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Nuevo viaje a la alcarria


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NUEVO VIAJE A LA ALCARRIA
CAMILO JOSÉ CELA

Plaza y Janés Editores, S.A.

Foto de la cubierta: Gentileza de MOTOR 16 (Autor de la foto: Gígi Corbetta)

Edición especial: Abril, 1987

© 1986, Camilo José Cela

Editado por PLAZA & JANÉS EDITORES, S.A.

Virgen de Guadalupe, 21—33.

Esplugues de Llobregat (Barcelona)

Printed in Spain — Impreso en España

ISBN: 84—01—38088—X — Depósito Legal: B. 4423—1987

Impreso por Printer I.G.S.A.

08620 Sant Vicenç dels Horts. (Barcelona)

Edición Digital Marzo 2005

La publicación de Viaje a la Alcarria fue un acontecimiento literario que confirmó el entonces ya sólido prestigio de su autor. Dedicó en aquella ocasión el libro al ilustre doctor Don Gregorio Marañón, a quien se refiere en el prólogo de este Nuevo viaje a la Alcarria confesando lo siguiente:

«Ahora ya no soy joven sino viejo, estoy gastando de mis setenta años, tres menos de los que usted tenía cuando su muerte. No me parece, sin embargo, haber mermado mucho porque sigo en la misma estatura de entonces, pero engordé más de la cuenta, eso sí, engordé cuarenta kilos largos, y estoy fondón y más torpe de movimientos de lo que quisiera y fuera menester. Con estos años y estas arrobas a cuestas, o a rastras, el paseo no he de repetirlo a mero pinrel, como cabe pensar, sino en más reconfortadora, saludable y placentera circunstancia: en Rolls, Que es automóvil sólido y de fundamento, y con Oteliña al volante, choferesa que semeja una cometa volando y es tan segura en sus airosas fidelidades como en sus gráciles infidelidades. Oteliña se llama, de verdad, Viviana Gordon y es natural de San Luis, Missouri, y graduada por la Universidad de Stanford, Palo Alto, California: eso de Oteliña se lo puse porque tiene la piel del mismo noble lustre que el personaje de Shakespeare, si bien la encuentro más firme entera, menos cambiante. Oteliña, como Desdémona, es el puerto de la serenidad.»

…e dende fasta dentro en las Alcarrias así commo descende Tajuña en Jarama.
Fuero de Oreja, romanceamiento antiguo.
La naturaleza siempre favorece a los que desean salvarse.
Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache

ÍNDICE


I.— VÍSPERAS CON CARNERÓN VESTIDO DE CORDERILLO 8

II — LA N—II HASTA EL RÍO HENARES 10

III — DEL HENARES, AFLUENTE DEL JARAMA, AL UNGRÍA, AFLUENTE DEL TAJUÑA 17

IV — LA DEHESA DE LAS TRUCHAS 25

V — EL JARDÍN DEL PARAÍSO PERDIDO 31

VI — TODAS LAS AGUAS VAN A DAR AL TAJO 39

VII — ENTRE LA LEPROSERÍA Y LA CENTRAL NUCLEAR 46

VIII — UN VIAJE EN GLOBO 53

IX — AGUA EN LA BARBECHERA 60

X — ASOMADA A LAS OTRAS AGUAS Y VUELTA AL RUMBO 67

XI — LAS NUEVE CLASES DE MIEL 75

XII — RECUERDO DE PÍO BAROJA 83

XIII — DON PACO, DOÑA ELOÍSA, DON LICINIO, DON ANTONIO 91

XIV — RECUERDO DE LEÓN FELIPE Y ADIÓS A LA ALCARRIA 96




Primera dedicatoria

Mi querido don Gregorio Marañón. In Memoriam.

Usted falta de entre nosotros, para desgracia de todos, desde hace ya un cuarto de siglo. Han transcurrido algunos años, veinticinco, uno detrás de otro, y cada año que pasa, al decir de Horacio, nos roba algo muy nuestro: su presencia y su ejemplo, pongamos por caso. Esto que dejé dicho y copiado del poeta latino, sobre parecer un tango, es muy verdadero, Voltaire piensa que el tiempo es la espada de la justicia y pone cada cosa en su lugar; yo no creo que sea cierto del todo porque el tiempo desbarata la vida y el lugar de la vida no es la muerte.

Mi Viaje a La Alcarria se lo dediqué a usted cuando se publicó, en marzo de 1948, el año en que asesinaron a Gandhi, se creó el Estado de Israel y Ortega regresó a España. El camino lo había hecho, un pie tras otro, en junio de 1946, el año en el que termina el proceso de Nuremberg y muere Manuel de Falla. Yo era un hombre joven, alto y delgado, según se lee en el primer capitulo del libro. Desde aquel tiempo han pasado treinta y nueve años y ahora me apresto a repetir la excursión y a pergeñar mi Nuevo viaje a la Alcarria, páginas que también le dedico porque usted tuvo siempre mucha afición a los libros de andar y ver por nuestra vieja España y yo le debo toda la gratitud que confieso y la muy sincera y firme lealtad que proclamo.

Ahora ya no soy joven sino viejo, estoy gastando de mis setenta años, tres menos de los que usted tenía cuando su muerte. No me parece, sin embargo, haber mermado mucho porque sigo en la misma estatura de entonces, pero engordé más de la cuenta, eso sí, engordé cuarenta kilos largos, y estoy fondón y más torpe de movimientos de lo que quisiera y fuera menester. Con estos años y estas arrobas a cuestas, o a rastras, el paseo no he de repetirlo a mero pinrel, como cabe pensar, sino en más reconfortadora, saludable y placentera circunstancia: en Rolls, que es automóvil sólido y de fundamento, y con Oteliña al volante, choferesa que semeja una cometa volando y es tan segura en sus airosas fidelidades como en sus gráciles infidelidades. Oteliña se llama, de verdad, Viviana Gordon y es natural de San Luis, Missouri, y graduada por la Universidad de Stanford, Palo Alto, California; eso de Oteliña se lo puse porque tiene la piel del mismo noble lustre que el personaje de Shakespeare, si bien la encuentro más firme y entera, menos cambiante. Oteliña, como Desdémona, es el puerto de la serenidad.

–¿Y a usted le gusta? –me preguntó una noche el fantasma del abate Giovan Pietro Bellori, que se me apareció en sueños.

–Si, señor, a mi me gusta la mar, podría jurarle que Oteliña me gusta más que el pan frito.

El Rolls no tiene nombre, no se llama de ninguna manera; pensé bautizarlo con la gracia de las viejas locomotoras del The West Galicia, el ferrocarril de los abuelos –Ría de Arosa, Minero Primero, Reina Cristina–, o con la de los submarinos ilustres, Ictíneo, en recuerdo de Monturiol, o Nautilus, en honor de julio Verne, pero al final lo dejé sin nombre. La verdad es que tampoco lo necesita.

–¿Cómo se llamaba el submarino de Isaac Peral?

–Me parece que le decían el Peral, a secas, lo que tampoco pega demasiado.

Los ambos detalles del vehículo y su domadora fueron previstos por mí con suma cautela y con el honesto propósito de buscar paz en la soledad e incluso al revés. La paz hace crecer las cosas pequeñas, mi corazón, verbigracia, y la soledad –pensándolo bien– no es sino una desorientadora y un poco acre bendición de la providencia a la que no puedo ni quiero substraerme. La soledad, escribió Sterne, no recuerdo si en el Tristram Shandy o en el Viaje sentimental, es la mejor nodriza de la sabiduría.

Conmigo y para regalarme el alma de sus canciones antiguas y modernas, vendrán una juglaresa y un juglar, quizá los dos últimos de nuestra zurrada y nunca suficientemente amada piel de toro, Carmen, que tañe la zanfonía, y Servando, que toca el pandero para acompañarse mientras desgranan las tiras de versos del Libro de Buen Amor, del Arcipreste, o de la Farsa y licencia de la reina castiza, de don Ramón del Valle—Inclán; me las prometo muy felices en su compañía y pido a Dios que a todos nos dé paciencia y bienestar. Declaro que prefiero vivir a fingir y confieso que un instante de deleite espiritual, carnal o hasta casual, puede acertar a verter por la borda los siete lances del oprobio.

La dedicatoria del Viaje a la Alcarria la escribí después que el libro, primero escribí el libro y después le puse la dedicatoria, quiero decir que la escribí a pitón pasado y tras haber conocido las honestas delicias campesinas que encerraba el país. Esta del Nuevo viaje, por el contrario, la dejo redactada antes de empezar a rodar por los caminos y cuestas y desgalgaderos, para no poder dar marcha atrás pase lo que pasare. Yo sé bien que la Alcarria sigue donde estaba porque a estos viejos paisajes geográficos e históricos no se les puede ni mover ni falsear con facilidad. Yo sé bien que en cuarenta años se pierden muchas cosas pero también se ganan algunas otras. Veremos qué tal se me dan estos días alcarreños cuyo cuento, o cuya crónica, le dedico. Yo sé bien, mi querido don Gregorio, que el único verdadero dolor en el trance que ahora comienzo va a ser el recuento de las ausencias, la suya la primera. Los chinos dicen que la tinta más débil vale más que la mejor memoria, yo no sé si esto será verdad o no; en todo caso, la muerte es una amarga pirueta de la que no guardan memoria los muertos sino los vivos.

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