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Julián Marías y la Historia de la Filosofía


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Julián Marías y la

Historia de la Filosofía



HELIO CARPINTERO *

L


a reciente experiencia de hablar a distintos públicos acerca de la figura y la obra de Julián Marías me ha permitido comprobar algo que ya sabía: la singular posición que en su haber intelectual corresponde a su Historia de la Filosofía. Para innumerables personas, ese libro les ha familiarizado con la filosofía y sus problemas. Ha sido un libro leído en años juveniles, cuando la inquietud por las cuestiones últimas está en pleno vigor, y aún no se ha producido la inmersión, a veces clausura , en el mundo cerrado de una especialización concreta. A unos les ha animado a leer más libros de su autor, a otras gentes les ha bastado tener ese contacto con el mundo filosófico, pero para todos ha resultado una experiencia estimulante, de aquellas que dejan una huella duradera en el espíritu.

Ello nos lleva a preguntarnos por la singular posición del libro dentro de la trayectoria intelectual y personal de su autor. Sin duda ha contribuido de modo extraordinario a dar a conocer a su autor entre los grupos cultivados y profesionales de nuestra sociedad, y, a través de traducciones, entre las que se cuenta una al inglés, a sectores más amplios en el mundo occidental. Con algunos retoques y adiciones, ha superado el medio siglo de existencia como manual de uso entre estudiantes y público lector, lo que es ya un récord en sí mismo bastante impresionante.



Ha sido seguramente el libro que ha reportado a su autor no sólo beneficios, sino sobre todo estabilidad material, algo decisivo para quien ha tenido que renunciar a la profesión académica y universitaria como modo de sustentación en la vida —Marías renunció a integrarse en la universidad del franquismo, y ello le forzó a vivir de su trabajo de escritor—.
Pero la cuestión más honda e interesante es la que surge al tratar de aclarar cuál sea la función que haya podido tener en el propio desarrollo intelectual de su autor, cuánto de su pensamiento venga, de algún modo, de la experiencia personal de haber escrito ese libro.


Un libro que hace una “escuela”. Escribió el libro recién terminada la guerra civil, exiliados muchos de sus maestros universitarios, empezando por Ortega, y encarcelado Besteiro, a quien había prestado todo su apoyo en su lucha por lograr un fin honorable en los últimos momentos de la guerra en Madrid. Él mismo había pasado unos meses en la cárcel, por su pasado republicano reciente, y todo el mundo intelectual en que había comenzado a instalarse y a formarse se había derrumbado, y era además objeto de desprecio y reprobación por los nuevos gobernantes.
En ese contexto, Marías se sienta a escribir una historia de la filosofía hecha al estilo y modo como se la había concebido en la desaparecida Facultad madrileña en que había estudiado. Hay toda una serie de detalles que colocan el libro en un lugar totalmente distinto del que iban ocupando los nuevos libros nacidos de la nueva situación político-cultural.
Primero, el libro explícitamente reconocía su deuda y sus raíces con las enseñanzas de la Facultad en que su autor se había formado. “Mi deuda a esa Facultad, y especialmente a mis maestros Ortega y Zubiri, es enorme, y pongo especial orgullo en ello”: así lo dice en una advertencia previa de la primera edición, y tal declaración era sin duda una declaración de principios muy alejados de los entonces vigentes. No era una declaración hueca y formal: el último capítulo ha sido, desde el primer día, la exposición del pensamiento de Ortega, siempre visto por el franquismo como promotor de la República y pensador muy lejano de la Escolástica cristiana tan en boga en la España de los años cuarenta.
Además, le precedía un prólogo de su maestro Zubiri, por entonces forzado a trasladarse de Madrid a Barcelona como resultado de la imposición del obispo de Madrid-Alcalá tras su secularización y matrimonio con Carmen Castro. Años más tarde, se unirían a todas esas páginas otras del propio Ortega, “Epílogo a la Historia de la Filosofía…”, dando el espaldarazo final a la obra resultante. Y desde la segunda edición, hay una dedicatoria de Marías a la memoria de Manuel García Morente, que vivía al aparecer la primera, y sin duda Marías no quiso comprometerle poniéndole en lugar de honor en aquel libro políticamente tan problemático.
En fin, añadiré un mínimo detalle. Hace años, en un estudio sobre manuales de Filosofía, con un discípulo y hoy colega, nos encontramos con que al comparar un grupo de libros publicados antes de la guerra con otro de los de posguerra, un elemento perfecto que servía para diferenciarlos era éste: los de la posguerra llevaban todos en sus páginas una censura eclesiástica (el famoso “nihil obstat”) que avalaba la ortodoxia de su contenido y les autorizaba a circular; los anteriores a la guerra civil carecían de tan señalado elemento. Pues bien: el libro de Marías, según este criterio, era de pre-guerra, y carecía de la marca mencionada. Una muestra más de inconformismo.
La adhesión a la vieja Facultad por fuerza iba a alejar a Marías del favor de la Facultad nueva. Preferir ligarse a la “Escuela de Madrid”, al grupo orteguiano ahora demonizado por los nuevos Escolásticos llegados al poder, era tanto como renunciar a entrar como era debido en la nueva universidad, y quemar, como Cortés, las naves sin opción a una nueva oportunidad.

El libro “a la altura del tiempo”. Cuando , unos años después, Marías escribió su Introducción a la Filosofía (1947), hizo notar que para entrar en ésta la propia historia tenía un papel esencial que cumplir: poner a la mano el ‘material’ en que había que introducirse, y tener así “el ámbito previo” que hiciera posible esa introducción. Se trata, en suma, de tener a la mano lo que ha venido siendo la filosofía, y de situarse ahí a la altura del tiempo, libre de todo arcaísmo.
Naturalmente, a nadie extraña que, llegado a ese punto, su autor diga que, como ya ha llevado a cabo esa labor en su Historia, puede “comenzar directamente” a filosofar, esto es, a examinar la situación histórica desde la cual se podrá justificar la necesidad de recurrir a ese saber que es la filosofía, en vista del proyecto personal que se pretende realizar.
La historia de la filosofía es, pues, un instrumento que hace posible la autenticidad del propio filosofar. No es un aditamento cultural, sino que es una dimensión esencial de la propia filosofía. El filósofo, dirá Marías, tiene que hacerse cargo de todo el filosofar, el que ha habido y nos ha traído al presente. Éste nos ha situado donde estamos porque se han ido absorbiendo, al tiempo que superando, las limitaciones que han ido apareciendo en las doctrinas antecedentes. Los sistemas filosóficos no son albergues dispersos en donde podríamos acogernos a voluntad, sino la repetida reconstrucción del único edificio en que mora la razón. Las distintas filosofías conectan entre sí mediante un sistema de “alteridades”: así, no se puede ser hoy presocrático, porque ya desde Sócrates y Platón se vieron los limites que ello comportaba, ni platónico sin recordar las reconstrucciones del cristianismo, o de Descartes, o Kant… Cada etapa nos obliga a repensarlo todo y a avanzar hacia nosotros mismos. Nos empuja hacia el presente, siempre que nuestro aprendizaje no sea simple memorismo, sino efectivo progreso racional. O tal vez sería mejor decir que es este un progreso precisamente de la razón vital e histórica, aquella que hace comprenderlo todo precisamente desde su génesis, viéndolo venir de las raíces.
En un iluminador ensayo escrito con ocasión de los 50 años de su viejo manual, en 1991, Marías declaraba: “La filosofía no se agota en ninguno de sus sistemas sino que consiste en la historia efectiva de todos ellos” (El Curso del Tiempo, II); y remachaba esta idea con la admirable sentencia de la Historia de la Filosofia de Hegel: “La última filosofía es el resultado de todas las anteriores; nada se ha perdido, todos los principios se han conservado”. Se entenderá, pues, que la Historia de la Filosofía de Marías por fuerza había de llegar precisamente a la filosofía de Ortega, no por mera cuestión de cronología, sino porque en ella de algún modo laten ahora esos principios que “se han conservado”.
Esto, creo, es lo que de un modo u otro han percibido, sin duda oscuramente, los innumerables lectores del libro, como antes decía: que el libro no da ‘detalles cultos y curiosos’, sino que busca llegar a la médula de cada uno de los pasos por donde ha ido progresando el entendimiento humano.

¿Filósofo o historiador? La asunción de la filosofía que esta historia busca dar se ha visto completada con otra obra que habría que poner en paralelo al manual: me refiero a la antología de La Filosofía en sus textos, primero en dos gruesos volúmenes publicados por la Editorial Labor en 1950, luego en tres, en 1963. (Una selección brevísima, pero de sentido análogo, es la que sobre El tema del hombre publicó antes, en 1943, y luego la Colección Austral de Espasa Calpe difundió con generosidad desde 1952.)
Los textos son el verdadero cuerpo de las doctrinas filosóficas. Marías hizo una selección que respondía al mismo criterio funcional, instrumental si se quiere, que late en el manual: hacer posible la presentación ‘en persona’ de las diferentes doctrinas, dejándoles la palabra para que digan lo más esencial que han aportado sobre los problemas más radicales.
Esta tarea exigía, desde luego, el talento del filósofo doblado del de historiador. En la comprensión de los viejos textos, el saber ‘filológico’ es tan necesario como el filosófico para precisar y aclarar los problemas que en ellos se trata.
Marías ha sido, por eso, en cierto sentido, un verdadero historiador de la filosofía, y no solo un filósofo ocupado en el estudio de los viejos maestros. Al tratar de comprenderlos, ha necesitado ver nacer sus pensamientos de las situaciones en que sus autores se hallaban. Varios trabajos suyos muestran ese punto de vista con claridad; especialmente notables son los que reunió en su libro Biografía de la Filosofía. El título dice a las claras que allí se trata de ver el pensamiento dentro de la situación vital en que ha sido engendrado, al tratar de darle forma en cada caso. (Su propia Introducción a la Filosofía también empieza con un estudio de su propia “situación”: es un caso ejecutivo de esa visión raciovitalista del pensamiento filosófico.)
Algún día habrá que estudiar con detalle las aportaciones hechas por Marías en este preciso campo: su idea del mito platónico, su valoración del pitagorismo y los objetos matemáticos entre los griegos, su especial aprecio del deseo de ‘seguridad’ en la política de Aristóteles, las reflexiones sobre una posible ‘filosofía cristiana’, su interpretación de San Anselmo, o los trabajos más sistemáticos sobre el Padre Gratry, y desde luego sobre Unamuno y Ortega… (También en su día habrá que estimar sus aportaciones y novedades al estricto conocimiento de la Historia de España, sobre todo al de nuestro siglo XVIII, pero esto es ya otra cuestión.)
Lo importante, creo yo, al cabo de este breve repaso sobre la obra histórica llevada a cabo por el filósofo Marías, es que nos damos cuenta de que, situados ante las cosas y forzados a filosofar desde nuestra propia e irreductible situación, venimos obligados, precisamente por esa exigencia de pensar ‘a la altura de los tiempos’, a rehacer ese mismo camino histórico, que nos trae hasta el presente, hasta el nivel en que nos han situado pensadores como Heidegger y Ortega, y el propio Marías. Llegados ahí, hemos precisamente de empezar a caminar en el hoy nuestro, que ya no es ese inmediatísimo y recentísimo pasado del que la historia nos habla, sino el que nuestra circunstancia, nuestra propia situación, nos plantea.
Una lección de Marías, aprendida en Ortega, y repetida por él en innumerables ocasiones, es ésta: Hay que seguir pensando. Así es: el pensamiento no se puede detener, precisamente porque aspira a esclarecer la vida, mi vida, que es, desde una de sus más radicales dimensiones, “evolución creadora”, como la llamó Henri Bergson.
Bernard Shaw dijo ingeniosamente que si supiera cómo iba a ser el teatro del siglo XXI ya se habría él puesto a escribirlo. Análogamente, si los problemas radicales de cada uno de nosotros fueran los mismos que los que ocuparon a los filósofos del pasado, desde Tales a Marías, podríamos encontrarlos ahí escritos, y ¿están o no están ahí? Eso requiere que conozcamos lo que ellos pensaron —de ahí, la necesidad de conocer la historia—, y que nosotros mismos nos hagamos cargo de nuestra propia duda e incertidumbre, y en los términos en que hoy la sentimos y percibimos. Pero sobre todo, ello nos fuerza a pensar desde nosotros mismos, para que luego las ayudas que podamos recibir puedan tener algún sentido y vengan a encajar en los huecos descubiertos. “Primero vivir, después filosofar”, y al empezar a hacerlo, tratar de situarnos en nuestro tiempo, con el pasado como suelo sobre el que avanzar personalmente. En toda esta empresa personal, el admirable manual de historia de Marías puede ofrecernos aún una ayuda inestimable.

* Catedrático de Psicología de la Universidad Complutense. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Vicepresidente de FUNDES.


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