos nombres hermosos: calle del Escurridizo, calle del Amor de Dios, plaza de Fray Martín... En la calle del Rollo, más o menos hacia 1960, se llevaron por delante la picota, o sea el rollo, al ir a ensancharla; quizá pudieran buscarse las piedras y reconstruir ese pedazo de la historia. Albalate es pueblo limpio y bien gobernado, que tiene un primer premio de los que da la Diputación. El viajero pasa por Albalate con calma, sí, pero sin detenerse demasiado porque a donde va es a la urbanización. El viajero, que se acercó hasta allí con toda la ilusión que le cabía dentro, se entristece al ver que el rótulo de su calle, de cerámica de Talavera de tres colores, de una sola pieza y muy bonito, está roto a martillazos, se conoce que le dieron con mucho entusiasmo porque está hecho puré.

—¿Es que le tienen rabia?

—No, no creo; esto no es más que el vandalismo de los veraneantes, los mozos de los pueblos no hacen cosas así y si rompen algo es siempre sin ensañamiento y tan sólo para probar la puntería; esto no va conmigo, tampoco debo presumir demasiado, fíjese usted que también están machacados los de las calles de Miguel Ángel Asturias y de Antonio Mingote, quizá entre algunos más.

En la esquina de la derecha y de abajo del letrero se leen, o se leían, las palabras que el viajero escribió cuando se las pidieron: «Para el éxito, sobra el talento; para la razón, ni basta.» El viajero sigue pensando lo mismo.


En el camino, del 5 al 14 de junio de 1985.

En Palma de Mallorca y Finisterre, con baches y descaecimientos, desde entonces hasta el 10 de diciembre del mismo año.



* N. Del E.   Transcribimos «arboles» con acento en la o, aunque no lo necesitaría de quitárselo, para evitar que el lector pueda entender «árboles» Por atribuir a errata la ausencia del acento esperado.

* Este buen deseo de la despedida no se hizo cierto y el día de Todos los Santos de 1986, al tiempo de corregir el viajero las pruebas de este libro, falleció Doña Pilar Sastre, viuda de Batanero, en su casa de Gárgoles de Abajo. Su esquela apareció en el ABC el día de los Fieles Difuntos. Descanse en paz la que vivió tan largos años con señorío y con dignidad.

* Esto, naturalnmente, no es verdad, pero el viajero se lo escuchó a su cuñado Eutiquio y le gustó tanto que no supo resistirse a la tentación de ponerlo.

* El día de San Policarpo de 1986, fecha en la que bautizaron con el nombre del viajero a una calle del pueblo que por esta página se camina, Quiterio del Castillo le dio en propia mano la siguiente carta.

«Apreciable señor: sobre la cuartilla que le entregué [el 12 de junio, Santa Antonina, de 1985] diciendo que mi primo Felipe del Castillo le vendía el queso, la miel y el salchichón que usted le rechazaba cuando no iba en tripa de cerdo, yo no soy el protagonista, el protagonista es Felipe del Castillo, pero él me mandó los datos por teléfono diciendo le recordara lo que él le vendía en su finca o chalet de la urbanización Bonanova.

Le doy estas letras para si puede ser lo rectifique y yo quedo agradecido.

Reciba un afectuoso saludo

Quiterio del Castillo.»

Queda hecha la enmienda porque la historia no debe falsearse jamás.



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