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Nuevo viaje a la alcarria


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XIII — DON PACO, DOÑA ELOÍSA, DON LICINIO, DON ANTONIO

El camino hasta Pastrana es ameno y de cómoda rodadura, con subidas y bajadas no demasiado violentas (hasta el final, que sí lo son y a modo), albos calveros entre las manchas verdes, amapolas rojas, campánulas color vino tinto, margaritas de oro y algún que otro excursionista en bicicleta; los hay que van echando el bofe por la boca, jadeantes y con la color demudada, y al viajero nada le extrañaría que cualquiera de ellos se muriese de repente, por gilipollas.

—¡Mire usted que es ocurrencia esto de querer suplir al músculo y al fuelle con la fuerza de voluntad!

Don Casto Farasdués Biota, alias Celemín, tiene un vástago ciclista que se llama Servacio.

—¿Y eso es malo, usted cree?

—No, señor, ni bueno ni malo, eso son ganas de confundir.

Por las casas del monte Chaparral, en el camino de Hontoba, apareció asesinado el río Tirso el Pimentonero, que era de Valtablado del Río y que por presumir, nada más que por presumir, gastaba blusa de tratante en puercos. Al pobre río Tirso le dieron una sola puñalada pero le acertaron tan bien que le partieron el corazón en dos.

—¿Y encontraron al asesino?

—Pues, no; para mí que debía ser extranjero. Al principio anduvo la guardia civil muy revuelta pero después se fueron todos enfriando y jamás se llegó a saber nada de lo ocurrido; lo único cierto es que al tío Tirso hubo que enterrarlo de caridad porque no llevaba ni un ochavo encima.

Pastrana está al final de una cuesta abajo por la que se rueda bien en bicicleta, se rueda sin tener ni que dar a los pedales, lo malo debe ser subirla. El viajero va en derechura a la plaza de la Hora, abierta por uno de sus lados al mundo y su fresneda para que pueda verse mejor el palacio ducal, que ahora están restaurando despacio pero con buen sentido. Aquí murió la princesa de Éboli, que había nacido en Cifuentes y que no se llamaba doña Ana, como suele creerse, sino doña Juana de Mendoza y de la Cerda; la gente, puede que para abreviar, suele decirle la Tuerta o la Puta. En la fachada de la fonda de Santa Teresa, donde el viajero paró y vuelve, a parar, se lee el letrero: «En esta ciudad estuvo C. J. C. los días 13, 14 y 15 de junio de 1946. A la mañana siguiente, cuando el viajero se asoma a la plaza de la Hora, la primera, sensación que tuvo fue la de encontrarse en una ciudad medieval.» En la fonda el viajero se da con su amigo don Paco, el médico ya retirado que de la otra era también teniente de alcalde. Don Paco ya no es joven pero sigue atildado en el vestir, de sana color en la faz y porte elegante, pensativo y con la sonrisa un si es no es tenuemente escéptica. La dueña de la fonda, en el viaje anterior, era doña María, que Dios haya, muerta hace ya algunos años; le sucedió en el gobierno su hija doña Eloísa, que es algo mayor que el viajero, a la que ayudan sus hijas Anita y Rosario; Anita es madre de un jurídico de la armada que está destinado en Ferrol. La criada se llama Antonia y es hacendosa y limpia, respetuosa y honrada; Antonia se adorna con unas virtudes cada la vez más olvidadas y es como una hija más en esta casa.

—¿Verdad usted que se están perdiendo los buenos hábitos?

—¡Y tanto que se están perdiendo! Y lo que no queda muy claro es que vayamos a mejor.

El crucero de la plaza de la Hora es de jaspe, sí, pero también postizo, lo pusieron donde está en el siglo XIX, bueno, lo que es de jaspe es el pilar. El muro del adarve tampoco es muy antiguo, es del siglo XVIII. Don Paco presenta al viajero al nuevo alcalde, don Antonio, que procura tener la villa en orden y bien dispuesta; don Antonio es hombre joven, ahora casi todos los alcaldes son jóvenes, y tiene afición a conservar lo que queda y a mejorarlo hasta donde se alcance; a Pastrana le hacía buena falta este espíritu nuevo para barrer inercias y estulticias.

—¿Usted no cree que es muy difícil esto de ventilar miserias sin perder carácter?

—Bueno, ése es el problema que el mundo entero tiene planteado; dejémoslo estar así.

En la víspera de San Sebastián, que es el patrono de la villa, los mozos salen de ronda y dedican la primera copla al alcalde.


La vara de la justicia

la tiene quien la merece,

la tiene el señor alcalde

y en su mano resplandece.


De un bar de la plaza sale don Fadrique, un viejo amigo del viajero que vive en Fuentenovilla, el pueblo que tiene la más hermosa picota de toda la Alcarria; en la Ilustración Española y Americana publicaron un dibujo de esta picota hace ya más de cien años.

—¡Coño, Camilo! Me enteré que ibas a llegar y me dije: ¡De ésta no se me escapa!

Don Fadrique y el viajero dieron un repaso a la historia, al tiempo y a los amigos, siempre con mucha caridad.

—¿Qué habrá sido de aquellos franciscanos que hacían prácticas de encuadernación guillotinando incunables?

—¡Vete tú a saber! Lo más probable es que se hayan casado por la iglesia aprovechando que el otro Papa era más tranquilo y tolerante, y ahora serán escribientes de juzgado o maestros de primeras letras o a lo mejor llevan la contabilidad en una funeraria. ¡Dios, qué tropa!

—Bueno, hay que ser un poco misericordiosos, yo los disculpo, los pobres se fueron frailes en los años del hambre, todo el mundo tiene que comer, hazte cargo.

—Sí; eso, sí.

Don Fadrique estuvo muchos años arrimado, lo menos dieciocho o veinte, a Concha, la molinera de Loranca que llevaba leche y harina a donde se terciara, amazona en un poderoso caballo alazán.

—A ti, las mujeres siempre te comieron en la mano.

—No creas, lo que pasa es que las ato corto.

Don Fadrique tiene afición a coleccionar refranes, coplas, apodos y demás sabidurías populares, en esto coincide con el viajero.

—De aquí, de Pastrana tengo apuntados más de quinientos motes, algunos se enfadan cuando se les dice, pero la mayoría lo toman a broma y se ríen; los hay que vienen de padres a hijos desde hace más de trescientos años. Aquí en este papel te pongo uno de cada letra, bueno, me faltan dos, la w y la x, por aquí se usan poco, vamos, la verdad es que no se usan nada.

En el papel que don Fadrique dio al viajero venían apuntados los veintisiete apodos que siguen: Angelpatudo, Bailamisas, Cagacaga, Chimeneón, Docegorras, Espantabarracas, Fraysevino, Guitarrilla, Hombrebueno, Ingrávido, Juanlanas, Kunfú, Laraña, Lloralástimas, Mataborricos, Naricesdeamapola, Ñaña, Ojosdeaguamiel, Patapéndola, Quijotepijo, Roquegordo, Salivilla, Tuertopollero, Umbroso, Viruto, Yesero y Zurraco, hasta el final de la lista aún faltan muchos.

—También los tengo de otros pueblos, ya te los daré cualquier día.

A las de Gárgoles les llaman currutacas y a las de aquí, de Pastrana, repolleras; esto de los apodos no tiene nunca ni principio ni fin, esto es el cuento de nunca acabar. A los pastraneros les dicen jeteros, a lo mejor quiere decir jetón o jetudo.

—Y a los de tu pueblo, ¿cómo les llaman?

—¿A los de Padrón?

—Sí.


—Pues nos llaman afogados, por eso de las cheas, o sea las inundaciones. No nos ahogamos ninguno porque las vemos venir pero es igual, nos llaman afogados.

La población de Pastrana bajó de los tres mil habitantes que tenía al acabar la guerra hasta los mil trescientos, más o menos, por los que anda ahora. A don Paco y al viajero les hubiera gustado tener cerca a don Mónico, el que era alcalde en el 46 y que por fortuna vive, ahora en Madrid; el viajero lo vio en la cena de despedida que le dieron en la Casa de Guadalajara y lo encontró fuerte y con ganas de seguir viviendo, lo que pasa es que a los amigos se les echa más en falta en su decorado.

—Ya no podremos repetir el rito del vermú y las aceitunas con tripa de anchoa.

—No, eso sería deslealtad.

Don Paco, don Antonio y el viajero se pasean por la plaza de los Cuatro Caños, donde vivió doña Berenguela, la madre de Fernando el Católico; la plaza fue muy maltratada por el tiempo, que menos mal que no se llevó por delante la fuente como si hizo con los soportales. En el antiguo cementerio de los moriscos se instaló no hace mucho la Cruz de Miranda, una cruz caminera de principios del siglo XVII; la mandó poner don Paco siendo alcalde y el nombre le viene de quien la pagó, Juan de Miranda. En los cipreses cantan los pájaros, por la pared sube la yedra verdinegra y misteriosa y alrededor del arco de la colegiata se ciñe el rosal trepador. En este lugar murió de emoción, hace ya diez o doce años, el poeta alcarreño José Antonio Ochaita mientras recitaba un poema suyo dedicado a la Alcarria; jamás poeta alguno pudo tener una muerte más adecuada y mejor medida, eso es como el torero que muere en la plaza o como el marino que se hunde con su barco, eso es morir con las botas puestas. Los tapices han vuelto a Pastrana, costó trabajo pero al final acabaron volviendo y el sueño del viejo párroco don Eustoquio García Merchante pudo convertirse en realidad; don Eustoquio, desde el otro mundo, seguramente piensa que nunca es tarde si la dicha es buena. Los tapices son seis, cada uno de ellos tiene unos cincuenta metros cuadrados y todos representan —y también ensalzan—. las guerras de Alfonso V el Africano, rey de Portugal, por tierra de moros; el desembarco, cerco y asalto de Arcila la entrada en Tánger y la torna de Alcazarquivir; estos tapices son flamencos, los mandaron hacer los reyes portugueses y pasaron a los Mendoza tras la batalla de Toro y después a donde ahora están por donación del cuarto duque de Pastrana, don Rodrigo de Silva, y su mujer, la séptima duquesa del Infantado, doña Catalina de Mendoza. Las leyendas y los dibujos de los tapices tuvieron algunas mutilaciones, porque no cabían bien donde los colgaron, pero ahora parece que se conservan ya algo mejor; el sacristán de la colegiata y guía del museo parroquial se llama don Félix Ranera, y tiene verdadero amor a lo que cuida y explica.

—¿Y no le roban cosas?

—Pues no mucho; hay que estar con cien ojos, ésa es la verdad, pero tampoco hay queja.

Don Licinio, el cura, era ya amigo del viajero, no del primer viaje pero sí de cuando pusieron, las placas; don Licinio es soriano de Burgo de Osma y hombre cultivado y con muchas y saludables lecturas. El órgano no suena pero el viajero confía en que algún día acabará sonando, cosas más raras se han visto; también tienen un Cristo medieval oportunamente restaurado y otras muchas piezas curiosas y meritorias. En la iglesia hay una instalación de altavoces muy moderna; antes los curas se subían al púlpito Y se hacían oír a voces, respiraban hondo y pregonaban la verdad redentora apoyándose en los pulmones; ahora ya no es así, ahora los curas tienen que ayudarse de la técnica porque los crían con pelargón, ahora ya no es corno antes y usan micrófono.

—¡Vergüenza debiera darles!

—¡Hombre, no sé!

La ermita de San Sebastián está medio olvidada; por aquí hubo muchos monasterios y ermitas que después se fueron cayendo: el monasterio del Salvador de las Heruelas, que fue templario; la fundación de agustinos recoletos de la Común; el convento franciscano de Valdemorales; el carmelita del desierto de Bolarque, que se tragaron las aguas, que fue donde profesó en religión fray Juan de Buenavida y Buencuchillo, que está enterrado en la antigua colegiata; las ermitas de San Cristóbal, de San Agustín, de Nuestra Señora de los Ángeles, del Pilar, de Nuestra Señora del Remedio del Molino... La fe de los pastraneros es dadivosa y fundacional, nace con muchos ímpetus pero después se va apagando poco a poco, parece como si tuviera arranque de brioso corcel y fin de burro cansino y aburrido. Don Paco, don Licinio, don Antonio y el viajero entran en una taberna a refrescar y a comer jamón y queso; el queso del Olivar, de Durón, de Budia, de Alocén y de otros lados de por aquí es de primera calidad. Ante una de las cerradas puertas de la plaza de toros una vieja en cuclillas ensucia el santo suelo con lo que le sobra en el organismo.

—¿Qué? ¿Sale?

—Si, señor, la mar de bien.

En esta plaza, el viajero vio torear a caballo y rejonear a la portuguesa a la afamada amazona Marimén Ciamar, célebre por su bravura y trapío; esto debió ser el día que entonces era el santo del viajero, el 18 de julio, que por las fechas se llamaba Fiesta de la Exaltación del Trabajo, y un par de años después de la primera descubierta.

—¿Se acuerda usted de qué real hembra era la Marimén?

—¿Y no voy a acordarme? La Marimén era un verdadero monumento que iba sembrando la admiración por donde pasaba. ¡Mujeres así ya no quedan!

El viajero y sus amigos siguen paseándose por Pastrana. La calle de la Palma, con la casa de la Inquisición y sus escudos nobiliarios —el de la Inquisición se adorna con una cruz, una palma y una espada—, tiene un aire pretérito e hidalgo que va poco con los nuevos usos. Cuatro niñas morenuchas, cursilitas, canijas, quizá de siete, ocho, nueve y diez años al respective, cada una con su lazo color butano en el pelo y su collar de cuentas verde lechuga colgándoles de la garganta, no hacen demasiado caso a la madre, que las llama a gritos.

—íVanesa, Deborah, Samanta, Noemí! ¡Venid a tomar el dulce de membrillo si no queréis que os desuelle el culo a azotes!

Martina Torre Vindel, profesora en partos, una amiga con la que el viajero comenta el lance, supone que estas niñas, en tiempos menos revueltos y fingidos, se hubieran llamado Carmen, Pilar, Teresita y Juana, por ejemplo. Martina Torre Vindel, además de estar más buena que hecha de encargo, ¡jo, como está la Martina, está como para mojar pan!, tiene un sentido muy adecuado de las cosas que pasan. Ahora se han puesto muy de moda estas licencias en los nombres de las criaturas, se conoce que es para parecer más progres y electrodomésticos. Las niñas que estaban a pique de que les desollasen el culo a azotes tienen dos primitas de su edad que se llaman Melisa y Desiré Borrego Tamajón.

En la casa en la que Moratín escribió El sí de las niñas no queda ni el más mínimo recuerdo suyo; aquí se cumple una de las maldicioncillas que pesan sobre España, la de no querer ver lo que hacen los demás, la de quemar la historia; a lo mejor no es ni maldicioncilla siquiera, a lo mejor no es más que el fruto de la necedad.

—¿Usted cree que eso se hace a mala uva?

—No ni eso.

A la muerte de Moratín compró la casa Mesonero Romanos y, claro es, pasó lo mismo y de él tampoco se guarda nada. Después el edificio tuvo dentro al colegio de San Dionisio, regido por las carmelitas de la Caridad, y hoy es una escuela hogar cuidada por las misioneras de María Inmaculada.

—Usted cállese, porque ustedes los gallegos derribaron la casa de Rosalía de Castro en Santiago.

—Si. Y la de Padrón también; en esto de la iconoclastia no se libra nadie o casi nadie.

Un nieto del río Remolinos, q. e. p. d., da las buenas tardes al pasar. El río Remolinos fue un mendigo aparatoso y literario, gallardo y grandilocuente, «que jamás se apuró, jamás trabajó y jamás puso mala cara a la vida» (el entrecomillado quiere decir que se copia); su nieto no llama mayormente la atención y tampoco puede compararse con él. Don Fadrique le da un duro al nieto del tío Remolinos.

—¡Venga, lárgate ya!

En el ayuntamiento se guardan los viejos papeles de la historia con mucho mimo y rigor, esto es algo que honra a don Antonio, el alcalde, a los concejales y a los funcionarios, y el viajero lo pone aquí para lección de todos; ahora parece que se va cogiendo algo más de afición y respeto a los recuerdos, ¡más vale tarde que nunca! En el ayuntamiento le entregan al viajero un telegrama que le mandan desde Paris, es de un club de aficionados a la marca de automóvil que lleva.

—¿Y qué dice?

—Nada, que le saludan.

También es meritorio el celo de don Licinio con sus tesoros parroquiales; aquí en Pastrana siempre tuvo buenas calidades el clero secular.

—¿Y el regular?

—También, pero quizá no tanto; los clérigos regulares obedecen más pero estudian menos que los seculares y eso, claro es, se nota.

El pregonero que había antes, ahora ya casi no quedan pregoneros, se llamaba Antonio Pérez, como el que fuera secretario de Felipe II y dicen que galán de la Éboli, y le llamaban Orón porque tenia la cara redonda y reluciente como el as de oros de la baraja. Don Nepomuceno Esparragal, criador de reses bravas, un día que le vio más tentador que nunca, le dijo:

—Si me dejas darte una hostia a mano llena, te doy dos pesetas de plata.

Yendo ya medio de retirada, el viajero, otra vez en la plaza de la Hora, escucha a sus juglares cantar los versos de A mi señora doña Ana Chanflón, tundidora de gustos, de don Francisco de Quevedo, mientras come pipas de girasol por vez primera en su vida.

—¿Le gustan?

—¡Pche! No están mal, pero prefiero el jamón.

—¿Y el queso?

—También. Y el chorizo, el lomo, etc.

—¿Y hasta la mojama?

—¡Coño, claro!

El viajero se acerca a la fuente Preñal, en el arroyo de la Fresneda, adonde llevaban a las ovejas machorras para que pariesen.

—¿Y parían?

—Pues, mire usted: algunas sí, no crea.

El tío Marero era grandísimo, parecía un San Cristobalón con su garrota; el tío Marero murió de repente hace cosa de un par de años, descanse en paz, de un paralís que le cogió a contrapié y lo dejó encogido y en cuclillas; murió solo y en mitad del campo, entre Atanzón y Centenera —Centenera, centenerota, que tienes una pata más larga que otra—, y cuando encontraron el cadáver casi no podían desdoblarlo de frío que estaba. El tío Marero tenía los ojos azules, se llamaba Sisinio y era de Lupiana; el tío Marero andaba en un burro también grande, un burro capaz de cargar con él, y vendía carretes de hilo, ovillos de cotón perlé y madejas de lana. Don Fadrique, hace cosa de seis o siete años, se topó con el tío Marero en una casa de lenocinio, ¿se da usted cuenta de la manera de señalar?, y los echaron a los dos a la calle porque se enzarzaron muy a lo vivo en una discusión sobre qué era mejor, si las cucañas o las peleas de gallos.

—¿Y no se pusieron de acuerdo?

—No, ¡que va! los dos eran muy suyos y muy cabezotas, y la encargada, o sea la doña Engracia, los puso a los dos de patitas en la calle, se conoce que se hartó. Les dijo, ¡venga, a ocuparse o a silbar por ahí, aquí no quiero zánganos ni pasmados!, y los echó a la calle; la doña Engracia era muy formal y no admitía broncas en su casa.

El antiguo convento de San Francisco de Santa María de Gracia o de Valdemorales, en la parte alta de la villa, tuvo varios usos cuando lo dejaron los frailes: casa cuartel de la guardia civil, escuela y cárcel, por lo menos. Y en el antiguo monasterio de San José, al que algunos le dicen convento de Santa Teresa, está la hostería de la Princesa de Éboli. Por la cuesta baja un afilador medio enano que canta corridos, rancheras, tangos, boleros y hasta zarzuelas con muy buena voz, la verdad es que canta de todo y además bien.

—Pareces contento.

—Si, señor, muy contento.

—¿Y por eso cantas?

—No, señor, canto para que me vean, no vaya a ser que me pisen.

Entre los frailes de Pastrana hubo un tímido brote de iluminismo cuyo apóstol, fray Gaspar de Bedoya, alumbrado por las tinieblas de Satanás, predicaba que había tenido una revelación del más allá en la que se le ordenaba que debía juntarse con diversas mujeres santas para engendrar profetas en ellas.

—¿Tiene usted algo que decir?

—Pues, no, la verdad es que no. Yo estaba en la idea de que los profetas tendrían que ser producto de justas nupcias y no del pecado contra el sexto mandamiento, pero ya veo que debo estar en un error, a lo mejor esto lo cambiaron en el Concilio, ahora cambiaron muchas cosas. Bueno, lo que sea: de todas formas a mi siempre me pareció algo confuso esto de andar buscándole disculpas a la verriondez. Si uno se pone cachondo, pues se pone cachondo y ya está, eso no le importa a nadie, pero yo pienso que cada cual debe arreglárselas como pueda y sin necesidad de meter a los espíritus en danza, lo que hay que meter es otra cosa pero con los papeles en regla y como está mandado, ¡déjese usted de vainas!

—Claro, ¡diga usted que sí! A mí me parece que tiene usted mucha razón, vamos, toda la razón del mundo.

El tío Rabón, el cacharrero de Taragudo, llegaba más lejos que nadie con sus botijos; el pobre se ahogó con el burro, se ahogaron los dos, más allá de la casa de Palomarejo, en el sitio que dicen Puntal de la Calleja, en la orilla de Cuenca del lago de Buendia, perdieron pie y se fueron los dos al agua; el tío Rabón y el burro estaban muy amadrinados y, por no separarse, los dos vivieron y hasta murieron juntos y de la misma desgracia.

—El tío Rabón era descendiente de fray Gaspar, el aficionado a cepillarse beatas, descendiente por detrás de la iglesia, claro, porque fray Gaspar era célibe por eso del voto de castidad, y lo más seguro es que también supiera invocar al demonio con artes malditas y apestosas. ¡Así le fueron las cosas como le fueron y así acabó!

El viajero invita a gaseosa y a cacahuetes a Cosme Fontanarejo Torneros, un conocido al que trata de usted porque amigo, vamos, lo que se dice amigo no es (esto no se explicó antes), que sabe mucha historia contemporánea.

—Siga, siga.

—Pues eso, como le iba diciendo, el tío Rabón vivía en mala maridanza con la Encarna Valdeiregua Manchón, una pinga de Villar de Domingo García que estaba sirviendo en Albacete, en casa de don Ladislao Culebras Boninches, del comercio de coloniales y ultramarinos finos; a la Encarna, que era pelirroja y tetona, ya sabe usted que las pelirrojas suelen ser medio ligeras de cascos, sobre todo si son tetonas, la despidieron porque tuvo una movición y la señora de don Ladislao, o sea la doña Concha García—Albaladejo (es un solo apellido) de Culebras, descubrió que el feto se parecía mucho a su marido.

—¿Y era verdad?

—¡Pues vaya usted a saber! Eso no lo sabrá nunca nadie porque el parecido de los fetos con las personas mayores es muy difícil de señalar.

El viajero cuando se va a la fonda, a dormir, lleva un lío mediano en la cabeza.

—¿Y de dónde fue prior un cuñado de Cervantes?

—No tengo ni la menor idea. A mí me es igual, se lo juro, a mí me tiene sin cuidado, yo lo que quiero es dormir porque tengo sueño, mucho sueño.

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