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Enrique Pinti Conozca la verdad


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Enrique Pinti

Conozca la verdad

Es bueno que los padres les transmitan a los hijos que esta posibilidad con la que contamos hoy de mantenernos informados sobre lo que sucede en el país —a pesar de que no se trate de noticias muy lindas— también se la debemos a la democracia.

Estaremos más pobres, más brutos, más agresivos, más guarangos, pero nos mantenemos más informados. Y la libertad comienza por la información.

En este momento sabemos lo que no sabíamos hace veinte años atrás. Bueno, malo, regular, peor, corrupto... Es lo que hay.

Cuando conocemos la verdad, contamos con la manera de defendernos de argumentaciones estúpidas o de manipuladores peligrosos.

¿Cuántas veces nuestros gobernantes tratan de compararnos con países como

Kosovo o Chechenia? “No se quejen, ellos están peor, están hechos mierda y no se quejan”, suelen decirnos. Sí, los chechenos no se quejan porque ya murieron. Los bombardearon, exterminándolos, y los que quedan están tan hambrientos y temerosos que no van a hablar, como tampoco pueden hablar los familiares de los muertos en el submarino que se hundió. Recuerden esa espantosa escena que dio la vuelta al mundo. Una mujer indignada, dolida por la muerte de un familiar, le increpó al gobierno ruso que no había sido clara la intención oficial de salvar a esos hombres atrapados en una muerte terrible, por asfixia o por inmersión en aguas congeladas. Antes de que siguiera cantando las cuarenta, la mujer recibió un pinchazo de una enfermera que estaba detrás, y fue tranquilizada de prepo.

¿Cómo sabemos esoo? Por la información que manejamos. Uno sabe mínimamente la situación de cada región y les para el carro a los que quieren justificarse con mentiras.

Y así como funciona la manipulación de los funcionarios, muchas veces es en la propia familia donde encontramos casos de ocultamiento de la verdad.

Para usar un ejemplo simple: los pibes les rompen las pelotas a los padres para las vacaciones de invierno. “Cómprame el Pokémon.” “Cómprame la Guerra de las Galaxias.” “Llévame al Disney Park.” El chico pide y la madre o el padre, en vez de decirle que no tienen plata, le mandan una psicopateada: “Pensá, nene, que los chicos de la villa miseria no comen pan”. Y el chico responde: “Cómprame el Pokémon, viejo amarrete, que yo no soy un chico de la villa miseria”.



No se puede comparar este país maravilloso e increíble con Kosovo. Hay que mandarlos a la mierda. “Pónete las pilas, viejo, que esto no es Kosovo y agradezcamos, ustedes como gobernantes y nosotros como gobernados, que todavía no nos azotó el desastre de una guerra. Agradezcamos que Dios nos tiene lástima o que todavía no nos entendió”


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