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Kent, conde Pompeyo Audivert Gloucester, conde Roberto Carnaghi Edmund


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Shakespeare – Rey Lear

P e r s o n a j e s

(por orden de aparición)

Kent, conde Pompeyo Audivert

Gloucester, conde Roberto Carnaghi

Edmund, hijo bastardo de Gloucester Facundo Ramírez

Lear, el rey Alfredo Alcón

Cornwall, esposo de Regan Santiago Ríos

Albany, esposo de Goneril Marcelo Subiotto

Goneril Marcela Ferradás

Regan hijas de Lear Daniela Catz

Cordelia Eugenia Capizzano

Borgoña, duque de Borgoña Pablo Finamore

Francia, el rey de Francia Diego Velásquez

Edgar, hijo de Gloucester Gustavo Böhm

Oswald, mayordomo de Goneril Eduardo Calvo

Loco bufón de Lear Luís Longhi
Curan, un cortesano

Un viejo, criado de Gloucester Fabián Bril, Gonzalo Costa,

El Doctor Pablo Finamore, Hernán Jiménez,

Caballero, a las órdenes de Cordelia Claudio Pazos, Hermán Peña,

Capitán, a las órdenes de Edmund Francisco Pesqueira, Héctor Segura

Un Heraldo Diego Velásquez, Sioma Winter

Caballeros, Mensajeros, Sirvientes y Solados

I, 1.

ACTO I
Escena 1
Salón en el palacio del Rey Lear.

Entran KENT, GLOUCESTER, y EDMUND
KENT: Creí que el Rey apreciaba más al duque de Albany que al de Cornwall.
GLOUCESTER: Así nos pareció siempre.
KENT: ¿ No es éste su hijo, mi señor ?
GLOUCESTER: Su procreación, señor, estuvo a mi cargo.
KENT: No puedo concebirlo.
GLOUCESTER: La madre de este joven sí pudo, señor ; con lo cual se le puso redondo el vientre, y tuvo, por cierto, un hijo en la cuna antes que un marido en la cama. ¿ Huele alguna falta ?
KENT: No puedo desear que no se cometiera, siendo tan bello el fruto.
GLOUCESTER: Pero tengo un hijo, señor, legítimo, algo mayor que éste, por quien, sin embargo, no es mayor mi estimación. Aunque este bandido vino al mundo de manera algo insolente, antes de que lo llamaran, su madre era, por cierto, hermosa. Disfrutamos mucho haciéndolo, y el hijo de puta debe ser reconocido. ¿ Conoces a este noble caballero, Edmund ?
EDMUND: No, mi señor.
GLOUCESTER: Mi señor de Kent. Lo recordarás en adelante como mi honorable amigo.

I, 1.


EDMUND: Al servicio de su señoría.
KENT: Tendrá mi estima y espero que nos conozcamos mejor.
EDMUND: Trataré de merecerlo, señor.
GLOUCESTER: Estuvo nueve años afuera, y va a irse de nuevo. Viene el Rey.
Trompetería. Entra un sirviente llevando una corona, el REY LEAR,

CORNWALL, ALBANY, GONERIL, REGAN, CORDELIA, y séquito.
LEAR: Encárgate de los señores de Francia y Borgoña, Gloucester.
GLOUCESTER: Sí, Majestad.
Salen GLOUCESTER y EDMUND.
LEAR: Mientras tanto revelaremos nuestro más secreto designio.

Tráiganme ese mapa. Sepan que hemos dividido

en tres nuestro reino ; y que es nuestra firme intención

librar a nuestra vejez de problemas y obligaciones,

confiándolos a fuerzas más jóvenes, mientras nosotros

nos arrastramos sin carga hacia la muerte. Hijo nuestro de Cornwall,

y nuestro no menos querido hijo de Albany,

es nuestra firme voluntad en esta hora anunciar

las dotes de nuestras hijas, para evitar en el futuro

posibles contiendas. Los príncipes de Francia y Borgoña,

nobles rivales en el amor de nuestra hija menor,

han pasado en nuestra corte una larga estadía amorosa,

y están aquí para obtener una respuesta. Díganme, hijas mías,

ya que ahora nos despojaremos del gobierno,

del derecho sobre las tierras, de las cargas del estado,

¿ cuál de ustedes diremos que nos ama más ?

Para que podamos extender nuestra mayor recompensa

sobre aquella cuyo natural amor filial haga más mérito.

Goneril, nuestra primogénita, que hable primero.

I, 1.


GONERIL: Señor, lo quiero más de lo que pueden transmitir las palabras,

más que a la luz de mis ojos, el espacio, la libertad,

más que a todo lo que pueda valer, por rico o por raro ;

no menos que a la vida, dotada de gracia, salud, honor y belleza,

tanto como jamás amó ningún hijo, ni fue amado ningún padre,

un amor que empobrece el aliento y debilita el habla ;

lo quiero tanto, que mi amor supera toda forma de decirlo.
CORDELIA: (Aparte.) ¿ Qué va a hacer Cordelia ? Amar, y quedarse callada.
LEAR: De todas estas tierras, desde esta línea hasta esta otra,

con sus tupidos bosques y fértiles campiñas,

caudalosos ríos y extensas praderas,

te nombramos señora. Para tu descendencia y la de Albany

que a perpetuidad así sea. ¿ Qué dice nuestra segunda hija,

nuestra querida Regan, esposa de Cornwall ? Que hable.


REGAN: Yo estoy hecha del mismo metal que mi hermana,

y me valoro al mismo precio. Mi corazón sincero

siente que ella pone en palabras mi compromiso de amor ;

pero se queda demasiado corta, porque yo me declaro

enemiga de todas las otras alegrías

que, en su más preciada proporción, ofrecen los sentidos,

y siento que sólo soy dichosa

con el amor de su querida Alteza.


CORDELIA: (Aparte.) ¡ Entonces, pobre Cordelia !

Y, sin embargo, no, porque estoy segura de que mi amor

pesará más que mi lengua.
LEAR: Sea por siempre para ti y tu descendencia

este amplio tercio de nuestro hermoso reino,

no inferior en espacio, ni en valor, ni en deleite,

I, 1.


que el otorgado a Goneril. (A CORDELIA) Y ahora, alegría nuestra,

la última, aunque no la menos querida, por cuyo joven amor

los viñedos de Francia y los pastos de Borgoña

se disputan ; ¿ qué podrás decir para obtener

un tercio más rico que el de tus hermanas ? Habla.
CORDELIA: Nada, mi señor.
LEAR: ¿ Nada ?
CORDELIA: Nada.
LEAR: Nada vendrá de nada. Habla de nuevo.
CORDELIA: ¡ Desgraciada de mí !, que no puede mi corazón

subir hasta mi boca. Quiero a su Majestad

conforme a mi deber filial ; ni más ni menos.
LEAR: ¡ Cómo, Cordelia ! Mejora un poco tu discurso

o vas a arruinar tu fortuna.


CORDELIA: Mi buen señor,

usted me engendró, me crió, me amó. Yo

devuelvo esos deberes como corresponde :

lo obedezco, lo amo y lo honro mucho.

¿ Por qué tienen maridos mis hermanas, si dicen

que lo aman sólo a usted ?


LEAR: Pero, ¿ dice eso tu corazón ?
CORDELIA: Sí, mi señor.
LEAR: ¿ Tan joven, y tan dura ?
I, 1.

CORDELIA: Tan joven, señor, y tan franca.


LEAR: Que así sea entonces. Que sea tu dote tu franqueza,

porque yo, renuncio aquí a toda obligación paterna,

a todo parentesco e identidad de sangre,

y como una extraña para mí y mi corazón

te consideraré desde ahora y para siempre.
KENT: Mi buen rey...
LEAR: ¡ Silencio, Kent ! No te interpongas

entre el dragón y su furia.

Era la que más quería, y pensaba confiar el reposo de mis últimas horas

a su tierno cuidado. ¡ Fuera, lejos de mi vista !

Llamen a Francia. ¿ No se mueven ?

Llamen a Borgoña. Cornwall y Albany,

a las dotes de mis dos hijas incorporen la de la tercera.

Que la case el orgullo, que ella llama franqueza.

Conjuntamente los invisto de mi poder,

de mi supremacía y de todos los efectos

que acompañan a la majestad. Nosotros, mes a mes,

con una reserva de cien caballeros,

que correrá por su cuenta, nos alojaremos

con cada uno de ustedes, alternativamente.

Sólo retendremos el nombre y los demás honores

que corresponden a un rey ; el poder, los tributos,

y el ejercicio del gobierno sean suyos,

hijos míos ; y, para confirmarlo,

entre ambos divido esta corona.
KENT: Real Lear,

a quien siempre honré como a mi Rey,

amé como a mi padre, seguí como a mi amo,

invoqué en mis plegarias como a mi patrono...

I, 1.

LEAR: Curvado y tenso está el arco ; cuidado con la flecha.


KENT: Mejor, que se dispare, aunque la punta se me hunda

en la región del corazón ; sea Kent grosero

si Lear está loco. ¿ Qué te has propuesto, viejo ?

¿ Crees que el deber tendrá miedo de hablar

cuando el poder se inclina ante la adulación ?

Tu hija menor no es la que te quiere menos,

ni está vacío el corazón de poco ruido,

donde no retumba la hipocresía.


LEAR: Basta, Kent, por tu vida.
KENT: Mi vida nunca fue para mí sino un peón

para apostar contra tus enemigos ; no tengo miedo de perderla

si tu seguridad es el motivo.
LEAR: ¡ Fuera de mi vista !
KENT: Ve mejor, Lear, y que yo siga siendo

el blanco verdadero de tus ojos.


LEAR: Por Apolo...
KENT: Por Apolo, rey,

juras en vano por tus dioses.


LEAR: ¡ Vasallo, impío !
(Llevando la mano a su espada.)
ALBANY y CORNWALL: ¡ Conténgase, señor !
KENT: Vamos ; mata al médico y dale los honorarios

I, 1.


a la inmunda enfermedad. Revoca tu sentencia ;

o yo, mientras salga un clamor de mi garganta,

te diré que has hecho mal.
LEAR: ¡ Escucha, traidor !

¡ Por la obediencia que te obliga, vas a oírme !

Si al cabo de diez días

fuera hallado tu desterrado cuerpo en nuestros dominios,

será ése el momento de tu muerte. ¡ Fuera ! Por Júpiter,

que esto no se va a revocar.


KENT: Adiós entonces, Rey. Si así vas a portarte,

la libertad vive afuera ; aquí, el destierro.



(A CORDELIA.) Que la bondad de los dioses te ampare, doncella,

que razonas justamente, y más justamente hablaste.


Sale.

Trompetería. Vuelve GLOUCESTER con el Rey de FRANCIA, el duque

de BORGOÑA, y séquito.
GLOUCESTER: El rey de Francia y el duque de Borgoña, mi señor.
LEAR: Mi señor de Borgoña,

nos dirigimos primero a usted, que con este rey

ha rivalizado por nuestra hija. ¿ Cuál es el mínimo

que por ella exige como dote

sin retirar su propuesta amorosa ?
BORGOÑA: Realísima Majestad,

No pido más de lo que ofreció Su Alteza,

ni usted propondrá menos.
LEAR: Nobilísimo Borgoña,

mucho la estimábamos cuando la queríamos ;

pero ahora bajó el precio. Ahí la tiene ;
I, 1.

ahí la tiene, es suya.


BORGOÑA: No sé qué responder.
LEAR: Con todos sus defectos,

sin amigos, recién adoptada por nuestro odio,

con la dote de nuestra maldición, y nuestro juramento de repudio,

¿ la toma o la deja ?


BORGOÑA: Perdóneme, señor ;

no es posible elegir en esas condiciones.


LEAR: Entonces déjela, señor; por el poder que me creó,

le he nombrado todas sus riquezas. (A FRANCIA.) En cuanto a usted, gran rey,

no quisiera apartarme de su afecto, uniéndolo a lo que odio ;

le suplico, por tanto, que desvíe su amor

por camino más digno

que el de una desgraciada de quien se avergüenza

de reconocer hasta la Naturaleza.
FRANCIA: Es muy extraño

que quien hasta ahora fue su más preciado bien,

el objeto de su alabanza, el bálsamo de sus años,

la mejor, la más querida, haya en un instante

cometido algo tan monstruoso como para despojarla del manto de su favor.
CORDELIA: Confieso que no poseo,

un lenguaje meloso, ese arte de prodigar

vanas palabras - ya que lo que me propongo

lo cumplo, antes de decirlo.


LEAR: Más te valiera

no haber nacido que no haberme complacido mejor.

I, 1.

FRANCIA: Mi señor de Borgoña,



¿ qué le dice a la dama ? El amor no es amor

cuando se mezcla con consideraciones

que se apartan de lo esencial. ¿ La quiere ?

Ella misma es una dote.


BORGOÑA: Real Lear,

déle siquiera la parte que usted mismo propuso,

y aquí mismo tomo la mano de Cordelia,

Duquesa de Borgoña.


LEAR: Nada. Lo juré. Me mantengo firme.
BORGOÑA: Siento entonces que habiendo perdido un padre

deba perder un marido.


CORDELIA: ¡ Quede en paz Borgoña !

Ya que cuestiones de fortuna son su amor,

no seré su esposa.
FRANCIA: Hermosísima Cordelia, la más rica siendo pobre ;

la elegida, abandonada ; y querida, despreciada ;

tu persona y tus virtudes aquí tomo.

Esta hija sin dote, Rey, arrojada a mi suerte,

es la reina de los nuestros y de nuestra hermosa Francia.

Bueno es que te despidas de ellos, Cordelia, aunque no hayan sido buenos.

Estás perdiendo aquí, para hallar mejor allá.
LEAR: Tómela, Francia ; es suya, porque nosotros

no tenemos esa hija, ni volveremos a ver

ese rostro nunca más. Váyase, entonces,

sin nuestra gracia, amor ni bendición.

Vamos, noble Borgoña.
Trompetería. Salen todos menos FRANCIA, GONERIL, REGAN y

CORDELIA.

I, 1.


FRANCIA: El adiós a tus hermanas.
CORDELIA: Joyas de nuestro padre, con los ojos limpios por el llanto,

se despide Cordelia. Traten bien a nuestro padre.

A sus elocuentes corazones lo encomiendo.
REGAN: No quieras dictarnos nuestro deber.
GONERIL: Mejor que te preocupes

por complacer a tu señor, que te ha recibido

como limosna de la Fortuna.
CORDELIA: El tiempo desdobla lo que la doblez de la astucia oculta.

¡ Que les vaya bien !


FRANCIA: Vamos, bella Cordelia.
Salen FRANCIA y CORDELIA.
GONERIL: Creo que nuestro padre parte de aquí esta noche.
REGAN: Es cierto, y contigo ; el mes próximo vendrá con nosotros.
GONERIL: Ya viste lo cambiante que es su vejez ; lo que hemos podido observar no ha sido poco. Siempre quiso más a nuestra hermana, y la forma en que ahora la echó es una muestra demasiado gruesa de su escaso juicio.
REGAN: Son los achaques de la edad ; aunque nunca tuvo un conocimiento muy profundo de sí mismo.
GONERIL: En lo mejor y más pleno de sus años ya era puro arrebato ; así que a su edad habremos de esperar no sólo los defectos hace tiempo arraigados en su carácter, sino también los ingobernables caprichos que la vejez enferma y colérica trae consigo.
I, 1, 2.

REGAN: Seguramente, tendremos más arranques repentinos como el del destierro de Kent.


GONERIL: Le queda aún la ceremonia de despedida con el rey de Francia. Te ruego que nos pongamos de acuerdo. Si nuestro padre sigue ejerciendo su autoridad en el estado en que se encuentra, esta última cesión de su poder no va sino a perjudicarnos.
REGAN: Tenemos que seguir pensando.
GONERIL: Tenemos que hacer algo, y en caliente.
Salen.

Escena 2
El castillo del conde de Gloucester.

Entra EDMUND, con una carta.
EDMUND: ¿ Por qué tendría yo

que soportar la peste de la costumbre, y permitir

que la arbitrariedad del mundo me prive de lo mío,

sólo por haber venido doce o catorce lunas

más tarde que mi hermano ? ¿ Por qué bastardo ? ¿ Por qué mal nacido,

cuando mis partes están tan bien compuestas,

mi mente tan pródiga y legítima mi figura

como las del hijo de la más honesta señora ?

Muy bien,

legítimo Edgar, voy a quedarme con tus tierras.

Nuestro padre ama tanto al bastardo Edmund

como al legítimo.


Entra GLOUCESTER.
GLOUCESTER: ¡ Edmund, qué tal ! ¿ Qué hay de nuevo ?

I, 2


EDMUND: Nada, si place a su señoría.
GLOUCESTER: ¿ Por qué tanto empeño en guardar esa carta ?
EDMUND: No hay novedad, señor.
GLOUCESTER: ¿ Qué era ese papel que leías ?
EDMUND: Nada, mi señor.
GLOUCESTER: A ver, dámela, si no es nada, no voy a necesitar anteojos.
EDMUND: Es una carta de mi hermano, que no terminé de leer, y que, hasta donde he leído, no creo conveniente que vea.
GLOUCESTER: Déme la carta, señor.
EDMUND: Tanto ofenderé si la retengo como si la doy.
GLOUCESTER: A ver, a ver.
EDMUND: Espero, para justificación de mi hermano, que la haya escrito para catar y poner a prueba mi virtud.
GLOUCESTER:(Lee) Esta política de veneración de la edad nos hace el mundo amargo en lo mejor de nuestros años, y nos aparta de nuestras fortunas hasta que la vejez nos impide disfrutarlas. Empieza a parecerme inútil y vana la esclavitud con la que nos oprime la vieja tiranía, que gobierna, no porque tenga poder, sino porque es tolerada. Te espero para poder hablar más de esto. Si nuestro padre se quedara dormido hasta que yo lo despertara, disfrutarías para siempre de la mitad de sus rentas, y vivirías amado por tu hermano,

Edgar.

¡ Aja ! ¡ Conspiración !... ¡ Mi hijo Edgar ! ¿ Tuvo mano para escribir esto ? ¿ Corazón y cerebro para concebirlo ? ¿ Cuándo te llegó esto ? ¿ Quién te lo trajo ?


I, 2

EDMUND: Nadie me lo trajo, señor. Me lo tiraron por la ventana de mi habitación.


GLOUCESTER: ¿ Reconoces la letra de tu hermano ?
EDMUND: Si el asunto fuera bueno, señor, juraría que es suya ; pero, considerando de qué se trata, me gustaría pensar que no.
GLOUCESTER: Es de él. ¿ Nunca antes te sondeó sobre este asunto ?
EDMUND: Nunca, señor.
GLOUCESTER: ¡ Ah, sinvergüenza ! ¡ Desnaturalizado, execrable, brutal ! ¡ Peor que las bestias ! Vamos, muchacho, ¡ a buscarlo ! ¡ Lo voy a hacer arrestar ! ¿ Dónde está ?
EDMUND: No lo sé con certeza, señor. Lo ubicaré donde pueda oírnos hablar de esto, y, bajo garantía auditiva, obtener satisfacción.
GLOUCESTER: Con un padre que lo ama tan tierna y completamente. ¡ Cielo y tierra ! Búscalo, Edmund, tírale de la lengua, por mí, te lo ruego. Maneja el asunto según tu criterio. Renunciaría a mi rango con tal de resolverlo debidamente.
EDMUND: Lo buscaré de inmediato, señor ; manejaré el asunto lo mejor que pueda, y lo pondré al tanto de todo.
GLOUCESTER: Estos últimos eclipses de sol y de luna no nos presagian nada bueno. El amor se enfría, la amistad se derrumba, los hermanos se dividen ; en las ciudades, motines ; en los campos, discordia ; traición en los palacios ; y rotos los lazos entre el hijo y el padre. Este canalla mío cumple la predicción : he ahí el hijo

contra el padre.


Sale.
EDMUND: Esta es la perfecta estupidez del mundo : cuando enferma nuestra
I, 2

suerte, a menudo por los excesos de nuestra propia conducta, le echamos la culpa de nuestros desastres al sol, la luna y las estrellas. Admirable subterfugio del hombre putañero, cargar su lasciva condición a cuenta de una estrella !


Entra EDGAR.
EDGAR: ¡ Qué tal, hermano Edmund ! ¿ En qué seria reflexión estás metido ?
EDMUND: Estoy pensando, hermano, en una predicción que leí el otro día, sobre lo que vendría después de estos eclipses.

EDGAR: ¿ Ocupado en esas cosas ?


EDMUND: Te aseguro que los efectos que describe desgraciadamente suceden, como vínculos antinaturales entre padres e hijos.
EDGAR: ¿ Desde cuándo te dedicas a la astrología ?
EDMUND: Vamos. ¿ Cuándo viste a mi padre por última vez ?
EDGAR: Anoche.
EDMUND: ¿ Hablaste con él ?
EDGAR: Sí, dos horas seguidas.
EDMUND: ¿ Se despidieron en buenos términos ? ¿ No notaste disgusto en sus palabras o en su rostro ?
EDGAR: En absoluto.
EDMUND: Trata de pensar en qué pudiste haberlo ofendido. Y te ruego que evites su presencia hasta que en cierto tiempo se haya atenuado el calor de su disgusto.
EDGAR: Algún canalla ha querido perjudicarme.

I, 2, 3.

EDMUND: Ese es mi temor. Te ruego que mantengas la calma y la distancia hasta que el ímpetu de su furia disminuya, y, siguiendo mi consejo, te retires conmigo a mis habitaciones desde donde, oportunamente, haré que oigas hablar a mi señor. Te ruego que te vayas. Aquí está mi llave. Si vas a salir, que sea armado.
EDGAR: ¡ Armado, hermano !
EDMUND: Hermano, te aconsejo lo mejor. Te suplico que te vayas.
EDGAR: ¿ Tendré noticias tuyas pronto ?
EDMUND: En este asunto soy tu servidor.
Sale EDGAR.
Si no es por mi nacimiento, tendré tierras por mi ingenio.

Cuanto invente será bueno, si conviene a mi deseo.



Escena 3
Habitación en el palacio del duque de ALBANY.

Entra GONERIL, y OSWALD
GONERIL: ¿ Mi padre golpeó a uno de mis caballeros por haber

reprendido al loco (que lo acompaña) ?


OSWALD: Sí, señora.
GONERIL: Día y noche me afrenta. A toda hora

prorrumpe en una u otra grave ofensa

que causa peleas entre todos. No voy a tolerarlo.

Sus caballeros son pendencieros, y él mismo nos alza la voz

por cualquier insignificancia. Cuando vuelva de cazar

no pienso hablarle. Dirás que estoy enferma.

Si descuidas los servicios que antes le prestabas,

I, 3, 4..

bien hecho. De esa falta me hago responsable.
OSWALD: Ahí viene, señora. Lo oigo.
Sonido de cuernos de caza.
GONERIL: Finjan todo el cansancio y negligencia que quieran,

tú y los tuyos. Que se note y motive discusión.

Si le disgusta, que se vaya con mi hermana,

cuyo pensamiento y el mío en esto es uno solo :

no ser dominadas. ¡ Viejo inútil,

que quiere aún manejar el poder

al que ha renunciado ! En verdad,

los viejos se vuelven como niños, y deben ser tratados

con castigos y no sólo lisonjas cuando abusan.

No olvides lo que he dicho.


OSWALD: Muy bien, señora.
GONERIL: Y que sus caballeros reciban de ustedes miradas más frías.

Lo que pase no importa. Dale aviso a tu gente.

Quiero con eso originar ocasiones para decir

lo que pienso. Le escribiré de inmediato a mi hermana

para que siga mi rumbo. Preparen la cena.
Salen.

Escena 4
Sala en el palacio del duque de ALBANY.

Entra KENT, disfrazado.
KENT: Si adopto, además, otro acento

que vuelva difusa mi forma de hablar, mi buena intención

puede llegar a alcanzar el fin

por el que borré mi apariencia. Ahora, desterrado Kent,

I, 4.

si te es posible servir donde se te condena,



y ojala así sea, tu señor, tan bien amado,

te verá trabajar duro.


Cuernos de caza. Entran LEAR, caballeros, y sirvientes.
LEAR: No me hagan esperar ni un instante la cena. Vamos, prepárenla.
Sale un sirviente.
¿ Y esto ? ¿ Quién es ?
KENT: Un hombre, señor.
LEAR: ¿ Cuál es tu profesión ?
KENT: Hago profesión de no ser menos de lo que parezco, de servir fielmente a quien ponga en mí su confianza, de amar al que es honesto, juntarme con el que es sabio y habla poco, temer el juicio, pelear si no hay remedio, y no comer pescado.
LEAR: ¿ Quién eres ?
KENT: Un tipo de corazón sincero, y tan pobre como el Rey.
LEAR: Si eres tan pobre como súbdito como él es siendo rey, no hay duda que eres pobre. ¿ Qué deseas ?
KENT: Servir.
LEAR: ¿ A quién deseas servir ?
KENT: A usted.
LEAR: ¿ Me conoces, amigo ?
KENT: No, señor, pero hay algo en su porte que me impulsa a llamarlo señor.

I, 4.


LEAR: ¿ Y qué es ?
KENT: Autoridad.
LEAR: ¿ Qué servicios podrías prestar ?
KENT: Sé guardar un secreto honorable, cabalgar, correr, arruinar al contarlo un cuento complicado, y transmitir claramente un mensaje sencillo.
LEAR: ¿ Tu edad ?
KENT: No soy tan joven, señor, como para amar a una mujer por su canto, ni tan viejo como para enloquecer por ella sin por qué. Llevo cuarenta y ocho sobre mis espaldas.
LEAR: Bien, me vas a servir. Si no dejas de gustarme después de la cena, por ahora no te despido. ¡ La cena ! ¡ Eh, la cena ! ¿ Dónde está el sinvergüenza de mi loco ? A ver, trae aquí a mi loco.

Sale un sirviente.

Entra OSWALD.

Usted, a ver, señorito, ¿ dónde está mi hija ?


OSWALD: Si me perdona...
Sale.
LEAR: ¿ Qué dijo ése ? Traigan a ese idiota. (Sale un Sirviente.) ¿ Dónde está mi loco, eh ? Creo que todo el mundo duerme.
Vuelve a entrar el Sirviente.
¿ Y ? ¿ Dónde está ese perro rastrero ?
SIRVIENTE: Dice, señor, que su hija no está bien.
LEAR: ¿ Por qué no vino ese esclavo cuando lo llamé ?

I, 4.

SIRVIENTE: Señor, contestó de la forma más rotunda que no quería.
LEAR: ¡ Que no quería !
SIRVIENTE: Señor, no sé qué es lo que pasa, pero, a mi juicio, Su Alteza no es tratado con la ceremoniosa atención a la que estaba habituado. Se nota una gran pérdida de amabilidad tanto en la servidumbre como en el propio duque y en su hija.
LEAR: ¡ Ah ! ¿ Eso crees ?
SIRVIENTE: Le ruego que me perdone, señor, si me equivoco, pero mi deber no puede callarse cuando creo que se ofende a Su Alteza.
LEAR: No haces sino recordarme lo que pienso. Voy a pensarlo mejor. ¿ Pero dónde está mi loco ? Hace dos días que no lo veo.
SIRVIENTE: Desde que la joven señora se fue a Francia, señor, está muy decaído.
LEAR: Basta con eso ; me di cuenta. Dile a mi hija que quiero hablar con ella.

Sale un sirviente.

Tú, vamos, trae aquí a mi loco.



Sale otro sirviente.

Vuelve a entrar OSWALD.

¡ Ah !, usted, señor, venga para acá, ¿ quién soy yo, señor ?


OSWALD: El padre de mi señora.
LEAR: ¡ "El padre de mi señora” ! ¡ El siervo de mi señor, perro hijo de puta, esclavo, canalla !
OSWALD: No soy nada de eso, señor, perdóneme.
LEAR: ¿ Conque devolviéndome la mirada, sinvergüenza ? (Le pega.)
I, 4

OSWALD: No permitiré que me pegue, señor.


KENT: ¿ Tampoco una zancadilla, futbolista rastrero ? (Le hace una zancadilla.)
LEAR: (A KENT.) Te agradezco, amigo ; me sirves a mí, te querré a ti.
KENT: (A OSWALD.) ¡ Vamos, hombre, levántese y váyase ! Yo le voy a enseñar a respetar las diferencias. ¡ Fuera, fuera ! ¡ Pero vamos ! Váyase. Eso. (Lo empuja fuera.)
LEAR: Ah, mi buen muchacho, te agradezco. Esta es una seña por tus servicios. (Le da dinero a KENT.)
Entra EL LOCO.
LOCO: Permítame contratarlo también yo. Aquí está mi gorro. (Le ofrece a KENT su gorro.)
LEAR: ¡ Ah, mi lindo sinvergüenza ! ¿ Cómo estás ?
LOCO: (A KENT.) Va a ser mejor que aceptes mi gorro.
KENT: ¿ Por qué, loco ?
LOCO: ¿ Por qué ? Por tomar partido por quien cayó en desgracia. Vamos, toma mi gorro. Este hombre desterró a dos de sus hijas, y bendijo a la tercera contra su voluntad. ¿ Cómo va, amo ?
LEAR: Cuidado, señorito, el látigo.
LOCO: Señor, voy a enseñarte unas palabras.
LEAR: Adelante.
LOCO: Presta atención, amo.

I,4.


No muestres todo lo que tengas.

No digas todo lo que sepas.

No des más de lo que poseas.

Usa el caballo y no las piernas.

Escucha más de lo que creas.

No apuestes más de lo que puedas.

Deja tu puta y tu bebida :

dentro de casa noche y día.

Y así podrás acumular

veinte y más tantos al final.


KENT: Eso no dice nada, loco.
LOCO: ¿ Sabes la diferencia, muchacho, entre un loco amargo y un loco dulce ?
LEAR: No, amiguito, cuál es.
LOCO: Que aquel que te aconsejó

que entregaras tu reinado

venga y se ponga a mi lado.

De él vas a hacer el rol.

El loco dulce, el amargo :

helos aquí de inmediato.

Uno en traje de payaso,

y al otro ahí lo encontramos.


(Señala a LEAR.)
LEAR: ¿ Me estás llamando loco, muchacho ?
LOCO: Todos tus otros títulos ya los regalaste ; con éste naciste.
Entra GONERIL.
LEAR: ¡ Hola, hija ! ¿ Qué hace ese frunce en tu frente ? Me parece que últimamente arrugas demasiado el ceño.

I, 4


LOCO: Eras un tipo magnífico cuando no tenías que preocuparte por su ceño. Ahora eres un cero a la izquierda. Yo soy más que tú ; soy un loco ; tú no eres nada. (A GONERIL.) Sí, por cierto, me callo la boca ; así me lo ordena tu cara, aunque no digas nada. (Señalando a LEAR.) Esta es una vaina pelada de arvejas.
GONERIL: Señor, no sólo este loco, al que se le permite todo,

sino otros de su séquito insolente

a toda hora critican y pelean, provocando

riñas groseras que no pueden tolerarse.


LOCO: Porque, ya sabe, tío...
Tanto tiempo el gorrión al cuco alimentó

que al final su cría la cabeza le arrancó.


LEAR: ¿ Eres nuestra hija ?
GONERIL: Vamos, señor.

Quisiera que usara el buen juicio

que sé que tiene de sobra.
LOCO: ¿ No se da cuenta el burro cuando es el carro el que tira del caballo ?
¡ Arre, Jane ! Te quiero.
LEAR: ¿ Alguno de ustedes me conoce ? Este no es Lear.

¿ Camina así Lear ? ¿ Habla así ? ¿ Dónde están sus ojos ?

O flaquea su entendimiento y sus sentidos

están aletargados o... ¡ Ah ! ¿ Estoy despierto ? No es posible.

¿ Quién puede decirme quién soy ?
LOCO: La sombra de Lear.
LEAR: Quisiera saberlo, porque los emblemas reales,

I, 4


el conocimiento y la razón podrían convencerme

erróneamente de que tuve hijas.


LOCO: Que te harán un padre obediente.
LEAR: ¿ Su nombre, hermosa dama ?
GONERIL: Este fingido asombro, señor, huele

a otra de sus nuevas jugarretas.

Conserva aquí cien caballeros y escuderos,

tan escandalosos, depravados e insolentes

que nuestra corte, infectada por su conducta,

parece un albergue licencioso. La gula y la lujuria

la hacen semejante a una taberna o un burdel

más que a un palacio real. La vergüenza clama

por un pronto remedio. Es el deseo

de quien, en cualquier caso, tendrá lo que pide,

que reduzca un poco su séquito.
LEAR: ¡ Ensillen mis caballos ! ¡ Reúnan a mis hombres !

¡ Degenerada bastarda !, no te voy a molestar.

Todavía me queda una hija.
GONERIL: Le pega a mi gente, y su banda de sinvergüenzas

trata a sus superiores como sirvientes.


Entra ALBANY.
LEAR: (A ALBANY.) ¡ Señor, ¿ usted aquí ?!

¿ Es su voluntad ? Hable, señor. Preparen mis caballos.


ALBANY: Cálmese, señor, le ruego.
LEAR: (A GONERIL.) ¡ Buitre detestable !, es mentira.

Mi séquito es de hombres selectos, de singular calidad,

I, 4.

que conocen al dedillo sus deberes,

y que cuidan con el mayor esmero

su buen nombre y honor. ¡ Ah, Lear, Lear, Lear !

Golpea esta puerta, que dejó entrar a la locura, (Golpea su cabeza.)

y salir tu preciado juicio. ¡ Vayan, váyanse, los míos !


ALBANY: Señor, soy inocente, porque ignoro

lo que lo alteró.


LEAR: Es posible, señor.

¡ Escucha, Naturaleza ; escúchame, diosa amada !

Suspende tus designios, si te proponías

hacer fértil a esta criatura.

¡ Y que de su cuerpo degradado jamás surja

un hijo que la honre ! ¡ Si es que va a parir,

que engendre un hijo del rencor, que viva

para ser su tormento, perverso y desnaturalizado !

¡ Vamos, vamos ! (Sale.)
ALBANY: Por los dioses que adoramos, ¿ a qué se debe todo esto ?
GONERIL: No te preocupes por saber la causa.

Dejemos que su humor lo lleve

hasta donde quiera su chochera.
Vuelve a entrar LEAR.
LEAR: ¡ Cómo ! ¿ Cincuenta de mis hombres de golpe ?

¡ Y en quince días !


ALBANY: ¿ Qué pasa, señor ?
LEAR: Voy a decírtelo. (A GONERIL.)

¡ Que las profundas heridas de la maldición de un padre

horaden todos tus sentidos ! Aún tengo una hija,

I, 4.

quien, estoy seguro, es buena y atenta.

Cuando se entere de esto, con sus uñas

te va a desollar esa cara de loba. Ya vas a ver

cómo recobro mi naturaleza, que creías

que había abandonado para siempre.

Ya verás, te lo aseguro.


Salen LEAR, KENT, y su séquito.
GONERIL: ¿ Has visto, mi señor ?
ALBANY: No puedo ser tan parcial, Goneril,

por el amor que te tengo...


GONERIL: Basta, te lo ruego. ¡ Oswald !

(Al LOCO.) Y usted, más canalla que loco, siga a su amo.
LOCO: Tío Lear, espera, tío Lear, no te olvides de llevar al loco.

Así me voy.


(Sale.)

Vuelve a entrar OSWALD.
¡ Oswald !

¿ Y ? ¿ Escribiste esa carta a mi hermana ?


OSWALD: Sí, señora.
GONERIL: Toma una escolta, ¡ y a caballo !

Pronto, vamos,

y apura tu regreso. (Sale OSWALD.) No, no, mi señor,

esta conducta tuya, tan blanda y delicada,

yo no la condeno, pero - perdón que te lo diga -

se te critica más por falta de sensatez

de lo que se te alaba por nociva indulgencia.
ALBANY: Hasta donde penetran tus ojos no lo sé.

Por mejorar, se puede dañar lo que está bien.

I, 4, 5.

GONERIL: Entonces...


ALBANY: Bien, bien, veamos los hechos.
Salen.
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